Dolor

El Palacio de Jade había sido su hogar por añ que era una niña. Fue su lugar seguro desde que salió del orfanato de Bao Gu.

Su refugio. Su templo.

Ahora, cada rincón era un recordatorio de lo que ya no tenía.

Cuatro meses.

Cuatro meses de felicidad que ahora se habían convertido en un dolor insoportable.

El jardín donde Po la había abrazado con lágrimas en los ojos cuando le dijo que iban a ser padres.

La habitación que habían empezado a preparar, donde aún quedaban rastros de los pequeños planes que nunca se cumplirían: un futón nuevo, un par de juguetes de madera que Po había tallado con torpeza, algunas telas que Víbora y Grulla habían conseguido para hacer ropa.

Ahora todo aquello era polvo.

Tigresa pasaba por esos lugares como un fantasma, sintiendo el peso de lo que pudo ser y nunca sería.

Y Po… Po intentaba ser fuerte.

Seguía a su lado, hablándole con la misma dulzura, con la misma paciencia.

Pero había algo en sus ojos, en su voz. Algo que antes no estaba ahí.

Un cansancio. Una tristeza.

Porque no importaba cuánto intentara acercarse a ella.

Tigresa no podía soportarlo.

Él no la culpaba.

Y eso la destrozaba más.

Si la hubiera odiado, si la hubiera apartado, si hubiera dicho en voz alta lo que ella sentía en su interior, entonces tal vez el dolor sería más fácil de soportar.

Pero Po seguía mirándola con amor.

Y ella no podía devolvérselo.

No después de haberle fallado a él, de haberle fallado a su bebé … y a si misma.

Las primeras semanas fueron un tormento silencioso.

El dolor físico era una presencia constante, punzante, ardiente. Cada movimiento le recordaba lo que había perdido: un tirón agudo en el vientre si intentaba cambiar de posición en la cama, una punzada sorda en la espalda por permanecer demasiado tiempo acostada. A veces, los calambres la despertaban en mitad de la noche, desgarrándola desde adentro, dejándola sin aliento, con las garras aferradas a las sábanas mientras su cuerpo se contraía involuntariamente.

Víbora intentó ayudarla.

—Esto te aliviará —le dijo una tarde asomándose a su puerta extendiéndole una pequeña compresa de tela empapada en agua tibia—. Si la pones sobre tu abdomen, el dolor disminuirá.

Tigresa ni siquiera la miró.

—No la necesito.

Víbora frunció el ceño.

—Tigresa, esto no es una prueba de resistencia.

Pero Tigresa no respondió.

No era cuestión de soportar.

Era cuestión de sentir.

Porque si el dolor estaba ahí, entonces la herida seguía abierta.

Si la herida seguía abierta, entonces su bebé todavía existía de alguna manera, al menos en su sufrimiento.

Si el dolor desaparecía… ¿qué le quedaba?

El sangrado no cesaba del todo. Al principio, fue abundante, agotador, debilitante. Pasaba los días en su habitación, envuelta en el mismo silencio asfixiante. A veces, sentía la humedad cálida entre sus piernas, recordándole que su cuerpo seguía deshaciéndose de lo que ya no estaba.

Po se daba cuenta

Y pese a los rechazos de ella , él la obligaba a levantarse y la guiaba hasta los baños donde le preparaba tinas calientes y baños para que se sintiera más cómoda . Ella trataba de rechazarlos pero al final cedía.

Sin embargo, su declive no se detenía.

Una noche, Po se despertó y la vio moverse en la oscuridad.

El pasillo estaba en penumbras cuando Tigresa avanzó lentamente hacia el baño. Era la primera vez en días que salía de su habitación por voluntad propia, aunque su paso era arrastrado y torpe, como si cada movimiento le costara más de lo que debería.

Se quedó de pie, observándola sin decir nada.

Solo cuando la luz de la luna iluminó su rostro, sintió un nudo en la garganta.

Tigresa siempre había sido fuerte, imponente. Su postura recta, su caminar firme, su mirada intensa.

Pero ahora…

Su pelaje, antes brillante, se veía opaco, sin vida. Sus mejillas estaban más hundidas de lo que recordaba, sus ojos apagados, con profundas ojeras que delataban noches sin descanso.

Cuando se apoyó contra el marco de la puerta, notó que incluso su respiración parecía más pesada, como si el simple acto de moverse la agotara.

—Tigresa… —Po habló en voz baja, casi temeroso de que ella huyera si decía algo de más.

Ella no lo miró.

Se quedó quieta un momento, como si dudara entre seguir adelante o regresar a su habitación.

Po sintió la urgencia de hacer algo. De decirle que estaba preocupado por ella, que sabía que no estaba comiendo bien, que cada día que pasaba sin verla entrenar era como si la estuviera viendo desmoronarse.

Pero no lo hizo.

Porque sabía que si intentaba empujarla demasiado, ella se cerraría aún más.

Así que solo se quedó allí, mirándola, con el pecho apretado, hasta que ella finalmente siguió su camino y desapareció dentro del baño.


Esa noche, Tigresa volvió a tener pesadillas.

Po se despertó de golpe.

No sabía qué lo había sacado del sueño hasta que escuchó el sonido.

Un jadeo entrecortado.

Se giró en la oscuridad, su mirada ajustándose hasta ver la silueta de Tigresa en el borde de la cama.

Su respiración era errática, sus hombros temblaban.

—Tigresa… —susurró, moviéndose lentamente hacia ella.

Pero entonces la escuchó.

—No… no te vayas…

Po sintió el frío en su pecho.

Ella estaba soñando.

Su expresión estaba crispada, como si estuviera luchando contra algo en su mente. Sus garras se aferraban a la sábana con fuerza, y su cola se agitaba con pequeños espasmos incontrolables.

—Por favor… no me dejes… —murmuró de nuevo, con la voz rota.

Po sintió su corazón quebrarse.

No soportó más verla así.

Con cuidado, tocó su brazo.

—Tigresa, despierta —susurró con suavidad.

Ella dio un respingo y se sentó de golpe, con la respiración agitada y los ojos desorbitados.

Por un momento, parecía no reconocer dónde estaba.

Luego, su mirada se encontró con la de Po.

No dijo nada.

Solo se llevó las manos al vientre, con los ojos llenos de un vacío desgarrador.

Po quiso abrazarla. Decirle que estaba allí, que no estaba sola.

Pero antes de que pudiera hacer o decir algo, ella se apartó lentamente.

Se tumbó de nuevo en la cama, dándole la espalda.

Po se quedó en silencio.

No la presionaría.

Pero tampoco la dejaría sola.

Así que, sin decir nada, se acostó a su lado.

No la tocó.

No insistió.

Solo permaneció allí, despierto, escuchando su respiración temblorosa hasta que finalmente se calmó.

Y supo que, aunque ella no lo aceptara, en el fondo quería que alguien estuviera con ella.

Incluso si no podía admitirlo.


—Tigresa, necesitas déjarnos ayudarte —le dijo en voz baja una noche, dejándole un plato de comida en la mesa, aunque sabía que no lo tocaría.

Ella no reaccionó.

Cuando Víbora volvió a ofrecerle una infusión de hierbas para regular su cuerpo y aliviar el dolor, Tigresa la rechazó con más frialdad de la necesaria.

—No quiero nada.

—No es una cuestión de querer —insistió Víbora—. Es una cuestión de que tu cuerpo necesita sanar. El médico fue claro.

Tigresa cerró los ojos.

—Déjalo sanar solo.

Víbora suspiró, comprendiendo finalmente lo que pasaba.

No era un rechazo al alivio. Era un castigo autoimpuesto.

Po, sin embargo, no entendía.

—No tienes que pasar por esto así, Tigresa —le dijo , sentado junto a ella en la penumbra, con las manos en los muslos, como si temiera alcanzarla—. No tienes que hacerte daño.

Ella no respondió.

Porque en el fondo, él tenía razón.

Pero el dolor físico era lo único que la mantenía conectada a lo que había perdido.

Y no estaba lista para dejarlo ir.


Las noches eran las peores.

Antes solían dormir juntos, acurrucados como si el mundo entero no importara mientras estuvieran así.

Pero ahora, Tigresa se quedaba despierta hasta que Po se dormía, y cuando el sueño finalmente la vencía, lo hacía en el borde de la cama , con la espalda rígida, sintiendo que cualquier contacto la quemaría.

Y Po lo notaba.

Sabía que ella no era la misma.

Y aunque no decía nada, Tigresa podía sentir su dolor cada vez que él estiraba la mano para tocarla y luego se detenía.

Cada vez que intentaba hablar y luego cerraba la boca.

Cada vez que sonreía con tristeza, como si aún tuviera esperanza, como si creyera que ella regresaría a él cuando el tiempo curara sus heridas.

Pero él no entendía.

Esto no era algo que el tiempo pudiera sanar. Ni el tiempo, ni nada.

Esto era algo que la estaba consumiendo, arrancando lo poco que quedaba de ella.

Y aunque no lo decía en voz alta, en el fondo de su corazón, Tigresa sabía la verdad.

Su matrimonio estaba quebrándose.

Y tal vez no había manera de salvarlo.

Los días pasaban, pero para Tigresa no había diferencia.

No había sol ni luna.

No había frío ni calor.

Solo un peso inmenso en su pecho, una sombra espesa que la envolvía y la hundía más y más en la oscuridad.

Había dejado de entrenar.

Había dejado de meditar.

Había dejado de comer.

Había dejado de existir.

Su antigua habitación , aquella donde habitaba antes de casarse con Po, se había convertido en su único mundo ahora.

El lugar donde podía esconderse de las miradas llenas de compasión, de las voces que intentaban consolarla, de Po y su insistente amor, ese amor que ella no podía devolverle.

Al principio, los demás intentaron acercarse.

Víbora tocaba la puerta con suavidad, hablándole con paciencia, intentando sacarla de su encierro.

Mono dejaba su comida frente a la puerta, esperando que al menos comiera algo.

Grulla suspiraba con preocupación cada vez que pasaba cerca.

Mantis, incluso con su torpeza para tratar temas delicados, había preguntado si necesitaba algo.

Pero nada de eso importaba.

Porque Tigresa no quería salir.

No quería hablar.

No quería sentir.

Se quedaba recostada de lado en su cama, con la mirada perdida en la habitación , con el cuerpo inmóvil, dejando que el tiempo pasara sin sentido.

El hambre era un concepto y así como llegaba se iba .

El sueño llegaba en fragmentos, interrumpido por pesadillas que la hacían despertar con la garganta seca y el corazón latiendo desbocado.

A veces soñaba con su bebé.

Lo veía corriendo por el palacio, riendo con la voz de Po.

A veces lo sentía en su vientre otra vez, moviéndose, creciendo, llenándola de esa calidez que una vez creyó eterna.

Pero luego despertaba.

Y la realidad la golpeaba como un puñetazo.

Se llevaba las manos al abdomen plano y vacío, sintiendo el hueco donde antes había vida.

Donde antes había esperanza.

Y entonces todo se rompía otra vez.

Po intentaba ser fuerte por ambos.

Sabía que él se preocupaba, que cada vez que entraba a la habitación y la veía allí, sin fuerzas siquiera para mirarlo, su corazón se rompía un poco más.

—Tigresa… —su voz era siempre suave, siempre paciente—. Por favor… dime qué puedo hacer.

Ella nunca respondía.

Porque no había respuesta.

Porque no había nada que él pudiera hacer.

Ella se había perdido a sí misma.

Y no sabía si alguna vez volvería a encontrarse.

El tiempo se deslizaba como arena entre sus dedos.

Un día se convertía en el siguiente sin que Tigresa lo notara.

El mundo allá afuera seguía girando, pero el suyo estaba detenido.

Los demás dejaron de insistir.

Las visitas a su puerta se hicieron menos frecuentes.

Las charlas en el comedor ya no bajaban en volumen cuando ella pasaba por los pasillos… si es que se atrevía a salir de la habitación

Era como si todos hubieran aceptado que ella… ya no estaba realmente allí.

Y quizás era cierto.

Quizás una parte de ella había muerto junto con su bebé.

Po no se rendía.

A veces se sentaba a su lado, sin decir nada.

Otras veces hablaba, contándole pequeñas cosas del día, como si su voz pudiera alcanzarla a través de la niebla en la que ella estaba atrapada.

Pero Tigresa no respondía.

No podía.

El peso de la culpa la consumía desde dentro.

No era solo el dolor de la pérdida.

Era la certeza de que ella había fallado.

Había sido su responsabilidad proteger a ese pequeño ser.

Y no lo hizo.

No importaba cuántas veces Po le decía que no era su culpa.

No importaba que los demás le aseguraran que nada podría haber cambiado lo que pasó.

Ella lo sabía.

Sentía la verdad ardiendo en su pecho cada vez que cerraba los ojos.

Había fallado como madre.

Había fallado como esposa.

A veces, cuando la desesperación la envolvía, se aferraba a la idea de que todo sería más fácil si simplemente… desapareciera.

No morir.

No se trataba de eso.

Pero sí dejar de estar, dejar de ser esta sombra vacía que solo lastimaba a los que la amaban.

Se abrazaba a sí misma en la oscuridad de su habitación, tratando de recordar cómo se sentía ser fuerte.

Cómo se sentía ser Tigresa.

Pero no lo lograba.

Po seguía ahí.

Intentándolo.

Esperando.

Pero ella no sabía si alguna vez podría volver a él.


Hola! Bueno, aqui tenemos un capitulo donde hay mucho dolor, es un declive , cuando el dolor te invade y te impide moverte, te roba toda la energía y te deja sin fuerzas si quiera de seguir viviendo.

¿Podrá salir de esto?

Sigan leyendo para averiguarlo

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Los quiero !