Se quedó acostada en el suelo. El olor del pasto en su nariz hizo que aspirara con fuerza, sintiéndose libre. Como si pudiese volar. El viento levantaba y ondeaba su ropa, haciendo que refrescara entre sus piernas y brazos. Era como estar en casa. Cosa que hacía mucho no sentía. Desde que tenía memoria, su familia siempre había ido de un lado a otro. Solo una vez duraron un año y medio en una cabaña, cuando su abuelo estuvo enfermo. Un sitio que podría decir que era como un hogar, por poco que hayan estado ahí. El lugar era similar a este. Verde hasta donde llegase la vista. Con montañas y cerros a la lejanía. Con vientos agradables en verano y fríos intensos en invierno. Aunque recordaba con amargura y molestia el segundo, el primero llegaba a ella con una sonrisa.
Fue un excelente año y medio. Pero eso había quedado atrás.
Miró a su espalda, viendo a sus padres y abuelo acomodar todo para acampar este día.
–Es un buen lugar para pasar la noche, ¿no creen? – su abuelo se miraba contento pasando un brazo por su frente sudorosa –. Este sitio me recuerda a esa cabaña. Aunque solo lo recuerdo meses antes de haber sanado.
–Era un poco similar. Si – dijo su padre. Traía consigo una liebre casada. Liebre que su madre tomó, acomodándolo en una mesa improvisada. Con cuchillos a disposición.
–A pesar de esa enfermedad, fue un buen año – su madre levantó el cuchillo agarrando al conejo por las orejas. Angie giró la cabeza, evitando mirar «la cocina» de su madre –. Se siente exactamente como ahora. Ay, qué paz.
Para Angie todo hubiera sonado bien si no se escuchase el golpe chasquido del cuchillo en la carne del animal.
Hizo ademán de distraerse un rato con el pasto, donde un escarabajo caminaba tranquilo entre sus manos. Unas pisadas pesadas la hicieron voltear, viendo a su padre que le miraba gentil.
–¿Te parece si damos una vuelta? – él sabía lo incomodo que podría ser el cocinar un animal como ese. Lina, a pesar de ser amorosa con su hija, cuando cocinaba parecía una autentica carnicera descarada. Cosa que solo hacía darle asco a Angie – Cariño, Angie y yo iremos a dar una vuelta.
–¿Trajiste todo para la comida?
–Todo acomodado y listo para que lo uses, cielo – señaló hacia su derecha. El fuego y la leña ya estaba listo. Su esposa le sonrió.
–Tengan cuidado. No vayan tan lejos.
–No te preocupes, hija. Por esta zona no hay mucho movimiento – Lupin se sentó en un banco, recargado en el tronco de un árbol –. Es un excelente lugar para descansar. En efecto.
Padre e hija caminaban en silencio. Ambos disfrutando de un momento de paz. También sintiendo la brisa recorrer sus caras, removiendo sus cabellos y haciendo que ambos cerrasen los ojos de gusto.
Llegaron hasta una zona abierta, aun con el manto verde yendo hasta donde terminase la vista. Al ser un clima fresco con lluvias frecuentes, lo normal era que el lugar fuese tan verde. Aunque le extrañase a Tobb que no hubiera mucha actividad animal. La caza fue algo difícil. Si no fuese por su experiencia en rastreo, juraría que el día de hoy se conformarían con verduras y legumbres.
Miró a su hija, que se seguía con los ojos cerrados. Estaba sentada en el suelo sintiendo el viento en su rostro. En verdad se parecía a su madre. Y sin decirlo, sacando una espada de madera de su espalda, se dijo que también era su orgullo.
–¿Lista? – le extendió la espada. Angie miró a su padre, luego la espada. La tomó, levantándose con una expresión de emoción. Y eso solo arrancó una risa en Tobb.
Cada vez que viajaban de un pueblo a otro, o de una ciudad a otra, aprovechaban para poder practicar el arte de la espada. No eran las mejores clases, y él no era el mejor maestro, pero con que ella pudiese defenderse, era mejor que nada.
No era para menos ese pensamiento de Tobb. Al venir de Noxus, donde la fuerza vale tanto como los talentos mentales y mágicos, priorizar que su familia no solo sea protegida, sino también su decendencia pueda valerse por sí misma, era una norma no escrita que se había inculcado desde mucho antes de conocer si quiera a Lina.
Ella no estaba del todo de acuerdo con sus enseñanzas, pero también sabía que era una práctica necesaria. Conociendo su pasado, lo que más quería Lina era saber que su familia no estuviera en peligro. Y si así fuese, que al menos tuvieran la forma de defenderse cuando el momento se requiera.
Su esposa también practicaba. Pero era la mitad del tiempo, si no es que menos, de lo que practicaba con Angie. No era predilecta tanto al manejo de la espada. Lo máximo que podía hacer, si bien le iba cada vez que lo hacían – y muy a fuerzas, a su pesar –, era enseñarle algunos golpes a puntos clave del cuerpo y como salir de algún agarre o llave. De todo lo demás, puro ejercicio para que no perdiese la condición de tener que correr si la situación lo requería.
Angie era otro cantar. A pesar de ser solo una niña, su empeño en aprender no era corto ni perezoso. En cuanto ese mango está en sus manos, se transforma en una bola de emoción y se pone lista para la acción.
Un momento padre e hija algo peculiar. Al menos para los que estaban fuera de algunas tradiciones noxianas.
En esa tierra no hay distinción. Cualquier habilidad nata que tuviera el hijo o hija en cuestión, se le desarrolla hasta explotarlo. Si Angie no fuese alguien que tuviera un avance nato para la espada, seguro la apoyarían con cualquier otra cosa en lo que fuese buena. Afortunadamente, Angie tuvo la misma habilidad que su padre. Cosa que enorgullecía y aliviaba en partes iguales, pues no causaría un conflicto en tener que capacitarla para la defensa y tener que obligarla a ello por su bien.
Ahora mismo, viéndola a la distancia, a unos metros de él, con la punta de la espada en alto y señalándole con ella hacia su pecho, no había otra palabra que describiera bastante lo que sentía en este momento.
Orgullo.
–Cuando quieras, papi – le retó. Él rio con ganas.
–Pero si tú eres quien tiene que venir a mí, ¿no? Hoy toca ver tus puntos flacos al atacar – el desenvainó su propia espada –. Cuando quieras, abejita – un apodo que se le ocurrió cuando vio que era buena con las estocadas.
La niña corrió hasta él, con la espada de madera en alto. Para su edad, su velocidad en carrera era buena. Al momento ya estaba frente a él, y con la punta de su arma al frente, hizo, como el predijo, una estocada directo en su vientre. Recto y sin titubeos. Un movimiento aceptable.
Se hizo a un lado, usando la base de su espada para desviar el ataque. Angie no se quedó quieta. Al estar su arma en su brazo derecho, su pierna derecha estaba al frente, flexionada por el paso al frente al hacer la estocada. Vio a su padre caminar hacia su izquierda. Angie puso la hoja en horizontal, moviéndola hacia sus costillas, cosa que Tobb bloqueó sin problemas.
Avanzó hacia su hija, golpeando el arma de madera con la base del mango, haciendo que la niña soltase el arma, para después posicionarse atrás de ella y darle una palmada en su nuca, trastrabillando y cayendo de cara al suelo.
–Oye, estoy aquí – estaba de buen humor. Hacer estas cosas siempre era divertido. Además, que le gustaba verla aprender.
Angie se levantó, escupiendo hojas de césped y mirando con enojo a Tobb. Aun con ello, sonreía.
–Ya verás, papá – se puso rápido de pie, lanzándose de nuevo al ataque.
Ahora los movimientos eran frenéticos. Incluso así, no tenía mala precisión. A decir verdad, era aceptable para su edad. Se movía, saltaba, agachaba y golpeaba con lo que podía. A veces usando el mismo suelo para lanzarle lodo u hojas. Usaba el ambiente a su favor.
Ayudaba bastante que viera esto como un juego. Un juego familiar entre ella y él. Y no lo veía mal. Uno aprendía rápido si eso mismo era entretenido. Y no aburría. Y en lo que respecta a ambos, esto era un momento padre e hija muy bien recibido. Divertido.
Angie blandió la hoja de forma inclinada, iniciando desde arriba (intentando alcanzar el hombro de su padre), hasta abajo, cerca de su cadera. Tobb retrocedió con su guardia en alto. Buen movimiento, pero notaba que estaba cansada. Lo veía en su respiración. También en como sostenía el mango. Bajó la suya propia, dando por terminada la primera sesión, guardando su arma.
–Es todo por ahora, abejita. Descansemos un poco.
Angie respiraba agitada, pero no bajó la guardia. Miraba a su progenitor de forma desafiante. Un gesto, que en la cara infantil de ella, podría parecer hasta adorable.
Pero lo siguiente que vino no se lo esperó. Y hubiera terminado mal para él si su instinto de guerrero no le hubiera avisado antes. Su cuerpo logró moverse solo, siendo cortado de forma superficial en la tela de su ropa.
Miró el corte, verificando que todo estuviese bien. Volteó a su hija, intentando descifrar que había pasado. Pero al verla, más interrogantes llegaron a su cabeza.
Un aura de color purpura la tenía rodeada. El palo de madera también era cubierto por la misma, notando que ahora tenía filo. No sabía si por efecto de la misma aura, o esta misma se había transformado en algo filoso. Sea lo que sea, no era normal.
–¿Angie?
Como si fuese una aprobación para atacarle, se movió a alta velocidad hacia él. Tobb nunca había sacado su espada con su hija de forma seria. Solo una vez, cuando le indicó que practicarían ocasionalmente. Pero solo para mostrarle el ejemplo de cómo se ve una espada y sus características al hacer daño en alguna superficie. Para que se fuese familiarizando.
Esta era la primera vez que sacaba el filo de su arma contra ella. Pero no la atacó. En cuanto desenvainó, moviendo la espada con todo y funda, se protegió de un ataque horizontal que iba directo a su abdomen. Un corte recto. El sonido del metal chocando entre sí fue algo que sus oídos, y sus manos, no habían sentido desde hace mucho. Y era raro, porque juraba que el arma de su hija era de pura madera. Pero que sonase como metal… o estaba perdiendo la cabeza, o en verdad eso sonó como si dos espadas colisionasen.
Empujó el arma de su hija. Ella aprovechó para girar y dar otro tajo horizontal. De nuevo, protegiéndose con su hoja.
La mirada de Angie estaba sobre él. Su rostro mostraba una emoción retadora. Cosa que le haría sentir feliz, pero ver sus ojos inexpresivos, sin algún brillo de autentica emoción, solo hacía que su frente sudase de la preocupación.
El aura purpura, el choque de sus armas y la rara velocidad y precisión… eso no era nada normal. Su hija no alcanzaría ese nivel sino hasta muchos años de práctica. Con el cuerpo desarrollado y músculos trabajados.
Como respuesta a su pensamiento, como queriéndole dar la contraria, Angie hizo fuerza en su empuje, haciendo temblar la mano de Tobb.
Estaba preocupado. ¿Qué le pasaba a su hija para que tuviese esa fuerza? Si antes estaba ingenuamente preocupado, ahora estaba verdaderamente preocupado.
Usó la suya propia y la hizo retroceder. Ella volvió a su guardia, con el filo apuntando hacia él a la altura de su cabeza. Vio su respiración, y un leve movimiento. Volvería a atacar.
Pero esta vez no se contuvo. Desenvainó por completo su hoja y la frenó. De nuevo se escuchó el choque de la madera con el metal (metal con metal). Con mente decidida, empujó a su hija con un rodillazo en su estómago. La hizo dar dos pasos atrás, pero volvió para bajar su arma hacia la cabeza de él con un salto. Tobb se hizo a un lado, dejando que la madera chocase hasta el pasto. El peso del golpe lo sintió en sus suelas. Fuerte como dejar caer una masa. Mas motivo para detener a su hija con la empuñadura en su cabeza.
Cayó al pasto con un golpe seco.
Viéndola inconsciente, se arrodilló para tenerla en brazos. Ese golpe le dejaría una contusión, pero nada que su esposa pudiese ver. De todos modos, tampoco le había dado tan duro.
Observó su rostro tranquilo. Y el aura en su cuerpo había desaparecido.
Recordó cuando estaba de mercenario hace mucho tiempo. Cuando formaba parte de un grupo, cerca de su adolescencia. Vio muchas cosas, y vivió demasiadas situaciones. Incluso después de aquella época. Por lo que estaba familiarizado con las cosas extrañas. Su hija no era la excepción, aunque si algo novedoso después de muchos años. Ya había notado esto antes en ese grupo de antaño. Después de dejarla inconsciente, haciendo memoria con tranquilidad, sabía lo que estaba pasando. Aunque no encontraba una explicación. ¿Sería por su grupo sanguíneo? ¿Por su familia? Porque dudaba bastante que lo fuese de su esposa. Aunque las posibilidades podrían ser muy variadas.
Un escalofrío pasó por su espalda. Pobre Lina.
¿Cómo decirle que su hija resultó tener magia?
~0~0~0~0~
Odiaba la compañía. Odiaba el trabajo en equipo. Odiaba no tener su magia. Odiaba al niño. Y odiaba tener que ayudar a esta gente.
–¡Rápido! ¡Salgan de aquí antes de que me arrepienta! – decía haciendo señales con sus manos. Una para atraerlos y otra para señalar la dirección hacia donde ir. La gente caminaba y media corría mientras se agachaban en el hueco y hacían lo posible para no hacer del pasadizo un bloqueo de botella. El caos estaba atrás de ellos, y si querían estar seguros, debían escapar y resguardarse.
–Emmm… ¿no crees que estas siendo un poco rudo con las personas? – Dorrin hacía lo mismo, pasando sus manos en los hombros de quienes pasaban al lado de él. Se encontraba al frente de Veigar. Siendo el segundo de muy baja estatura, tenía que estar al frente para que no fuese arrollado por la multitud –. También están huyendo.
–Me importa un pimiento si se ofenden. No quería estar aquí en primer lugar – recordó cuando Teemo tomó el mando de la situación, dando indicaciones a cada uno de lo que debían hacer. Lulu siendo una distracción activa para hacer que los magos no hicieran más desastre en el proceso de evacuación. Teemo y Tristana estarían al frente, confrontando el problema de forma directa.
¿Y é? ¿El gran ex mago Veigar? Auxiliar a los ciudadanos y sacarlos del caos que estaba originándose en la entrada, como dentro del asentamiento. Sacarlos ilesos del lugar.
Sinceramente, preferiría ser consumido por el vacío y dejar que sus entrañas saliesen a flote por el derretimiento de su piel y convertirse en una amalgama de carne y viseras, que estar haciendo este tipo de trabajo humanitario. Hasta el nombre repudiaba.
Pero debía hacerlo. Mas que nada, porque a largo plazo seguro tendría algún beneficio. Cada acción tiene una consecuencia. Y este acto de bondad (que de bondad tiene tanto como de paciencia, al querer ahorcar a ese bebe que no dejó de llorar en su oreja antes de entrar al pasadizo), tendría sus recompensas a futuro. Ya sea de forma directa o indirecta.
Así que con todas las ganas del mundo (ninguna, realmente), se dispuso a ayudar a los, ahora, refugiados.
Las explosiones de luz, de fuego y humos de colores hacían ver la distancia como un espectáculo de fuegos artificiales. Se lamentaba no tener su magia a su disposición. Hubiera hecho una hermosa gala de poder y maleficencia frente a todos ellos. Huirían con pavor y mirarían con terror. Y esperaba que con un poco de admiración. Anhelaba esas acciones. Más la sensación de temor en la mirada de esas personas.
Miró a Dorrin que observaba a su derecha. Tenía una expresión de terror en su rostro. Y Veigar miró a su misma dirección. ¿Quién se atrevía a hacer algo que él no podía hacer? Por ahora, debía aclarar.
Vio a una chica. Casi de la misma edad que Dorrin. Un poco mayor, supondría. El detalle estaba en que la mitad de su cuerpo estaba invisible. Como si flotase medio cuerpo en el aire. Sostenía una daga en alto, pero la bajó al ver todo el panorama.
–Con que aquí están todos los refugiados – miró que se adentraban tres personas –. Al menos la mayoría.
–¿Quién eres? – Veigar se puso frente al chico. Lo hacía para mostrar valentía, no para proteger al niño. Solo para aclarar –. Exijo que te identifiques.
–¡Oh! Con que un yordle anda apoyando también – caminó hasta quedar al frente de los dos. Para ese entonces, los refugiados ya habían entrado al pasadizo, quedando solo ellos en esa entrada –. Hola, pequeño – se agachó hasta la altura del yordle –. ¿Hay algo más en lo que pueda ayudarles?
–¿Eres de los buenos? – preguntó Dorrin. Vio que ella iba a responder, pero una mancha negra y peluda salió disparada hasta la cara de la chica.
–¡¿A quién llamas pequeño, mocosa malcriada y fea?! – mientras Clarity se levantaba con un grito de susto y un yordle en la cara, a la vez que pasaba por su cabeza que le había dicho fea, intentaba sacarse a Veigar de encima – ¡Soy mil años mayor que tú! ¡Respeta, mequetrefe de escuálida complexión!
–¡Quítenme esta cosa de encima!
–¡Sentirás la ira del gran ma… ex mago Veigar!
Dorrin veía la escena con una extraña sensación de incomodidad y desorientación. Era como ver a una chica quitarse de encima a un gato.
Bueno, al menos no había sacado la daga de su cinturón. Y preguntó si podía ayudar en algo más. Significaba que estaba del lado de ellos. Bendito sea. Sintió una magia no relacionada a ninguna que haya visto antes. Y seguro ella era del exterior. Razonó que eran de aquellos magos que atacaron de improvisto. Por eso su miedo.
Pero ver como intentaba sacarse a Veigar de su cara, aparte de verse gracioso, algo incordioso por la situación en la que se encontraban, eran suficientes señales como para no preocuparse por ella.
Fue a con ellos y tomó a yordle del cuello de su ropa. Verlo manotear al aire dejaba verle como si realmente fuese un felino enojado.
–¡Bájame, niño! ¡Voy a enseñarle que de pequeño no tengo nada! – a Dorrin le pareció escuchar un siseo de entre las quejas del yordle.
–Uf. Gracias. Pensé que me quedaría sin cara.
Se sacudió el rostro y manoteó su ropa sacando el polvo que se le había subido por las agresiones del yordle.
Los tres se miraron. Una con amabilidad. Uno con curiosidad. El último con odio.
–Así que fueron ustedes los que sacaron a la mayoría de la gente.
–Con ayuda de algunos guardias – Dorrin bajó a Veigar. Este se cruzó de brazos, aun enojado –. Nos ofrecimos para ayudar a la gente. Y fue bueno hacerlo. Las cosas se están poniendo feas allá – como dándole la razón, a lo lejos se vio una explosión de luz que fue derecho al cielo. Los tres miraron con sorpresa, pero la recién llegada se miraba algo preocupada.
–Parece que la jefa entró en acción.
–¿Tu eres parte de esos magos? – preguntó Veigar. Ella asintió –. Pues parece que atacarte la cara fue lo mínimo que merecías.
–¡Hey! ¡Nosotros no queríamos causar todo esto! – al ver que ambos parecían querer llegar a la confrontación física de nuevo, Dorrin se puso en medio de ambos.
–Vimos cuando ustedes interfirieron. No sabía si eran aliados o enemigos – miró el arma guardada de ella –, pero no creo que esto haya sido causa de ustedes.
–Claro que no – se ajustó el cabello, quitándose una parte de este de su hombro –. Nosotros llevábamos bastante tiempo buscando a la gente de Sylas para detenerlos. Lo único que hacen es perjudicar a los buenos magos que intentan vivir en paz y en el anonimato.
–Escuché de ustedes – la voz de Dorrin tenía emoción –. Son parte del grupo que lidera la señora Luxana. Dicen que era una ex guardiana de la corona.
–Señorita aun, por favor – corrigió mientras le daba un golpe con su índice en la frente –. Y sí. Es correcto.
–Casi no se saben de ustedes. De hecho, cuando son vistos, desaparecen y no salen hasta que un conflicto con magos sale a la luz.
–Ese término queda perfecto para la ocasión – dijo con orgullo.
–Sinceramente no pensé que ustedes fuesen malos. Siempre ayudaban a los ciudadanos cuando intervenían. Muchos en mi grupo les consideran traidores.
–¿Tu grupo? – sostuvo el mango de su daga, solo para bajarlo al momento –. Que va. Seas de ese grupo o no, tus acciones me dicen que no eres como ellos.
–No. No lo soy – bajó la cabeza –. Por eso delaté a mis compañeros con estos yordles – miró a Veigar que seguía en su sitio, con una oreja dirigiéndose a ellos –. Puedo detectar a la gente que tiene magia. Y los yordles tienen mucha. Son como una lampara incandescente.
–Tu nos podrías ser útil en nuestro grupo, ¿sabías? – dijo con una ceja levantada y media sonrisa.
Otra explosión. Esta vez, sintieron el suelo temblar. Los tres se trastabillaron, moviéndose en su sitio para no caerse.
–Bueno, ya corroborando que ustedes apoyaron a la gente en salir de este lugar, procedo mejor a retirarme. No puedo dejar que la jefa no tenga un ojo en su espalda.
–Iré contigo – la voz de Veigar se alzó, deteniendo la caminata apresurada de la chica.
–No quiero ser mal educada (ni que te lances a mi cara de nuevo), pero no creo que sea prudente que vengas conmigo. Las cosas están feas allá.
–Nada que no pueda resolver por mí mismo – pensó en su entrenamiento con los exploradores. Era hora de poner en práctica esas cosas –. Además, mis com… mis com… – empezó a toser – mis com… ¡Agh! – recibió unas palmadas en la espalda como apoyo de Dorrin – ¡Mis compañeros están allá también! – medio gritó, respirando agitado y casi sudando –. Gracias, niño.
–No hay de qué.
–¿Hay más yordles? ¡Quiero verlos! – dijo emocionada.
–Pues llévame para allá y te los presento – lo pensó un poco –. Te los regalaría su pudiera. Al menos dos de ellos.
–Son como peluches y muñequitas adorables – Veigar no pudo evitar levantar una ceja.
–… Bieeeen… solo vamos para allá – volteó hacia Dorrin –. En este momento todos están luchando allá. Dudo que algún mago quiera acercarse hasta el escondite. Si pasa algo, ve derecho hacia el bosque hasta encontrar una cabaña y que un anciano decrepito nos mande una de sus ratas.
–Está bien. Espera, ¿Qué?
–Tu solo hazlo en caso de emergencia – empezó a correr con la chica al frente, dejando al chico confundido.
~0~0~0~0~
Teemo miraba todo desde los escombros de una cabaña, oculto entre pedazos de paja, piedra y madera. Sostenía con firmeza su cerbatana, calculando bien el tiro.
La mujer al frente le sonreía a la chica de cabello rubio. Él conocía a la rubia, pero no esperaba encontrarla en este momento. Movió su báculo en un círculo, haciendo que alrededor de ella se formase un escudo resplandeciente y claro como un espejo. Sonreía con cordialidad, pero sus ojos mostraban ferocidad.
–No te animo a que gastes tu energía tratando de traspasar mi escudo. Es algo que ni mi hermano pudo lograr con anterioridad – la mujer de cabellos verdes alborotados sonrió con cinismo. De sus puños salieron chispas azules brillantes. Y un aura del mismo color, amenazante, surgía por todo su cuerpo.
–Será porque tu hermano no es tan fuerte. Pero veamos que tal te irá cuando sientas mis chispas en tu cuerpo después de quebrar ese frágil escudo tuyo – puso sus puños hacia atrás, cargando su ataque. Lux suspiró.
–¿Qué acaso no está claro lo que digo? – vio que la mujer puso las manos al frente, expulsando toda su energía contra ella.
La ráfaga, ahora celeste, bañó en línea recta toda la zona en dirección hacia donde iba. Lux desapareció en medio de toda esa marea de color. El poder del ataque hizo marca sobre la tierra donde pasaba, además de explotar la pared por el impacto de empuje. La petricita, aun absorbiendo la magia, el impacto por la velocidad era tal que fue inevitable que esta se derrumbase en varios pedazos, y un hueco dismórfico adornase esa parte de la pared.
La mujer sonrió triunfante, viendo todo el caos que hizo por su cantidad de magia expulsada, esperando que la maga hubiese desaparecido por ese ataque. Palmó sus manos, respirando tranquila al fin, hasta que del polvo de tierra salió volando en su dirección el báculo de Lux. Lo atrapó sin penarlo, viendo como ahora ella tenía el escudo que rodeaba con anterioridad a su enemiga.
–Bueno, veo que quieres competir conmigo sobre quien es más fuerte – escuchó entre la neblina de polvo –. Está bien. Déjame – desde dentro, una luz empezó a emanar con fuerza, dejando ver la figura de Luxana – mostrarte.
El rayo pasó a la velocidad de un parpadeo. Cuando se dio cuenta, estaba bañada por una luz incandescente, donde, aunque el blanco predominaba, podía distinguir algunos espectros como el rojo, el azul y el amarillo. Pasando tan rápido que no sabía si en verdad eran colores o solo una ilusión por el exceso de brillo que la rodeaba. Fueron unos segundos, pero se sintieron minutos. Al acabar, vio que estaba ilesa. Nada había pasado. Y el escudo: intacto.
El báculo se retiró de sus brazos para llegar a las manos de su dueña, que la miraba con suficiencia.
–¿Eso que fue? – es todo lo que pudo decir la de cabello verde.
–¿Por qué no miras atrás de ti?
Lo hizo, y la quijada casi se le cae.
Tal vez su fuerza de impacto no era como el suyo. O sí. No lo sabía con certeza. Pero ver que una línea del tamaño de dos metros limpió la zona como si un gusano hubiese devorado todo a su paso de una forma tan limpia… volvió a mirar a Lux.
–Apunté un poco inclinado hacia arriba. Por eso las casas salieron intactas desde dos metros para abajo – se excusó –. El rayó se habrá disipado en un kilómetro, seguro – señaló su báculo –. Y con mi escudo pude disipar lo suficiente como para no quebrarlo. Es un poco complicado, pero cumplí mi cometido – puso sus manos en sus caderas –. ¿Ya te puedes rendir?
Estaba indignada. Molesta. Ofendida. Y quería cachetear y agarrar de los cabellos a esa mujer que se burlaba de ella.
–¡No! ¡No pienso rendirme! – le lanzó una bola de magia, chispeando en el aire. Lux solo volvió a invocar su escudo.
–Sería más fácil si se rinden. Y así pueden detener toda esta locura.
–¡¿Locura?! – gritó indignada. Sus cabellos revoloteando por el aura expulsada por su enojo – ¡Estamos honrando y siguiendo los ideales de nuestro líder!
–Tu líder habría mitigado muchos destrozos y no hubiese arriesgado la vida de inocentes – dijo. Su expresión era de tristeza.
–¡Tú que vas a saber de lo que nuestro jefe haría! – le lanzó otras bolas de magia chocando de nuevo en su escudo. Lux solo acomodó su cabello, haciendo enojar más a su adversaria – ¡Maldita mujer!
–Oye, no digas cosas así – ahora se había indignado. Las groserías a su persona estaban de más.
–Digo lo que se me pega la gana, vieja fea.
–¡¿Perdón?!
Desde su rincón, Teemo comía hongos.
–Esto se puso bueno – susurró.
–En primer lugar, a como veo, soy más joven que tú.
–Eso no te quita lo fea – ahora Lux sentía una vena saltar en su frente. La chica parecía haber tocado una fibra sensible. Con una sonrisa, la maga de cabellos verdes se burló de ella con fuerza –. Uy, parece que la ex guardiana de la corona no puede soportar unos cuantos comentarios ino… – el báculo le cayó en la cabeza, interrumpiendo su dialogo y haciéndola caer de espaldas –. ¿Pero qué demonios? Condenada hija de… – se interrumpió a sí misma, viendo como Lux caminaba con aire fiero. Apretando los puños y con mirada amenazante. Asesina. Tal fue el impacto, tanto del golpe con el báculo como su mirada, que tardó en usar otra bola de magia chispeante.
Lux siguió andando cuando la bola iba directa en su cara. Chasqueó los dedos y la bola desapareció a centímetros de su rostro con un chispazo de luz.
El aire asesino de la maga no hizo más que incrementar el temor de la peliverde. ¿Tanto le afectaba que le hubieran dicho fea?
–Veamos qué opinas de mi apariencia cuando deje tu cara con magulladuras y un ojo morado.
–¿Qué?
–No voy a ocupar magia para lo que haré.
Y sin perder tiempo, se lanzó hacia ella en un salto para que ambas se revolcaran en el suelo intercambiando cachetadas, puñetazos y tirones de cabello.
Para Lux, esto ya no se trataba de pelear con una maga, era dignidad femenina. Y no iba a dejar que una mujer como ella se burlase de su apariencia, cuando incluso haciendo estos viajes buscando a esas malas personas, cuidaba su cuerpo y cutis como cuando era joven. La peliverde se las iba a cobrar.
En la distancia, Teemo comía los hongos con una sonrisa entretenida. El giro del acontecimiento era grato y bienvenido. Hacía tiempo que no veía una pelea de chicas de esa índole. Y todo mientras el asentamiento aún era removido por algunas explosiones y gritos de guerra. Era algo que le hacía falta ver. Tan entretenido como los comics que vendían en Piltover.
Y hubiera seguido así si no fuese que escuchó un carraspeo en su espalda. Uno conocido.
Volteó con aire inocente, mientras Tristana le miraba con los brazos cruzados y sonaba el suelo con una pisada constante de su pie derecho.
–Hola, Trist – sonrió con medio hongo.
–Veo que te entretienes – dijo sin mirarle desaprobatoriamente.
–Si que si – señaló hacia la nube de polvo que se acababa de formar –. Lux y la maga líder están peleando.
–Ya veo.
Siguieron viéndose en silencio. Ahora su sonrisa cambió a una nerviosa. El hongo había quedado a medio comer. Tristana entrecerró sus ojos, esperando que dijese algo. Teemo miró su hongo y luego a ella.
Bueno… solo quedaba mitigar el regaño.
–¿Quieres un poco? – ella miró la seta.
–… ¿Por qué no? – lo tomó con la mano y se lo llevó a la boca. El explorador soltó aire aliviado.
Luego sintió el jalón de orejas.
–¡¿Cómo se te ocurre estar ahí tan campante mientras todo ahí afuera sigue siendo un caos?!
–¡Era entretenido! – se excusó.
–Me importa una patata que fuese divertido – le soltó, para señalar de nuevo la nube de polvo. Ahora se veía a ambas peleando. Lux tiraba de la cabellera verde mientras la otra le estiraba la boca con el dedo índice. Ambas enredadas entre piernas y brazos –. Vas a ir allá y vas a terminar la pelea como es debido. ¿Está claro?
–Si, señora – dijo en tono quejumbroso. Cosa que ella detectó.
–Y no me hables con ese tono, señor. Que sabes bien a que venimos.
–Si si si – preparó su cerbatana –. Uno no se puede relajar un poco porque ya lo regañan – añadió con un puchero.
–Estamos en horas de servicio, «capitán» – dijo haciendo dos comillas en eso ultimo.
Puso la cerbatana en su boca, apuntando bien a la chica de cabellos verdes. Aun cuando las dos no dejaban de moverse, Teemo tenía experiencia en dejar incapacitado a las víctimas con su querida amiga tubular.
Preparo un dardo con veneno paralizante. No como el que uso con el tipo gordo de aquella vez. Este solo la dejaría inmóvil, pero consciente. Si lo que escuchó era verdad, ella era la líder de ese grupo que intentaba secuestrar a la gente. Por lo que su información era de vital importancia. Incluso si es mínima, con que sea fidedigna será suficiente.
Jaló aire y preparó para darle en el cuello. A la vez que disparó, un cuerpo negro cayó de los cielos entre el proyectil y las dos mujeres, ensartándole el dardo justo en donde Teemo quería darle a la mujer. Pero terminó dándole al yordle.
Veigar se levantó indignado, empolvado, con un puño en el aire y gritando furioso al cielo.
–¡Con un demonio, Lulu! ¡Que me bajaras con cuidado! – y así como se levantó, cayó al suelo.
Las cuatro personas presentes se quedaron estáticas, sin saber cómo reaccionar. Las dos chicas dejaron de pelear, mirando al yordle en el suelo. Tristana y Teemo estaban mudos por lo acontecido. ¿Qué posibilidad había para que sucediera esto?
Como respuesta, solo se escuchó un grito.
–¡Me lleva el diablo! – gritó histérico el ex mago.
–¡Perdón Veigar! – bajó de los cielos con una chica arriba de su bastón. Ambas apenas llegando a caber en el transporte –. Quería bajarte suavemente, pero Pix me pellizco la nariz – el hada estaba en pose de suficiencia encima del gorro de Lulu.
–Me las cobraré, mosca fosforescente – dijo en el suelo.
–¡Jefa! – corrió hasta Lux, pero seguía agarrada con Verna, deteniéndose en el acto –. La gente está a salvo. Solo quedan nuestros amigos, la guardia… – vio que la peliverde tenía a Lux agarrada de los cabellos – y la chusma.
–Niña grosera – mordió el brazo de la maga, soltándola y quedando libre –. Si creen que unos yordles y dos magas de segunda nos van a detener, tengan por seguro que… – un dardo cayó en su cuello – ¿Qué?
–¡Somos cuatro yordles! – gritó Teemo desde su escondite.
–¡No grites desde tu ubicación! – y se escuchó un golpe. Mas un gemido de dolor.
Verna cayó al momento. Mirando furiosa a todo el grupo.
–¡Malditas bolas de pelo! – intentó moverse. Sus expresiones faciales lo daban por hecho. Sin éxito – ¡Demonios!
–No te haremos nada malo – Lux se acomodó el cabello. Los tirones la habían despeinado –. Ni a tus aliados. Pero hicieron cosas malas en el proceso. Es correcto que merezcan un castigo.
–Traidora – dijo entre dientes –. Traicionas a los tuyos en beneficio del reino que nos encarceló y nos torturó.
–Eso fue hace años. Verna te llamas, ¿verdad? – la peliverde escupió como respuesta.
–Supongo que es un si – dijo Clarity, guardando su arma, ya despreocupada de que le hiciese algo a su jefa, mirando con enfado la acción de la rebelde.
–Hemos llegado a un acuerdo. Puede que el reino aun sea algo intolerante con los magos. Escépticos incluso. Pero el rey dejó de cazar a los magos desde hace tiempo. Puede que no nos quieran, pero nos respetan. Y eso es un comienzo.
–Pensé que aun eran perseguidos – cuestionó Veigar mientras era levantado por Lulu. Aun con su pregunta, miraba con enojo a Pix, que le meneaba el trasero en forma de burla.
–La xenofobia aún persiste. Incluso entre los guardias – confesó con tristeza –. Es normal que aún nos sintamos perseguidos. Y el rey no puede estar en todos lados. Así que, si queremos marcar la diferencia, debemos de ser nosotros también quienes pongamos el ejemplo.
–Tenemos una aldea llena de gente con magia – dijo Clarity con emoción –. Hay magos y familias de todo tipo. Rescatamos a quienes lo necesitan y ayudamos a los que son abandonados.
–Aunque por cosas como estas – señalando a Verna y mirando la destrucción a su alrededor –, es difícil que los cambios sean fáciles de establecer. Pero como todo en la vida: nada es fácil.
–Ni lo menciones – dijo el ex mago –. ¡Salgan de su escondite! ¡Ni si quiera es necesario!
Tristana y Teemo se les unieron. Cosa que a Lux le sorprendió bastante.
–En verdad son cuatro yordles.
–Venimos por una misión, señorita Lux – saludó Teemo –. Pero primero deberemos terminar el pendiente de los magos. Después de eso, quisiéramos pedirle un encargo.
–Entonces dejaremos el tema para después – afianzó su báculo –. Capturemos a los magos que quedan.
–Estoy de acuerdo – ajustó su cerbatana en su mochila –. Andando, Tristana.
–Genial. Mas diversión – cargó su cañón, siguiendo a Teemo.
–Yo también quiero ir – Veigar intentaba moverse, pero nada le resultaba.
–Lo siento, Veigar. Pero tendrás que quedarte aquí – lo levitó, dejándolo en los brazos de Clarity –. Iré a ayudar a los chicos. ¡Vamos, Pix! – y salió volando. El hada antes de volar, le sacó la lengua a Veigar. Él gruño por lo bajo.
Miró como Lulu salía despedida hacia el cielo, explotando un edificio y lanzando los trozos de madera, ahora convertidas en almohadas gigantes, hacia los magos que seguían por ahí atacando a los guardias. El grito de sorpresa se escuchó hasta su ubicación. Y la risa de Lulu fue estridente.
Suspiró resignado. Se supone que iba a ayudar, pero al toparse con Lulu y pedirle el aventón, no esperaba caer justo en el dardo de Teemo. Que rabia. Miró a Clarity, que lo miraba con una sonrisa que lograba incomodarle.
–¿Qué ves? – se quejó. Ella ensanchó su sonrisa.
–Bueno, recuerdo que te lanzaste a mi cara y me atacaste – dijo –. Y me llamaste fea.
–Cosa que no me retracto.
–Bueno, no estas en la mejor posición para decir eso, ¿sabes?
Oh. Eso era verdad. Pero no dejaría amedrentarse.
–Se supone que eres una de las buenas. No me harías daño – dijo con seguridad. Pero ella no dejó de sonreír.
–No necesito ser mala para cobrármela – se lo echó al hombro como saco de papas.
–¡Hey!
–Tranquilo, no te voy a dejar caer – agarró la pierna a Verna, empezándola a arrastrar.
–¡Hey!
–¡Y tu ni te quejes! Vi como maltrataste a la jefa. Y eso no te lo voy a perdonar – la maga bufó ante ese hecho.
–No te tengo miedo, mocosa. Hay cosas más amenazantes que tú en un jardín de infantes.
–Tranquilos. Me cobraré a ambos sus acciones. Y me divertiré con ello como no tienen idea.
Y mientras avanzaba, su risa estridente se hizo hueco entre las explosiones y el caos que estaban atrás de ella. Veigar y Verna solo pudieron mirarse con una interrogante.
¿Qué cosa iba a hacer esa mocosa?
Continuará...
