Hace años que no estaba allí, en aquella montaña, en aquel gélido y recóndito escondite cargado de dolor, violencia y vergüenza. Hace años que no dejaba que los feroces vientos del norte, aquellos con los que tenía que pelearse para que le obedecieran, sacudieran su cuerpo de aquella manera.
A diferencia de los otros cuatro guardianes, Jack desciende cuidadosamente hasta la montaña cubierta por hielo y nieve, no muy emocionado por la idea de volver a tener que lidiar con aquel lugar, con aquel espíritu encarcelado.
Norte ya va con ambas espadas desenfundadas, rotando juguetona y amenazantemente entre sus enormes manos. A día de hoy sigue sin entender del todo porque insiste en usar esas cosas, cuando con solo sus manos podría tumbar a cualquier enemigo que se les presentara.
—Bueno, amigos míos —Norte habla mientras se va estirando exageradamente, provocando interminables crujidos que le sacan una risilla a Jack—. Echamos un vistazo, le damos la paliza que necesitemos darle y nos tomamos chocolate caliente para celebrarlo. ¿Alguna pregunta sobre el plan?
—Eso no ha sido un plan —responde inmediato Aster, tiritando por el terrible frío al que no estaba acostumbrado.
—Solo acabemos con esto rápido —dice Toothiana, angustiada y estresada, mandando de un lago a otro a sus pequeñas haditas—. No todos aquí trabajamos una sola noche al año, o un par de días cada cuantos meses.
Jack le dedica una sonrisa juguetona antes de dar un salto hasta el borde de la cueva, cosa de la que se arrepiente casi de inmediato, porque con un oleaje de terror en forma de arena negra, llega una triste voz que clama su nombre. Se remueve de pieza a cabeza y se aleja cuanto puede, porque la reconoce, porque ya la ha escuchado antes, porque este es el mismo viejo truco que Pitch siempre usa con él.
La voz de aquella niña, de su hermanita menor que se quedó llorando por él sobre el agua congelada cuando su primera vida se acabó. La voz de Emma, a quien a penas recordaba más allá de las memorias de sus dientes.
Y mientras Jack se esfuerza para pedirle a los vientos del norte de que se lleven lo más lejos posibles aquellos falsos llamados, otros llegan desde el portal aún abierto que les permitirá el acceso de regreso al Taller de Norte.
—Hiccup —escucha la voz de Elsa como un susurro.
Jack se remueve espantado mientras se gira en dirección de aquel susurro, y pronto se da cuenta de que el resto de los guardianes han hecho lo mismo.
La arena negra sigue subiendo desde la cueva, infectando al resto del mundo con su oscuridad y su absoluto vacío. Van subiendo hasta empezar a rodear los desnudos tobillos del guardián de la diversión.
—¡JACK! —escucha aquel grito y la verdad es que no tiene ni la más remota idea de si aquello que escucha es la voz de Toothiana o de su difunta hermanita.
No tiene tiempo para descubrirlo, porque unas horribles garras que hacen arder su delicada piel envuelven furiosamente su cuello en un agarre irrompible.
Puede ver esos mismos ojos verdes llenos de rabia, y eso es todo lo que ve por unos largos segundos hasta que la negra arena le permite comprender un poco mejor las facciones que tiene delante de él.
—Aquí estás —gruñe aquella profunda voz mientras entierra sus duras garras contra su piel, justo en el mismo lugar que aquella bestia de la noche absoluta lo había atacado—, cobarde.
