Desde luego que me gusta Naruto y no se me hizo difícil pensar en una historia con una carga pasional bastante tragicómica. Amo a Ten Ten, siento es una kunoichi que no tuve un protagonismo especial en la serie de Naruto. Hemos puesto el ojos en parejas canon delegándola al olvido. Así que este fic es un especial tributo a ella.
Espero les guste, la historia especial una rara mezcla de angst, humor y barato sentimentalismo que está pensada para reír y llorar al mismo tiempo.


Ten-Ten no sabía en qué momento su vida se había convertido en una interminable lista de bodas, baby showers y almuerzos de parejas.

Allí estaba ahora, sentada en el rincón de una casa llena de fotos familiares, sosteniendo una copa de sake como quien sujeta la cuerda de un paracaídas que no se abrió.

—¡Y luego Konohamaru se le declaró frente a todos en la plaza! —decía Moegi, agitando las manos mientras Ino, Sakura y Temari reían.

Ten-Ten sonrió. O eso intentó. Quizá lo que se dibujó en su rostro era más parecido a una mueca de dolor estomacal.

"¿Cuándo pasó que todas consiguieron pareja menos yo?", pensó, sorbiendo un trago de su copa vacía.

Hinata, ahora felizmente casada con Naruto, servía té con una calma tan absoluta que Ten-Ten tuvo ganas de sacudirla y gritarle: ¿¡Cómo lo lograste tú, si te desmayabas cada vez que él se te acercaba!?

Pero en lugar de eso, se sirvió más sake.

—¿Y tú, Ten-Ten? —preguntó de pronto Ino, con ese tono amable y venenoso que sólo usan las mujeres felices en su matrimonio para dirigirse a las solteras—. ¿Alguien especial?

Ten-Ten tragó saliva, maldiciendo internamente. Se rió, fingiendo indiferencia.

—¿Yo? ¡Estoy casada con la libertad! —dijo, brindando sola.

Un brindis que olía a derrota.

La conversación siguió su curso, pero Ten-Ten ya no escuchaba. En su mente, se había abierto una puerta olvidada: el recuerdo de Neji.

Él había sido el único con quien, quizá, habría considerado atarse. Nunca hablaron de amor (Neji era más probable de lanzar un Byakugan que un piropo), pero entre entrenamientos y silencios cómodos, algo parecido a un "nos entendemos" se había tejido entre ellos.

Hasta que la guerra lo reclamó.

Ten-Ten cerró los ojos un segundo. La imagen de Neji, caído, protegido por su juramento de servir, se superpuso con la de ella misma, envejeciendo sola, encontrando su cadáver una semana después de morir porque nadie pasó a visitarla.

"¿Quién va a oler cuando me muera?", pensó con un dejo de humor amargo.

—¿Estás bien, Ten-Ten? —preguntó Temari, alzando una ceja.

Ella levantó su copa.

—¡A los hombres que se nos van antes de tiempo! —anunció, más fuerte de lo que debía.

Un incómodo silencio cayó en la sala, sólo roto por el gorgoteo del sake en su garganta.

"Quizá debería adoptar un perro", pensó mientras se servía otro vaso.


Cuando llegó a su casa, se dejó caer junto a la entrada, sin fuerzas ni dignidad.

—Estoy… sola —dijo en voz alta, como si el universo necesitara recordarlo.

Entre sollozos ahogados y risitas histéricas, las ideas comenzaron a revolotear en su mente como murciélagos ebrios.

Un pensamiento absurdo se le instaló:

¿Y si Neji pudiera volver?

Ten-Ten se rió, larga y amarga. Ella no tenía el poder para hacer algo así.

Era una buena kunoichi, sí. Una especialista en armas y sellos, sí.

¿Pero traer de vuelta a los muertos? Eso era terreno prohibido. Terreno de locos.

Entonces… recordó.

Años atrás, durante el ataque a Konoha, había visto con sus propios ojos algo imposible:

Orochimaru había invocado al mismísimo Primer y Segundo Hokage usando una técnica prohibida.

El Edo Tensei.

Ten-Ten se sentó de golpe, iluminada por esa chispa desesperada.

—Orochimaru… —susurró, como invocando un demonio.

Sabía que él seguía vivo. Que ahora trabajaba, de alguna torcida manera, en alianza con la aldea.

¿Y si…?

Una risa seca se escapó de su garganta.

—¿Qué puede salir mal? —dijo, tambaleándose hasta ponerse de pie.

Pensaba en Neji.

En su rostro sereno.

En su vida que fue apagada tan cruelmente en la guerra.

En todo lo que no pudieron decirse.

El sake le dio el coraje que la sobriedad jamás habría permitido.

—Mañana… —se prometió—. Mañana buscaré a Orochimaru.

Y con esa resolución suicida y esperanzada a la vez, se arrastró a su futón, abrazando la funda de una vieja katana como si fuera el brazo cálido de un ser querido.

La noche la envolvió.

Y en sueños, Neji la miraba desde lejos, con esos ojos que siempre parecían ver más allá de la vida misma.


Continuará…

Gracias por la lectura.