Capítulo 9 – El nuevo horizonte
El aire de Tokio era distinto. Tenía un ritmo propio, acelerado pero no agobiante. Era como si todo se moviera con urgencia, pero cada quien supiera hacia dónde iba. Haru lo sintió en el momento en que bajó del tren, con Toma caminando a su lado mientras empujaba su maleta.
—Primera regla para sobrevivir en Tokio,—dijo él con una sonrisa ladeada,— nunca te detengas en medio de una escalera mecánica. La ciudad te arrolla si te distraes.
Haru soltó una risita, más relajada de lo que pensó estaría. Aun tenía nervios, claro, pero el hecho de no estar sola hacía que el inicio no pareciera tan abrumador.
Llegaron a la residencia para estudiantes del instituto. Era un edificio de cuatro pisos, sencillo pero bien cuidado, con un jardín central y habitaciones individuales. Haru sintió un nudo en el estómago cuando abrió la puerta de la suya: un espacio pequeño, pero limpio y luminoso. Sobre el escritorio había una carpeta con su nombre y el cronograma de actividades para las siguientes semanas.
Toma, cuya habitación estaba en el mismo pasillo, pasó a verla antes de que terminara de desempacar.
—Ánimo, Haru. Mañana empiezan las clases. Nueva etapa, nuevos pasos.
Ella asintió con una sonrisa decidida.
Los primeros días en el Instituto fueron agotadores, pero emocionantes. Haru tomó clases de técnica vocal, expresión corporal, teatro y composición. A veces sentía que no estaba al nivel de sus compañeros, pero cuando cantaba, todo el salón se quedaba en silencio.
Su profesora de canto, una mujer elegante con voz profunda llamada Kisaragi-sensei, la detuvo tras una clase.
—Tu voz tiene algo que no se enseña: verdad. Si entrenas bien, podrías llegar muy lejos, Miura-san.
Haru se inclinó agradecida. Poco a poco, su confianza creció.
Toma era una presencia constante, pero no invasiva. La saludaba cada mañana con una broma, la esperaba en los descansos y compartía con ella bocadillos que preparaba. A veces, al final del día, tocaban juntos en la azotea. Ella cantaba y él tocaba la guitarra. Las melodías nacían solas, como si hubieran estado esperando ese encuentro.
Una noche, después de una presentación interna para los nuevos estudiantes, Haru bajó del escenario con el corazón latiendo con fuerza. Se había atrevido a cantar una canción propia, escrita en las semanas anteriores. El público la ovacionó, y uno de los profesores la felicitó efusivamente.
Toma la esperaba en la salida del auditorio. No dijo nada al principio, solo le entregó una flor de papel doblada con esmero.
—Es una camelia. Simboliza admiración y respeto. Me pareció apropiado para ti.
Haru la recibió con los ojos brillantes. Se sintió querida. No por lo que daba, no por a quién conocía, sino por quién era.
En Namimori, los Vongola ni siquiera se habían enterado de su partida. Kyoko había recibido la carta, pero no la había compartido con los demás. Se la había guardado, pensativa, leyendo una y otra vez las palabras suaves pero firmes de Haru.
Gokudera había comentado una tarde que no la veía desde hacía días, y Tsuna solo respondió:
—Debe estar ocupada en su escuela...
Y luego no se habló más del tema.
De vuelta en Tokio, Haru comenzaba a florecer. Compañeros la saludaban, profesores le pedían que cantara en eventos internos, y los scouts de agencias comenzaban a asistir a sus presentaciones.
Una tarde, mientras terminaba de escribir una nueva letra en la azotea, Toma se sentó a su lado y le alcanzó un té frío.
—Sabes, siempre pensé que sería el primero en brillar entre nosotros... pero me alegra equivocarme.
Ella soltó una risita.
—Toma-san brilla diferente... como una estrella desu.
—Entonces tú eres el sol, Haru. Porque cuando apareces, todos levantan la vista.
La brisa jugó con su cabello, y por un momento, el pasado fue solo un eco lejano. Haru ya no caminaba a la sombra de nadie.
Estaba construyendo su propio horizonte.
