La oficina temporal asignada a Bella estaba ubicada en el ala este del piso ejecutivo. Era una oficina moderna pero funcional, con una gran mesa de trabajo, una silla ergonómica y una computadora de última generación. La habitación tenía un ventanal con vista a la ciudad, y una pizarra en la pared lateral llena de anotaciones y diagramas inacabados. Estaba aislada del ruido de las áreas comunes, con paredes de cristal esmerilado que ofrecían privacidad sin sacrificar luz natural.
Bella dejó su bolso en una esquina y se arremangó ligeramente la blusa. Encendiendo la computadora, accedió al sistema de archivos y localizó todo el material disponible sobre el proyecto de Chicago. Los documentos estaban desordenados, algunos duplicados, otros sin actualizar. Nada que no pudiera manejar.
Abrió una hoja en blanco y comenzó a trazar una línea de tiempo. Identificó los puntos muertos, las fechas en las que todo había comenzado a retrasarse. Luego pasó a los permisos: notas internas, correos archivados, solicitudes inconclusas. Había errores de coordinación evidentes, gente sin asignación clara y equipos que trabajaban en paralelo sin comunicación.
A medida que analizaba la documentación, Bella comenzó a tomar nota de los patrones: áreas que fallaban con mayor frecuencia, momentos específicos en los que la comunicación se cortaba, decisiones que se diluían entre correos no respondidos. Identificó también fortalezas: un equipo de diseño eficiente, proveedores comprometidos, y una buena relación con el municipio local. Todo esto lo volvió visible en la pizarra, con colores distintos para las fallas y los aciertos.
Su rostro estaba sereno, pero su mente no paraba. Bella había lidiado con estructuras más caóticas que esa. Con cada clic, cada dato revisado, se sentía más firme, más enfocada. Tenía un método: detectar la falla, aislarla, rediseñar el flujo y devolverlo optimizado.
A medida que organizaba la información, se levantaba con frecuencia para trazar esquemas en la pizarra: cronogramas corregidos, líneas de comunicación entre departamentos, flechas que marcaban prioridades y puntos de bloqueo. Visualizar el caos era parte de su estrategia para resolverlo.
Anotó decisiones concretas, estableció responsables y plazos. Reorganizó la jerarquía de comunicación y propuso una reunión semanal entre los equipos de arquitectura, logística y legales. Todo en dos páginas claras, ejecutivas.
No miró el reloj. No lo necesitaba. Sabía que estaba dentro del tiempo.
Y que Edward Cullen recibiría exactamente lo que había pedido. Y un poco más.
Unos minutos después de cerrar el archivo final, escuchó el sonido seco de nudillos contra el marco de la puerta. Se giró. Edward Cullen estaba de pie, observándola con atención.
—¿Terminó? —preguntó, sin rodeos.
Bella asintió y se apartó ligeramente para que pudiera ver tanto la pantalla como la pizarra. Edward cruzó el umbral sin pedir permiso, con pasos tranquilos pero firmes. Se detuvo primero frente al monitor, escaneando los documentos que había preparado: estructura clara, lenguaje directo, soluciones factibles.
Luego se volvió hacia la pizarra. Sus ojos se movían rápido de un esquema a otro, absorbiendo la información. Se detuvo especialmente en las anotaciones que marcaban las áreas con mayores incidencias, los puntos críticos de retraso y las soluciones propuestas. También notó los colores que diferenciaban las debilidades de las fortalezas. Todo estaba claro, preciso, sin espacio para la improvisación.
Silencio.
Finalmente se giró hacia ella. Sus facciones seguían imperturbables, pero había un leve cambio en su mirada, un matiz de reconocimiento.
—Esto supera lo que esperaba en tan poco tiempo —dijo. Su voz era baja, casi neutral, pero el contenido era inequívoco.
Bella se limitó a asentir.
—Trabajé con lo que tenía. El proyecto es viable, pero requiere estructura real y líneas de responsabilidad claras. Sin eso, el dinero seguirá perdiéndose entre pasos mal ejecutados.
Edward mantuvo la mirada fija en ella por unos segundos más. Luego miró de nuevo la pizarra, como si confirmara algo que ya había decidido.
—No busco solo una asistente personal, señorita Swan. Necesito a alguien que analice estos riesgos antes de que lleguen a mí. Usted va a ser el filtro, el nexo entre todas las áreas y la junta directiva. Quiero síntesis, anticipación, decisiones claras.
Bella lo escuchó con atención, sin sorprenderse. Sabía que, si llegaba a trabajar con alguien como Edward Cullen, el puesto nunca sería simplemente operativo.
—Entendido. Y puedo hacerlo.
Edward asintió, satisfecho.
—Quiero que lo presentes. Mañana, primera hora. Junta con los jefes de equipo. Ellos también deben entender que, a partir de ahora, los informes pasan por usted.
Se detuvo antes de salir y la miró una vez más, evaluando.
—El horario no será convencional. No espero jornadas de ocho horas ni una rutina predecible. Debe estar disponible ante cualquier imprevisto, viaje o decisión urgente. A cambio, su salario reflejará esa exigencia. Muy por encima del promedio para este tipo de cargo.
Bella no pestañeó.
—Eso también lo tengo claro.
Edward le sostuvo la mirada un segundo más, luego se giró hacia la puerta.
—Acompáñeme.
Y salió de la oficina sin esperar su respuesta.
Cuando regresó a su despacho, Edward se sentó tras su escritorio, presionó el intercomunicador y habló con precisión:
—Alice, ven a mi oficina. Quiero que orientes a Isabella sobre los detalles de la reunión de mañana.
—En camino —fue todo lo que dijo su hermana.
Mientras esperaba, Edward entrelazó los dedos y miró por la ventana. Su decisión ya estaba tomada. No era común que alguien lo sorprendiera, mucho menos en tan poco tiempo. Pero Isabella Swan no era una candidata común. Y eso, lo sabía bien.
Ambos esperaron en silencio a Alice.
Minutos más tarde, Alice entró a la oficina temporal con una carpeta en mano y su característico andar decidido. Llevaba el cabello perfectamente peinado y un blazer que parecía hecho a medida. Su expresión era profesional, sin rastro de cortesía innecesaria.
—Señorita Swan —dijo sin rodeos, dejándole la carpeta sobre la mesa—. El señor Cullen me pidió que le transmita los detalles para la reunión de mañana. Quiero que esté completamente preparada.
Isabella se incorporó de inmediato y abrió la carpeta.
—Participarán seis departamentos: Arquitectura, Legal, Finanzas, Logística, Recursos Humanos y Comunicación. Cada uno tendrá un representante con decisión directa, y algunos llevan meses sin coordinar entre sí. Es fundamental que mantenga la reunión enfocada y evite divagaciones.
Alice se sentó en el borde del escritorio mientras Isabella hojeaba las hojas llenas de cifras, cronogramas y nombres.
—Tendrá frente a usted a Rosalie Hale por Arquitectura, exigente y con poca paciencia para la improvisación; Emmett Cullen de Logística, resolutivo pero frontal; Kate Denali en Finanzas, rigurosa con los números y poco flexible ante cambios presupuestarios. Eleazar Vega representará a Legal, meticuloso y orientado a los procesos; Carmen Vega en Comunicación, siempre diplomática pero con una opinión fuerte cuando es necesario; y finalmente Angela Weber en Recursos Humanos, observadora y muy enfocada en el clima laboral.
Isabella alzó la mirada, firme.
—Entendido.
Alice asintió con un gesto breve.
—Cada uno recibirá una copia de su análisis mañana a primera hora. Yo me encargo de eso. El señor Cullen quiere que domine los datos, que anticipe preguntas y que no permita que ningún ejecutivo desvíe el foco. Espera que tome el control desde el primer minuto.
Isabella asintió, repasando los nombres y cifras con rapidez, reteniendo fechas clave y detectando inconsistencias en los datos a simple vista.
—Lo tengo claro.
Alice se puso de pie y se dirigió a la puerta. Se detuvo antes de salir.
—Y una cosa más: no todos en esa sala estarán contentos con su presencia. Pero ese es su problema, no el suyo.
Sin esperar respuesta, salió con paso firme por el pasillo silencioso del ala ejecutiva.
