—¿Sabes cuánto tiempo llevo ahí? —pregunta con una calma furiosa mientras la arena negra lo alza a él y al espíritu del invierno por encima de los límites de la cueva donde seguía apresado el cadáver de las pesadillas—. ¿Sabes cuánto tiempo llevo atrapado en esa cueva? Intentando adaptarme al dolor, intentando respirar, intentando que no me estalle la cabeza por las memorias de una vida que no es la mía. ¿Te haces alguna idea de todo ese dolor? —pregunta con más fuerza, clavando sus garras y alzando hacia el cielo, hacia el resentido viento del norte, el cuerpo del lloroso espíritu que salpicaba gotas de dorada sangre encima de su cuerpo consumido por las pesadillas y el miedo—. ¿¡Te haces alguna idea de toda esa desesperación!? ¡Dos años! ¡Dos malditos años en los que cada segundo se sentía como una vida entera! ¡Dos años allí atrapado, intentando levantarme! ¡Intentando escalar para buscarla! ¡Intentando volver con ella!
El resto de los guardianes finalmente reaccionan cuando aquel sujeto cubierto por el manto de las sombras y las pesadillas de Pitch Black arroja a Jack de regreso contra el suelo. El pánico los corroe al verlo saltar del cúmulo de negra arena para llegar hasta el joven guardián.
Sandman lo detiene, sujetándolo entre su arena dorada, empujándolo hasta que queda aprisionado entre rocas y su magia, lejos del pobre Jack que batalla por sanar apresuradamente sus profundas heridas y por respirar correctamente. Sandman se queda concentrado en aquel sujeto, concentrado en no permitir que escape, en que los demás puedan atender a Jack.
Se queda concentrado en aquel sujeto y en la forma tan asquerosa en la carcajea mientras solloza de una forma horrible.
—¡Dos años! ¡Dos malditos años! —insiste en repetir una y otra vez—. ¡Entre que buscaba este lugar y el tiempo para adaptarme a todo este dolor…! ¡Han pasado tres malditos años desde que no la veo! ¡Tres años que lleva atrapada! ¡Jamás… jamás…! —sus carcajadas, se da cuenta Sandman espantado, parecen provocadas por la magia alegre y animada de Jack, pero trastornada en una forma enfermiza—. ¡Jamás me había demorado tanto en ir a por ella, en ayudarla! ¡Tres años! ¡TRES AÑOS! —se rompe en sollozos y espasmos, ni siquiera removiéndose contra la arena dorada, ni siquiera batallando contra Sandman, ignorando por completo la amenaza que suponen todos los guardianes una vez Jack ha podido volver a levantarse—. A este punto… luego de tanto tiempo —vuelve a alzar al rostro, sus ojos verdes inyectados en sangre solo están fijos en el portal abierto—, seguramente me odia, seguramente maldice mi nombre, la sigo escuchando y ella lleva su voz hasta mí para torturarme, para recordarme que justo después de tantos años de pedirle que se quede a mi lado para protegerla, en el momento que se quedó para vivir conmigo… justo entonces llega una verdadera amenaza, algo para lo que necesita ayuda… y yo no pude hacer nada, yo no pude ayudarla… por tres largos malditos años. Debe odiarme, estoy seguro de que me odia, que jamás será capaz de perdonar mis errores, mis pecados.
Sin ninguna dificultad, aquel sujeto saca sus brazos del agarre de Sandman, aquel sujeto altera su arena, no volviéndola negra y llena de miedo, sino infectándola con la aplastadora y asfixiante normalidad. La arena dorada pierde su brillo, escapa de su control y se desliza poco a poco lejos de su cuerpo.
—Si no queda nada que salvar —susurra con el rostro empapado por sus lágrimas, con las mejillas adoloridas por sus risas enloquecidas—. Si no obtendré su perdón jamás —sus garras se clavan en la arena de Sandman, en esta ocasión permitiendo que las sombras empiecen a devorar los vestigios de luz—. Entonces por lo menos me aseguraré que sintáis mi dolor.
La arena negra avanza hasta estallar contra Sandman, lo arroja contra la nieve y rasga su cuerpo contra las congeladas rocas de la montaña. El resto no pierden tiempo, Norte avanza con un grito de guerra y con sus espadas preparadas para insertarse en el cuerpo de aquel hombre perdido que había aceptado el poder de las pesadillas y el terror. Sus ataques son limpios y excelentes, hubieran cortado en pedacitos a aquel humano si no fuera por la protección absoluta que concedían las sombras a quien sea que las aceptara y las hiciera parte de sí.
Las espadas se manchan de inmediato con la arena negra, con las sombras y el vacío más absoluto, envuelven el acero con fuerza y como plagas mortíferas van carcomiendo todo lo que está en su camino. Norte debió soltar, debió dejarlas perderse para siempre entre la oscuridad, pero es un espíritu tozudo y orgulloso, un espíritu que solo puede aceptar su terrible error cuando la arena lo encarcela en un punzante y cruel agarre.
Tirando un poco hacia atrás el manto de la oscuridad, aquel sujeto revela una nueva arma. Una espada sin filo pero que se prende en eternas flamas moradas, flamas que definitivamente venían como regalo del mismísimo espíritu del fuego.
Norte aúlla de dolor contra el inexpresivo rostro de aquel humano cuando la espada atraviesa su estómago, manchándolo todo de sangre dorada, llenando sus ojos de ardientes lágrimas que empiezan a hervir contra su propia piel.
Manchado de dorado, Hiccup tan solo observa fijamente. El dolor, la desesperación, el terror, la ansiedad…
Y nada le parece suficiente, no le parece justo, no siente ni un solo atisbo de satisfacción.
Lo deja caer contra la nieve, tosiendo sangre, intentando evitar que la ropa se le funda contra la herida abierta aun en llamas, intentando apagar el fuego de los espíritus. Al notar como el resto de los espíritus intentan acercarse, decide darle un solo golpe más antes de continuar.
Hunde levemente Inferno contra el cuello de aquel inmenso espíritu. No lo suficiente como para perforarlo por completo, solo lo suficiente como para que se ahogue en su propia sangre. Su único remordimiento, su única pena es que el daño a sus cuerdas vocales le impide escuchar sus gritos de dolor.
Alza el rostro hacia el resto de ellos, y con un solo movimiento los deja ir, porque, después de todo quiere divertirse un poco con ellos, quiere que no puedan sentir nada más que terror y dolor.
La única criatura femenina intenta arrojarlo de regreso a la cueva, sujetarlo del cuello de su armadura y arrojarlo, pero Hiccup se aferra a los brazos, a su torso cuando ella empieza a empujar y a sus piernas a pesar de las patadas y zarandeos. Se aferra hasta que logra enterrar sus garras contra sus alas, hasta que le arranca un horrible grito que resuena por el mundo entero. Tira y tira, rasgando sus alas y todos sus nervios, separando plumas, carne y esos relucientes apéndices de su torso, dejando que caigan litros y litros de deslumbrante sangre dorada que baña horriblemente la blanca nieve. No la deja caer, no la deja arroparse entre el frío de la tierra, la mantiene en lo alto, sujeta por sus garras y las sombras, obligándola a ser su escudo contra el ataque que intentan enviar una sola vez los espíritus restantes. No la suelta en ningún momento, la única razón por la que se escapa de su agarre es porque aquel espíritu que parecía imitar malamente la figura de un conejo enorme la arranca de allí y la resguarda en sus brazos.
Al ver que el más joven de los espíritus, aquel que se quedó atrás el día que se la llevaron, manda un nuevo ataque en su contra al mismo tiempo que la arena dorada del espíritu más antiguo rodea uno de sus brazos, Hiccup decide que en verdad la táctica de obligarlos a atacarse los unos a los otros le gusta bastante.
Tira de las cuerdas de arena con una fuerza que definitivamente no es suya, pero con una rabia que solo le pertenece a él. El pequeño cuerpo de aquel sujeto dorado se choca de lleno con la ráfaga de escarcha y nieve que el más joven de ellos enviaba. Sombras, sueños y escarcha generan una niebla entre todos ellos a causa del choque, una niebla tan espesa, confusa y desorientadora que lo único que lo ayuda a guiarse hacia el siguiente espíritu es la voz del antiguo portador de este manto, aquel que le dice que se acerque al joven espíritu y le arrebate el cayado que siempre lleva con él.
Mientras está de espaldas, le rodea el cuello con un brazo, impidiéndole gritar correctamente por la presión contra su tráquea. Se sigue preguntando cómo podía ser posible que los espíritus respiraran, que la sangre corriera por sus venas.
¿Cómo es que parecía que seguían vivos? ¿Cómo es que alguno de ellos podían parecer humanos normales?
El espíritu se retuerce contra su agarre, intenta apuntarle con la curva punta de su cayado, pero Hiccup entierra sus garras en su antebrazo, sacándole finalmente un horrible grito de dolor, obligándolo a soltar aquel trozo de madera congelada. Lo deja caer al suelo, se divierte un poco al ver como se intenta apresurar a retomar control sobre aquel palo, sonríe con cierta alegría infame y podrida cuando pisa con tanta fuerza su mano que puede escuchar uno que otro crujido a través de sus chillidos.
El cayado tiene una sensación punzante e incómoda en sus manos, pero lo aprieta con fuerza entre sus manos, pero está dispuesto a obedecer la voz en su cabeza, aquella que seguramente surge desde la oscura cueva que se extiende a sus espaldas, cuando esta le dice que parta en dos aquel cayado.
—¡Para! —la voz del espíritu con forma de conejo logra detenerlo, porque realmente le da curiosidad que sea tan directo con él, que su voz se escuche tan desesperada y suplicante a pesar de ser el menos lastimado por la batalla—. Por favor, por favor detente. Esta pelea no tiene sentido, no te dejes llevar por los susurros de Pitch, es un espíritu oscuro que se alimenta de tu miedo, de tu sufrimiento, por favor, por favor escúchanos, no tienes por qué hacerle caso, no tienes por qué seguir sus órdenes.
—Yo no sigo las órdenes de nadie —gruñe con rabia, mostrando lo mejor posible su rostro a través de las sombras—. Esta masacre, esta pelea, esta venganza… es todo cosa mía, mía y de nadie más. Me habéis quitado lo que más amaba, y pienso hacer que paguéis por ello.
—Por favor —es ahora el joven espíritu quien ruega, desde el suelo, hecho un ovillo de dolor, lágrimas y terror—. Por favor, Hiccup, escúchanos… se… se que no eres así. Ella me ha hablado de ti, sé que no eres así, esto es todo culpa de Pitch.
Aster tiembla un poco al ver la extraña expresión tomando el rostro de aquel desconocido, de aquel humano consumido por las pesadillas.
—¿Ella está viva? —pregunta mientras se inclina lentamente hacia Jack, mientras se agacha hasta tomarlo del cabello para alzarle el rostro y obligarlo a mirarlo a los ojos—. ¿Elsa está con vida?
—¡Por supuesto! —se apresura Jack—. No queremos hacerle daño, jamás pretendíamos lastimarla… pero… pero, por favor, compréndelo, es demasiado peligroso que alguien como ella vaya libremente por allí. Sabemos que no ha cometido ningún error, ningún pecado ni crimen… pero es demasiado peligrosa, demasiado…
Qué extraño, es lo mismo que aquellos hombres de los reinos aliados de Arendelle le dijeron cuando intentaron justificar su traición a la reina durante los días alrededor de su coronación. Recuerda como repetían lo mismo una y otra vez. Que era peligrosa, un monstruo, una amenaza para todos.
Recuerda lo mucho que le costó contenerse para no matarlos en ese preciso momento.
—¿Peligrosa? —repite, rabioso—. Aquí el único peligro sois vosotros, que durante la noche llegasteis sin permiso ni respeto a mi pueblo, que os llevasteis a mi mujer en contra de su voluntad, que me obligasteis a dejarlo todo para recuperarla… Yo, que me creía un jefe pacífico, obligado a perseguiros solo para rescatar a mi mujer, a la mujer que jamás debisteis de haber tomado, a la mujer más amable, comprensiva, paciente y protectora que jamás he conocido. ¿Peligrosa? No… vosotros sois el peligro, la amenaza con la que tengo que acabar para que ella pueda estar en paz.
Entierra Inferno contra la espalda del joven espíritu, la sinfonía de sus gritos se mezcla con la voz desesperada del otro que queda en pie. La sinfonía de sus gritos pronto se mezcla con el rugir del viento del norte, que está satisfecho por toda la sangre dorada que mancha la nieve.
—¡Para! —ruega el espíritu que tira de su cuerpo—. ¡Ten un poco de piedad!
—¿¡Piedad!? —lo aparta de empujón, tirándolo al suelo, reteniéndolo rápidamente allí con las sombras que seguían su mandato. Parte el cayado congelado contra su pierna y debe de admitir que los chillidos agonizantes del joven espíritu llegan a ser más aterradores y desgarradores que satisfactorios. Los ignora cuanto puede, ignora todo el dolor que lo rodea, solo centra en el cuerpo que hay en el suelo, el cuerpo que todo no ha marcado con su rabia—. ¿¡PIEDAD?! —brama una vez más, justo antes de clavar el puntiagudo trozo del cayado partido en el pecho del espíritu, siendo salpicado de inmediato por su sangre dorada—. ¿¡Tuvisteis vosotros piedad con ella!? ¿¡Tuvisteis piedad cuando intentaba volver a su hogar!? —saca el cayado tirando hacia abajo, abriendo mucho más la herida, extendiendo aquel charco dorado que se iba generando alrededor del espíritu—. ¿¡Tuvisteis piedad conmigo cuando rogué que no os la llevarais!? —clava ahora el cayado contra el estómago del espíritu, lo ve removiéndose desesperado, peleando contra la negra arena, pero no logra escaparse de él—. ¿¡Tuvisteis piedad conmigo cuando la estuve buscando por tanto tiempo, cuando temí que estuviera muerta!?
—¡Detente! —una voz chilla, para ya ni siquiera sabe de quién es. Lo único de lo que está segura que no es la voz de su esposa—. ¡Para! ¡Por favor!
—¿¡Tuvisteis piedad por el pueblo que la añoraba!? ¿¡Por la gente que la necesitaba y amaba!? ¿¡Por la hermana menor que sin ella se sentía destrozada!?
Aquel deslumbrante y cuidado pelaje azul y blanco está bañado en dorado, está bañado en la sangre del espíritu, igual ocurre con sus manos, igual ocurre con el cayado del joven espíritu.
—¡Y lo peor es que ni siquiera os puedo matar! —ruge, sollozando, temblando del terror—. ¡Cuando me muera, cuando mi pueblo se quede en el olvido, vosotros seguiréis con vida! ¿¡Cómo protegeré a mi esposa cuando esté en el Valhalla!? ¿¡Cómo podré asegurarme que no volveréis a encerrarla!? —clava el cayado contra su cuello, porque sus alaridos son demasiado chirriantes y abrumadores para seguir escuchándolos—. No… nada de piedad, quiero que os quede claro a todos vosotros una cosa. Sin importar cuanto tiempo pase, sin importar cuanto tiempo lleve mi corazón sin palpitar… sin importar qué tan muerto esté ¡Volveré del más allá si os atrevéis a acercaros a mi mujer una vez más!
Solo deja de perforar su cuerpo cuando el espíritu deja de moverse, cuando solo puede respirar con dificultad y dejarse llevar por los dolorosos espasmos de su cuerpo. Solo los deja en paz cuando puede verlos bien a todos, desangrándose, sollozando, temblando contra la cruel e inagotable nieve, cuando ni uno solo de ellos es capaz de moverse voluntariamente.
Se queda completamente quieto por unos largos segundos, hasta que vuelve a escucharla.
—Hiccup…
A través del portal por el que habían llegado, puede oír su voz.
Una sonrisa intenta formarse en su rostro, pero no lo consigue, por lo que solo arrastra los pies, cansado, pero determinado a terminar con todo de una vez.
Volvería a verla, la llevaría a casa, a cualquiera fuera el lugar que ella comprendiera como su hogar. Sin importar si era con los Northuldra, de regreso a Arendelle, o si pudiera perdonarlo y estar con él en Berk. Volvería a verla, y la llevaría a casa, al pueblo que la esperaba, a que volviera a verse con el dragón que había vuelto solo por órdenes de su jinete, a que su vida volvería a ser la de antes.
—Ya voy —murmura contra el viento, que parece estar más calmado—, ya voy, mi amor.
