Capitulo 6:

POV de Serena

El dolor no desaparecía.
Cada latido de mi corazón lo volvía más insoportable.
Mi espalda ardía; cada músculo se tensaba como si estuviera a punto de desgarrarse. Me costaba respirar.
Todo era demasiado.

—Esto no puede seguir así —murmuró Amy desde algún lugar a mi lado.

No podía verla.
No podía concentrarme en nada más que en el dolor y el peso que me oprimía la espalda.

—Tal vez deberíamos llevarla al hospital —sugirió.

Mi cuerpo entero se tensó.

No.
No.
No.

—No… —murmuré, la desesperación comenzando a asfixiarme.

—Serena…

—No —mi voz salió más fuerte esta vez, casi un grito.

Mis manos temblaban.
Mi respiración era errática.

—No, no, no, no, no…

No podían llevarme allí.
No podían hacerme eso.
No podían encerrarme otra vez.

Las luces frías del quirófano.
Las sombras de las figuras vestidas de blanco.
Las manos enguantadas acercándose a mi piel.

Una mano tocó mi hombro.
Y el pánico explotó en mi pecho.

—¡NO!

Mis manos se movieron antes de que pudiera detenerlas.
Golpeé las de ellas, sintiendo el contacto cálido y real… pero mis ojos no veían a mis amigas.

No veían a Rei, Lita, Mina ni Amy.

Veían a ellos.

Sus guantes blancos.
Sus máscaras frías.
Sus herramientas brillando bajo la luz estéril.

Mi respiración se volvió un jadeo frenético.
Las sombras temblaban en mi visión, distorsionándose en formas monstruosas.

Mi cabeza giró.
Mi estómago se revolvió.

Vi los rostros de mis amigas.
Y el horror en sus ojos.

Lo que había hecho.

—No… —murmuré, el pecho alzándose y bajando demasiado rápido.

El cuarto comenzó a girar.
Las voces se convirtieron en ecos lejanos.

El miedo me envolvió como una marea oscura.

Intenté respirar, pero no podía.
No podía.
No podía—

Negro.

Cuando abrí los ojos, todo estaba borroso.
La luz era demasiado intensa, y mi cabeza latía con un pulso pesado y doloroso.

Las voces a mi alrededor sonaban distantes, como si hablaran tras un muro de vidrio grueso.
No importaba.

No quería escucharlas.
No quería verlas.
No quería nada.

Sin decir una palabra, me levanté de la cama.
Mi cuerpo se sentía pesado, como si me moviera bajo el agua.
Escuché que alguien me llamaba, pero ignoré la voz.

Caminé directamente al baño y cerré la puerta detrás de mí.

—Voy a ducharme —dije con voz ronca, sin emoción.

No esperé respuesta.
No necesitaba permiso.

Giré la llave del agua fría y me metí bajo la corriente helada sin pensarlo.

El golpe de frío me robó el aliento.
Los escalofríos recorrieron mi piel, y mis músculos se tensaron con fuerza.

Era mejor así.
El dolor no desaparecía, pero al menos el frío lo adormecía lo suficiente para que pudiera pensar.

Pensar…

¿Cuánto tiempo había pasado?
No lo sabía.
No podía recordarlo.

Los días se habían convertido en una neblina densa de dolor constante, voces que no quería oír, rostros preocupados que no podía soportar mirar.

Llevé las manos a mi rostro, frotándome los ojos con fuerza.

Mi reflejo en el vidrio empañado de la ducha me devolvió la mirada.
Desgastada.
Pálida.

Los huesos de mis hombros sobresalían más de lo normal.
Y mi espalda…

Las cicatrices antiguas ardían, sensibles, cada una un recordatorio cruel de lo que me hicieron.

Mis alas…
Las pobres sobras de lo que alguna vez fueron.

Mi respiración se cortó, y sentí la primera lágrima caer, perdiéndose entre el agua de la ducha.

No quería llorar.
No quería sentir nada.

Pero la verdad era que estaba tan…
perdida.

No sabía cuánto más podía soportar.

Me abracé a mí misma bajo el agua helada y, por primera vez en mucho tiempo, dejé que las lágrimas cayeran sin intentar detenerlas.

No tenía hambre.

No tenía energía para fingir que sí.

Lita dejó un plato en la mesa junto a la cama y me miró con una mezcla de paciencia y preocupación.

—Tienes que comer algo.

No respondí.

Solo me quedé en la cama, mirando el plato sin emoción.

El simple olor de la comida me revolvía el estómago.

Ellas intentaron convencerme, pero cuando se dieron cuenta de que no iba a ceder, finalmente se rindieron y se alejaron.

No tardé mucho en levantarme y caminar lentamente hacia el baño, sintiendo mis piernas temblar bajo mi peso.

El baño era el único lugar donde podía estar sola.

El único lugar donde podía permitirme… colapsar.

Cerré la puerta con lentitud, apoyándome en el lavamanos.

Respiré hondo y de inmediato me arrepentí.

El dolor me atravesó la espalda, quemando con una intensidad insoportable.

Y luego…

Un espasmo violento en mi pecho.

Un golpe seco en mi garganta.

La tos me sacudió sin advertencia.

Rápida, dolorosa.

Me incliné sobre el lavamanos, aferrándome a los bordes con fuerza mientras la tos continuaba desgarrando mi cuerpo.

Y entonces lo sentí.

Humedad.

Algo caliente en mi palma.

Algo espeso.

Temblando, bajé la mirada.

Sangre.

Mis manos estaban manchadas de rojo.

Mi respiración se aceleró mientras el terror crecía dentro de mí.

No.

No, no, no.

Me obligué a respirar con calma.

Me obligué a ignorar el pánico en mi pecho.

Esto no era nada.

Solo un poco de sangre.

Nada de qué preocuparse.

Pero mis manos temblaban demasiado para que mi mente creyera en esas mentiras.

Me apoyé en la pared, sintiendo mi cuerpo derrumbarse lentamente.

Las lágrimas cayeron sin que pudiera detenerlas.

No pidas ayuda.

No puedes.

Cada vez que pensaba en decir algo, en llamar a alguien, las imágenes volvían.

Los médicos con sus guantes fríos y bisturís afilados.

Las luces blancas cegadoras del quirófano.

El dolor.

Y luego…

El alivio en los rostros de mis padres cuando desperté.

Cuando vieron que su hija ya no era un monstruo.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

Me cubrí la boca con ambas manos, ahogando el sollozo que quería escapar.

No podía decir nada.

No podía hacer nada.

Todo lo que podía hacer era sentarme en el suelo frío del baño, temblando, llorando en silencio…

Esperando que el dolor desapareciera.

POV: Mina

No puedo soportarlo más.
Verla así…
Escucharla así…
Es desgarrador.

Serena nunca había sido la persona más fuerte físicamente, pero siempre tenía una luz en ella. Una calidez inquebrantable, una risa contagiosa, una ternura que nos envolvía a todas como un escudo contra cualquier oscuridad.
Ahora, esa luz se está apagando.

La escuchamos en el baño todas las noches.
Llorando.
Suplicando por algo que la haga sentir mejor, que le dé paz.
Mendigando morfina y alcohol como si fueran lo único que pudiera salvarla.

Nos destroza el alma decirle que no.
Nos destroza verla tan frágil, tan perdida.

No come.
Lita ha intentado todo. Ha cocinado sus platillos favoritos, ha intentado convencerla con dulces, incluso ha tratado de hacer que coma aunque sea una galleta.
Nada funciona.
Apenas y nos mira cuando le llevamos comida.
Solo se acuesta en la cama, dándonos la espalda, sin decir nada.

Y cuando no está en la cama, está en el baño.
Cada vez que escuchamos el agua correr, sabemos que está ahí, escondiéndose.
Sabemos que se está metiendo en la ducha con el agua fría porque dice que ayuda con el dolor.

Pero ¿qué dolor?
No lo sabemos.
No nos dice nada.
Solo podemos ver lo que nos deja ver.
Las ojeras profundas bajo sus ojos.
Su piel pálida y el sudor en su frente.
Su respiración entrecortada cuando se esfuerza demasiado en moverse.

Y lo peor…
El miedo.
El miedo en sus ojos cada vez que Amy menciona un hospital.

Nunca había visto a Serena tan aterrorizada.
Se aferra a su propio cuerpo, sacudiendo la cabeza una y otra vez, murmurando "no" como si estuviera tratando de convencerse a sí misma de que no la íbamos a llevar.
Y cuando intentamos calmarla, cuando intentamos abrazarla…
Nos golpea.
Solo por un segundo.
Un reflejo de puro pánico.

Pero en cuanto se da cuenta de lo que hizo, se congela.
Nos mira con los ojos abiertos de par en par, como si acabara de cometer el peor pecado imaginable.
Hiperventila.
Se desmaya.
Y cuando despierta…
Nos ignora.
No dice nada.
Solo vuelve al baño.
Cierra la puerta con seguro.
Y nos deja afuera.
Escuchando su llanto ahogado.

Amy ya no duerme.
Lita finge estar bien, pero ha llorado en silencio más veces de las que puedo contar.
Y yo…
Yo solo quiero abrazarla.
Quiero decirle que va a estar bien.
Quiero recuperar aunque sea un pedacito de la Serena que conocí.
La que reía por tonterías.
La que me buscaba con la mirada cuando estaba triste.
La que confiaba en mí.

Antes podía hacerla reír solo con mirarla.
Ahora ni siquiera me ve.

Y lo peor es que ya ni siquiera sé si quiere ser salvada.
Como si la estuviéramos viendo ahogarse desde la orilla, sin poder lanzarnos a rescatarla.

Sin poder hacer nada.
Sin saber cómo ayudarla.
Sin saber cuánto más podremos soportar verla así.