La nueva y triste señora Desmond

Después de casarse con Damian, Anya creyó que la vida conyugal sería distinta. No necesariamente como la de sus padres —Loid, el espía más brillante de Westalis, y Yor, la asesina letal del Garden—, pero sí esperaba algo con más chispa, más cercanía. Algo suyo. Más humano. Más íntimo.

Sin embargo, pronto descubrió que ni ella ni su esposo estaban hechos para una vida común. Damian, por petición expresa de su hermano mayor, había asumido la dirección de varias empresas de la familia Desmond, una carga que llevaba con aparente estoicismo, pero que lo mantenía absorto día y noche. Ella, por su parte, había conseguido un empleo como psicóloga en el Hospital Central de Berlint, un lugar donde su rutina —paradójicamente— no era para nada rutinaria. Allí atendía desde soldados traumatizados por la guerra hasta personas con secretos tan oscuros como su propio pasado… incluyendo, en más de una ocasión, a individuos vinculados al mundo del espionaje o del asesinato, eso le daba un toque de adrenalina a su vida, aunque no el tipo que hubiese deseado.

El primer mes de casados fue un espejismo, ambos habían pedido vacaciones temporales para poder recorrer Europa, en donde visitaron los Alpes, pasearon por los canales de Venecia, bailaron en Praga bajo una lluvia inesperada, y fueron felices, verdaderamente felices, pero al regresar, la realidad les aguardaba como una bestia paciente y silenciosa.

Sí, su trabajo la mantenía ocupada, pero el de él la mantenía a ella sola.

—¿Y mi esposo? — preguntó una noche, como otras tantas, mientras se sentaba a cenar en el comedor desproporcionadamente grande. El único que solía acompañarla era Thomas Grey, el mayordomo de mirada imperturbable y voz educada, ya lo conocía bien después de tres meses de cenas compartidas, habían desarrollado una amistad discreta, discutiendo durante horas sobre política, sobre la tensa calma posterior a la guerra, sobre los acuerdos internacionales que a muchos les parecían milagrosos… aunque ella sabía la verdad, sabía lo que se había sacrificado para conseguir esa paz, lo que había costado aquella "armonía repentina" entre países, lo sabía porque había estado ahí, lo sabía porque su esposo también había estado ahí.

—No podrá asistir— respondió Thomas con un tono neutro que ya no ocultaba la lástima.

—¿Otra reunión? — inquirió ella, aunque la respuesta ya la conocía, de hecho, ni siquiera necesitaba preguntarlo, ya había leído su mente, sabía perfectamente dónde estaba Damian, y con quién.

—Sí—

La pelirrosa se levantó en silencio, sin apetito, y subió a su habitación, no tenía sentido insistir, ni esa noche, ni la anterior, ni la próxima.

Desde que regresaron de la luna de miel, no habían vuelto a hacer el amor. No se trataba solo del acto físico: era la distancia, la falta de tiempo, de palabras, de contacto. Todo parecía haberse diluido en el calendario, en los compromisos, en los pasillos eternos de aquella casa inmensa.

Ahora era Anya Desmond, y sin embargo no se sentía tan completa como antes. Se acostó sola en la cama gigantesca, arropada no por el calor de su marido, sino por el eco de su ausencia.

La casa entera era un palacio silencioso: altos techos, pasillos interminables, salones vacíos, muy distinto al hogar cálido, caótico y lleno de vida donde había crecido.

Y comprendió, comprendió por qué su padre organizaba "citas falsas" con su madre, como juegos o excusas, para que Yor no se sintiera sola, porque la soledad en pareja no es menos dolorosa, es más cruel, es más sutil.

Pero su esposo no organizaba citas, su esposo no tenía tiempo, y esa idea la golpeó más fuerte de lo que quiso admitir ¿Sería así el resto de su vida? ¿Ella en casa, cuidando hijos, mientras él asistía a reuniones eternas, a cenas diplomáticas, a consejos directivos? ¿Ella esperando, como una esposa perfecta y resignada?

No, no quería pensar en eso, no ahora, no cuando no podía cambiarlo.

Cerró los ojos con fuerza y trató de dormir.

Horas más tarde, como todas las noches, sintió el peso de un cuerpo a su lado, Damian se deslizó entre las sábanas sin hacer ruido, como una sombra cansada, la besó en la frente con ternura y la abrazó por la espalda, como si eso pudiera compensar su ausencia.

A las cinco de la mañana, él ya no estaba.

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La rutina diaria de la señora Desmond comenzaba, irónicamente, antes de que ella lo deseara.

A las seis de la mañana, las cortinas se abrían de golpe, dejando entrar la luz sin piedad, las mucamas la despertaban con delicadeza, pero sin contemplaciones. A Anya le hubiese gustado dormir un par de horas más —su turno en el hospital empezaba a las ocho—, pero en esa casa el descanso personal parecía menos importante que la etiqueta.

La llevaban al baño —ya preparado con esencias florales que jamás había pedido— y luego la vestían con lo que Claudette, la mucama principal, definía como "ropa digna de una Desmond", aunque Anya lo describía con más precisión como "ropa de abuelita política". La peinaban con esmero, tirando de su cabello sin piedad para lograr un recogido perfecto que, según Claudette, era el peinado "tradicional" de las damas Desmond.

Después, el desayuno, siempre equilibrado, siempre saludable, siempre aburrido…

Y la pelirrosa comía en silencio, echando de menos el olor de los panqueques de su infancia, los tazones de cereal desbordados y el desayuno compartido con su madre, que quemaba las tostadas, pero las servía con una sonrisa, aquí, todo era impecable, estéril, frío.

Al regresar del trabajo, la rutina se repetía al revés: la recibían con reverencias, le quitaban el abrigo, le preparaban un baño relajante, y luego cenaba sola, a veces en compañía de Thomas, el mayordomo, con quien hablaba más que con su propio marido.

Ni siquiera le permitían sostener una bandeja o preparar su propio té, Claudette insistía en que no era molestia alguna, pero Anya no quería no ser una molestia, quería ser una persona…

Adaptarse había sido difícil, y si bien su cuerpo comenzaba a aceptar los horarios, la ropa, incluso los peinados dolorosos, su alma aún se resistía.

Lo que no lograba normalizar era la ausencia constante de su esposo, eso, nada podía remediarlo.

A veces, su rutina se interrumpía por eventos empresariales o compromisos sociales, pero incluso entonces, la distancia se mantenía, apenas llegaban al lugar, Damian era secuestrado por sus colegas y superiores, mientras ella era arrastrada —como una muñeca bien vestida— al rincón de las esposas. Ella fingía sonreír entre conversaciones planas sobre moda, quejas familiares, hombres ausentes y los lujos más recientes que habían comprado para tapar vacíos que nadie nombraba.

Y otras veces, como ese día en particular, Anya recibía visitas que rompían la monotonía con un golpe emocional inesperado.

—¡Y me compró el auto que yo quería! — exclamó Becky con una emoción desbordante.

La pelirrosa la observó con una mezcla de ternura y desconcierto, qué irónica era la vida, ella y Damian se conocían desde los seis años, habían sido amigos, enemigos, luego pareja, habían compartido dos años de relación antes del matrimonio, y sin embargo, ahí estaba su mejor amiga Becky Adams —antes Blackbell—, casada con un hombre al que había conocido apenas una semana antes de la boda… y parecía infinitamente más feliz.

—Estoy embarazada— anunció la castaña de pronto, con una sonrisa tan genuina que Anya, en su sorpresa, escupió el té.

—¡Wow! Felicidades— atinó a decir, antes de levantarse para abrazarla.

Se alegró de verdad, Becky lo merecía, pero el nudo en su garganta no se deshizo del todo.

Tal vez no la habría tomado por sorpresa si le hubiera leído la mente, pero la pelirrosa había hecho una promesa a los doce años: jamás violaría la privacidad mental de sus seres queridos, y la había cumplido.

—Charles y yo somos tan felices— suspiró Becky, llevándose una mano al vientre con ternura —¡Qué suerte la nuestra! Las dos encontramos al hombre de nuestros sueños, las dos somos felices—

—Sí... felices— repitió Anya, con una sonrisa fingida que apenas sostenía el peso de su mentira.

En ese momento, más que nunca, Anya se preguntó qué significaba realmente estar casada ¿Felicidad? ¿Estabilidad? ¿Soledad envuelta en papel dorado?

Quizás su historia con Damian se había quebrado justo por el hecho de conocerse demasiado bien. Becky y Charles se conocieron luego del matrimonio, lo construyeron desde la curiosidad, el misterio, el día a día, pero ella y Damian… lo habían sido todo antes de casarse. ¿Y ahora? ¿Por qué todo parecía derrumbarse?

¿Por qué no podía simplemente ser feliz?

Quizás él no era feliz tampoco, tal vez por eso llegaba tarde y se marchaba temprano, tal vez no le gustaba quién era ella realmente, quizás por eso todo en su entorno había cambiado: su ropa, su peinado, hasta su forma de hablar, todo se había transformado en algo que no sentía suyo, en alguien que no era ella.

Anya se tragó sus dudas como quien se traga una pastilla sin agua, no dijo nada, no arruinó el momento de su amiga, Becky merecía su alegría.

Y ella… bueno, ella todavía no entendía por qué el "felices para siempre" se sentía tan solitario.

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—Quiero ir a casa de mis padres— anunció Anya un domingo por la mañana, apenas al llegar a la puerta de salida de la mansión Desmond.

Tras ella, como en una coreografía ensayada, uno de los sirvientes sostenía una sombrilla blanca sobre su cabeza, protegiéndola del sol, otro, con una bandeja forrada de terciopelo, le ofrecía una extensa variedad de gafas de sol, ordenadas por marca, color y forma.

—Muy bien, señora Desmond, enseguida preparo el coche— respondió el chofer, ajustándose los guantes de cuero y colocándose el sombrero con precisión militar.

Anya frunció el ceño y respiró hondo —Puedo ir caminando— dijo, con un leve temblor de irritación en la voz, solo quería salir, sentir la brisa en la cara, caminar como cualquier otra persona.

—Entonces la acompañamos— replicaron al unísono los sirvientes del parasol y de las gafas.

Ella giró hacia ellos con una sonrisa forzada, los ojos entrecerrados —Puedo ir sola—

Ella Intentó avanzar, pero los tres sirvientes, como autómatas programados, se interpusieron con suavidad, pero firmeza, cortándole el paso, no alzaron la voz, no se alteraron, pero sus rostros transmitían la misma expresión de angustia que ella había aprendido a identificar como culpa anticipada

—El señor Desmond se molestará— dijo uno.

—Nos despedirá— añadió otro.

—No podemos permitirlo— concluyó el tercero.

Y así, con una simple negativa, con una barrera humana disfrazada de cortesía, le robaron lo poco que le quedaba: su voluntad, su autonomía.

Anya bajó la mirada, sintiendo un nudo áspero en la garganta.

—Se me quitaron las ganas— murmuró, más para sí misma que para ellos.

Dio media vuelta, subió lentamente las escaleras y volvió a su habitación, no lloró, ya había llorado otras veces, esa mañana simplemente se sentó frente a la ventana, aún vestida, aún con los zapatos puestos, y miró sin ver los jardines perfectos que rodeaban su prisión.

Ese domingo no fue distinto a los demás, pero por alguna razón, se sintió más sola que nunca.

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—Debería comer, señora Desmond— sugirió con voz serena Thomas, el mayordomo que, en las últimas semanas, se había convertido en su única compañía constante durante las cenas silenciosas.

Anya apartó la vista del plato intacto frente a ella, la porcelana blanca parecía más vacía que nunca, a pesar de estar servida con esmero, sin levantar mucho la mirada, buscó un escape entre sus pensamientos.

—¿Y tú, Thomas? ¿Qué hay de tu vida? — preguntó de pronto, aferrándose a cualquier conversación que la alejara, aunque fuera un poco, del pozo de su propia melancolía —¿Qué tal va todo con Ginger? —

Ginger era la novia del joven mayordomo, se habían conocido hacía dos años, y desde entonces, él hablaba de ella con una devoción casi poética, la pelirrosa recordaba la primera vez que lo escuchó decir que quería casarse con ella desde el primer momento en que la vio.

—Ya reuní suficiente para el anillo— comentó Thomas, y por primera vez en la noche, sus ojos brillaron con ilusión.

—¿De verdad? — preguntó Anya, sorprendida y emocionada, como si se aferrara a esa pequeña chispa de esperanza ajena.

—Sí, en dos semanas ambos tendremos la noche libre, pensaba prepararle su platillo favorito, comprar un buen vino… y preguntárselo—

La sonrisa de Anya tembló.

Y entonces, los pensamientos oscuros regresaron, como olas que nunca dejaban de golpear su orilla, el matrimonio, la convivencia, el amor que se transforma o se desvanece…

—¿Estás seguro de que quieres dar ese paso? — preguntó ella, bajando la voz —Vivir con alguien es… muy diferente al noviazgo ¿Estás preparado para mostrarle todo lo que eres? ¿Incluso lo que no le va a gustar? —

Thomas, sin perder su gesto amable, respondió con una seguridad serena —No creo que uno deba cambiar por la persona que ama, ella ama todo de mí, incluso los trapitos sucios, y yo la amo a ella… tal como es—

Sus palabras resonaron en la mente de Anya mucho después de que terminó la cena, de vuelta en su habitación, frente al espejo del tocador, no pudo evitar mirar con detenimiento a la mujer que le devolvía la mirada.

El vestido que llevaba era perfecto, en teoría, peinado impecable, maquillaje suave, postura elegante…

La esposa de un Desmond.

Pero esa… no era ella.

Era una versión sofisticada, domesticada…

Y en ese instante, como si se abriera una compuerta en su interior, las palabras de Thomas hicieron clic.

Tal vez él tenía razón.

Tal vez el problema no era ella, sino todo aquello que había intentado dejar atrás para encajar en una vida que no sentía suya, quizá nunca había querido dejar de ser Anya Forger, tal vez no debía hacerlo.

La risa triste que soltó no tenía humor, era una mezcla de rabia, tristeza y alivio.

Se quitó los pendientes, luego el vestido, se soltó el cabello, sintiendo cada mechón caer como si dejara atrás una armadura ajena. Frente al espejo, por primera vez en meses, vio algo más cercano a sí misma: su cabello libre, su cuerpo sin los adornos innecesarios, su rostro sin máscaras.

Y entonces lloró.

Lloró por todo lo que había tragado sin quejarse, por la soledad, por la constante ausencia de su esposo, por los silencios, por las expectativas, por haber creído que el amor era dejar de ser una misma para ser "la esposa ideal".

Esa noche, se permitió romper, romper el molde, romper en llanto, romper con el silencio.

Aunque esta era la casa Desmond, ¿qué podía hacer ella contra todo eso?

Pero algo se encendió en su pecho, una chispa, un susurro de dignidad.

No, ella no era una prisionera.

Era una Desmond.

Y eso significaba que también podía hacer lo que se le diera la gana.

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El plan para recuperar su identidad comenzó al día siguiente.

Apenas sintió que Damian se levantaba y salía de la habitación —como cada mañana a las cinco, sigiloso como un fantasma—, Anya se incorporó sin hacer ruido, esperó a oír el clic lejano de la puerta principal cerrarse, entonces, tomó la silla donde solía sentarse frente al tocador y la trabó contra la puerta, ya no habría mucamas abriendo cortinas, ni manos ajenas tocando su cabello, ni vestidos impuestos aguardando sobre la cama.

Con una almohada apretada contra las orejas, ignoró los tímidos golpes en la puerta. La voz de Claudette, siempre cortés pero insistente, quedó silenciada, ese día, el silencio lo eligió ella.

Se levantó faltando quince minutos para las ocho, y por primera vez en mucho tiempo, se sentía descansada, feliz, incluso.

Ella Fue directo al baño, cambió la bañera humeante por una ducha rápida de agua helada que la hizo estremecerse y sonreír al mismo tiempo —Esto sí es estar viva—, pensó. Se peinó su cabellera como le gustaba, libre, se maquilló con sus colores preferidos, suaves, pero suyos, y ese día, eligió usar un vestido de verano que su madre le había regalado: amarillo, ligero, con flores bordadas que parecían sonreírle desde el espejo.

Antes de salir, destrabó la puerta y asomó la cabeza con cuidado, el pasillo estaba vacío. Ella Aprovechó la oportunidad y, como una ladrona de su propia libertad, se deslizó hasta una de las salidas laterales de la mansión, escaló la baja muralla del jardín con agilidad sorprendente —todavía recordaba algunas de las maniobras que había practicado jugando a ser espía cuando niña— y salió sin ser vista.

Fue sola al trabajo, caminando bajo el sol, sin sombrilla, sin chofer, sin la bandeja de gafas, y se sintió bien.

Al mediodía, en lugar del menú balanceado y sin alma que cada día le enviaban desde la mansión, entró a una pequeña cafetería cerca del hospital y pidió un desayuno completo: panqueques con miel, huevos revueltos, salchichas, café negro, todo lo devoró con una sonrisa genuina y se permitió leer una revista barata de horóscopos mientras comía, nada de informes políticos, nada de protocolo.

Ese día se sintió más ligera, más viva, más Anya.

Al volver a casa, no regresó directo, se detuvo en un centro comercial y pasó horas caminando entre tiendas, riendo en silencio al ver maniquíes con trajes parecidos a los suyos.

Luego entró a una boutique y eligió sin pedir opinión: chaquetas oversize, camisetas con estampados de caricaturas, vestidos sencillos, zapatillas cómodas, incluso una boina rosa.

Y así, su rutina cambió.

Cada mañana bloqueaba su puerta antes de que pudieran entrar, se despertaba a su ritmo, usaba lo que quería, escapaba por otra salida distinta cada día, incluso para despistar a los sirvientes, se cambiaba a dormir en una de las tantas habitaciones vacías de la mansión —una distinta después de que su esposo se marchara—. A veces incluso dejaba la cama de su dormitorio impecable, como si nunca hubiera estado allí.

La señora Desmond se desvanecía de día… y Anya Forger resurgía, poco a poco, sin pedir permiso.

Y aunque nadie parecía notarlo del todo —ni siquiera Damian, que apenas cruzaba palabras con ella—, algo estaba cambiando, algo dentro de ella ya no se conformaba con ser la figura decorativa de una casa de prestigio.

Había empezado a vivir de nuevo, y no iba a parar.

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Lo que Anya no sabía era que, en uno de los tantos desayunos que su esposo tomaba solo en el comedor principal, algunos de los sirvientes decidieron finalmente romper el silencio, no lo hicieron por chisme, ni por crueldad, lo hicieron porque, en sus ojos, la señora Desmond ya no se comportaba como debía hacerlo una dama de su categoría.

—Nos preocupa la señora Desmond— dijo Claudette, jefa de mucamas, con el tono respetuoso que usaba para entregar malas noticias —Está actuando… diferente a como una señora de la casa debería comportarse—

El castaño levantó apenas la mirada de su taza de café, se secó la boca con una servilleta blanca, despacio, como si procesara las palabras una a una.

—¿En serio? —

—No sabemos qué fue lo que pasó— agregó otro sirviente, bajando la voz, como si temiera que la pelirrosa los estuviera escuchando tras la pared —Thomas… ¿tú sabes algo? Últimamente pasas mucho tiempo con ella—

Todos se volvieron hacia el mayordomo, Damian también, lo miró con atención de pies a cabeza, y algo, muy en el fondo, se activó.

No era rabia, no todavía.

Era esa punzada antigua, ese botón oculto que, cada vez que lo presionaban, abría la puerta a su inseguridad más arraigada: la de no ser suficiente, la de los celos…

Al principio, quiso descartarlo, era ridículo, su esposa era hermosa, brillante, compleja. Thomas era… Thomas, un simplón con modales perfectos y cara de buena persona ¿Qué mujer, teniendo a un Desmond, se fijaría en alguien como él?

Pero entonces, el joven azabache sonrió, con suavidad, con confianza —No creo que haya nada malo con ella— dijo —Solo está tratando de ser ella misma—

Y esas palabras hicieron clic en la mente de Damian, un clic sordo, incómodo y punzante.

Porque si Anya estaba tratando de ser ella misma… ¿quién había sido todo este tiempo? ¿Y por qué necesitaba escapar para encontrarse?

Y sobre todo ¿Para quién lo hacía? ¿Por quién había cambiado?

Se le hizo un nudo en la garganta, pero no lo dejó salir, en lugar de eso, apretó los dedos contra la taza con fuerza y desvió la mirada, el veneno de la duda se deslizó rápido por su interior.

Él recordó lo que había oído en más de una ocasión: esposas de empresarios que terminaban enamorándose de los sirvientes, algo que siempre le pareció absurdo, propio de novelas baratas o habladurías sin fundamento.

Pero ahora... ¿era posible? ¿Su esposa se había fijado en Thomas?

El pensamiento lo hizo hervir por dentro, él no sabía si eran celos, miedo o simplemente el dolor de no haberla mirado con atención antes.

—Hablaré con ella— declaró con un tono seco, más hacia sí mismo que hacia los demás.

Pero enseguida, la realidad lo golpeó con la misma fuerza que la culpa: ¿cuándo? Apenas la veía, sus horarios no coincidían, sus rutinas eran paralelas pero distantes, vivían en la misma casa, pero como sombras que nunca se tocaban.

Pensó por un momento, y entonces lo recordó: en dos semanas se celebraría la revelación del género del bebé de Becky, Anya estaría ahí y él también, no habrían excusas.

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El viaje en carro se sentía más largo de lo habitual, tenso y silencioso.

Anya podía sentir la mirada de su esposo recorriéndola de arriba abajo, con ese juicio callado que parecía clavarse como agujas en su piel. Ella llevaba un vestido ligero color salmón, su cabello suelto, apenas maquillada, y sin las joyas que usualmente Claudette le ponía encima como si fueran armaduras.

Ella quiso leerle la mente, saber qué pensaba con exactitud, pero se contuvo, le había prometido, muchos años atrás, no invadir sus pensamientos sin su permiso.

Al llegar a la casa de los Adams, el ambiente de fiesta contrastaba con la tensión que arrastraban, globos, cintas, música suave y mesas decoradas con tonos pastel.

Todos reían, brindaban, y felicitaban a los futuros padres.

—Has bajado de peso ¿Está todo bien? — preguntó Damian mientras le colocaba la mano en la cintura para guiarla hacia su mesa asignada, su voz era baja, pero cortante.

—Mejor que nunca— respondió ella sin mirarlo, con un tono que ocultaba mal su molestia, supo que él estaba molesto, no sabía por qué exactamente, pero lo sentía en el aire.

—¡Anya! ¡Damian! — exclamó Becky al verlos, acercándose con una sonrisa radiante, su pancita ya era evidente, y la felicidad le iluminaba el rostro.

—¿Pueden creerlo? — dijo Charles, su esposo, mientras señalaba el vientre de su esposa —Ya van cinco meses—

Él era un rostro nuevo en su círculo, pero su actitud positiva, su entrega, y su forma simple de amar a Becky lo habían convertido en alguien querido por todos.

—¿Ya saben cómo le van a poner? — preguntó Anya, sonriendo con suavidad.

—Si es niño, Vincent— respondió Becky emocionada, Anya soltó una risa nostálgica, conocía bien el fanatismo de su amiga por Amor en Berlint.

—¿Y si es niña? — intervino Damian.

—No lo hemos pensado— respondió Charles, haciendo mimos a la barriga de su esposa —En nuestra mente es un barón—

Poco después, Emile y Ewen se unieron al grupo, y por fin, el círculo de amistades estaba completo. Todos se abrazaron, bromearon, hablaron sobre lo que cada uno había hecho en los últimos meses, política, deportes, viajes.

Por un rato, Anya pudo relajarse, al recordar lo que era estar rodeada de personas que la conocían de verdad.

Hasta que…

En medio de las actividades organizadas por los Adams para entretener a los invitados —desde juegos hasta una estación de cupcakes—, Ewen empezó a hablar de su nueva novia, una chica americana que había conocido en un viaje de negocios, ellos llevaban apenas tres meses juntos… y ya estaban comprometidos.

—Fue instantáneo, lo supe, ella es el amor de mi vida— declaró con una convicción desbordante.

La pelirrosa sonrió con cortesía, pero por dentro solo pensó —Todos tienen suerte en su vida amorosa… menos yo—

—¿Tienen algún consejo sobre el matrimonio? —preguntó Ewen con curiosidad.

—No te cases— dijo Emile —Es una trampa—

Todos rieron, incluso Anya, sabían que la esposa del Elman era difícil, pero también sabían que él la amaba.

—Yo digo que hay que consentir a tu mujer— añadió Charles, con entusiasmo —Esposa feliz, vida feliz—

Becky le dio palmaditas en la cabeza, como quien acaricia a un perrito bien entrenado y las risas continuaron.

—¿Y usted, jefe? ¿Algún consejo? — preguntó Ewen, girándose hacia Damian.

El castaño la miró, serio —Creo que la confianza lo es todo… ¿Verdad, Anya? —

Ella lo miró también, su expresión no cambió, pero algo dentro de ella sí —Sí— ella respondió, sin bajar la mirada —Además, creo que cuando uno se casa, no debería dejar a su esposa sola durante tanto tiempo, quién sabe lo que podría pasar…—

Las palabras cayeron como una piedra en el agua, su tono era tranquilo, casi casual, pero su contenido era una bomba envuelta en terciopelo.

Damian la miró con los ojos muy abiertos. Esa frase —esa pequeña frase— se conectó en su mente con la peor imagen posible: Anya, en su habitación, en su cama, con Thomas, riendo, tocándose, burlándose de él.

Los celos no razonan, solo golpean, solo distorsionan.

Su rostro se endureció de golpe.

Todos lo notaron.

—Anya— dijo, poniéndose de pie —Ven conmigo—

Ella lo miró sorprendida, nerviosa —¿Sucede algo? —

—No sucede nada— El Desmond dijo con voz firme, tomándola de la mano.

Ella dudó ¿Debía leerle la mente? ¿Debía romper su promesa? Pero como no tenía otra alternativa, lo hizo, solo un vistazo.

No puedo creer que ella me haya hecho esto…—

La frase retumbó en su cabeza, se levantó, siguiendo a su esposo, con el corazón latiéndole más fuerte.

¿Estaba molesto por su ropa? ¿Por lo que había dicho? ¿Por su cambio? No lo sabía del todo, y tampoco quiso seguir invadiendo.

Se alejaron del grupo mientras las miradas curiosas los seguían en silencio.

—¿Ustedes también sintieron la tensión? — preguntó Charles, rompiendo el silencio incómodo.

Los demás asintieron.

Algo no andaba bien entre los Desmond.

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Los Desmond fueron al interior de una de las habitaciones de la gran mansión Adams, la puerta se cerró tras ellos con un leve chasquido, pero el silencio que quedó entre ambos era mucho más ruidoso.

Anya se sentó en el borde de la cama, con el corazón latiéndole rápido y la garganta cerrada, el aire estaba cargado, como si algo estuviera a punto de estallar.

Damian la miró desde el otro lado de la habitación, los puños apretados, los ojos entrecerrados, como si cada palabra que no decía fuese una piedra acumulada en su pecho.

—¿Por qué cambiaste tu estilo de vestir? — preguntó al fin, con voz tensa.

La Forger lo miró, perpleja ¿Eso era? ¿Eso era lo que lo tenía así desde el camino? De pronto, todo encajaba: su mirada constante, su ceño fruncido, lo que le molestaba… era ella siendo ella.

—¿Es lo que le gusta más a él, no? — insistió él, dando un paso hacia ella —¿A él le gustan más delgadas? ¿Por eso estás bajando de peso? —

Anya parpadeó, confundida —¿Eh? ¿A quién te refieres? — preguntó con el ceño fruncido.

—No hagas como si no supieras— la interrumpió el castaño, con rabia contenida —Aprovechas que no estoy para burlarte de mí, para verte como él quiere verte—

—¡Yo no me estoy burlando de ti! — alzó la voz Anya, su tono cargado de enojo y frustración —¡No estás en casa! Ni siquiera sabes lo que pasa… no sabes nada de lo que vivo—

—¡Entonces como no sé lo que pasa en mi casa haces lo que se te da la gana! — espetó él.

Aquellas palabras fueron como una bofetada, la pelirrosa se puso de pie de inmediato, con lágrimas empezando a acumularse en sus ojos.

—Claro, entonces todos estos cambios… ¿te molestan? ¿Te molesta que me peine como quiero, que coma lo que me gusta, que me vista como yo, no como una señora Desmond? —

Damian guardó silencio por un momento, pero en su rostro no había reflexión, había dolor y algo más.

—Si pasaras más tiempo en casa— continuó ella, su voz quebrándose —… sabrías que no soy feliz, que me siento sola, perdida. ¿O eso tampoco importa? —

Las lágrimas empezaron a caer, silenciosas.

—¿No eres feliz conmigo, pero con un sirviente sí? — disparó él.

Anya lo miró, desconcertada —¿Qué? —

—Sé lo tuyo con el mayordomo— insistió él con el ceño fruncido —El que está contigo cada noche mientras yo no estoy, ese que siempre te acompaña, ese que… ese…—

—¿Thomas? — repitió Anya, confundida.

Damian alzó una ceja, su rostro lo dijo todo.

—Así que se llama Thomas…—

—¡Él y yo no somos nada! — exclamó ella, dando un paso adelante —Nada, Damian, tiene novia, está ahorrando para proponerle matrimonio, solo… habla conmigo, me escucha cuando me siento sola ¡Pero claro! Eso tú no lo sabías porque ¡nunca estás! —

—¡No estoy porque trabajo para darte la vida que mereces! Para mantener esa casa, ese nombre, ese mundo que lleva mi apellido—

—¡Yo no necesito nada de eso! ¡Con una casa pequeña sería suficiente si pudiera tener a mi esposo conmigo más de diez minutos al día! —

—¡Perdón por querer darte todo! —

La voz de Anya, al responder, fue apenas un susurro —Lo siento... No puedo más—

Se giró, abrió la puerta y se fue.

Y por primera vez desde que se casaron, Damian no supo si volvería.

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¿A dónde fue Anya?

La respuesta era sencilla.

A la casa de los Forger.

Al llegar, su madre la recibió con una mirada preocupada, su padre con discreta inquietud detrás de sus lentes, ninguno de los dos presionó, ellos sabían, por experiencia, que el silencio a veces necesitaba espacio para ser entendido.

—¿Todo bien? — preguntó Loid, como quien formula una pregunta sabiendo que la respuesta no llegaría pronto.

—Estoy bien— mintió ella, con una sonrisa que no engañó a nadie.

Ambos le dieron su espacio, sabían esperar, solo quienes no conocían el arte de la paciencia eran sus hermanos menores, John y Alexander, quienes se turnaban para colarse en su habitación, exigiendo respuestas y elaborando teorías absurdas.

—¿El millonario te engañó con una modelo? — preguntó Alexander en voz baja una noche.

—¿Lo golpeamos? Podemos hacerlo, tú solo di la palabra— añadió John con una caja de herramientas improvisada como arma.

La pelirrosa los persuadía con dulces o videojuegos, y eso funcionaba, al menos por un rato.

El rumor no tardó en esparcirse entre la familia, cuando ella no volvió esa noche —ni la siguiente, ni la que seguía—, todos asumieron que había sido su primera gran pelea matrimonial, el ambiente lo confirmaba.

Su tío Yuri, siempre intenso, se dedicaba a elaborar planes para "llevar a Damian Desmond ante la justicia y hacerlo confesar", como si se tratase de una operación encubierta del Estado.

Mientras tanto, Loid y Yor —los únicos con experiencia real en lo que significa compartir la vida— solo sugerían una cosa —Tienen que hablar—

Pero pasaron cinco días.

Y él no la buscó.

Esa ausencia era la que más dolía, el silencio que pesaba, la nada.

En su sofá, después del trabajo, Anya monopolizaba la única televisión de la casa, viendo cualquier cosa con tal de no pensar demasiado, pero pensaba. siempre pensaba.

Si Bond estuviera aquí, al menos podría darme una señal de lo que va a pasar—

No era justo, Damian no era un mal esposo, no era cruel, ni egoísta, ni distante por maldad. Solo… trabajaba, todo el tiempo, como lo hacía su padre en los días más intensos de la Operación Strix.

Una tarde, su madre entró a la habitación sin tocar, era la forma silenciosa de decir —Ya es suficiente—

—Anya— dijo Yor con suavidad, sentándose junto a ella —¿Cómo estás? —

—Bien— ella mintió de nuevo.

Pero el estado en que se encontraba hablaba por sí solo, su cabello estaba enredado, no se había bañado en días, su pijama olía a desánimo y sus ojeras se le marcaban como un tatuaje de tristeza, aun así, su madre no la juzgó, solo le acarició la espalda con cariño.

—No te ves muy bien— la azabache dijo, en voz baja —¿Quieres hablar sobre eso? —

La pelirrosa bajó la mirada, el nudo en la garganta no se disolvió, y las lágrimas llegaron sin permiso. Ella lloró, lloró con el rostro contra el hombro de su madre, mientras Yor la rodeaba con sus brazos.

—Mamá… me vas a romper las costillas— la menor dijo entre sollozos.

—Lo siento, me dejé llevar— respondió Yor, aflojando el abrazo con una sonrisa.

—¿Alguna vez te sentiste sola? — preguntó Anya una vez se calmó —Me refiero… en el matrimonio—

Hubo una pausa antes de la respuesta.

—Sí— admitió la ex asesina —Varias veces, cuando Loid tenía misiones y se marchaba sin decirme nada, pero me tranquilizaba pensar que siempre volvía, y que cuando lo hacía… era real—

Anya la escuchó con atención, había añorado esas palabras, esa sinceridad.

—¿Cómo lo logran ustedes? Después de tantos años siguen… juntos, siguen amándose—

—Creo que lo más importante en un matrimonio es la confianza— dijo Yor con ternura —Y la comunicación, eso lo aprendí cuando descubrí que tu padre era Twilight, fue difícil, pero hablamos, y desde entonces... hablamos de todo, aunque duela, aunque incomode, no guardamos cosas que pueden marchitarse por dentro—

La pelirrosa se secó las lágrimas con la colcha y la abrazó fuerte —Gracias, mamá…—

—Y ahora que ya lloraste un poco, y hablamos de confianza y comunicación… creo que deberías bañarte— añadió Yor con una media sonrisa.

Anya soltó una risita entre mocos —Sí… creo que sí—

Fue a buscar una toalla, ropa vieja que aún conservaba en su antigua habitación, y se dirigió al baño.

—¡Al fin vas a bañarte! — comentó Alexander con fingido alivio al cruzársela en el pasillo —Ya apestabas—

—¡Tú apestas más, mocoso! — gruñó ella con una sonrisa torcida, ninguno de sus hermanos la respetaba... y eso la reconfortaba.

—¿Mañana regresas a tu casa? — preguntó John detrás de una bolsa de papas.

—Sí, los voy a extrañar… así que trátenme bonito hoy—

—O te puedes divorciar y volver con nosotros— dijo John, casual, como si fuera una decisión menor.

Anya se detuvo.

¿Divorcio?

¿Divorcio...?

¡Divorcio!

La palabra retumbó en su mente como un trueno, hasta ese instante… ni siquiera lo había considerado.

¿Y si él no la había buscado porque estaba preparando los papeles?

La idea la dejó helada.

Porque entre todas las posibilidades, esa era la única que la devastaba.

#

—Señor, la señora Adams está afuera esperando por usted —informó su secretario a través del teléfono.

Damian Desmond se pasó una mano por el cabello, agotado, su voz sonó monótona, desgastada.

—Dígale que estoy ocupado—

Desde que Anya desapareció aquel día de la fiesta, había volcado toda su energía en el trabajo, no había dormido más de unas pocas horas en cinco días, claro que la había buscado, en hoteles, en casas de amigos, incluso mandó revisar los registros de los hospitales por si había tenido un accidente.

Pero nunca consideró ir a la casa de los Forger.

¿Y cómo hacerlo? En su imaginación, acercarse a esa casa era una misión suicida: minas ocultas en el jardín, vigilancia las 24 horas, y si por milagro sobrevivías, te recibirían mamá oso, papá oso… y una tía o tío Forger dispuesto a rematarte.

En medio de sus pensamientos, la puerta se abrió de golpe.

—¿Eres idiota o qué? — exclamó Becky Adams entrando como un torbellino —O sea, ya sabía que lo eras, pero pensé que habías madurado un poco—

—Señor, lo siento— balbuceó el secretario —Ella solo…—

—No te preocupes, puedes retirarte— ordenó Damian, sin levantar mucho la voz, él se frotó las sienes, ya sabía que lidiar con Becky no iba a ser sencillo —¿Qué quieres? —

—Quiero saber por qué mi mejor amiga se perdió la revelación de sexo de mi bebé— dijo la castaña, furiosa —¡Fui a tu casa y me dijeron que no llega desde hace cinco días! ¿Qué le hiciste? —

—Ella se fue— respondió el Desmond, cortante.

—¡Eso no es una respuesta! — exclamó Becky, y antes de que él pudiera reaccionar, le lanzó un libro que encontró sobre su escritorio, dándole un golpe seco en el brazo.

—¡Oye! —

—¿Peleaste con ella? ¿Sí o no? — insistió la castaña.

Damian suspiró, derrotado —Sí, peleamos—

—¿Por qué? —

Resignado, le explicó todo: sus estúpidos celos, su enojo al verla cambiar, sus inseguridades, cómo ella le había confesado sentirse sola, y cómo él había tratado de justificar su ausencia con largas jornadas de trabajo… Becky lo golpeó otra vez con el libro a mitad de la explicación.

—¿Por qué los golpes? — protestó el castaño.

—¡Hombres! — resopló Becky, dejando el libro de lado —No nos entienden ni un poquito—

Él la miró, confundido, como si le hablaran en un idioma que jamás aprendería.

—¿Por qué la dejaste sola, entonces? —

—Porque estoy ocupado, trabajo para mantener todo esto— respondió Damian, con frustración en su voz.

—Charles también trabaja todo el tiempo— le recordó ella, cruzándose de brazos —Pero aun así encuentra momentos para darme un paseo por París, o prepararme el desayuno—

—¿Y qué quieres que haga? ¿Qué abandone las empresas? —

—No, mejor sigue así, para que Anya te pida el divorcio y encuentre a alguien mejor— soltó Becky

El golpe fue más duro que cualquier libro.

Damian se quedó quieto.

No había considerado esa posibilidad, no realmente, él solo había pensado que estaba molesta, que necesitaba espacio, pero divorcio… eso era otra cosa, y solo imaginarlo le heló la sangre.

Una vida sin Anya.

Una casa enorme y vacía.

Una cama fría.

Un silencio insoportable.

El castaño bajó la mirada, derrotado, e inhaló hondo —¿Qué puedo hacer? — susurró.

—¿Qué? No te escuché — dijo Becky, aunque era evidente que sí lo había hecho.

El castaño levantó la cabeza y esta vez, con más fuerza, repitió —¿Qué puedo hacer para salvar mi matrimonio? —

La castaña sonrió satisfecha, al menos había logrado que abriera los ojos —Las mujeres no necesitamos tanto— dijo encogiéndose de hombros —Solo una habitación llena de flores, un anillo de diamantes, toda la nueva colección de Chanel…— Damian arqueó una ceja —Estoy bromeando…— rió Becky, rodando los ojos —Bueno, no del todo, pero tratándose de Anya, te aseguro que necesita mucho menos— Ella hizo una pausa, pensativa —Mírala, escúchala, demuéstrale que la ves de verdad, que no amas a la esposa perfecta… sino a ella—

Damian asintió, tomando nota mentalmente como si estuviera en una junta estratégica.

—También deberías ver Amor en Berlint— añadió Becky —Tengo todas las temporadas si quieres, te van a ayudar a entendernos mejor—

El castaño soltó un suspiro pesado, dejando caer las carpetas de trabajo a un lado —Voy a arreglarlo— murmuró, decidido.

—¡Bien! — exclamó Becky… y acto seguido le dio otro golpe.

—¡Oye! ¿Por qué otra vez? —

—¡Porque nunca debes hacer enojar a una mujer embarazada! — replicó, sonriendo de medio lado.

Damian se frotó el brazo, resignado.

Y mientras Becky salía de la oficina como había entrado —como un huracán—, él cerró los ojos unos segundos, inhaló hondo…

Y se prometió que no iba a perderla.

No a ella.

Nunca.

#

El turno de Anya terminó a las seis en punto, como siempre, así que cerró su cuaderno de notas, guardó su identificación y se despidió con una sonrisa cansada de sus colegas, pero esta vez, no tomó el camino hacia la casa de sus padres.

Esta vez, iba a su casa, a su hogar.

Estaba lista para hablar con Damian, para dejar atrás el orgullo, el silencio, el miedo, iba a buscarlo, pero, al parecer, el destino se le había adelantado.

Apenas cruzó las puertas del hospital, lo vio.

Su esposo estaba allí, parado junto al auto, vestido… de Bondman. Traje completo, incluso el ridículo antifaz, y en sus manos, un ramo de narcisos amarillos, idénticos a los que su padre solía regalarle a su madre cada vez que se disculpaba. Anya sabía bien lo que significaban: "Perdón… Lo siento... Te fallé..."

Ella no dijo nada, solo lo abrazó con fuerza, como si ese abrazo pudiera detener el tiempo y sellar todas las grietas.

Y lo besó, porque en ese momento, no necesitaba explicaciones, solo necesitaba que él estuviera ahí.

Pero entonces él habló —Necesitamos hablar–

Y el miedo volvió de golpe.

Oh no… ¿y si esto era una despedida disfrazada? Ella pensó.

—Si quieres divorciarte…— susurró ella, sin mirarlo a los ojos.

Damian la sostuvo del rostro con delicadeza —¿Divorciarme? — repitió, incrédulo —No me quiero divorciar de ti, tonta–

Le besó la frente con ternura, el gesto la hizo temblar.

—Pero sí necesitamos hablar, vamos a casa–

Durante el trayecto en auto, el silencio fue cómodo, cálido, incluso.

—Ah, cierto— comentó Anya con una sonrisa leve —Becky tendrá un niño–

—¿En serio? — preguntó él, girando un poco el rostro.

—Sí— dijo ella, mirándolo con cariño —Se va a llamar Vincent–

Ambos rieron suavemente, era como si poco a poco, las paredes invisibles que los separaban se estuvieran desmoronando.

Ya en casa, se cambiaron de ropa, algo más cómodo, más cotidiano, como si por fin pudieran ser solo ellos.

Se sentaron en la cama que compartían, ya no tan cerca como antes… pero tampoco tan lejos.

Anya fue la primera en hablar, le dijo todo, que odiaba que esa fuera la primera vez que se veían realmente en tanto tiempo, que se sentía sola, triste, como una invitada en su propia casa, que detestaba los peinados, los vestidos que la hacían sentirse vieja, el hecho de que no podía siquiera prepararse una taza de té sin que alguien la ayudara, que no tenía nada con Thomas, y que él era un muchacho dulce que solo la escuchaba cuando más lo necesitaba, y sobretodo ella le dijo que se sentía prisionera, vigilada.

Y que extrañaba su juventud, cuando se reían sin miedo, cuando un roce de manos en Eden bastaba para hacerlos temblar.

Damian la escuchó en silencio, cada palabra, cada pausa.

Y se sintió una vez más como su padre, ausente, ciego y distante.

Había jurado que nunca sería como él, que jamás haría sentir a su familia como lo había hecho Donovan, pero ahí estaba, mirando a su esposa con lágrimas en los ojos, y dándose cuenta de que ya le había fallado.

No podía cambiar lo que había hecho, pero sí podía decidir lo que haría a partir de ahora.

—Lo siento— él le dijo, con la voz baja —No fui justo contigo, pensé que te estaba cuidando… pero solo me estaba alejando, no quiero seguir así, no quiero repetir la historia–

Anya lo miró y asintió.

Esa noche, no discutieron más, no hicieron promesas vacías, no hicieron pactos solemnes.

Solo se besaron lentamente, como si redescubrieran su propia historia.

Y por primera vez en mucho tiempo, hicieron el amor, no una, sino varias veces, se reencontraron con las caricias perdidas, los suspiros olvidados, las risas suaves entre las sábanas. Cada roce, cada gemido, era un puente tendido entre dos almas que, durante un tiempo, se habían perdido.

Durmieron abrazados.

Y cuando el sol de la mañana se filtró por la ventana, ninguno quiso moverse, ninguno sintió prisa.

Porque esa mañana, más que un nuevo día, era un nuevo comienzo.

Como debió ser desde el principio.

#

La nueva rutina del señor y la señora Desmond había dejado de ser predecible, algunas mañanas se levantaban a las seis, otras a las siete y media, y, en los días más perezosos, hasta las nueve, pero siempre —sin importar la hora— lo hacían en los brazos del otro.

A veces se duchaban juntos, en medio de risas y besos furtivos; otras veces cada uno tomaba su tiempo, disfrutando del silencio, del vapor, de la intimidad solitaria, desayunaban juntos hablando de los sueños que habían tenido durante la noche, aunque fueran absurdos, aunque no los recordaran bien y luego, cada uno partía hacia su trabajo con un beso en la frente y una promesa nos veremos al final del día

Por las noches, cenaban, y dependiendo del humor, de la energía, del deseo, hacían el amor, no porque fuera una rutina, sino porque era una forma más de volverse a encontrar.

A veces iban al cine, a veces recibían visitas: los Forger, los Adams, los antiguos amigos de Eden, a veces discutían —como todas las parejas—, pero también sabían reconciliarse, lo que más tenían claro, sin embargo, era una sola cosa…

Nunca querían separarse otra vez.

—¡Es una niña! — exclamó Anya con una mezcla de risa y lágrimas en la fiesta de revelación del género de su bebé.

Los globos rosados explotaron en el cielo mientras los invitados aplaudían, Damian, sin contener la emoción, la alzó en sus brazos y giró con ella entre risas, antes de besarla, luego, se inclinó con suavidad y besó también su vientre, en ese instante entendió por fin por qué Charles Adams se pasaba las tardes haciendo mimos al abdomen de Becky: era amor, sí, pero también asombro.

—¡Rayos! — gritaron al unísono Alexander y John, que habían apostado —de forma bastante vocal— que sería un niño.

La felicidad era contagiosa.

—Menos mal— suspiró Loid desde el fondo —Si era niño, iban a ponerle nombres como Bondman o Loidman—

—No eran tan malos…— murmuró Anya, disimulando su culpabilidad.

Entonces, Becky, más animada que nunca, alzó su copa.

—Oigan… ¿y si comprometemos a nuestros hijos desde ya? —

—¡Me niego rotundamente! — intervino Damian, con el ceño fruncido —¡Mi hija no se casará con nadie! Será una monja, una ermitaña. ¡Una ninja si es necesario! —

—Me parece…— Anya pausó, disfrutando del teatro —…una buena idea—

Todos se giraron a mirarla, sorprendidos.

—Sí— continuó la pelirrosa, acariciando su vientre con una sonrisa traviesa —Vincent y Dafne, unirán a nuestras familias para siempre—

—¿Y si la llamas Sonia? — sugirió Becky, con los ojos brillando —Como la protagonista de Amor en Berlint ¡Sería hermoso! —

—Yo quería llamarla Penélope— comentó Anya con una risita —Pero, al parecer, los Desmond tienen esta rara tradición de poner nombres que empiecen con D…—

—¡No! ¡Me niego! ¡Mi hija no estará con el hijo de Blackbell! — exclamó Damian desde el fondo, con los brazos cruzados.

—Es Adams ahora, querido— le recordó Charles con una palmadita en el hombro.

Anya soltó una carcajada.

Últimamente ya no se sentía sola, ya no lloraba por las noches, ni se preguntaba si estaba hecha para esta vida, había encontrado un equilibrio, lo perfecto, pero real.

Ahora, todo era completa felicidad.

Y por primera vez desde que llevaba el apellido Desmond, sentía que, además de esposa y futura madre…

…volvía a ser Anya.