Si el capítulo anterior les resultó interesante, espero este todavía más.


La mañana siguiente fue un suplicio.

Ten-Ten despertó con la boca seca como un pergamino viejo y la cabeza palpitándole como un tambor de guerra.

Se sentó en su futón, intentando recordar por qué su almohada olía a metal… y por qué había pergaminos tirados por todo el suelo.

Entonces lo recordó:

Neji.

Orochimaru.

Un plan absurdo cocinado a fuego lento en el alcohol.

Se vistió a trompicones, apestando a sake rancio, y se encaminó —arrastrándose, casi— hacia el laboratorio de Orochimaru, en las afueras de Konoha.

El laboratorio era exactamente lo que uno esperaría del Sannin: oscuro, frío y con un tufillo permanente a medicina podrida.

Orochimaru la recibió sonriendo como un gato que acababa de ver caer a un pájaro de su nido.

—Vaya, vaya… —canturreó—. ¿Qué tenemos aquí? ¿Una pobre alma solitaria en busca de un milagro?

Ten-Ten, demasiado orgullosa para huir y demasiado resacosa para pensar, se cuadró frente a él.

—Quiero que… revivas a alguien —logró decir, la voz quebrándosele a mitad de la frase.

Orochimaru la observó, divertido.

—¿Tan desesperada estás? —se rió, un sonido suave y venenoso—. Qué patético. Me gusta.

Detrás de él apareció un lacayo sin nombre, una especie de clon de sí mismo pero más torpe y con peor piel.

—Te ayudaré —aceptó Orochimaru, saboreando cada palabra como si estuviera eligiendo un vino caro—. Pero necesitas un fragmento de su cuerpo. Algo que contenga su esencia.

Ten-Ten asintió, tambaleante. El estómago le gruñía de hambre y náusea.

—Esta noche —indicó Orochimaru—. A las doce. Nos veremos en el cementerio de Konoha.


La oscuridad era total cuando Ten-Ten, con el lacayo a su lado, llegó al viejo cementerio.

La luna, oculta tras nubes espesas, apenas iluminaba las lápidas gastadas y los caminos de tierra.

Ten-Ten llevaba en una mano una pala, en la otra un pergamino para recoger el fragmento que necesitaba.

Su corazón latía tan rápido que sentía que la resaca se le reiniciaba.

—Neji Hyuga… —susurraba mientras recorría las lápidas—. Neji Hyuga…

Pero la visión le bailaba, las letras parecían moverse, deformarse.

Por fin encontró una tumba que le pareció familiar: una lápida alta, adornada, con el kanji de "orgullo" grabado al frente.

Era todo lo que necesitaba.

Sin mirar más, ordenó al lacayo:

—¡Cava!

El lacayo obedeció, sudando, mientras ella vigilaba nerviosamente los alrededores.

Poco después, el sudoroso ayudante extrajo algo: un trozo de piel marchita, preservado por técnicas funerarias secretas.

Ten-Ten lo tomó con cuidado, enrollándolo en su pergamino con manos temblorosas.

No vio el nombre completo en la lápida.

Si lo hubiera leído, habría visto claramente:

"Madara Uchiha".

Pero no lo hizo.

No esa noche.

No bajo los efectos de la peor cruda de su vida.

Con el fragmento en sus manos y el corazón lleno de una absurda esperanza, Ten-Ten regresó hacia Orochimaru.

El destino —y la tragedia— ya estaban sellados.


Continuará…

Agradezco la lectura.