Poco a poco, el inmortal ser de Hypnos iba materializándose detrás de la corteza de un árbol cubierta casi en su totalidad de unas cuantas plantas trepadoras, que reptaban por la rugosa superficie.

Aspirando con fuerza la brisa que no paraba de revolotear con un notorio crujido, los arbustos que cubrían con esmero las sobresalientes raíces de su escondite; el dios del sueño miraba fijamente los pastizales que bailoteaban elegantemente junto con la brisa que a cada momento parecía que aumentaba de fuerza. Traba de calmar el ligero dolor de su ser, que no había sido más que una de las pocas evidencias del furtivo encuentro con Zeus, tratando de concentrarse en su misión.

Reduciendo su cosmos hasta hacerlo desaparecer, recostaba su espalda en la dura superficie, cuando con un movimiento cauteloso dirigió su cuerpo con ligereza hacia los frondosos setos que, aunque habían crecido con una notable altura y espesura que se había vuelto el escondite perfecto; Podía mirar a través de un pequeño hueco entre las ramas.

—Hades —la familiar voz de Zeus captaba su atención, y de un movimiento fluido su cuerpo se regresaba hacia la mata caótica de ramas y hojas que solapadamente lo cubría, mientras unos pasos metálicos no hacían más que acompañar a las zancadas del dios que se acercaba hacia los hermanos enfrente de él—, no estas en posición de hacer reclamo alguno. Estoy seguro de que Perseo fue claro con los cargos; por ello, ambos fueron excluidos en sus aposentos. Si se encuentran aquí ahora, es porque ella confesó su culpabilidad. Lo que realmente me sorprende de todo esto… —pausando sus palabras con cierto tono de pesar en su voz, al mismo tiempo que sus pasos poco a poco iban disminuyendo sus pasos, para luego girarse hacia la diosa—, es que te involucraras tú… Hera.

— ¿Involucrarnos…? ¡¿Estás demente?! —Refutando con un tono adolorido y un notable desconcierto en su voz—. Todo esto es una locura desde el principio, Metis no sería ca…

—¡No menciones su nombre! —Interrumpiendo con una orden plasmada de su voz de mando, entremezclado con un gruñido que resonaba con fuerza desde el fondo de su garganta, que parecía desgarrar la cavidad carnosa, interrumpía las palabras de la diosa que, dejaba que algunas lágrimas cayeran por sus rojizas mejillas.

—¡Pp-pero, Zeus…! —Entre titubeos Hera, trataba de refutar los argumentos de su hermano, a la vez que intentaba extender una delicada mano hacia él.

El dios sin titubeos ni remordimientos daba un paso atrás, tratando de esquivar el toque de la diosa. Súbitamente con el casi inaudible crujido del césped debajo de sus pies, Hades movía su cuerpo con movimientos cadentes, salvajes y delicados. En su rostro deformado con un par de cejas iban juntándose por un notable ceño fruncido. Una fuerte ira comenzaba a sobresalir en llamadas de fuego turquesa de sus provocativos ojos, que estaban adornados, extrañamente por un tenue rubor resaltado por la palidez de su piel.

Y así, con una extraordinaria agilidad y elegancia ponía su cuerpo entre el de una ansiosa Hera y un iracundo Zeus. La tensión en el cuerpo de Hades crecía a cada momento, a la vez que el sube y baja de sus pulmones parecía acelerarse poco a poco.

-¡Zeus! —Una notable voz se hacía presente con un grito que había logrado provocar un peligroso silencio en aquel claro, que brindaba una extraña sensación en sus cuerpos, haciendo cada vez más difícil respirar—. ¡Estás comportándote de una manera absurda! ¡No creo que debo recordarte que eres el Emperador de los cielos y los dioses! ¡Y la actitud que tienes hacia Hera, no es digna de tu puesto!

—¡¿Por qué la defiendes tanto, Hades?! —Refutando con una cuestión que no hacía más que resonar en medio de aquel lugar, al mismo tiempo que con un sonido metálico, se movía un par de pasos hacia él—. ¡Olvidaba que ambos fueron los que conspiraron con… ella!

—¡Pero ¿de qué mierda hablas?! —Hades sin esperar, abría sus ojos al mismo tiempo que tensaba su cuerpo, y cerrando sus manos en fuertes puños—. ¡No tienes ni la más mínima puta idea de lo que hablas! —Refutando con una aparente furia en sus ojos turquesas y en el tono de su voz, Hades avanzaba un par de zancadas hacia su hermano—. ¡Ni siquiera eres capaz de explicar cuál fue la supuesta traición de Metis!

—¡Tú cambiaste! —Hera continuaba los reclamos de Hades con la voz nasal por sus sollozos—. ¡Metis nos decía que empezaste a cambiar después del ataque hacia Hypnos! ¡Ella nos dijo que te habías vuelto más distante con ella!

Por un momento, un sobresalto en el inmortal ser de Hypnos se producía de manera casi inconsciente, arrugando su entrecejo y sus finos labios se apretaban con fuerza.

Súbitamente, con unos pasos apresurados Poseidón interponía con su cuerpo lado, ambos brazos extendidos hacia Zeus y Hades.

—¡Los tres… contrólense! —Poseidón no hacía más que voltear su rostro hacia su hermano menor, mostrando una expresión severa y arrugaba su entrecejo—. Zeus, no es el lugar ni el momento para tratar esto —Inmediatamente volvía la mirada hacia Hades y Hera, que no apartaba sus ojos inyectados en sangre sobre el regente—. Hades y Hera, deben…

De repente, las extremidades inferiores de Hades cedían, dejando que su esbelta figura colapsara sobre los verdes pastos acompañado de un golpe sordo.

—¡Hades! —La histeria plasmada en el grito que provenía de los labios de Hera sobresaltaba ligeramente su ser, al mismo tiempo que la diosa se dejaba caer con brusquedad a un costado del dios—. ¡Tranquilo…!

No obstante, por alguna extraña razón, Poseidón se había quedado inmóvil ayudando al profundo silencio que ahora parecía gobernar con severidad el claro paraje, acentuando los gritos de Hera. Una suave brisa soplaba hacia ellos golpeando con una caricia su pálido rostro, llenándolo del aroma de las flores, y de una desconocida fragancia a agua marina y algas, que recordaban con exactitud a la brisa del mar, y de un momento a otro, un profundo, sonoro y fuerte rugido desgarraba el silencio, la tensión y los sollozos de Hera.


Uno a uno, sus pasos sobre el suave crujido de la tierra debajo de sus sencillas sandalias de cuero tronaban con un ritmo inusualmente coordinado; mientras sus largos mechones de cabello amarillento dejaban verse entre las penumbras de la vieja capucha.

Habían pasado poco más de un año desde que, con ayuda de Nix, había logrado autorización del mismísimo Zeus, para descender a la tierra. Después de haber tomado a un joven alfa como su recipiente, introduciendo su divina alma en él, resguardando su ser lejos de la mirada curiosa de los mortales. Colándose entre cada mortal que se le cruzaba, entrometiéndose en los insípidos pensamientos tratando de encontrar alguna pista que lo llevara a su objetivo.

Conforme avanzaba bajo el manto nocturnal, a penas atenuado por las brillantes estrellas, sus amarillentos ojos, se movían de un lado a otro entre las viviendas de coloridas fachadas atenuadas por la escasa luz de la luna menguante, no mostraban presencia alguna, más que la tintineante y tenue de la luz del fuego dentro de los hogares.

Cada tanto que avanzaba, la cantidad de viviendas iba disminuyendo, dejando a su merced, una hilera de frondosos árboles que no dejaban ver más allá del grosor de sus duros troncos. Con un movimiento fluido, detenía sus pasos con la mirada sobre el follaje inmóvil de la vegetación.

El tiempo lento y apacible que transcurría desde que había logrado salir del Olimpo, no le parecía suficiente. Cada día, cada minuto, alejado de aquel infernal lugar, inundaba su ser de una calma inexplicable.

Estar lejos de Zeus, iba deshaciendo la pesadez del centro de su corazón. No verlo, no oler su aroma, ni someterse a sus feromonas, no tener que soportar las caricias de sus alargados dedos sobre su piel, no tener que sentir como su cuerpo, contra la voluntad de su cordura y su más profundo repudio, su cuerpo reaccionaba, erizándose y sentir como su polla se calentaba en cada tacto, en cada embestida; sentía que la misma eternidad nunca sería suficiente para aliviar la culpa de aquel error.

"Los gruñidos de Poseidón retumbaban como un fuerte y sonoro rugido, estropeando la ya dañada calma del paraje.

"Un inesperado estremecimiento, empezaba a recorrer desde la base de su nuca, descendiendo por la columna hasta estrellarse con violencia en los dedos de sus pies. La mirada desorbitada del Emperador de los Mares, inyectada en sangre, resaltando las penumbrosas pupilas dilatadas sobre sus ojos azules, no hacían más que mirar a un Hades en celo, que yacía tirado en el suelo, con el rostro cubierto de pinceladas de rubor rojizo, soltando sonoros jadeos.

"Casi de inmediato, Poseidón virándose con un movimiento agresivo sacudía con fuerza sus largos cabellos formando un abanico cerúleo, hasta quedar frente a frente hacia su hermano. Sólo para levantar sus extremidades sobre el pecho de su hermano, empujándolo con una impresionante fuerza. El cuerpo de Zeus, de un momento a otro salió por los aires, a varios metros del lugar.

"Casi de inmediato, en otro movimiento, se abalanzaba sobre Hades, dejando caer todo su peso en el erótico cuerpo suplicante del dios.

"—¡Poseidón —Hera gritaba con fuerza, al mismo tiempo que, tomando a su hermano del brazo, empujaba tratando de liberar a Hades—, suéltalo!

"Con una increíble fiereza comenzaba a mover sus manos, rebuscando entre las oscuras vestiduras la caliente y sonrosada piel lívida. Sonidos de desgarre comenzaban a mezclarse con los gritos y sollozos de la diosa. Por otro lado, Hypnos sentía como cada una de sus extremidades parecía haberse entumecido, a la vez que, de nuevo, un estremecimiento volvía a descender erizando cada parte de su entumecido ser.

"Inesperadamente, un nuevo rugido se hacía escuchar, la brisa que no dejaba de soplar en su dirección, restregando en sus fosas nasales un aroma penetrante a roble.

"Aquiles y Ganímedes sujetando y jalando con fuerza intentando sujetar al regente, que, a su vez, luchaba por zafarse del fuerte agarre de los guardianes, tensando sus músculos en el evidente intento de detener al dios.

"Casi de inmediato, un extraño temblor iba sacudiendo su cuerpo, desde la cima de su cabeza, hasta la punta de sus pies, intensificándose gracias a la maldita parálisis de su joven cuerpo.

"De inmediato, tratando de detener el trémulo movimiento, que había avanzado con la velocidad tan impresionante de un rayo haciendo que sus manos se movían inconscientemente hacia sus brazos que no paraban de temblar debajo de las yemas de sus dedos, para así, envolviéndose en un trémulo abrazo, uno con el que intentaba esconderse de aquel cruel y bestial dios en celo.

"El aire que inicialmente entraba con normalidad en su cuerpo tenso, ahora parecía que no era capaz de llenar sus pulmones, expulsado con una fuerza interna, únicamente para dejar la huella de la necesidad y urgencia desmedida de aire; a la vez que su mente, ligeramente nublada por un imprudente pánico, alteraba su ser, percibiendo como su cuerpo parecía sentir nuevamente el dolor de la violencia de las caricias en su ser.

"De una manera brusca, el rostro de Zeus se giraba en su dirección con un movimiento salvaje. Sus ojos celestes, fríos e incivilizados envueltos en marañas sangrientas, parecían fijarse donde se encontraba, sin ningún rastro de cordura en ellos, gruñendo con fuerza. Con la inquietante inmovilidad adueñada de su inmortal ser, sólo podía sentir como el poco color de rostro se escurría, dejando atrás un rostro aún más pálido y tenso, mientras las imágenes de aquel día seguían rondando su mente."

Frunciendo su entrecejo, trataba de alejar esos malos recuerdos de su cabeza.

No había logrado obtener lo que quería saber, gracias a un inoportuno celo, y como si fuera el colmo de todo, había permitido que el miedo que había sentido en ese momento lo dominara, para usar una de sus técnicas sobre los hermanos, y verse obligado a huir como un cobarde.

Empero, sobre todo lamentaba haber desperdiciado la situación.

Cada parte de su ser imploraba que Zeus fuera quien violara a Hades, para luego marcarlo con la misma violencia, fuerza y saña con la que lo había mordido a él. Así de esa manera, ellos se unirían, para que Zeus acallara esa consciencia abarrotada de culpabilidad.

Él lo sabía de sobra.

Él sabía que, desde el principio, Zeus había propuesto esa furtiva relación para callar un supuesto crimen. No obstante, él sabía de las consecuencias que le traería el desear y tener a Zeus, y haberse dejado llevar por un caprichoso deseo que no había hecho más que torturarlo.

El recuerdo de los ojos gélidos y salvajes del Emperador de los Cielos y los Dioses mirándolo seguía en su cabeza, acechando y enturbiando la poca tranquilidad que la tierra lograba darle. Sobre todo, manteniéndose alejado de las feromonas del alfa, que tenía que oler noche a noche, desempeñando el papel de falso amante.

Durante esos escasos minutos, solamente quería dejar de percibir aquellas feromonas, que habían nublado su razón, obligándolo a atacarlos, con el fin de hacerlos caer en un profundo sueño. La brisa era favorable para conocer el aroma de los involucrados, no obstante, recordando aquella atroz escena, solo podía recordar que percibía inevitablemente el aroma a roble de Zeus y el aroma a brisa marina de Poseidón, jurando que en ningún momento logró percibir el aroma de Hades, que evidentemente debía expulsar sus feromonas en ese estado.

—¡Oye, tú! —Una voz ronca y grave que sonaba a sus espaldas, se escuchaba rompiendo con la torturante calma de la noche, sacándolo de sus pensamientos, para regresarlo abruptamente al presente—. ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí en medio de la noche?

Con un movimiento cauteloso y seguro, el joven dios iba volviendo su cuerpo hacia el origen de la voz, quedando frente a frente de un hombre con la piel bronceada y un rostro con pequeñas arrugas alrededor de sus ojos castaños, cabellos largos y grisáceos que le llegaban a una ligeramente encorvada espalda; que no hacía más que mirarlo fijamente con un par de ojos llenos de recelo.

—Buena noche tenga buen hombre —Hypnos contestaba levantado con ligereza las esquinas de sus labios, mostrando una sonrisa discretamente fingida, con un aire educado—. Soy un forastero que ha venido en busca de una persona, que según he oído sabe más que nadie sobre los géneros. No sé, si usted pueda ayudarme a encontrar alguna pista de su paradero.

"¡Maldita sea! ¡¿De cuantos más me tengo que deshacer?!"

—Pierdes tu tiempo, muchacho —contestaba el hombre con una expresión intacta, sin embargo, mantenía sus marrones ojos sobre su rostro cubierto de tinieblas—, ese hombre del que has oído hablar no existe…

—Disculpe la insistencia —interrumpiendo las palabras del hombre, Hypnos extendía sus manos hacia la orilla de la capucha, tomándola entre sus largos dedos para bajarla con cuidado, dejando al descubierto sus largos cabellos alborotados y rubios al descubierto—. Mi nombre es Eolo [1, sólo soy un joven alfa, que ha venido a pedir ayuda para un amigo.

Soltando un sonoro bufido, el hombre fruncía el ceño a la vez que el hombre apartaba la mirada de su rostro. Poco a poco el entrecejo comenzaba a relajarse con tranquilidad, y manteniendo una, aunque educada, fría expresión en su faz mostraba un notable interés en aquella mirada asertiva.

"¿Ayudar a un amigo?"

—Entiendo… soy a quien buscas —respondiendo con cierto tono indiferente, a la vez que el hombre fijaba nuevamente sus ojos en él —, sígueme.

El hombre comenzaba a caminar hasta llegar a su posición, y así con esa incomparable calma, continuaba su andar hasta dejarlo atrás. Hypnos viraba su cuerpo hasta notar la espalda de aquel peculiar hombre, que continuaban su camino hacia una de las casitas a las afueras del poblado, que tenía la oscuridad reinando en el interior del hogar.

—Mi nombre es Giatrós [2] —respondía sin detenerse, ni volver siquiera la mirada—, soy médico, y cómo ya sabes, me especializo en tratar a los tres géneros… Oye, lamento la rudeza de hace un momento… pero, a menudo me encuentro siendo buscado por personas que quieren mis conocimientos para retorcidos propósitos. Así que… cuéntame, ¿qué problema tiene tu amigo?

—Él fue atacado… —mintiendo con una increíble naturalidad sin dejar de mirar la espalda del hombre que se movía tranquilamente por aquel abandonado lugar—, por un alfa en celo. Lo violó y… lo marcó…

Un extraño cosquilleo en su nuca iba haciéndose presente.

La sensación de querer levantar la mano y rozar el lugar donde la cicatriz que Zeus había dejado en él, en su verdadero cuerpo, cerrando sus dedos sobre su palma en un puño presionándolo con fuerza. Giatrós detenía sus pasos abruptamente, provocando un notable tambaleo en su cuerpo, al mismo tiempo que se giraba para volver a fijar la mirada en su rostro pálido.

Hypnos frenaba sus zancadas con una envidiable coordinación y reflejos manteniendo la frialdad y falsa ignorancia en su rostro.

—Lo lamento —respondía con un tono indiferente a la vez que continuaba con su camino—, ese alfa… ¿era un alfa puro?

Casi de inmediato, notaba como Giatrós tensaba cada parte de su cuerpo, extendiendo su brazo para colocarlo sobre la umbría madera de la humilde puerta, soltando un suspiro sonoro, que se mezclaba con un fuerte rechinido de la entrada abriéndose, dejando ver la penumbra del interior.

—Tengo sabido que se trataba de un alfa dominante y puro…

"Un alfa marcado por un alfa dominante … y puro. ¡Eso es un verdadero problema!"

—¿Cree que pueda ayudarme? —Cuestionando con una falsa ignorancia, Hypnos notaba como la rigidez de su ser, le obligaba a usar una considerable cantidad de energía de esfuerzo para poder mover una de sus extremidades inferiores hacia el interior.

—Tu amigo está condenado —Explicaba introduciéndose en la casi desvalijada casa—. Entra, te explicaré todo.


Cada paso que daba sobre el duro piso de piedra, lo alejaba cada vez más de la gran puerta de madera hermosamente grabada, dejando que sus extremidades no dejaran de aumentar la presión sobre el montón de pergaminos que yacían en sus brazos.

A lo largo de aquel interminable y tedioso pasillo, un grupo de ángeles iban acortando el espacio hacia él, y en un movimiento pulcro y sincronizado, los guardianes movían sus joviales y fuertes seres hacia un costado, dejando el espacio de aquel imponente y sinuoso pasillo.

—Dios Thanatos —rompiendo el silencio, el grupo de ángeles saludaban al unísono cuando a su vez sus cuerpos se inclinaban con elegancia en una reverencia respetuosa y solemne.

Pasando de largo a los guardianes, Thanatos aumentaba aún más la presión sobre los pergaminos en sus brazos, que con un ligero crujir, comenzaban a doblarse, arrugándose inevitablemente.

Mantenía la mirada enfocada en la nada, a la vez que la imagen del gélido rostro de Hypnos, permanecía grabada su mente.

Aquel día, había sido la última vez que había visto a Hypnos, antes de salir del Olimpo junto con su madre, únicamente despidiéndose con una mirada rápida y una insulsa explicación; sobre todo, el rostro sombrío de Nix, observándolo en un incómodo silencio.

—Tsk… —chistando la boca, Thanatos fruncía en el entrecejo junto con sus delgados labios, deformando su rostro.

Moviendo sus pies con dirección hacia las escaleras, que dejaban a la vista el vibrante color verde de las hierbas que crecían entre las coloridas flores que no hacían más que mecerse de un lado a otro.

Adentrando sus pasos entre la espesa maleza, el joven dios de la muerte caminaba sin rumbo fijo entre las delicadas flores que no paraban de mostrar una encantadora belleza. Los rayos del sol tocaban con una tierna caricia su rostro, dándole un delicado consuelo en el extraño vacío que percibía día a día desde la partida de su hermano.

Soltando un sonoro bufido, Thanatos aflojaba el agarre de sus fuertes brazos, dejando caer los pergaminos uno sobre otro, desplegándose y mostrando una pulcra caligrafía y algunos rayones que el mismo había hecho sobre el papel.

Dejando caer su cuerpo inmortal sobre el suelo, oyendo el crujido de los pastizales debajo de él, y con una cínica calma, levantaba sus brazos para colocar sus manos debajo de su cabeza, cruzando la pierna zurda sobre la diestra, colocando su mirada en las esponjosas y vaporosas nubes que iban cruzando lentamente el cielo diurno.

Ya había pasado, al menos más de un año desde que Hypnos había descendido, casi de inmediato desde que Zeus había logrado salir de su violento celo, y de que Poseidón regresara al Mundo Marino.

Aun podía sentir aquella opresión que le provocaba toda esa situación. Una opresión que anidaba en ese mismo vacío en su pecho, desde el mismo momento en que lo último que había visto, había sido su espalda cubierta por sus largos cabellos dorados, sin decir nada, dejándolo con todas las responsabilidades como consejero y sobre todo… abandonándolo.

No sabía que era aquella sensación que se encontraba creciendo en su interior y que solo parecía que lo torturaría si no lograba entenderlo.

—¡Miren a quien tenemos aquí! —Una cantarina voz se escuchaba el crujir del césped, volviendo con lentitud sobre el par de pies pequeños cubiertos por una rosada túnica—. No esperaba que fueras tú quien me atrajera de esa manera.

Thanatos volvía su oscura mirada hacia el cielo, haciendo caso omiso de las palabras de la diosa.

—Oye niño —respondiendo a la vez que comenzaba a elevar la voz, sin perder ese tono melodioso proveniente de sus seductores labios rosados—, vengo en paz.

Casi de inmediato Thanatos podía escuchar como la diosa comenzaba a detener sus pasos hasta quedar justamente a su costado, con sus delicadas manos subiendo y bajando sobre la delicada curvatura de su vientre. Entornando y girando sus orbes de tinieblas, hacia la delicada figura rosada que se mantenía en silencio con sus hermosos ojos azulados mirando hacia la nada, dejando que la brisa presente de aquel lugar meciera juguetonamente sus rizos rubios, dándole una apariencia angelical y delicada. El rostro de Afrodita reflejaba un semblante diferente al habitual; sus finos y rosados labios, se mantenían una delgada línea que no hacía más resaltar la seriedad y tristeza en sus ojos azules, sus mejillas sonrosadas seguían acentuando la delicadeza de sus rasgos.

—¿Quién es? —Cuestionando de repente, la diosa comenzaba a girar ligeramente su cuerpo hacia él—. ¿Quién es ese ser al que deseas tanto?

Thanatos abría los ojos como platos con las palabras de Afrodita, virando ligeramente su cabeza, hacia el rostro de la diosa que mantenía con una notable seriedad reflejada en su mirada, la cual estaba quieta y no se despegaba ni un momento.

—No sé de qué me hablas —Respondiendo con frialdad, el dios de la muerte sostenía la mirada sobre ella, que parecía no ceder.

—Sabes de que hablo —Sin titubeos la diosa le contestaba dibujando una ligera sonrisa que intentaba sostener—. No importa que no me digas quien es, es evidente con sólo observarte.

—Y, ¿qué harás? ¿Decírselo a Zeus? —Con los ojos inyectados en sangre, Thanatos respondía cuestionando a la diosa con una calma que disfrazaba la clara amenaza de sus palabras—. Hazlo, y te juro que…

—¡Tranquilízate! —Interrumpiendo sus palabras, Thanatos miraba como la diosa fruncía el ceño y los labios en una desfigurada mueca—. Sólo quería provocarte. En realidad, no tengo idea de quien es ese ser al que codicias. Y para ser honesta, tampoco me interesa.

Thanatos recostando sus manos sobre el césped, se impulsaba para incorporar su cuerpo ligeramente apoyado en sus extremidades, manteniendo sus oscuros ojos sobre el ser de la diosa.

—Entonces, ¿a qué estas jugando? —Interrogando con un débil susurro, el joven dios iba acortando la distancia entre ambos rostros—. Tú no debes dejarte llevar por tu insolencia, Afrodita. Que tengas el favor de Zeus, no te hace superior a mí.

Con un fuerte respingo por parte de Afrodita, poco a poco su rostro iba arrugándose, deformando su inigualable belleza, al mismo tiempo que sus orbes comenzaban a vidriarse con pesadas lágrimas que iban asomándose por los bordes de sus párpados, donde colgaban burlonamente, enrojeciéndolos con saña.

—¡¿Favor de Zeus?! —Subiendo la intensidad de su voz, Afrodita respondía cuestionando al dios de la muerte. Una fuerte brisa comenzaba a golpear a ambos dioses, llevándose las palabras de la diosa—. ¡No tienes ni la más remota idea de lo que estás diciendo! —Su cantarina voz iba quebrándose, en el mismo instante que agachaba la mirada y sus largos y perfectos rizos cubrían su bello rostro—. ¡Depender de la lástima de un malnacido alfa, no es precisamente tener su favor!

—¿Hablas de lo que ayudamos a conseguirte? —Respondiendo con un disimulado interés, Thanatos mantenía la mirada en la diosa, que erguía su rostro, dejando a la vista sus hermosos ojos llenos de lágrimas que se desbordaban rodando por sus mejillas sonrojadas.

—No eres tan estúpido como suponía —contestando con una voz llorosa, fruncía el ceño al momento que Thanatos comenzaba a gruñir con una evidente advertencia, mirando como la diosa esbozaba una sonrisa que contrastaba con la frustración y la ira de sus ojos. Levantando sus pequeñas manos, empezaba a restregarlas sobre sus mejillas limpiando sus lastimeras lágrimas—. Como sea, deberías hacer caso a eso que sientes, no tengo idea de quien sea, y sinceramente no me interesa saberlo —Moviendo una de sus manos hacia su cadera, al momento que, irguiendo su espalda con la mirada hacia el frente, dejando a la vista su abultado vientre—. Pero, el desear poseer a alguien es natural, incluso para nosotros los dioses, seamos alfas, betas u omegas. Aunque admito que contigo es un poco diferente. Da la impresión de ser algo más grande y profundo, hasta creo que no te conformarías con poseerlo. Quieres estar a su lado, protegerlo, ser su confidente, al punto de convertirse en cómplices, complementarse en un solo ser…

El ciceante sonido de la brisa llegaba a sus oídos, sin embargo, Thanatos no podía apartar la mirada de la diosa que no hacía más que sonreír cínicamente. En su interior los latidos de su corazón corrían acelerados, casi de una manera desmedida, sentía que sus latidos parecían golpear sus costillas, en un furibundo intento por romper sus huesos y salirse de su pecho.

No había manera de que negara las palabras de Afrodita. Así como, tampoco podía negar que deseaba eso. No obstante, estaba consciente de que no sabía desde cuando había comenzado a sentirse así, de sentir eso….

Desde antes de su nacimiento, ambos habían estado juntos, creciendo y conociéndose mutuamente, tanto que la mera presencia del otro era importante para complementarse.

Esa sensación de paz que percibía era capaz de existir únicamente con él. Sentía que no solamente la sangre los unía, como hermanos, como gemelos, era algo que no podía describir, algo profundo y natural.

Tanto que… ya no era capaz de verle el sentido a la inmortalidad sin él.

—Esto, es algo que solamente he sentido dos veces: con Hera y Metis… —Afrodita, abría sus ojos de par en par, dejaba que sus labios se abrieran dejando a la vista sus perfectos dientes, al mismo tiempo que sus orbes se iluminaban y sus mejillas se coloreaban de un radiante rubor rosado—. ¡De verdad, nunca lo hubiera pensado de ti, niño!

—¡¿De qué hablas?!

—Eso deberías averiguarlo por tu cuenta —Respondiendo con un tono juguetón para luego soltar una risita sin dejar de mirarlo—. Espero que cuando lo descubras, puedas avisarme.

—¡Eso no te incumbe…! —Respondía Thanatos atento a los gestos y movimientos de Afrodita, y, sobre todo, a los latidos de su corazón, que, de un momento a otro, se aceleraban para golpear con más fuerza, que comenzaba a doler. De repente, sentía como sus mejillas poco a poco empezaban a acalorarse, a la vez que iban tiñéndose de rojo.

—Tienes razón —afirmaba con un despreocupado suspiro virando su mirada sobre su rostro—, pero creo que al igual que tu hermano, deberías dejarte llevar por aquel deseo. Si él que, evidentemente es más estricto y recto que tú lo hizo, no veo que te detiene a ti.

"¡¿Qué… dijo?! ¡Imposible!"

—Creo que te dejaré para que lo pienses —Con un grácil y lento movimiento, giraba su cuerpo dándole la espalda, y comenzar su andar con zancadas cortas y coordinadas.

Sus ojos se quedaban fijos en la nada desenfocando la mirada, ignorando el delicado andar de Afrodita, que cada vez se encontraba lejos. Ahora, un miedo irracional iba creciendo, empezando a correr por sus venas, impulsada por los frenéticos latidos de su trémulo corazón.

En su mente, mirando como la ultima imagen que guardaba de Hypnos aparecía con una silueta vívida. No obstante, lentamente los largos cabellos dorados se mecían, al momento que sus manos iban moviéndose, dejando caer una por una las capas de la delicada tela que cubría su ser. Los formados hombros, pálidos y fuertes se mostraban sin vergüenza; repentinamente un par de manos aparecían de la nada, recorriendo la complexión de su ser, ayudando a las seductoras manos a exponerlo.

Un lastimero e incitante sonido salía de sus finos labios, cuando, esas experimentadas manos comenzaban a recorrer con lujuria y sentimentalismo la piel desnuda. El rostro indiferente, iba descomponiéndose, hasta mirar como cerraba sus ojos, dejando caer lágrimas, que rodeaban sobre un par de mejillas sonrojadas, por la indecencia de la lujuria que lo invadía, dejando que su raciocinio sucumbiera ante el instinto carnal del placer puro.

La imagen se revolvía en su mente, cuando notaba que ahora, veía a Hypnos de espaldas al suelo, no obstante, no estaba solo, un ser de piel bronceada se encontraba sobre su cuerpo.

Ambos seres envueltos de calor, con los cuerpo empapados de sudor, su hermano con ambas piernas en el aire, sujetadas por un par de fuertes manos que dejaban marcas rojizas manchando la impía piel.

Mordidas, marcas rojizas, y la gran polla de aquel hombre, entrando y saliendo de un anillo de carne completamente rojizo, al mismo tiempo que la piel de sus nalgas se enrojecían por el constante golpeteo que era acompañado del sonido de chapoteo, proveniente de la torturada entrada.

"¡Maldita sea!"

Con movimiento torpes y rápidos, Thanatos intentaba incorporarse maldiciendo en su interior. Hasta que de un movimiento descuidado lograba ponerse de pie, levantando su oscura mirada sobre los irregulares zarandeos de las flores que bailoteaban con brisa del lugar. Tomando del suelo los pergaminos que había dejado caer sin cuidado, los sostenía con fuerza, estrujando con el papel con fuerza.

"¡Esto no sucedería si no hubiéramos pisado este maldito lugar!"

Thanatos comenzaba a caminar por el mismo lugar donde sus pasos lo habían llevado, con ceño fruncido decorando una notable ira que se llameaba en el abismo de sus ojos negros.

Sin duda alguna, odiaba esa situación, cada momento que había logrado pasar con Hypnos, dentro y fuera de esos trances eran preciados para él, los cuales se habían visto seriamente reducidos desde que pisaron por primera vez ese maldito lugar, haciendo casi imposible pasar un momento con él.

Sobre todo, tener que soportar el ver como la creciente admiración de Hypnos hacia Zeus parecía cada vez más enfermiza, casi obsesiva.

De golpe, las imágenes de su cabeza cambiaban sin remedio alguno, Hypnos dejando al descubierto sus desnudos ante los ojos celestes de Zeus. Hypnos dejando que las manos bronceadas del dios recorrieran su pálida piel, respondiéndole con gemidos indecentes y placenteros. Hypnos dejando que Zeus introdujera su polla provocando no solo el aumento de los gemidos, si no también, las lágrimas que rodaban burlonas sobre sus mejillas sonrojadas.

-¡No! —Exclamando con una rabia mezclada en el gruñido que salía de sus labios mientras un destello violáceo negruzco comenzaba a llamarar amenazante, emanando de su inmortal ser—. ¡No puede ser él!

Dando un lento paso sobre los verdes pastizales para que, al tacto, estos comiencen a tornarse amarillentos, para luego secarse y adquirir un desagradable tono negro, dejando un tétrico rastro de pastos putrefactos.

Ahora, esa misma rabia que quirúrgica de aquella cálida sensación que nacía justamente en el centro de su pecho. Ahora, aquella paz que lo había invadido en el sólo pensar que podría hacer suyo a Hypnos, se había tornado amarga y punzante que no hacía más oprimir su corazón a cada paso que lo acercaba a los amurallados pasillos del templo.

No obstante, ahora, que era demasiado consciente de que aquella emoción era más fuerte que desde el inicio, ahora que era consciente de que aquello que sentía; lo hacía sentir amargo, opresivo e incluso doloroso.

" ¡No permitiré que nadie más te tenga, Hypnos!"

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[1] Eolo: (en griego antiguo: Αἴολος, romanizado: Aiolos), hijo de Hípotes, era el soberano de los vientos con el que se encuentra Odiseo en la Odisea de Homero. El mito de este personaje no tiene nada que ver con

[2]Giatrós: del griego " γιατρός " que significa literalmente "médico".