Buenos días, tardes o noches, esta es la tercera parte de la historia de Gray y Juvia. Pero nos enfocamos en la vida del hermano de enmedio Jellal

Espero que les guste la historia, recuerden que son 4 libros y apenas vamos en el tercero.

Gracias por leer y espero les guste


Disclaimer: Tanto la historia como los personajes no me pertenecen todos los derechos a sus respectivos autores, yo solo los utilizo para mi diversión.


9.-Por fin

En el exclusivo barrio residencial de Bel Air, Levy y Preciosa recibían a sus invitados en su bonita y lujosa casa. Al principio, aquélla había sido la residencia de Gajeel Fullbuster y Levy, pero tras su divorcio, pasó a ser de la madre y la hija.

Aquella hermosa tarde, la casa estaba llena de luz, música y, sobre todo, de niños que corrían de un lado a otro, pasándolo bien.

Silver Fullbuster, el patriarca, estaba sentado a una de las mesas, con sus hijos Gajeel y Gray. Hablaba con ellos sobre unas mejoras que quería hacer en su hogar de Puerto Rico, cuando vio pasar a la chica arco iris. En esa ocasión llevaba el pelo recogido en una coleta alta y eso lo hizo fijarse más en sus ojazos verdes. Eran preciosos.

Jellal se retrasaba, era el único familiar directo que faltaba por llegar y Silver estaba impaciente por ver si su hijo recordaba a la joven.

Al pasar Erza junto a una mesa, un hombre la llamó. Era Gajeel, el padre de la niña, para pedirle algo de beber. Y cuando los ojos de ella coincidieron con los del hombre más maduro, Erza sonrió y preguntó:

—¿Una Sierra Nevada Porter bien fresquita?

—Exacto, muchacha, ¡eso es lo que quiero!

Gajeel y Gray se miraron. ¿De qué conocía su padre a aquella chica?

Pero Gray la reconoció enseguida, era la de la fiesta de unas noches antes. No todo el mundo llevaba aquel pelo de colores. Cuando ella se marchó, miró a su padre y preguntó sorprendido:

—¿Estás ligando con la camarera, papá?

—No, hijo —rio Silver.

Gajeel, al ver su sonrisa complacida, dijo:

—No veo que esa muchacha tenga nada especial.

—A veces lo especial no se ve, ¡se intuye! —replicó Silver.

Gray soltó una carcajada y Gajeel insistió:

—Pero, papá, si es una chica normal y corriente.

El hombre se limitó a encogerse de hombros y a decir:

—Sin duda, mucho más bonita e interesante que los pencos con los que tú sales día sí y día también.

—Papá... —protestó Gajeel. Silver, al ver reír a Gray, insistió:

—Además, hijo, para gustos, ¡los colores! Y nunca mejor dicho.

Un par de mesas más allá, Levy charlaba con su cuñada Juvia y sus amigas Hammit y Lucy, mientras miraban cómo corrían los pequeños.

—¿Cómo que atrasas la boda? — protestó Juvia.

Lucy suspiró y dijo:

—Es imposible que nos casemos en la fecha que queríamos. Joaquín está muy liado con el restaurante. Desde que empezó a trabajar ahí y se asoció con el dueño, no tiene tiempo para nada. Conclusión, ¡aplazamos la boda!

—Aisss, cuqui, con las ganas que tengo de verte vestida de novia — susurró Levy.

—Y yo —se mofó Lucy—. Pero está visto que unas se casan dos veces con el mismo hombre, como Juvia, y otras nunca llegamos a la primera boda.

—Pues no lo entiendo —intervino Hammit—. La boda es la culminación de una historia de amor. ¿Dónde os habéis dejado el romanticismo, aplazándola por el trabajo?

Al escuchar a su amiga, Lucy suspiró. Tenía razón, pero cuando iba a responder, la voz de Preciosa llegó hasta ellas:

—Mami... mami... mira quién está aquí.

Las cuatro amigas vieron a una chica del catering, que, con cara de circunstancias, miró a Levy y murmuró:

—Lo siento, señora. La niña me ha visto y...

—No pasa nada —contestó la madre de la pequeña, que, dirigiéndose a ella, añadió—: Anda, ve a jugar con tus amiguitos y deja trabajar a la señorita.

—Luego te tomarás la tarta, ¿verdad? —preguntó la niña con un gesto vivaracho, antes de irse corriendo en dirección a los castillos infl ables.

—Por supuesto —afirmó Erza con una sonrisa.

Cuando las mujeres se quedaron solas, Erza las miró de nuevo y, al sentirse observada por ellas, insistió:

—Siento la intromisión, pero la niña me ha visto y... ¡Ay, Diosito! ¡¿Es usted Juvia?! ¿Juvia la cantante? — preguntó, fijándose en la peliazul de ojos claros.

La mencionada sonrió y respondió:

—La misma. —Y mirando la chapa que la joven llevaba en el pecho, tan parecida a la que ella misma había llevado en otra época, cuando era camarera en un crucero, dijo—: Y, por lo que veo, tú eres Erza, ¿verdad?

Asintiendo emocionada, se sacó una libretita del bolsillo del mandil negro que llevaba y dijo:

—A riesgo de que me despidan y de que usted piense que soy una pesada, ¿me firmaría un autógrafo para Millianna?

Juvia sonrió. Imaginó que Millianna sería una amiga y, mientras escribía en el papel, respondió:

—Sólo si no me vuelves a llamar de usted.

Ella sonrió y, cuando aquella diva de la música le devolvió la libretita y el bolígrafo, sintiéndose ridícula por la situación, dijo rápidamente:

—Gracias, Juvia. —Y mirándolas a todas, añadió—: Si me disculpan, tengo que trabajar.

Dicho esto, se marchó horrorizada por haberse dejado llevar por la euforia, pero feliz por haber conseguido aquel autógrafo para su hermana. Millianna y ella eran fans incondicionales de la cantante. Cuando la pequeña viera el autógrafo se pondría muy contenta.

Las mujeres la siguieron con la mirada mientras se marchaba y Levy comentó:

—Hemos coincidido con ella en el Hard Rock durante la comida. Preciosa le ha contado lo del cumpleaños y, curiosamente, ella ha dicho que trabajaba en el catering y, por cierto, ¡Silver la ha llamado «Dulzura»! Creo que se la quiere ligar.

—Joder con el viejo... —se mofó Lucy.

—Pero ¿Qué me dices? ¿El ogro siendo amable con una mujer? —se sorprendió Juvia.

—Pero si tendrá cincuenta años más que ella —rio Hammit.

—Te digo yo que el viejo no aguanta un asalto. Va directito a la tumba—se mofó Lucy y todas soltaron una carcajada.

—Lucy —la regañó Juvia, riendo—. No digas eso.

Levy, que observaba cómo su exsuegro charlaba con sus hijos, marujeó:

—Sí... sí... cuquis, como os lo cuento. Él le ha pedido una cerveza y cuando ella se la ha traído, sin quitarle ojo ¡la ha llamado dulzura! Y mirad ahora cómo la observa; ¿creéis que querrá algo con esa chica?

Juvia, divertida al ver a su suegro seguir a la muchacha con la vista, cuchicheó:

—¡Sea lo que sea, pronto lo sabremos!

En ese momento, vieron llegar a Jellal. Como siempre, estaba guapísimo, se pusiera lo que se pusiese. En esa ocasión llevaba unos vaqueros oscuros y una camisa azulona que le quedaba de maravilla.

Jellal era música, virilidad, movimiento, sexo, locura. Todas lo sabían y Hammit, tras suspirar, cuchicheó:

—A ése sí que le hacía yo un favor detrás de otro.

Todas rieron y Lucy replicó:

—Pues a la cola, guapa, que yo lo vi primero. —Y bajando la voz, añadió—: Me lo comía con patatas, con arroz, con pescado, ¡con lo que fuera! Por el amor de Dios, ¡qué sexy es!

—Lo es —confirmó Juvia, sonriendo con orgullo, mientras miraba a su cuñado, que se acercaba a su padre y hermanos—. Estos Fullbuster es lo que tienen, que son todos muy atractivos.

Levy miró en la misma direccion que las otras y comentó:

—¿No creéis que Gajeel está algo demacrado últimamente?

Todas miraron al guapo e interesante Gajeel y Lucy dijo:

—Menuda bicha estás tú hecha. Tu exmarido sigue estando tan buenorro como el resto de los Fullbuster. Y aunque piense que es tonto del culo, tengo ojos en la cara, y los kilos que ha perdido lo hacen aún más interesante.

—¿Tú crees, cuqui? —preguntó Levy, abanicándose con la mano y murmurando—: Uf... ¡qué calor!

Lucy asintió y, ante el gesto de guasa de Juvia, añadió:

—Oh, sí, Levy... lo creemos.

Mientras reían divertidas, vieron cómo Jellal se acercaba a ellas.

—¿Qué os da tanta risa?—les preguntó.

Las mujeres se miraron y Levy mintió:

—Todas pensamos que Gajeel está feo y viejo.

—Uisss, qué mentirosaaaaaaaaaaa —cuchicheó Hammit.

—Levy —protestó Juvia al escucharla.

—¡Será perraca la jodía! —se mofó Lucy.

Jellal soltó una carcajada y, sin decir nada más, las besó a las cuatro y luego se alejó para sentarse con su padre y hermanos.

—¿Por qué has dicho eso? — preguntó Juvia.

Levy, mirándose las uñas, contestó con gesto desganado:

—Es lo que pienso y punto.

—Pues, aunque me odies, yo no pienso lo mismo —replicó Hammit.

—Ni yo. ¡Aunque ya sabes que no me acerco a él ni jarta vino! —sentenció Lucy.

La exmujer de Gajeel, encendiéndose un cigarrillo, respondió:

—Por el amor de Dios, cuquitas, ¿Queréis hacer el favor de dejar de llevarme la contraria? Pero ¿No veis que si yo lo veo como lo veis vosotras me deprimiré y me hincharé de carbohidratos hasta reventar?

—Tienes razón —afirmó Hammit—. Esos Fullbuster son feos de narices. ¡Asquito me dan!

—¡Qué asco más rico! —se mofó Lucy, haciendo reír a Hammit.

Juvia sonrió y decidió cambiar de tema, así que preguntó:

—Por cierto, ¿tenemos pelujueves esta semana?

Desde hacía años, habían instituido quedar para cenar al menos dos jueves al mes. Era su momento de cotilleo total. Y cuando estaban hablando de ello, a Levy le sonó el móvil. Miró el mensaje y, levantándose, dijo:

—Me apunto al pelujueves de esta semana, pero de momento, dejadme admirar con gusto y deleite al hombre increíble, sexy, morboso y supercuqui que va a entrar en este momento por la puerta.

Al darse la vuelta todas para mirar, vieron entrar a la última conquista de Levy. Un tipo rubio, alto e increíblemente sexy. Hammit, al verlo, murmuró: —Joderrrrrrrrrrr...

—Madre mía... madre mía... ¡viva Rusia! —exclamó Juvia.

—La madre que parió al ruso, qué revolcón tiene —susurró Lucy.

Hacia ellas caminaba Alexei Ivanov, un modelo ruso imagen de la campaña de Dolce y Gabanna, con el que Levy llevaba saliendo unos meses. Preciosa corrió a sus brazos al verlo y lo besó, ante la atenta mirada de su padre, Gajeel. Alexei, a pesar de ser algo parco en demostraciones de afecto, siempre era encantador con la niña y eso Levy lo valoraba una barbaridad.

Encantada por el efecto que causaba en las mujeres, Levy se levantó y, tras darle ella un beso en los labios, mirando a las mujeres, Alexei dijo con una media sonrisa:

—Buenas tardes a todas.

Ellas también lo saludaron y, segundos después, Levy les guiñó un ojo a sus amigas y se alejó cogida de la mano de él.

—¡Qué morbazo el ruso! —afirmó Hammit.

—Demasiado serio para mi gusto—cuchicheó Juvia—. Todavía no lo he visto soltar una carcajada.

—Qué grande es. ¡Como todo lo tenga igual, la cuqui es muy afortunada!—soltó Lucy.

Juvia se rio y, mirando a su buena amiga, preguntó:

—¿Qué te pasa a ti últimamente? Estás de un lobacienta que me tienes asustada.

—La necesidad, hija... la necesidad de un buen revolcón.

Hammit miró a Lucy.

—¿Necesidad? —repitió—. ¿Y Joaquín?

Lucy sonrió. Su relación con Joaquín no pasaba por su mejor momento y, evitando contestar, preguntó a su vez a Hammit:

—¿Cuándo dijiste que viene tu francés?

Su amiga, encantada al pensar en él, suspiró y contestó:

—Dentro de quince días.

—¿Se le pasó el enfado de que no quisieras marcharte a Francia con él? — se interesó Juvia.

Hammit asintió.

—Estuvo dos semanas sin llamarme ni contactar conmigo por Facebook ni por mail. Pensaba que ya no volvería a saber de él, pero el otro día me llamó por teléfono y, tras dedicarme las más bonitas palabras de amor en francés que he escuchado en toda mi vida, dijo que venía a verme porque necesitaba besar mis labios de fresa.

—Hazte las ingles brasileñas, ¡ya sabes que le gustan! —afi rmó Lucy.

Todas rieron.

—¿Tienes algún plan para los días que esté aquí? —quiso saber Juvia.

Entusiasmada, Hammit comenzó a contarles sus planes, hasta que Gajeel, junto con Gray, se acercó a ellas y preguntó con sorna:

—¿Levy todavía sigue con ese modelito ruso?

—Sin duda, Alexei, el «modelito» ruso, sabe valorar a una mujer increíble como Levy—respondió Juvia molesta. Y, señalándolo, añadió—: Por cierto, ¿no estás algo escuchimizado últimamente, cuñado?

Fastidiado por ese comentario, Gajeel se puso tieso y, ante la mirada divertida de su hermano, dijo, mientras se alejaba:

—Voy a ver a Preciosa.

Gray se inclinó hacia su mujer, le mordió el lóbulo de la oreja y murmuró, antes de ir tras su hermano:

—Eres muy... muy malota, conejita.

Ella sonrió a su marido y le guiñó un ojo. Esa noche cuando llegaran a casa lo pasarían bien, sin duda.

Jellal estaba sentado con su padre, charlando con él, cuando Silver le pidió:

—Anda, hijo, ve a esa carpa por unas cervezas, que me muero de sed.

Jellal hizo lo que le pedía y, cuando llegó al mostrador, le dijo a alguien que estaba agachado:

—Dos Sierra Nevada Porter, por favor.

—Un segundito, señor.

Jellal se apoyó en la improvisada barra y esperó, mientras miraba a los niños que jugaban. Vio a Preciosa haciéndoles monerías a los hijos de Gray y Juvia y al bebé de Lucy y sonrió. Los niños siempre le habían gustado, aunque lo agotaban.

—Aquí tiene, señor. Dos Sierra Nevada Porter bien frías.

Al volverse para coger las bebidas, sus ojos se encontraron con los de la joven que se las había servido y se sorprendió.

Silver, al percatarse de cómo la observaba, se levantó y fue hacia ellos sin quitarles ojo.

—Sin duda, eres la pluriempleada del año —le dijo Jellal a la chica—. ¿También trabajas aquí?

Al oírlo, Erza lo miró. ¿Otra vez el guaperas? Pero cuando fue a hablar, él añadió:

—Por cierto, conduces una chatarra de vehículo y como siempre lo hagas como lo hiciste el otro día, eres un auténtico peligro en la carretera.

Sin saber de qué hablaba, pero sabiendo quién era, Erza preguntó:

—Disculpe, señor, ¿nos conocemos?

Jellal se puso serio. Aquello era el colmo. Ya era la tercera vez que no lo recordaba.

¡Nunca le había ocurrido nada igual!

Silver, que llegaba en ese instante a su lado, dijo, agarrándolo para que no se fuera:

—Es mi hijo Jellal. Os visteis en el restaurante hace unos días y, por lo que sé, también en otras fiestas.

Erza, sonriendo por el recordatorio, miró a Jellal, asintió con la cabeza y respondió:

—Soy terriblemente despistada, señor. Ahora ya sé quién es usted.

Gray, que en ese momento llegaba hasta donde estaban sus mellizos Aaron y Olga, para sacarlos de la sillita y que corrieran un poco, se fijó en la barra del bar, donde estaban su padre y su hermano Jellal. Y al percatarse de cómo agarraba su padre a Jellal para que no se marchara, supo lo que estaba haciendo. Entonces sonrió. Menudo alcahuete estaba hecho su padre.

Éste, tras haber conseguido que Jellal se quedara, y dispuesto a dejar a solas a aquellos dos, miró alrededor y, al ver que Gray lo observaba, dijo:

—Me llama Gray. Ahora vuelvo.

Cuando instantes después llegó junto a Gray, éste le preguntó:

—¿Qué haces, papá?

Silver se agachó para alcanzarle un juguete a su pequeña nieto Olga y respondió:

—Enseñarle a tu hermano lo que es una buena chica.

Gray lo miró sorprendido y su padre gruñó:

—Esa chica es decente. Se lo veo en la mirada y en sus actos. No como esas con las que anda cada noche, que sólo le sacan dinero y se promocionan haciéndose fotos con él.

Gray soltó una carcajada y, mirándolo, exclamó:

—Papá, como diría Juvia, ¡eres la leche!

Una vez se quedaron solos Erza y Jellal, ella volvió a su tarea. No tenía nada que hablar con aquel tipo. Durante un rato, Jellal se limitó a observar cómo trabajaba, mientras varios padres de la fiesta le pedían bebidas y la joven se afanaba en servirles.

Una actuación de hadas terminó y todos los niños fueron en tromba a la carpa para pedir un refresco. Colapsada, Erza miró a su alrededor en busca de alguna compañera de apoyo, pero no la encontró. Entonces, de pronto, el guaperas se metió detrás de la barra y dijo:

—Tú ocúpate de la zona de la izquierda y yo de la derecha, ¿entendido?

Incrédula, negó con la cabeza y siseó:

—Haga el favor de salir de aquí ahora mismo o, como lo vea mi jefe, me va a caer una buena.

—Tranquila... yo hablaré con él.

—No. Ni hablar. Salga ahora mismo de aquí.

Sorprendido, Jellal la volvió a mirar y, al ver la cantidad de niños y adultos que se arremolinaban ante ellos, acercó la nariz a la de ella y replicó:

—Quiero ayudarte. Es la fiesta de mi sobrina, hace calor y la gente se muere de sed. Así que si no quieres tener problemas conmigo, como tú me dijiste el otro día, ¡sígueme la corriente!

Sin darle tiempo a responder, él comenzó a servir bebidas a todos los que se acercaban a la barra, mientras bromeaba con ellos con buen humor. Erza, incapaz de echarlo por la fuerza, decidió hacer lo mismo y, tras unos quince minutos de agobio, la carpa se volvió a vaciar y él dijo divertido:

—Trabajando en equipo hemos podido con todo.

Ella lo miró, terminó de servirle un último refresco a una niña y no contestó. Jellal, al ver su cara de enfado y su gesto de incomodidad, salió de la barra y, con una sonrisa, le espetó al tiempo que se alejaba:

—De nada, simpática... de nada.

Erza resopló molesta. Por suerte, el Cangrejo no estaba y no había visto lo ocurrido.

La fiesta continuó. Los niños lo pasaban bien y los padres que llegaban al caer la noche también. Preciosa tuvo cientos de regalos y cuando Erza llevó la tarta de frutas a la mesa central, todos le cantaron el cumpleaños feliz y ella sopló las velas, emocionada, y se puso a llorar.

Erza, que estaba detrás de la pequeña esperando a que terminaran para cortar la tarta, no pudo hacer otra cosa que abrazarla, al ver que se volvía hacia ella y le echaba los brazos, mientras todos la miraban.

¡Por Dios, qué vergüenza!

Juvia, que estaba a su lado, al ver su apuro dijo con una sonrisa:

—Ven con la tía, lloronceta mía.

La niña cambió de brazos y Erza, comprobando que la artista que tanto les gustaba a ella y a su pequeña Millianna había ido a su rescate, se lo agradeció con la mirada. Juvia sonrió.

Levy, emocionada al ver a su hija llorar, se acercó también a ellas y Preciosa volvió a cambiar de brazos, mientras ya comenzaba a sonreír. Gajeel le susurró cariñoso algo al oído. Su pequeña era una niña muy emotiva y momentos como ése siempre la hacían llorar.

Una vez Preciosa se repuso y todos aplaudieron, Erza empezó a cortar la tarta y, poco a poco, la gente comenzó a marcharse de su lado.

Sobre las nueve y media, avisada por su jefe, Erza, se quitó la chapita identificativa y empezó a recoger platos y vasos vacíos. Junto con otras compañeras, a continuación iría al siguiente evento. Estaba haciendo su trabajo, cuando Silver y Preciosa se le acercaron y la pequeña dijo:

—Tienes que comer un trozo de tarta.

Ruborizada, ella miró al anciano en busca de ayuda, pero éste explicó:

—Es su tarta y su cumpleaños y te quiere invitar.

Sin saber qué hacer, Erza miró hacia los lados. Su jefe no estaba cerca, pero vio a sus compañeras, que seguían recogiendo. No podía pararse a comer y, sin querer llamar la atención, para evitarse problemas dijo, agachándose:

—Ahora no puedo comer, cielo. Pero te prometo que me cortaré un pedazo de tarta y me la llevaré, ¿te parece?

—No. Yo quiero ver cómo te la comes —insistió la niña.

Erza suspiró, cogió un cuchillo, cortó un trozo pequeñito y, tras ponerlo en un plato, se lo empezó a comer. En realidad, más que comer engullía, para acabar cuanto antes y evitar que alguien descubriera lo que hacía.

Jellal se dio cuenta de que su padre y su sobrina estaban con ella, entonces se acercó y, al verla comiendo, preguntó:

—¿Está rica?

Azorada por ser el centro de atención, asintió y, una vez se terminó lo que tenía en el plato, dijo mirando a la pequeña:

—Muchas gracias. Estaba exquisita.

La niña sonrió y Silver, al notar lo incómoda que estaba la chica, le dijo a su nieta:

—Vamos, enséñame tu montaña de regalos.

Se alejaron cogidos de la mano y Erza siguió guardando platos sobrantes en unas cajas azules. De repente, sintió que alguien la cogía del brazo con delicadeza. Al volverse, se encontró con el hombre de los ojos felinos; preguntó:

—¿Qué? ¿Qué pasa ahora?

Sin decir nada, Jellal levantó la mano y, pasándole lentamente un dedo por el labio superior, le quitó un pedazo de tarta minúsculo.

—Si no quieres que sepan que has comido tarta, es mejor que no vean esto —murmuró enseñándoselo.

Al verlo, Erza asintió y, cuando lo miró a los ojos, algo en su interior se resquebrajó. Ante ella tenía al típico hombre peligroso y seriamente apetecible, por el que ella y miles de mujeres se volverían locas, y murmuró confusa mientras le limpiaba el dedo con una servilleta:

—Gracias.

Cuando tocó su mano, una extraña corriente los traspasó. Ambos se miraron a los ojos unos segundos y Jellal, consciente de que se había quedado parado ante ella, interrumpió el momento separándose y diciendo:

—He oído que tus compañeras comentaban que ahora os vais a otro evento a Sunset Boulevard.

Erza asintió y, cuando iba a responder, su jefe Sebastián se acercó hasta ella y preguntó:

—¿Todo bien por aquí?

La joven movió la cabeza afirmativamente y Jellal, con una candorosa sonrisa, contestó mientras le tendía la mano:

—Me llamo Jellal Fullbuster, soy el tío de la niña del cumpleaños. —El hombre le estrechó la mano y él añadió—: Quiero darle la enhorabuena en nombre de mi cuñada Levy por la elección de su personal. Han sido todas muy profesionales, en especial esta señorita... —Y, dirigiéndose a ella, preguntó, al no ver su chapita—: ¿Cuál era su nombre?

Ella no abrió la boca. No quería decírselo, pero al ver que su jefe la miraba a la espera de que respondiera, murmuró:

—Erza.

Jellal sonrió y continuó:

—Erza sin duda ha sido el mayor acierto.

Su jefe la miró, hinchado como un pavo.

—Tengo entendido que ahora se van a otro evento a Sunset Boulevard, ¿verdad? —dijo Jellal. El hombre asintió y él preguntó: —¿Cuántas camareras dejará aquí?

—Cinco, señor Fullbuster — respondió aquél—. Aquí se quedarán cinco camareras.

—¿Erza está entre ellas?

—No. Ella ha de ir a Sunset Boulevard.

—¿Por algo especial? —inquirió Jellal interesado.

—No, la verdad es que no. Si usted quiere que se quede aquí, sólo es cuestión de decirlo.

Molesta y enfadada por la situación, ella lo miró con reproche. Y cuando alguien llamó al Cangrejo y éste se alejó, Erza se acercó a Jellal y, poniéndose de puntillas, cuchicheó:

—Maldita sea. Necesito el dinero y si me quedo aquí ganaré menos que si voy al otro evento.

Tras responder a las preguntas de otra de las camareras, el señor Sebastián volvió con ellos y dijo:

—¿Desea que Erza continúe en este evento?

Jellal la miró unos segundos que a ella se le hicieron eternos y finalmente negó con la cabeza y respondió con despreocupación:

—No, no hace falta. Con las camareras que usted ha escogido estoy seguro de que el servicio será igual de exquisito.

Una vez se alejó, Sebastián miró a Erza y dijo, cambiando de cara:

—Vamos, termina de recoger que tengo que llevaros al otro evento.

Aliviada porque aquel hombre no hubiera insistido en que se quedara, prosiguió su trabajo y, cuando acabó, tras dejar la última caja azul en el camión, montó en el coche del Cangrejo, lista para marcharse. Aunque no pudo evitar admirar los cochazos que había allí aparcados. Conducir alguno de aquellos maquinotes debía de ser alucinante.

Cuando llegaron al local en Sunset Boulevard, Erza fue en busca de Erik, quien al verla la abrazó y preguntó:

—¿Qué tal el cumpleaños?

Ella sonrió y, cambiándose el uniforme por otro de color rojo, contestó:

—Genial. Ha estado todo muy bien.

—¿Hablaste con Eido y Enny?—preguntó Erik. Erza asintió.

—Eido empeora día a día, a pesar de que le hace creer a Enny que está bien.

—Sabes que lo siento, ¿verdad? — le comentó su amigo, abrazándola.

Erza resopló y se secó las lágrimas.

—Lo sé, Erik, lo sé. Venga, vamos a trabajar. Eso hará que me olvide del asunto.

Cuando dos horas después, tras pasear entre la gente ofreciendo canapés y bebidas, se paró ante una mesa para recoger copas vacías, comenzó a sonar una canción que le encantaba. All of Me, de John Legend, y, cerrando los ojos, la tarareó.

—Tu canción, cachorra —dijo Erik, acercándose y dejando una bandeja llena de copas de champán.

Ella sonrió y, sin parar de trabajar, contestó:

—Me encanta. Es tan romántica. ¡Tan perfecta que hasta me pongo tonta!

Erik se marchó con la bandeja de copas vacías y la dejó tarareando la canción. De repente, Erza oyó que alguien le decía:

—Nunca he conocido a nadie más trabajador que tú.

Se volvió rápidamente y, al ver a Jellal Fullbuster, el guaperas de los ojazos impresionantes, preguntó:

—¿Pretendes seguirme a todos mis trabajos?

Él sonrió divertido.

—Wepaaaaa. Esta vez sí te acuerdas de mí. ¡Estoy a punto de dar un doble salto mortal de alegría! Y no, no es mi intención seguirte, pero esta fiesta la ha organizado la revista de la que es director mi amigo Lero y estaba invitado. Por lo tanto, tranquila, guapa, que yo no sigo a nadie. —Y antes de alejarse, añadió—: En una cosa te doy la razón: esta canción es preciosa.

Erza frunció el cejo y, al ver que una mujer se acercaba a él y lo agarraba por la cintura, les ofreció la bandeja. Después de que ambos cogieran una copa de champán, se alejó de allí sin volver a mirarlo.

Jellal sonrió al ver ese gesto por parte de ella. Sin duda aquella mujer era un caso aparte. Y, centrando la atención en la preciosa Estefanía, chocó su copa de champán con la de ella y preguntó, tras besarla en el cuello:

—¿Te apetece bailar?

Durante el resto de la noche, Erza no volvió a acercarse a aquel hombre, pero ahora era ella la que se daba cuenta de que lo buscaba con la mirada. Sin duda era muy atractivo y cuando lo vio en la pista, bailando con distintas mujeres, resopló. Menudo ligón.

Fueron tantas sus miradas hacia él, que Erik dijo al verla:

—Ay, nena... pero ¿ése no es el buenorro del coche de mis sueños amarillo pollo?

Erza asintió. Y sin querer contarle que también era el tío de la niña del cumpleaños de aquella misma tarde, explicó:

—Se llama Jellal Fullbuster.

—¿Y cómo sabes tú eso?

Al verse descubierta, dijo rápidamente:

—Se lo he oído decir a unos hombres.

Erik sacó su móvil a toda velocidad y, tras ver que estaba conectado a la wifi del lugar, tecleó el nombre.

—Bueno... bueno... buenooooo — exclamó al ver quién era—. Aquí pone que es hijo de La Leona, esa cantante que murió que era tan buena y cantaba salsa ¿sabes de quién hablo?

—¿Es hijo de La Leona? —repitió sorprendida.

—Sí, nena, sí... y guau, él es compositor. ¡Oh, qué chic! Y... y...¡ostras! Es cuñado de Juvia, la cantante, y es quien le compone las canciones. Que sea compositor es muy romántico, ¿verdad?

—Romantiquísimo —se mofó ella.

—¿Qué te ocurre? —preguntó Erik, quitándole la bandeja de las manos.

—Nada.

—A mí no me engañas.

—No me pasa nada. Es sólo que estoy cansada.

Él asintió. Había sido un día muy largo para ella y cuchicheó:

—Vamos... sólo queda media hora de servicio y después nos vamos derechitos a dormir.

Erza asintió, miró por última vez al hombre que, divertido, tonteaba con una morena, y decidió acabar el día con la mejor de sus sonrisas.


Gracias por leer, espero cualquier Review que se agrecera.

Luthien