Capitulo 5
El primer indicio de que estaba despierta fue el dolor. Como si mi propio cuerpo estuviera en guerra conmigo, cada músculo se tensaba en un espasmo insoportable. La sensación era sofocante, un ardor interno que no podía ignorar, sin importar cuánto intentara moverme con cuidado.
Me acurruqué sobre mí misma, buscando instintivamente una posición que doliera menos, pero cada intento solo intensificaba la agonía. Un gemido escapó de mis labios antes de que pudiera contenerlo.
—Serena…
La voz de Mina sonaba preocupada, pero yo no podía concentrarme en eso.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Amy. Su tono era suave, como si temiera que un movimiento en falso pudiera hacerme pedazos.
No respondí. No podía. Si abría la boca, solo saldría un quejido de dolor, y no quería darles ese poder.
Rei suspiró.
—Sabemos que estás despierta.
No me importaba.
Solo quería que el dolor desapareciera.
Mis manos se aferraron con fuerza a las sábanas, intentando contener el temblor en mis dedos. No sabía cuánto más podría soportar esto sin mi única forma de escape.
—¿Puedes al menos tomar un poco de agua? —preguntó Lita, acercándome un vaso.
Mi estómago se revolvió con solo pensarlo.
—Solo déjenme en paz —susurré, mi voz apenas audible.
No hubo respuesta inmediata. Solo el sonido de sus respiraciones, cargadas de preocupación.
—Serena, sabemos que esto es difícil, pero estamos aquí para ti —dijo Mina, su voz llena de emoción contenida.
No entendían.
No podían entender.
—Si realmente quisieran ayudarme, me devolverían lo que es mío —mi voz salió entrecortada por el dolor.
Amy intercambió una mirada con Rei, pero fue esta última quien habló.
—No podemos hacer eso.
La ira explotó dentro de mí como un volcán.
—¡No pueden hacerme esto! ¡Lo necesito!
Intenté levantarme, pero el cuerpo me traicionó. Las punzadas de dolor me hicieron tambalear. Lita me sostuvo antes de que cayera, pero me solté de inmediato, torpemente.
—No puedes seguir dependiendo de eso —insistió Amy, firme pero gentil.
—¡Ustedes no entienden nada!
Me giré hacia la puerta tambaleándome, y logré meterme al baño antes de que pudieran detenerme. Cerré de golpe y giré la cerradura con manos temblorosas.
—¡Serena!
Ignoré sus golpes mientras abría los gabinetes con desesperación.
Nada.
Cada frasco, cada botella, incluso el estúpido enjuague bucal… todo había desaparecido.
Me sentí atrapada.
Las lágrimas brotaron mientras me aferraba al lavabo, la respiración agitada.
No me dejaron nada.
El único consuelo que me quedaba era el agua fría.
Con manos temblorosas, abrí la llave de la ducha y me metí bajo el chorro helado.
El impacto hizo que mi cuerpo se estremeciera, pero al menos adormecía parte del dolor.
Me abracé a mí misma, temblando, mientras las voces seguían llamándome desde afuera.
No importaba.
Ellas nunca entenderían.
Y ahora estaba atrapada en este tormento, completamente sola.
…
No sabía cuántas horas habían pasado. Solo el agua fría golpeando mi piel y las voces del otro lado de la puerta me recordaban que el tiempo seguía.
—¡Serena, basta! ¡Tienes que salir de ahí! —La voz de Rei estaba cargada de impaciencia.
—Nos estás preocupando —insistió Mina, más suave, pero igual de insistente.
Apoyé la frente contra la pared de la ducha. Mi cuerpo aún temblaba, aunque ya no sabía si era por el frío o el agotamiento.
El agua había ayudado un poco, pero no lo suficiente.
Nunca lo era.
—¡Serena! —Lita golpeó la puerta con más fuerza.
Suspiré. Ya no tenía energía para discutir.
—Ya voy —murmuré, lo justo para que me oyeran.
Tomé la toalla con manos entumecidas y la pasé torpemente por mi cuerpo. Me vestí con la misma pijama rosa de botones. Cada movimiento era un esfuerzo monumental, cada músculo protestaba.
Cuando abrí la puerta, Rei estaba de brazos cruzados, la mirada severa. Mina y Lita parecían aliviadas. Amy solo me miraba, preocupada.
—Has estado ahí dentro por horas —dijo Rei con reproche.
—Sí, bueno, estaba ocupada sufriendo —repliqué con sarcasmo mientras caminaba pesadamente de vuelta a la cama.
Me dejé caer en el colchón con un gemido ahogado y me giré, dándoles la espalda.
—Tienes que comer algo —dijo Lita, acercándose con una bandeja.
El simple olor me revolvió el estómago.
—No tengo hambre.
—Serena… —Amy suspiró.
—Déjenme en paz.
El silencio llenó la habitación.
Sabía que me miraban, esperando que cambiara de opinión.
Pero no lo haría.
No tenía energía.
No para discutir.
No para nada.
Y si no me iban a dejar escapar del dolor, que al menos me dejaran sufrir en paz.
…
Solo cambiaba de intensidad. A veces ardía como una brasa constante, otras se convertían en una punzada tan aguda que me robaba el aliento.
—Serena, por favor, intenta comer un poco —insistió Lita, acercándome una bandeja con sopa caliente.
El aroma me revolvía el estómago.
Negué con la cabeza y me giré en la cama, dándoles la espalda.
—No tengo hambre.
—No puedes seguir así —dijo Mina con suavidad, aunque su voz dejaba entrever una preocupación creciente.
—Estoy bien —mentí, cerrando los ojos.
—No lo estás —replicó Rei, con esa firmeza que solía hacerme sentir que nada escapaba a su mirada—. Y lo sabes.
No respondí.
Sentía sus ojos sobre mí, esa mezcla incómoda de frustración y compasión que me asfixiaba. Querían ayudar. Pero no podían. No si yo no hablaba.
Habla.
Diles por qué necesitas la morfina.
Diles lo que te hicieron.
Mis labios temblaron.
Abrí la boca, apenas un poco, pero entonces… las voces regresaron.
—Es mejor que no recuerde nada.
—Es por su propio bien.
—Suban la dosis.
Mis dedos se aferraron con fuerza a la sábana.
No.
No lo diré.
Porque si lo decía… si confesaba la verdad… ¿qué harían ellas?
¿Me verían como un monstruo? ¿Como lo hicieron mis padres?
¿Me llevarían de nuevo a un hospital?
Un escalofrío recorrió mi columna.
No.
No podía arriesgarme.
No podía perderlas también.
—Solo necesito descansar —susurré, fingiendo que el sueño me vencía.
Ellas dudaron. Lo sentí. Pero al final, una a una, comenzaron a salir de la habitación. Rei se quedó unos segundos más. Me miraba con algo que no supe leer. ¿Duda? ¿Sospecha? ¿Dolor? No lo sé. Finalmente, también se fue.
La puerta se cerró.
El silencio me envolvió.
Me abracé a mí misma y respiré hondo.
El dolor ardía.
El miedo quemaba.
Puedo soportarlo.
No diré nada.
