Buenos días, tardes o noches, esta es la segunda parte de la historia de Gray y Juvia.
Espero que les guste la historia, recuerden que son 4 libros y apenas vamos en el segundo.
Gracias por leer y espero les guste
Disclaimer: Tanto la historia como los personajes no me pertenecen todos los derechos a sus respectivos autores, yo solo los utilizo para mi diversión.
18.-No existen límites
Después de una noche en la que hicieron el amor todas las veces que les apeteció, de madrugada Jellal aplaudió feliz al saber que ella pasaría la noche con él.
No se aventuró a decirle que lo haría todo el fin de semana, no fuera a ponerse malo uno de los niños y tuviera que salir corriendo.
Dormir abrazada a él, sin prisa, era de las mejores cosas que había experimentado en su vida y cuando se despertó y lo vio sentado mirándola, le preguntó divertida, mientras se retiraba el alborotado pelo de la cara:
—¿Qué ocurre?
Jellal mirándola desde el sillón en el que estaba sentado dijo:
—¡Es cierto! ¡Eres de verdad! No eres un holograma.
Se levantó sonriente y, cogiendo una camiseta, se la puso y fue hacia él. Cuando llegó a su altura, se sentó a horcajadas sobre sus piernas y preguntó:
—¿Un holograma te besaría así?
Jellal se derritió con su beso y, cuando acabó, loco por tenerla, preguntó, aunque ya sabía la respuesta:
—¿Por qué siempre te tapas cuando te levantas de la cama?
—No me gusta mi cuerpo — respondió.
Jellal sonrió porque ya había visto la cicatriz que tenía en el vientre, pero eso no le importaba. Y, sin decir nada, la agarró posesivo para besarla, mientras murmuraba:
—Te quiero.
Ella lo miró boquiabierta y él añadió:
—Eres preciosa y perfecta, ¡no lo olvides!
Con el corazón a mil por lo que le había dicho, fue a contestar algo cuando Jellal murmuró:
—Aún no me puedo creer que sea la una de la tarde y te tenga aquí conmigo.
Ella sonrió y, azorada por aquel
«Te quiero», dijo:
—Estoy famélica, ¿no tienes hambre?
Jellal la cogió en brazos y, entre risas, bajaron a la cocina. Allí él le enseñó lo buen cocinero que era y al acabar de desayunar, le preguntó:
—¿Qué te parece si me acompañas a Santa Mónica? Tengo una cita con mi tatuador. —Y señalándose el tatuaje del brazo, dijo—: Quería terminarlo hoy.
Ella le pasó la mano por el hombro y el brazo, tocando aquel diseño tribal de varias puntas tan bonito y murmuró:
—Me parecería genial, pero hay un problema.
—¿Cuál?
—Mis jefes creen que estoy enferma y si alguno me ve, pues...
—Llamaré a Bobby ahora mismo e iré otro día —contestó él, tumbándola sobre la encimera—. Tenerte todo el fin de semana para mí en casa es lo único que me apetece.
Divertida, sonrió ante aquello y dijo:
—Hagamos la cama, luego déjame una gorra para ocultarme el pelo y unas gafas de sol y vayamos a Santa Mónica. Terminas tu tatuaje, compramos prensa, algo de comida y luego regresamos y pasamos desnudos el resto del fin de semana. ¿Qué te parece la proposición?
—¿Qué hagamos la cama? —rio él.
—Por supuesto que sí. Uno debe hacer la cama antes de salir de casa — dijo ella.
Enloquecido por lo que le hacía sentir, asintió y la besó, y luego la persiguió hasta la habitación.
Erza le pidió si la dejaba conducir el precioso cochazo y él, encantado, le dio las llaves. Se sorprendió al ver su destreza al volante. No era una mujer insegura por llevar un coche potente, todo lo contrario, y su determinación le hizo intuir que ya había manejado vehículos de gran cilindrada con anterioridad. Pero no preguntó, prefirió esperar y que ella le contara.
Poder disfrutar de Erza a aquellas horas de la mañana era un lujo que no quería desperdiciar y más haciendo aquel espléndido día. Entre risas, llegaron a la tienda de tatuajes de Bobby y durante un rato ella observó cómo trabajaba éste, mientras Jellal le sonreía y le cogía la mano.
Al cabo de un rato, aburrida del sonido de la aguja, preguntó:
—¿Hay alguna farmacia y algún quiosco de prensa por aquí?
Bobby, el tatutador, asintió.
—Cruzando la calle, junto a un Starbucks, hay una farmacia y una librería muy grande. Allí también tienen prensa.
Tras besar a Jellal, salió de la tienda y se encaminó hacia donde él le había dicho. Al llegar a la farmacia se compró un par de bragas desechables. No eran muy sexis, pero al menos podía cambiarse. Cuando salió de la farmacia, decidió echarle una ojeada a la librería. Al entrar, silbó. Era inmensa y sin lugar a dudas su perdición. Los libros y la música eran dos de las cosas que más le gustaban y la entretenían.
Se quitó la gorra y las gafas y estuvo mirando libros hasta que finalmente se decidió por tres. Para ella era imposible entrar en una librería y no salir con alguno bajo el brazo. Cuando se puso en la cola para pagar, oyó de repente:
—Mami... mami...
Al reconocer las voces de sus gemelos, miró hacia atrás y, sonriendo, abrió los brazos para recibirlos. Cuánto quería a sus niños. Les besó con cariño la cabeza pelirroja y oyó a Erik preguntar:
—Pero ¿Qué haces aquí cuando deberías estar con uno que yo me sé en otro lado?
—Eso —lo secundó Racer.
Erza sonrió. Miró hacia la tienda de tatuajes y sus amigos la entendieron y asintieron, aunque Erik preguntó:
—No me digas que tiene un tatoo.
—Un precioso dibujo tribal que le ocupa todo el hombro derecho y parte del brazo. ¡Sexy!
Erik puso los ojos en blanco. Le encantaban los hombres tatuados y Racer, que lo sabía, comentó divertido:
—Lo siento, cielo. Ya tú sabes que yo veo una aguja y me mareo.
—Mami, ¿me compas un cuento de Peppa Pig?
Racer cogió a Adán de la mano y dijo:
—Te lo compro yo. Para eso hemos venido hasta aquí, ¡trasto! Por cierto, Millianna está fenomenal y pasándolo de muerte con sus amigas. La llamé anoche, como te aseguró mi amol que haríamos.
Durante un rato rieron y charlaron, hasta que Erik informó:
—Buenorro recién tatuado y con más morbo que nuestro adorado Hugh Jackman a las tres en punto.
Erza vio a Jellal entrar en la librería y, al darse cuenta de que la había visto y de que caminaba hacia ella, murmuró angustiada:
—¡Ay, Diosito!
Erik la oyó y preguntó:
—Pero ¿«¡Ay, Diosito! de «Qué buenorro está mi morenazo», o «¡Ay, Diosito!» de «Soy lo peor y aún no le he dicho nada de los niños»?
Erza, semiescondida tras una estantería, miró a su amigo y pidió asustada:
—Saca de aquí a los niños rápidamente.
Racer, al ver su agobio, agarró rápidamente a cada niño de un brazo y corrió hacia el otro lado de la librería.
—¡Mami... mami...! —gritaban los pequeños.
Desencajada, vio cómo Racer rodeaba la estantería y, a toda velocidad, salía de la tienda ante la atenta mirada de todos lo que se cruzaban con él. Ver a sus niños llamándola, le partió el corazón, pero cuando iba a ir tras ellos, Erik la paró diciendo:
—La madre que te trajo, cachorra. ¿Cuándo se lo vas a decir a Jellal?
—¿Cuándo me va a decir qué? — preguntó él de pronto, apareciendo a su lado.
Los dos se lo quedaron mirando y Erik, al ver que ella estaba paralizada, dijo, mientras chocaba la mano con Jellal:
—Le decía a Erza que si te había comentado lo mucho que le gusta leer.
Jellal la miró y, al ver los libros que llevaba en la mano, contestó:
—A mí también me encanta leer.
—¡Qué bien! —aplaudió Erik y, con sorna, añadió—: Estoy seguro de que os gustarán cientos de cosas. La música, el cine, los niños, la pizza.
—Todo eso que has dicho me gusta —rio Jellal y matizó—: Pero los niños, sólo mis sobrinos y me alegro cuando se marchan con sus padres. Me pone nervioso que me desordenen la casa. ¡Odio el desorden!
Erza sonrió y puso los ojos en blanco, mientras veía a Racer fuera de la librería batallando para sujetar a los pequeños, que querían volver a entrar. Erik, que también lo vio, tras guiñarles un ojo, dijo:
—Os dejo. Mi marido me necesita.
Jellal, al seguir la dirección de su mirada, vio a Racer y a los pequeños y, divertido, preguntó:
—Sin duda el del pelo naranja chillón es tu marido, ¿verdad? —Erik asintió y Jellal, viendo la lucha que se traía, preguntó—: ¿Son vuestros esos dos pelirrojos?
Erza y Erik se miraron y respondieron al unísono:
—Sí.
Jellal contempló a Erik sonriendo y, tras volver a chocar la mano con él, dijo:
—Anda, ve, antes de que esas dos fieras se carguen a tu marido.
Erik salió afuera y, ante la mirada de Jellal y de Erza, cogió a uno de los niños y rápidamente los cuatro desaparecieron.
—Gray y Juvia tienen mellizos—comentó Jellal, divertido— y aunque todavía son pequeños, son dos terremotos. Y ya conoces a Preciosa, la hija de Gajeel y Levy. Es adorable pero uff... a veces puede con mi paciencia. Cuando vienen a casa, lo tocan y lo mueven todo. Los adoro, pero cuando se marchan y la paz regresa a mi hogar, te aseguro que respiro aliviado.
—¿No te gustan los niños? — preguntó Erza con un hilo de voz.
Jellal respondió con una encantadora sonrisa:
—Claro que me gustan. ¡Los niños son pura vida! Pero ¡sólo un ratito!
Erza asintió. Sin duda, decirle que aquéllos eran sus hijos y que aún faltaba una tercera iba a ser como poco complicado. Él, sin percatarse de que se había quedado pensativa, dijo, cogiendo los libros:
—¿Me dejas que te los regale?
Aún sin reaccionar por lo ocurrido, Erza asintió y cuando Jellal los pagó y la dependienta los metió en una bolsa, él preguntó extrañado:
—¿Qué te ocurre?
Intentando reponerse, ella sonrió y, poniéndose la gorra y las gafas, lo besó y dijo:
—Nada. Volvamos a tu casa. Creo que será lo mejor.
Al salir de la librería, Jellal vio una floristería, y entonces tiró de ella, entró y le compró un precioso ramo de rosas rojas. Sabía que le encantaban y quería hacerla feliz.
Salieron de la floristería besándose, cuando un coche que pasaba por su lado en ese momento frenó. Rick, el divo del blues, miró hacia atrás y, al reconocer a Jellal y a la del pelo de colorines, sonrió y murmuró:
—Vaya... vaya... Jellal Fullbuster, conque ésas tenemos.
Cuando regresaron a la casa, Erza intentó olvidar lo que había pasado. Si quería disfrutar de aquel fin de semana con Jellal no debía pensar más en ello. Él la ayudó en su empeño, porque nada más entrar, la besó y en el mismo recibidor murmuró:
—¡Quiero desnudarte ya!
Sin tiempo que perder, ambos se quitaron la ropa, Jellal sacó un preservativo de su cartera, se lo puso y, con un ímpetu que la volvió loca, la cogió en brazos y la tumbó sobre el suelo, abriéndole el sexo con los dedo s.
—Si llegamos a tardar un poco más, te habría hecho el amor en el jardín—murmuró.
Agarrada a su cuello, Erza se dejó manejar. Abrió las piernas todo lo que pudo, aceptándolo en su interior, mientras él la empalaba una y otra vez.
Sus bocas se encontraron y en el silencio de la entrada se hicieron el amor como salvajes, mientras sólo se oían sus jadeos y gemidos.
Al llegar al éxtasis, se quedaron quietos unos instantes, hasta que se levantaron y se encaminaron juntos a la habitación. Mientras ella ponía las rosas en un jarrón con agua, Jellal dijo:
—Necesitamos una ducha. ¿Qué te parece, cachorra?
—Me parece genial —contestó, riendo divertida al ver que había escuchado cómo la llamaba Erik—. Pero tú no puedes ducharte tras hacerte el tatuaje.
—Me lo taparé para que no se moje. No te preocupes, mamá —dijo él.
Al oír esa palabra, se le puso la carne de gallina y preguntó:
—¿Por qué me llamas «mamá»?
—Porque a veces lo pareces — respondió sonriente—. Te preocupas por cosas como que no se me moje el tatuaje o que hagamos la cama antes de salir de casa y eso me recuerda a mi madre. Ella me habría dicho lo mismo. Ve entrando en la ducha que yo ahora voy.
Cuando se quedó sola en el cuarto de baño, se miró al espejo. ¿Se comportaba como una madre con él?
Justo cuando acababa de meterse en la ducha, Jellal entró con una pequeña caja en las manos y se la dio con una sonrisa divertida.
—Ábrela.
Con curiosidad, Erza lo hizo y, al ver un minúsculo vibrador rosa y blanco, lo sacó y, mirándolo, preguntó:
—¿Esto qué es? —Pero al ver la guasa en su cara, rectificó—: Sé lo que es, ¡claro que lo sé! Pero ¿por qué este regalo?
—Es para pasarlo bien. —Y acercándose a ella, murmuró—: ¿Te apetece estrenarlo?
Erza sonrió, lo besó con mimo y confesó:
—Yo tengo un patito diablillo que me regalaron.
Jellal soltó una carcajada. Le gustaba saber que era juguetona, pero al caer en las últimas palabras, preguntó molesto:
—¿Quién te regaló ese patito diablillo?
No dispuesta a contarle que se lo había regalado una amiga, miró el vibrador que tenía en las manos y preguntó a su vez:
—¿Tú regalas muchos de éstos a tus conquistas?
Jellal no respondió y Erza, dándole con él en la cabeza, dijo:
—Vamos a ver, guaperas, tú y yo somos adultos. Tú has tenido tus experiencias y yo las mías. Ninguno de los dos somos dos vírgenes y...
Pero no pudo continuar, porque Jellal la besó y, cuando el beso acabó, murmuró:
—No quiero saber nada de tus anteriores experiencias. Si lo pienso, mi parte de hombre posesivo se pone muy... muy celoso.
—¿Y cómo crees que se pone mi parte celosa de mujer al saber que has regalado más vibradores como éste y que seguramente los has utilizado para darles placer?
—Te gusta regodearte en ello, ¿eh?—preguntó él.
Sin poder evitarlo, sonrió y, dispuesta a provocarlo, afirmó:
—No, cielo, no. Sólo quiero que te quede claro que yo también me he divertido, tanto o más que tú, y aunque no he regalado vibradores a mis conquistas, sí los he disfrutado.
—¿Quieres decir algo más? — preguntó Jellal, apretando la mandíbula.
Encantada con su reacción, ella sonrió, arrugó la nariz como a él le gustaba y respondió:
—No, cielo. Ya está todo dicho.
Rabioso al pensar en lo que ella había hecho, le quitó el vibrador de las manos, lo tiró al suelo de la ducha y abrió el agua. Su buen humor había desaparecido y Erza, consciente de ello, le dio un azote en su duro trasero y preguntó:
—¿Qué ocurre?
—Nada.
—¿No quieres estrenar el regalito?—se mofó.
—No. Ahora no.
Tras un par de segundos en silencio, ella iba a salir de la ducha, pero él se lo impidió. La miró a los ojos y, cogiéndola entre sus brazos, la empotró contra la pared y susurró:
—Los celos me corroen por dentro.
Y, sin decir más, la besó con furia y, abriéndole las piernas, la penetró.
Aquella fuerte embestida la hizo gritar de placer. Era la primera vez que lo hacían sin preservativo y el roce de sus pieles fue colosal. Increíble. Jellal, sintiendo lo mismo que ella y consciente de lo que pensaba, murmuró:
—Necesito sentir tu piel contra la mía y sé que tomas la píldora. No me lo has dicho, pero las he visto.
Ella asintió y él la miró mientras se hundía con fuerza nuevamente en su interior y dijo:
—Sólo yo quiero ser el dueño de tu cuerpo y que tú lo seas del mío. Sólo yo quiero poseerte y quiero que sólo tú me poseas. —Erza jadeó ante otro nuevo empellón, mientras él proseguía—:Quiero que seamos los únicos que nos toquemos, nos chupemos, nos hagamos el amor y juguemos con aparatitos. Sólo tú y yo. —Tembló dejando escapar un gemido y añadió—: Si pienso en otro tocándote me muero de celos.
—Jellal...
Sin dejarla hablar, de nuevo la volvió a penetrar, y mientras ella jadeaba de puro deleite él murmuró:
—Sólo te quiero y te deseo a ti y anhelo que tú sólo me quieras y me desees a mí.
Mirándolo totalmente hechizada, Erza lo besó. Devoró sus labios, su lengua, su boca y cuando se separó de él, tras jadear otra vez por una nueva y exigente penetración, dijo con un hilo de voz:
—Sólo te deseo a ti, cariño y ahora sigue... sigue demostrándome cuánto me deseas tú.
Durante varios minutos Jellal continuó sus poderosas arremetidas. Hablar de aquello, imaginar que otro la tocara, la besara, lo había vuelto loco de celos y le hizo el amor con rudeza.
Una vez ambos alcanzaron el clímax, Jellal la dejó de pie en el suelo y ella, mirándolo, murmuró:
—Sólo te necesito a ti. A nadie más.
Jellal finalmente sonrió y comenzó a enjabonarla.
—¿De qué es esta cicatriz? — preguntó.
Bloqueada, Erza no se movió. Se había fijado en su cesárea mal hecha y, rápidamente, dijo mientras se ponía la mano delante para taparla:
—Apendicitis.
—¿Apendicitis?
Ella asintió y, rápidamente, explicó:
—Se complicó con peritonitis y tuvieron que abrirme de urgencia. De ahí esta fea cicatriz.
Jellal se arrodilló ante ella. No entendía de medicina, pero si ella se lo decía, ¿por qué desconfiar?
Le cogió la mano con delicadeza y se la retiró. Aquella cicatriz en medio del vientre no era muy bonita, entendía que ella procurase taparla siempre, pero sin dudarlo, la besó. Plantó los labios sobre ella y Erza jadeó.
Suspiró con los ojos cerrados. Había tenido la oportunidad de decirle lo de los niños y de nuevo la había desaprovechado. ¿Por qué estaba haciéndolo tan mal?
Con mimo, Jellal bajó la boca hasta su monte de Venus, y se lo besó también. Se lo mordisqueó y, mirándola, murmuró:
—Nunca me canso de ti.
Ella sonrió y él, levantándose, la miró a los ojos y, tras pasarle un dedo por las cejas, preguntó:
—¿Cuándo te vas a volver a dejar tu color de pelo? Con esos ojos verdes y pelirroja tiene que ser algo increíble.
Erza no dijo nada y él, divertido, insistió:
—Debes de estar preciosa.
Erza lo miró temerosa. Si relacionaba el color de su cabello con el de los dos niños que Erik y Racer llevaban, podía darse cuenta. Pero sin pensar en nada más, excepto en besar su boca, Jellal susurró:
—Pelirroja...
—No me llames así —gruñó ella de pronto con aspereza.
Al oír ese tono de voz y ver cómo se había tensado, la miró y preguntó:
—¿Qué ocurre, cielo?
Erza suspiró. No quería volver a ser la pelirroja de nadie, pero al ver cómo la miraba preocupado, se puso de puntillas para llegar a su boca y murmuró:
—Te quiero.
Enloquecido por lo que le acababa de decir, Jellal sonrió y, cogiéndola en brazos, rio.
—No sabes cuánto he deseado oír esas palabras de tu boca, cariño.
La sacó de la ducha para llevársela directamente a la cama y se mofó:
—Creo que va a ser un buen fin de semana, taponcete.
Esa noche, tras una tarde de sexo bestial, bajaron a la cocina y, mientras ambos cocinaban, a Erza le sonó el móvil. Rápidamente fue a mirarlo y sonrió al ver un mensaje de Millianna.
Todo genial, mamita.
Acabada la cena, se sentaron ante el televisor y Jellal preguntó:
—¿Qué te apetece que veamos?
—Da igual. Lo que quieras.
—Entonces, si es lo que yo quiera, sólo quiero verte a ti.
Ella sonrió y, poniéndose bizca, le hizo soltar una carcajada.
A Jellal se le antojaron maravillosas aquellas tonterías. Ninguno de sus ligues había hecho nunca algo así. Al revés, siempre procuraban estar perfectas y nunca le dejaban ver cómo eran en la intimidad. Pero Erza no era como las demás. Se comportaba con normalidad y le encantaba ver que con ella no había dobleces ni malos entendidos.
—Ven —dijo, cogiéndola de la mano.
Erza lo siguió. Medio desnudos, entraron en el salón y, al sentarse en la banqueta del piano transparente, ella lo miró y se burló:
—Aún recuerdo el primer día que vine a tu casa y dijiste algo así como: «El piano Schimmel es perfecto. Que sea transparente nos muestra que es de una gran belleza».
Jellal soltó una carcajada y, besándola, murmuró:
—Quería impresionarte, taponcete.
Ambos rieron de nuevo y Jellal, levantando la tapa del piano, comenzó a tocarlo con habilidad.
—¿Qué tipo de música te gusta? — preguntó.
—De todo un poco. Bruno Mars.—Él sonrió—. Nicki Minaj, Katy Perry, pero también me gusta mucho la música latina de Juvia, Marc Anthony, Luis Miguel, Ricky Martin, Alejandro Sanz. No sé... me gustan muchos cantantes.
—¿Sabes?, todos ellos son amigos míos y de mi familia.
—¿En serio? —preguntó boquiabierta.
Jellal asintió.
—Venga—insistió—.Dime una canción que te guste.
—¿No te da vergüenza cantar delante de mí?
Con una gran sonrisa, él negó con la cabeza y dijo:
—Cariño, soy compositor. Y, por suerte, tengo una voz por la que matarían muchos cantantes actuales. ¿Por qué me iba a avergonzar?
Erza iba a decir algo para burlarse cuando él comenzó a tocar una melodía al piano y cantó, sorprendiéndola.
No existen límites
cuando me afianzo de ese tiempo en que eres mía,
ese delirio donde se excede lo irreal, lo inexistente;
y es que lo nuestro nunca vuelve a repetirse,
mira que te oigo hablar y puedo derretirme,
adiós los límites, todo es pasión. No existen límites,
cuando tú y yo le damos rienda suelta a nuestro amor...
Emocionada, Erza escuchó cómo él cantaba mientras tocaba el piano y, mirándola a los ojos, le dedicaba aquella romántica canción y le ponía el vello de punta. En la vida le había ocurrido nada igual y, encantada, ni siquiera se movió. Cuando acabó, al ver su cara Jellal sonrió y dijo:
—¿Sabes qué canción es?
Todavía atontada, respondió:
—No existen límites, de Luis Miguel. Es una canción preciosa.
—Nada es más precioso que tú — murmuró él.
Extasiada por aquel romántico momento, Erza preguntó:
—¿Podrías cantar All of Me, de John Legend? Me encanta esa canción. ¿Te la sabes?
Sin contestar, Jellal comenzó a tocar los primeros acordes. Luego la miró a los ojos, y comenzó a cantarle la canción. Ella lo escuchó extasiada, mientras él le hacía sentir cada nota, cada letra, cada mirada y cada pausa con su increíble voz.
Because all of me, loves all of you Love your curves and all your edges,
all your perfect imperfections
Give your all to me, I'll give my all to you
Your're my end and my beginning, even when I lose I'm winning
Because I give you all of me, and you give me all of you...
Erza lo escuchó casi sin respirar.
Sentir la pasión que ponía la emocionó y sonreía cuando, en algún momento, él acercaba su boca a la de ella reclamando un beso. Con delicadeza y habilidad, Jellal bajó la intensidad de la canción y, tras tocar la última nota de la melodía, la miró con sus ojos felinos y susurró:
—No podrías haber elegido mejor canción, cariño. Como dice la letra, tú eres mi perdición, mi distracción y mi musa. Adoro tus curvas, tus
imperfecciones y sólo espero que me des todo de ti, como yo estoy dispuesto a darte todo de mí.
Erza se sentía como en una burbuja de purpurina cristalina y, encantada, dijo en voz baja:
—Eres increíble, Jellal Fullbuster.
Cuando él estaba acercándose para besarla de nuevo, le sonó el móvil.
—¿Lo cojo? —musitó mimoso, rozando con los labios los de ella.
Erza asintió.
—Cógelo. Puede ser importante.
Con una cautivadora sonrisa, Jellal se levantó, y, al ver en la pantalla del móvil que se trataba de su hermano, contestó:
—Dime, Gajeel.
—Hola, hermano, ¿Qué tal?
Jellal sonrió y, mirando a Erza, respondió:
—Bien. Muy bien. ¿Qué quieres?
—Necesito que mires tu correo. Esta mañana te he enviado un archivo con la voz de una chica a la que ayer contratamos en la discográfica y quiero que la oigas cantar y que pruebe con alguna canción nueva.
—¿Es buena? —preguntó Jellal.
Gajeel, que estaba en un hotel con una morena, tras tragarse una pastilla azul, bebió un poco de agua y, al ver que la chica salía del cuarto de baño totalmente desnuda, farfulló:
—Muy buena.
Jellal asintió. Gajeel podía ser muchas cosas, pero si algo tenía era ojo para descubrir nuevas cantantes y preguntó:
—¿Estás bien tras tu golpe de anoche?
Al pensar en el ruso, Gajeel se revolvió y, tocándose el pómulo, dijo:
—Estoy perfecto. Tan perfecto como que estoy con una guapa morena y pienso pasar una noche de lujuria increíble.
Jellal suspiró. Su hermano nunca cambiaría.
—¿Para cuándo quieres esas canciones? —preguntó.
—Para el lunes.
—Imposible, hermano —rio él—.Estamos a sábado y tengo planes.
—No me jodas, Jellal —gruñó Gajeel—. Necesito esas canciones para el...
—No me jodas tú a mí. —Levantó la voz—. Yo también tengo planes. Lo único que puedo hacer el lunes es llevar alguna de las que ya tengo escritas y probar con ellas. No me pidas más, porque no lo voy a hacer, ¿entendido?
Gajeel se tocó la sien. Había más compositores a los que pedirles aquel favor, pero para él Jellal era el mejor. Y no sólo porque fuera su hermano, sino porque sabía darle a cada cantante el tipo de música que convenía a su voz. Finalmente, convencido de que no conseguiría más, dijo:
—Vale. El lunes a las nueve te quiero en el estudio con algo del material que tengas. Pero ahora escúchala para que veas el tipo de voz que tiene.
—De acuerdo —asintió Jellal mirando a Erza y, al recordar algo, añadió—: Oye, Gajeel, lo que te dijo Gray anoche en referencia a la cocaína, tómatelo en serio.
—Venga ya, Jellal. Que yo no tomo esa mierda.
—Vale, te creo —contestó él—. Pero Rick, Sean y muchos con los que sales sí toman y me preocupa que tú también lo hagas.
Gajeel soltó una risotada y, sin responder a eso, preguntó:
—¿Has hablado hoy con Levy?
Jellal suspiró y miró a Erza, que comprobaba lo que tenía en el móvil. Su hermano era un pesado con su exmujer y respondió:
—No. Pero déjala en paz.
—Pero ¿Qué pasa contigo, eres mi hermano o el de ella?
—Mira, Gajeel, no voy a responder a esa absurda preguntita, pero ten cuidado con el tema, porque sin duda en esta ocasión tú tienes todas las de perder.
Sin importarle lo que le decía, insistió:
—No sé por qué se empeña en seguir viéndose con ese muñequito rubio. Seguro que el ruso se hace la manicura más veces que ella a la semana.
—Maldita sea, Gajeel, ¿Cuándo te vas a dar cuenta de que Levy ya no tiene nada que ver contigo? ¿Acaso no te quedó claro anoche, idiota?
Gajeel suspiró. Por extraño que le pareciese a todo el mundo, él seguía sintiendo a Levy como su mujer y, como no quería hablar de lo ocurrido con el ruso, concluyó:
—Mírate el archivo que te he mandado y el lunes te espero a las nueve en el estudio.
Después de dejar el móvil sobre una mesa, Jellal se acercó a Erza, que lo miraba sentada aún en la banqueta, y dijo:
—Era mi hermano Gajeel.
—¿El que montó el follón anoche en el concierto?
Jellal asintió y, al ver cómo lo miraba, explicó:
—Estuvo casado con Levy varios años y le fue infiel con toda mujer que se cruzaba en su camino. Todos se lo advertimos: «¡Gajeel, no lo hagas!». Incluso Levy le dio varias oportunidades, pero no sirvió de nada. Al final ella se cansó, se separaron hace tiempo y ahora el idiota no soporta verla salir con otros tíos. Y de lo que no se da cuenta es de que Levy ya no quiere nada con él, porque ahora ella manda en su vida y pone sus normas. Y si es feliz con ese modelo ruso, mi hermano se tiene que callar, meterse la lengua en el culo y joderse por haber sido tan imbécil como para perderla.
Erza asintió y al recordar al ruso, contestó:
—No es por desmerecer a tu hermano, pero ese modelo es impresionante.
—Mientras no me compares a mí con el modelo, ¡vamos bien!
Erza soltó una carcajada y él le tendió la mano y dijo:
—Acompáñame, tengo que ver un email.
Fueron al estudio de grabación, donde Jellal encendió su portátil y abrió el correo. Al mirar, Erza vio infinidad de nombres de mujeres en la bandeja de entrada. Karen, Teresa, Priscilla, Helga. Nombres que le removieron las entrañas, pero no dijo nada. No debía.
Cuando encontró el email que buscaba, lo abrió y conectó los altavoces.
—Debo escuchar cómo canta una chica. Es el nuevo fichaje de la discográfica.
Le pidió silencio con el dedo y, de pronto, comenzaron a sonar unas notas musicales. Al escucharlas, Jellal sonrió y dijo:
—Bonita canción ha elegido para presentarse. —Y al ver que Erza lo miraba, añadió—: My All, de la estupenda Mariah Carey, ¿la conoces?
Durante unos momentos, ambos escucharon la preciosa voz que cantaba, hasta que Jellal continuó:
—Cuando yo escucho a un cantante, me gusta diferenciar varios matices en su voz, como color, vibrato, potencia, timbre y registro. Y dependiendo del registro, la sitúo en una tesitura u otra. Por ejemplo, mi cuñada Juvia que tanto te gusta, además de su arrolladora personalidad, tiene como particularidad la potencia y su fuerte vibrato. También tiene un buen control del diafragma y la respiración y eso hace mucho a la hora de cantar. En el caso de esta chica, por lo que veo, tiene una voz muy versátil y una gran capacidad melismática.
—¿Melisqué? —preguntó Erza.
Divertido al ver su gesto de sorpresa, explicó:
—Se dice que un cantante tiene esa característica cuando es capaz de incorporar más de una nota a una misma sílaba musical.
A Erza todo aquello le sonaba a chino y él, al intuirlo, añadió:
—Te pongo dos ejemplos muy claros de cantantes que utilizan melismas. Una es Beyoncé y otra Mariah Carey.
—Sí tú lo dices, que eres el profesional en esto, lo creeré —dijo ella, encogiéndose de hombros.
Divertido, Jellal le revolvió el pelo y sonrió.
Durante un rato, mientras él tomaba apuntes de lo que escuchaba en el ordenador, Erza miró a su alrededor. Se acercó a los vinilos y, al encontrar varios de Etta James, sonrió. Era la cantante preferida de Eido.
Cuando Jellal acabó, la cogió de la mano y juntos salieron a la piscina, donde se divirtieron de lo lindo jugando un rato, hasta que finalmente hicieron el amor en el agua.
De madrugada, cuando estaban sobre la enorme cama comiendo helado, Jellal cogió algo de la mesilla y, guardándolo en el puño, dijo:
—Quisiera hacerte un regalo muy especial.
Cuando abrió la palma de la mano y Erza vio en ella la llave que ponía «Para siempre», se quiso morir.
Aquello era muy... muy serio.
Jellal le estaba entregando el regalo de su madre, la llave de su corazón y, sin cogerla, murmuró:
—¿Qué estás haciendo?
—Ya lo sabes, cariño —contestó él, sonriendo.
Asustada, dejó la tarrina de helado sobre la cama y, al tiempo que se levantaba, dijo:
—No puedo aceptarla.
—¿Por qué? —preguntó sorprendido.
Estaba claro que se querían, que se gustaban, que se sentían bien juntos.
¿Dónde estaba el problema? Durante varios minutos permanecieron en silencio, hasta que Erza dijo:
—Mira, Jellal, creo que vas muy deprisa y...
—Escúchame —la cortó él—. Eres especial. Lo supe casi desde el primer instante en que me encontré contigo. Vamos, acéptalo, soy la mejor decisión que aún no te atreves a tomar.
Tapándose la cara con las manos, Erza susurró:
—No, Jellal... no me digas esas cosas.
Pero él, deseoso de demostrarle lo que sentía, se levantó también para acercarse a ella y dijo:
—Eres la casualidad más bonita que ha llegado a mi vida y estoy loco por ti, ¿acaso no lo ves?
Las cosas que le decía, cómo la miraba, cómo la besaba o la amaba le hacían saber que decía la verdad.
—No quiero que te equivoques conmigo como te ocurrió en el pasado con esa otra chica —declaró.
—No me equivoco —afirmó él convencido—. Tú no eres ella, cariño. Tú eres tú. La mujer que me hace sonreír con sólo pensar en ella.
Al escucharlo, Erza se acordó de Eido. Le había prometido que dejaría entrar en su corazón al hombre que la enamorara y la quisiera de verdad y, cerrándole la mano para ocultar la llave, contestó:
—Yo también estoy loca por ti, Jellal.
—Entonces ¿Dónde está el problema?
El problema era que ella no había sido sincera con él y, deseosa de no perderlo, buscó una solución rápida.
—Hagamos una cosa —dijo, sin soltarle la mano—. Si dentro de dos meses continuamos juntos, me vuelves a ofrecer la llave, ¿de acuerdo, cariño?
Jellal la miró, y clavando sus impresionantes ojos en ella respondió:
—El corazón es importante para vivir, pero ¿sabes, taponcete? Cada día te necesito más a ti para que lo hagas latir.
Ella lo miró boquiabierta.
—Jellal Fullbuster, me desarmas con las cosas tan increíbles que me dices siempre.
—Entonces, si te desarmo, explícame por qué tengo que esperar dos meses.
Incapaz de contarle en ese momento todo lo que él no sabía, suplicó:
—¡Dame dos meses más, por favor!
Jellal no quería agobiarla y abriendo de nuevo el cajón, dejó allí la llave.
—Dos meses —contestó sonriendo—. Ni un día más.
Pero al cabo de un rato, cuando ella se relajó, él volvió al ataque.
—Si te dijera que tengo que ir a México dentro de unos días para una gala musical y unas reuniones y te invitara a venirte conmigo, ¿qué me contestarías?
Erza lo miró bloqueada y, lentamente, murmuró:
—Que no puedo.
Jellal asintió. Esperaba aquella respuesta.
—Ni siquiera te he dicho qué días son. Piénsalo. Tú y yo solos. México. Una bonita habitación de hotel. Varias noches por delante. Vamos, dime que sí.
Ella suspiró. Imaginó lo maravilloso que sería eso, pero respondió:
—No puedo. Sabes que trabajo y...
—Dime cuánto debes al banco. Yo pagaré tu deuda.
Ella no debía nada al banco, se lo había inventado como excusa para hacerle entender por qué no podía dejar de trabajar.
—No, Jellal. No puedes...
—Lo que no puedo es permitir que la mujer de la que estoy locamente enamorado siga trabajando como una mula por culpa de un idiota que la metió en un problema con el banco. Eso, taponcete —sonrió—, no lo puedo consentir.
—Ay, Jellal... no me digas eso.
—Vamos a ver, cariño. Me gustas, te gusto, ¡nos gustamos! Sólo intento que entre tú y yo exista algo bonito y que podamos pasar más tiempo juntos; ¿acaso no lo quieres tú también?
Erza lo miró y contestó con desesperación:
—Claro que lo quiero. Es lo que más deseo.
—¿Entonces? —preguntó Jellal, con una media sonrisa. Y añadió—: Sabes dónde vivo, quién soy. Tienes mi teléfono. Soy un libro abierto para ti.
¿Me darás por fin tu teléfono y dirección?
Ella no respondió. Si se lo daba, Jellal rápidamente descubriría todo el pastelito con guinda que le estaba ocultando. Al ver que no contestaba, siseó irritado:
—Sabes que si juego sucio, en un abrir y cerrar de ojos puedo tener toda la información que quiera de ti. Sólo tengo que levantar el teléfono y...
—Te dije una vez que si lo haces—lo cortó, señalándolo con el dedo— no volverás a saber de mí.
—¿Tú juegas sucio conmigo? —le preguntó de pronto. Erza no se movió y él insistió—: Ocultas algo, ¿verdad?
—Jellal...
Haciendo que lo mirara a los ojos, dijo:
—¿Estás casada?
—Noooooooooooooo.
—¿Divorciada?
—Nooooooo.
—¿Eres exconvicta?
—Noooooooooo.
Desesperado, Jellal se pasó la mano por el pelo.
—Vamos a ver, Erza, sea lo que sea lo podemos solucionar juntos. —Ella se quedó callada y él añadió—: Si quiero pagar la deuda que tienes con el banco es para liberarte de esa carga y que trabajes menos. A mi lado no te hará falta.
Al oír eso, Erza gruñó y, cogiendo el sujetador, se lo puso y le espetó:
—No quiero que me mantengas. Pero ¿tú de qué vas?
Sorprendido por su reacción, Jellal iba a hablar cuando ella dijo:
—Tú eres tú y yo soy yo. Ambos tenemos nuestros trabajos y...
—Pero nuestros trabajos son incompatibles si tú sigues trabajando al ritmo que lo haces. Trabajas por la mañana, por la tarde y por la noche. ¿Cuándo vas a tener tiempo para mí, para nosotros? —Erza no respondió y, levantándose, Jellal se acercó a ella y murmuró mientras la abrazaba—: No pretendo que lo dejes todo por mí, pero sí quisiera pasar más tiempo contigo. Me encantaría que me acompañaras al viaje de México. Será una semana y...
—He dicho que no puedo. ¿Qué parte de ese «no puedo» no entiendes?
Jellal la soltó molesto y gritó fuera de sí:
—¡¿Me puedes decir por qué eres tan cabezota?! ¿Tanto daño te hizo ese tío que ahora eres incapaz de fiarte de mí? Joder, Erza, yo sólo quiero estar contigo y poder cuidarte.
A ella se le llenaron los ojos de lágrimas. Comparar a Jellal con el padre de los gemelos era imposible. No tenían nada que ver. Le tembló la barbilla y él, al verlo, se arrepintió de haberle gritado.
—Lo siento... cariño... lo siento — dijo, abrazándola de nuevo—. Perdóname, no pretendía gritarte. Lo siento.
Erza asintió y, secándose las lágrimas que se habían empeñado en correr por sus mejillas, murmuró:
—No pasa nada, Jellal, te lo prometo. Pero no me pidas que vaya contigo de viaje porque no puedo. No puedo.
Él asintió. No entendía por qué, pero estaba dispuesto a saberlo. Estaba claro que le ocultaba algo.
—No vuelvas a llorar —le pidió—. No puedo soportar pensar que yo te he hecho llorar con mis palabras.
Ella tampoco quería llorar; acercó la boca a la de él y le hizo saber lo que necesitaba en aquel instante. Con mimo, Jellal se lo dio. La besó, la acarició, y cuando el deseo de poseerla fue irresistible, dijo mirándola:
—Quítate el sujetador. —Erza lo hizo y en cuanto sus pechos desnudos quedaron ante él, con los pezones ya erizados, susurró—: Tócatelos para mí.
Algo avergonzada por lo que le pedía, sonrió cohibida, pero él insistió:
—Pellízcate los pezones para mí. Vamos, cariño, hazlo. Y dámelos luego. Estoy ansioso por chuparlos.
Excitada por la forma en que la miraba y por su tono bajo de voz, finalmente, Erza hizo lo que le pedía. Cuando se le endurecieron los pezones, se sentó a horcajadas sobre él y, agarrándole la nuca, lo acercó a su cuerpo hasta que sus pechos quedaron al alcance de su húmeda, tentadora y caliente boca.
Jellal le rodeó rápidamente la cintura para que no se echara hacia atrás, y empezó a acariciarle los pezones con la lengua, chupándoselos con suavidad.
Aquello era delicioso, sensual, excitante. Nada que ver con otros hombres con los que Erza había estado, que, en cuanto le veían los pechos, trataban de exprimírselos como limones y se los amasaban como si fueran a hacer pan.
Jellal era diferente. Se los lamió, chupó y mordisqueó de tal manera que, jadeando enloquecida, se entregó a él una y mil veces más. Cuando él le sujetó el pezón derecho con los dedos a modo de tijera y le dio suaves toquecitos con la lengua, Erza tembló. Aquello era fantástico y sin duda Jellal era un amante colosal.
—Quiero poseerte y que me poseas —susurró sin aliento—. No preguntes, sólo hazme el amor y disfrutemos del momento.
Y así lo hicieron durante toda una noche de sexo sin límites, hasta que, al alba, cayeron derrotados el uno en brazos de la otra.
A la mañana siguiente, cuando Jellal se despertó, vio que se hallaba solo en la cama. ¿Dónde estaba Erza?
Se levantó de un salto y al ver su ropa sobre la silla, se tranquilizó. Desnuda no se habría ido.
Tras ponerse unos bóxers negros, salió descalzo de la habitación, bajó la escalera y, al llegar abajo, oyó música en la cocina.
Con sigilo, se acercó hasta allí y sonrió al ver a Erza bailando en medio de la cocina. Sonaba It Ain't Over Till It's Over, de su amigo Lenny Kravitz.
Durante varios minutos, la observó sin que lo viera. Estaba relajada, bailando con los ojos cerrados y una taza de café en la mano. Ver cómo movía los hombros y aquel pelo multicolor al son tranquilo de la música, le encantó. Erza era increíble, fascinante y su personalidad arrolladora le encantaba. Sonrió al oírla cantar. Aquello, desde luego, no era lo suyo.
Pensó qué sería lo que le ocultaba y estuvo tentado de llamar a Jake, que trabajaba en la policía, pero se resistió. Quería confiar en ella. Sólo esperaba que, fuera lo que fuese, no se trataba de algo excesivamente escandaloso, porque si se enteraba la prensa, se cebarían con ella.
Finalmente, ansioso por besarla, entró en la cocina. Erza abrió los ojos y, al verlo, caminó bailando hacia él.
—Buenos días —lo saludó—.¿Quieres café?
Jellal cogió la taza que ella llevaba en la mano y, tras beber un sorbo, murmuró, mientras le pasaba un brazo por la cintura para acercarla a él y bailar juntos:
—Y ahora quiero mi beso de buenos días.
Ella se lo dio sonriendo y, abrazados, siguieron bailando, en aquella amplia y moderna cocina, la sensual canción.
Pasaron un día maravilloso, pero a medida que transcurrían las horas, Jellal se empezó a agobiar. Cada vez que la veía mirar el reloj, algo en él se rebelaba. Ambos estaban solteros y sin compromiso, ¿por qué se tenía que ir?
Finalmente, a las siete de la tarde, Erza consiguió convencerlo para que la dejara marcharse. A Jellal le costó, pero al final claudicó. No le quedaba otra.
Cuando ella se fue con su ramo de rosas, durante un rato él caminó por su bonita y ordenada casa, recordando el fin de semana de ensueño que habían pasado juntos y, cuando fue a darse una ducha, sonrió al ver escrito en el espejo con pintalabios.
M_ V_ _ _ _ _ _ L_ _ _.
T_ Q_ _ _ _ _, J_ _ _ _ _ F_ _ _ _ _ _ _ _ _.
Divertido, cogió el pintalabios que ella había dejado sobre el mármol y, sabiendo lo que ponía, rellenó los huecos de las letras que faltaban. Cuando acabó, sonrió y leyó en voz alta:
—Me vuelves loca. Te quiero, Jellal Fullbuster.
Gracias por leer, espero cualquier Review que se agrecera.
დLuthienდ
