Capitulo 7
POV: Amy
Serena se quedó dormida otra vez.
Su respiración es pesada, irregular. Su cuerpo parece tenso incluso en su sueño, como si el dolor la persiguiera incluso ahí.
Nos reunimos en la sala, con el corazón oprimido y el peso de la impotencia sobre nosotras.
—Esto no puede seguir así —dijo Rei, con los brazos cruzados, su expresión endurecida por la preocupación—. Está empeorando.
—Lo sé… —respondió Lita en voz baja, mirando el suelo. Se veía agotada. Ha estado haciendo todo lo posible para que Serena coma, pero no ha servido de nada.
—No podemos forzarla a comer —susurré, sintiéndome más inútil que nunca—, pero si sigue así, va a colapsar. Su cuerpo ya está en un estado crítico.
—¿Y qué se supone que hagamos? —Mina nos miró a todas con frustración. Se estaba mordiendo el labio inferior, intentando no romperse—. No quiere que la toquemos, no quiere comer, no quiere medicinas, no quiere que la llevemos al hospital. No quiere nada de nosotras.
Sus palabras pesaban en el aire.
Nadie respondió.
Todas pensábamos lo mismo.
No sabíamos qué hacer.
—Ayer… la escuché toser en el baño —dijo Lita, rompiendo el silencio. Su voz era tensa, y se pasó una mano por el cabello con frustración—. Creo que…
—¿Qué? —preguntó Rei, el ceño fruncido, alerta.
Lita apretó los labios.
—Creo que estaba tosiendo sangre.
El silencio fue inmediato.
El miedo en nuestras caras, innegable.
—Eso… no puede ser cierto —dijo Mina, con la voz temblorosa—. ¿Cierto?
—No lo sé —susurró Lita—. No lo vi. Pero lo sentí. Sentí que algo estaba mal. Y cuando entré al baño después de ella, todo estaba limpio… demasiado limpio.
Me llevé una mano a la boca.
Si eso era cierto…
Si Serena estaba tosiendo sangre…
No había duda: su estado era peor de lo que imaginábamos.
—Amy —Rei me miró directamente—, ¿hay alguna posibilidad de que podamos tratarla aquí? Sin un hospital.
Tragué saliva, atrapada entre lo que debía hacer como amiga y lo que debía hacer como alguien con conocimientos médicos.
—No sin saber qué le pasa realmente —admití—. No podemos tratar lo que no entendemos.
—Pero ella no nos dirá nada —susurró Mina.
—Y no confía en los médicos —añadió Lita.
Ese era el problema.
Serena estaba sufriendo, pero el miedo la tenía paralizada.
¿Qué le habían hecho para que incluso la idea de recibir ayuda la aterrara tanto?
¿Qué estaba escondiendo?
Y…
¿Cuánto más iba a soportar antes de que su cuerpo simplemente no pudiera más?
….
Cuando Serena despertó, sus ojos se abrieron lentamente, como si el dolor la estuviera arrastrando de nuevo a la consciencia. El resplandor de la luz filtrándose a través de la ventana le causaba incomodidad, y pude ver cómo su cuerpo se tensaba con cada respiración, como si estuviera luchando contra algo invisible. Sus manos temblaban ligeramente, un signo evidente del tormento que estaba viviendo.
Nos acercamos todas a su cama, pero ninguna de nosotras sabía qué decir. Mina fue la primera en tomar la palabra, su voz suave, pero cargada de una preocupación que se podía cortar con un cuchillo.
—Serena, por favor… —dijo, su tono temblando ligeramente—. Necesitamos saber qué está pasando. ¿Por qué pides morphina y alcohol? ¿Estás enferma? ¿Es por eso que has estado tan callada?
Lita, al igual que yo, estaba preocupada, pero lo mantenía en silencio, mientras Rei, siempre la más lógica, observaba con atención, esperando alguna señal de que finalmente obtendríamos la respuesta que tanto habíamos buscado.
Era doloroso ver cómo la chica a la que estábamos acostumbradas, tan llena de vida, ahora estaba totalmente apagada, desvanecida en su dolor, en su silencio. Durante días había estado en esa cama, negándose a comer, a hablar, a compartir lo que le ocurría. Nos había dejado en la oscuridad, y eso estaba empezando a afectarnos profundamente.
Serena no nos miraba. Su rostro estaba inmóvil, como si estuviera perdida en sus propios pensamientos, huyendo de la realidad que la rodeaba. Podía sentir su miedo, su angustia, pero no entendía por qué se estaba cerrando tanto a nosotras. ¿Qué le había pasado?
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, Serena habló, su voz débil, pero casi inaudible en la quietud de la habitación. Cuando me miró, no podía ver su dolor reflejado en sus ojos, solo una expresión vacía, como si estuviera atrapada en su propia mente.
—Amy, quédate. Todas las demás, salgan por un momento —dijo, y sus palabras fueron tan frágiles que me dolieron. No era una petición, sino una orden suave, una necesidad que no entendía completamente. Pero algo en su tono me decía que no podía negarme.
El ambiente en la habitación cambió inmediatamente. Las otras chicas intercambiaron miradas, pero nadie discutió. Sabíamos que Serena necesitaba algo, y tal vez, solo tal vez, confiaba en mí para lo que venía. Nos levantamos todas con cautela y salimos de la habitación, dejando a Serena y a mí solas.
La puerta se cerró suavemente detrás de nosotras, y el silencio que quedó fue abrumador. Estábamos todas en el pasillo, conteniendo el aliento, temerosas de lo que sucedería a continuación. Sin embargo, sabía que en ese momento, Serena necesitaba algo más que nuestras preguntas, algo más que nuestras preocupaciones.
Dentro de la habitación, el aire estaba pesado. Me acerqué a la cama de Serena, sentándome a su lado. No sabía qué decir, solo que tenía que estar allí, esperar a que hablara, a que me dejara entrar en su mundo, aunque fuera solo un poco. Ella seguía mirando al techo, como si sus pensamientos estuvieran lejos de mí.
Finalmente, sus ojos se encontraron con los míos, y por un momento, todo pareció detenerse. Había tanto que decir, tanto que explicar, pero sentí que las palabras de Serena estaban bloqueadas por el miedo.
—Amy… —dijo en un susurro, y esa palabra sola bastó para hacer que mi pecho se apretara. No la había oído llamar mi nombre de esa manera en mucho tiempo.
—Estoy aquí, Serena —respondí suavemente, tomándola de la mano. No podía forzarla a hablar, solo podía ofrecerle mi apoyo, mi presencia.
Ella respiró hondo, como si estuviera reuniendo el valor para soltar todo lo que había estado guardando dentro. Su voz, cuando finalmente habló, era apenas un murmullo.
—No sé si puedo decirlo… —su tono era lleno de angustia, y sentí una oleada de compasión por ella. La desesperación en sus palabras me hizo querer abrazarla, pero no podía. Ella no estaba lista para eso.
—No tienes que hacerlo si no estás lista, Serena. Pero… quiero que sepas que no estás sola.
El silencio volvió a llenar la habitación, pesado y cargado de palabras no dichas. Yo estaba allí, esperando, dispuesta a escuchar lo que fuera que tuviera que decir.
Cuando Serena finalmente habló, su voz era casi un susurro, y podía ver que luchaba con cada palabra, como si le costara tomar la decisión de confiar en mí. Sus ojos, usualmente brillantes, estaban opacos, vacíos de la energía que solía tener. Me quedé completamente quieta, esperando a que continuara.
—Amy... —dijo finalmente, con una respiración pesada—. ¿Podrías... quitarme la camiseta?
Mis manos, que habían estado ligeramente temblando por la preocupación, se detuvieron en su solicitud. Estaba claramente sorprendida, pero en el fondo sentí que esto era un paso hacia la verdad, hacia entender lo que realmente estaba pasando.
Sin responder de inmediato, me acerqué lentamente, buscando hacer todo lo posible para respetar su espacio mientras la observaba. Serena parecía haber estado esperando este momento, pero su vulnerabilidad me hacía sentir un peso profundo en el pecho. Quería ayudarla, pero no sabía con certeza cómo hacerlo.
Con cuidado, comencé a levantar la camiseta, y lo que vi me paralizó por un momento. El abdomen de Serena estaba cubierto por marcas visibles de heridas, como si hubiera sufrido un impacto tremendo. Era como si todo su cuerpo hubiera estado sometido a una fuerza brutal. Las zonas inflamadas, especialmente en sus hombros, y la parte superior de sus brazos, indicaban que el daño no solo había sido superficial.
Mi respiración se aceleró. Quise gritar, pedir explicaciones, pero no podía. Mis ojos recorrían su espalda con un dolor profundo en el estómago. Las quemaduras eran evidentes, y en los omóplatos, el área afectada estaba marcada por quemaduras de segundo grado que me hacían sentir como si me estuviera ahogando por dentro.
Mi mente no dejaba de dar vueltas. ¿Cómo no lo habíamos notado antes? ¿Cómo no habíamos visto las señales?
—Serena… —mi voz salió quebrada, sin poder evitarlo—. ¿Qué... qué pasó? ¿Cómo sucedió esto? ¿Por qué no nos lo dijiste antes?
Serena, con el cuerpo tenso y los ojos cerrados, no respondió de inmediato. Estaba completamente inmovilizada, como si cada palabra le costara mucho más de lo que podía soportar. Pero algo en su expresión me dijo que no quería seguir ocultándolo.
—No sabía qué decir... —musitó por fin, casi inaudible. Era la verdad oculta detrás de su silencio.
Me quedé allí, observándola, queriendo decir algo más, pero las palabras se atoraban en mi garganta. Lo único que pude hacer fue darle un suave toque en su hombro, y aunque la herida era clara, no sabía cómo reparar el daño, ni cómo sanar las cicatrices invisibles que había llevado por tanto tiempo.
Solo quería que dejara de sufrir.
"¿Puedes guardar un par de secretos?" La voz de Serena estaba cargada de seriedad, pero también había un toque de nerviosismo. Su mirada evitó la mía por un instante, como si dudara en compartir lo que estaba a punto de revelar. Yo asentí de inmediato, sin titubear, sabiendo que lo que sea que tuviera que decirme, debía ser importante. Serena suspiró profundamente, y en un parpadeo, el emblema de la luna apareció en su frente, brillante y familiar. Parecía como si una parte de su carga hubiera comenzado a aligerarse, aunque su expresión seguía siendo tensa.
"¿Recuerdas las alas que tenía durante la batalla contra Sailor Galaxia?" Su voz era más suave, pero la pregunta llevaba consigo un peso mayor del que me imaginaba.
Asentí lentamente, mi mente reviviendo ese instante tan vívido en la batalla, donde las alas de Serena brillaban con fuerza, tan poderosas como su voluntad. Sin embargo, algo en la forma en que me preguntaba me hizo pensar que esta vez la conversación sería distinta.
"La verdad es que..." Serena vaciló por un momento, sus ojos mirándome de una forma que nunca antes había visto. Parecía que estaba luchando consigo misma, como si cada palabra fuera un esfuerzo monumental. "Esas alas no son parte de una transformación, Amy. Yo... las tengo desde pequeña."
Mi corazón dio un pequeño salto al escuchar eso, y no pude evitar sentir una punzada de tristeza. Las alas de Serena... algo que había supuesto era parte de su magia, de su poder, eran mucho más que eso. "¿Desde pequeña?" repetí, casi sin pensarlo, mientras intentaba procesar lo que acababa de decirme.
"Sí..." Serena respiró profundamente, como si estuviera recogiendo fuerzas para continuar. "Mis padres nunca aceptaron que las tuviera. Siempre las vi como algo raro, algo que me hacía... diferente. Por eso, desde muy joven, aprendí a ocultarlas. Aguardarlas dentro de mí para evitar que me cuestionaran, que me miraran con ese desprecio. Pero, aunque las mantenga guardadas, siempre generan tensión en mi espalda. Dolor. Y, en la última batalla... creo que... me las lastimé."
Mis ojos se agrandaron al escuchar esto, y de inmediato comprendí el origen de sus dolores. Había estado cargando con una angustia emocional y física que no solo no entendía, sino que había ignorado por completo. La idea de que su sufrimiento era más profundo de lo que había imaginado me desgarró.
"Serena..." No supe cómo seguir, las palabras me fallaron. Vi cómo ella cerraba los ojos por un momento, como si intentara controlar la tormenta interna que estaba atravesando.
"Sé que esto es mucho, pero... necesito liberarlas, Amy. Necesito que me ayudes a... mostrarme como soy, aunque me duela. No quiero seguir guardándolas, pero ya no sé qué hacer." Su voz era un susurro, pero en ella llevaba un dolor tan grande que me costaba no romperme al escucharla.
Mi mente comenzó a trabajar a toda velocidad. Si sus alas realmente la estaban lastimando, y ella sentía que debía liberarlas, entonces debía ser lo que más necesitaba en ese momento. Pensé por un instante, asegurándome de que no la estaba presionando en ningún momento.
"Tienes que dejar que salgan, Serena," le dije finalmente, con convicción. "Te aliviará, y aunque sé que te duele, estoy segura de que esto es lo que necesitas. No te preocupes, no te haré preguntas. Solo, por favor, hazlo."
Serena me miró, un brillo de gratitud en sus ojos. Su respiración se hizo más pesada, pero esta vez parecía un poco más calmada, como si la respuesta que le había dado la hubiera aliviado, al menos un poco.
"Gracias, Amy," murmuró, y eso fue todo lo que necesitaba decir para que comprendiera cuánto significaba para ella.
Serena empezó a mover las manos hacia su boca, y vi cómo tomaba el pañuelo que había dejado sobre la mesa de noche. Lo metió entre sus labios y lo mordió con fuerza, como si necesitara controlar el sonido de su dolor. Yo me quedé quieta, observando con cuidado, sin moverme. Sabía que este era un momento íntimo, algo que no debía interrumpir.
En el instante siguiente, sus omóplatos comenzaron a moverse, lentamente al principio, como si estuviera luchando contra el peso de su propio cuerpo. Serena se retorció ligeramente, mordiéndose el pañuelo con tanta fuerza que casi podía escuchar su respiración entrecortada. No pude evitar sentir que cada uno de esos movimientos era un sacrificio, una liberación que la estaba matando por dentro.
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, sus alas comenzaron a formarse. Al principio, todo fue lento, casi imperceptible. Pero luego, las alas de Serena empezaron a desplegarse, como si un par de gigantescos ángeles estuvieran naciendo de su espalda. Eran hermosas, imponentes, pero también... desgarradas.
Una de las alas, la izquierda, se doblaba en un ángulo poco natural. No solo estaba rota, sino que la piel alrededor de ella estaba inflamada, con manchas de colores oscuros: tonos violáceos, negros, y rojos. Me estremecí al ver las heridas, y un dolor profundo me atravesó el corazón.
Serena no dijo una palabra. Estaba exhausta, respirando pesadamente, pero había algo en su expresión que indicaba que, a pesar del dolor, había encontrado alivio. Su mirada se suavizó al mirarme, como si hubiera recibido la aceptación que tanto había esperado.
"Gracias, Amy..." susurró de nuevo, y esta vez, pude ver la vulnerabilidad en sus ojos, como si la barrera que siempre había mantenido tan fuerte, por fin, se hubiera quebrado. Y en ese momento, supe que estaba dispuesta a soportar cualquier cosa, a estar a su lado, sin importar lo que sucediera.
Me sentí como una idiota por no notar que se trataba de un dolor real.
"Ahora que lo sabes, ¿podrías darme algo para el dolor? Como el vodka y la morfina."
Las palabras de Serena fueron suaves, pero cargadas de una mezcla de desesperación y cansancio. Necesitaba algo para aliviar el dolor, pero yo no sabía qué ofrecerle. No soy médica.
De repente, recordé las botellas de vodka y la morfina que había guardado. La morfina, definitivamente, funcionaría para cualquier dolor y el alcohol, en ciertas cantidades, adormece el cuerpo tanto que un borracho podría ignorar hasta una herida grave hasta que el efecto pasara. Ella me había dicho antes que era inmune a otros medicamentos para el dolor, así que no podía hacer otra cosa más que confiar en su juicio.
Me levanté rápidamente, sin decir nada, y corrí hacia mi maleta. Saqué las medicinas confiscadas, el botiquín de primeros auxilios que mi mamá me había dado para el viaje, y mi computadora de Sailor Mercury. Volví tan rápido como pude y encontré a mi amiga abrazando sus piernas mientras sollozaba, el dolor marcando cada uno de sus movimientos.
"Amy, ¿puedes inyectarme la morfina ahora?" Su voz estaba quebrada, pero decidida. No podía negarme.
Asentí sin pensarlo, tomé un algodón con alcohol y comencé a desinfectar la zona de su brazo antes de aplicar la inyección. Pude ver la tensión en su rostro, pero también un respiro de alivio cuando el medicamento hizo su efecto.
Poco después, vi cómo comenzó a beber sorbos de vodka, la botella temblando en sus manos. Cada trago parecía más difícil que el anterior, y podía ver que sus fuerzas flaqueaban. Se estaba tambaleando.
Antes de que cayera, la sostuve y la recosté sobre mí. El peso de su cuerpo contra el mío era pesado, pero la sostuve con cuidado.
"Gracias, Amy," susurró, su voz llena de gratitud y agotamiento.
"No te preocupes, para eso están las amigas," respondí suavemente, mi voz apenas un susurro, mientras aprovechaba la oportunidad para mirar su espalda.
Mi corazón se rompió al ver las heridas sangrientas en su espalda, sus alas dobladas en ángulos no funcionales. Su ala izquierda era mucho peor, parecía gravemente dañada. Las lágrimas se acumularon en mis ojos sin que pudiera detenerlas. Había cometido tantos errores con la persona más importante en mi vida.
Pasaron algunos minutos antes de que Serena comenzara a moverse, alejándose un poco de mí. Su cuerpo estaba tenso, pero aún con el alivio de los medicamentos, seguía luchando con el dolor.
"Debo saberlo todo para poder ayudarte," le dije, mi tono decidido, pero suave. No podía seguir ignorando su sufrimiento.
Serena, con una expresión cargada de dolor y frustración, comenzó a hablar. Me contó que sus dolores habían comenzado como simples molestias de cabeza, provocadas por tener que ocultar su marca de princesa, y dolores en la espalda que se volvían más intensos con el tiempo.
Me abstuve de regañarla por no haberme hablado antes de sus problemas, simplemente asentí, comprendiendo que no podía cambiar lo que ya había pasado. Ella había estado sufriendo en silencio.
Su espalda empeoró, el dolor se intensificó hasta el punto de que no podía comer ni dormir. Setsuna, con toda la preocupación en su rostro, le había dado una caja de morfina para que pudiera seguir el ritmo del viaje, pero eso solo había sido un parche temporal.
"Noté la primera herida cuando llegamos," me dijo Serena, su voz temblando. "Y desde entonces, solo ha empeorado. La infección se ha extendido por todo mi cuerpo, y ahora... mareos, dificultad para respirar, y tos con sangre." Su voz se quebró al decir la última frase, y pude sentir todo el peso de sus palabras.
Lo peor de todo, se me rompió el corazón al darme cuenta de que, mientras ella sufría sola de esta forma tan horrible, nosotras la habíamos tratado como una adicta. Había sido tan ciega, tan egoísta, y no había visto lo que realmente estaba pasando.
Me negué a mirar la cantidad anormal de proteínas en su sangre, que claramente indicaban una inflamación grave. No vi las señales cuando su cuerpo comenzaba a distanciarse de nosotras cada vez que tocábamos su espalda. Había tantas señales, y las pasé por alto todas.
"Creo que mis alas se infectaron por algún ataque de Sailor Galaxia o algo parecido, y se esparció cuando las guardé." Serena hizo una pequeña pausa, temblando ligeramente. "Tengo miedo."
"Haré todo lo que esté a mi alcance para ayudarte, Serena." Mi voz sonó más firme de lo que me sentía. Mi corazón latía con fuerza, un nudo en el estómago que me recordaba que no había vuelta atrás. Estaba comprometida con ella, y nada iba a detenerme de ayudarla. "Cuento contigo. Lo resolveremos, no importa lo que cueste."
"Solo tengo una petición..." Serena apretó los puños con angustia, su rostro se retorció con miedo. Las lágrimas empezaron a fluir sin control por sus mejillas, y su voz temblaba. "No las arranques, por favor."
Esas palabras me golpearon como una ráfaga helada. Mi princesa, la persona que había jurado proteger más que a nadie, estaba pidiéndome que no la mutilara. El dolor en su voz era tan intenso que me costaba respirar. ¿Acaso había llegado al punto de que ya no confiaba en mí? ¿Cómo había llegado a ese punto? ¿Qué tan profundamente había fallado como amiga para que ella se sintiera así?
"¿Tan mala amiga crees que soy?" La pregunta salió de mi boca antes de que pudiera detenerla, mi voz cargada de dolor. Sentí una punzada en el pecho. Me dolía verla tan quebrada, tan llena de inseguridades, pero también me dolía saber que ella no me veía como la persona que la salvaría de todo eso. "¿Por qué piensas eso?"
"Mis padres lo hicieron tan pronto como pudieron..." Serena susurró, su cuerpo temblaba y sus palabras fueron casi inaudibles. La tristeza en su voz me destrozó. "Duele mucho."
Algo dentro de mí explotó. La furia que sentí no era solo por ella, sino por cada uno de los recuerdos que Serena llevaba consigo, recuerdos de abusos, de humillaciones, de rechazo. Mis puños se apretaron con fuerza, y mi respiración se volvió más pesada. ¿Cómo podían hacerle eso sus propios padres? La rabia me recorría como un fuego incontrolable. No podía soportar ni imaginar el sufrimiento por el que había pasado. Nadie, absolutamente nadie, tiene el derecho de hacerle esto a mi amiga. Nadie, menos aún quienes deberían haberla protegido y amado.
Esa barbaridad que habían cometido no era solo un acto de desprecio, era maltrato. Y ahora entendía todo: la manera en que ella había manejado su dolor, su miedo constante de ser rechazada, su actitud hacia sus propias alas. Era evidente que su madre y su padre no solo la habían herido físicamente, sino también emocionalmente, dejándole cicatrices profundas que aún no curaban.
"Jamás quitaría unas alas tan hermosas a un ángel." Mis palabras salieron con total convicción, aunque una parte de mí sabía que la ira que sentía por dentro solo reflejaba una pequeña fracción del dolor que mi amiga había tenido que soportar. Pero no iba a permitir que nadie, ni siquiera ella misma, viera sus alas como algo malo.
"¿Hermoso? ¿Algo tan anormal y monstruoso?" Serena negó con la cabeza, su voz quebrada. "Ni siquiera las Sailor Star Lights o los demás alienígenas tienen algo así..."
La desolación en sus palabras me atravesó. Me dolió tanto verla tan despectiva consigo misma. ¿Cómo podía pensar así de algo tan hermoso, de algo que representaba su esencia, su fuerza, su lucha? La molestia creció dentro de mí, una furia feroz que nunca había sentido antes. Era la primera vez que veía a Serena tan derrotada, tan perdida.
"Te atreves a repetir eso y congelaré a tus padres en un cubo de hielo por el resto de sus vidas." La ira me brotó con tal intensidad que sentí un calor recorriendo mi cuerpo. Mi princesa se quedó paralizada, sorprendida por el tono de mi voz. "Esas personas no tienen el derecho de decirte algo tan cruel, de hacerte sentir como si fueras algo raro, algo horrible. Para mí, y para todas las demás, eres perfecta. Eres nuestra luz. Nos has salvado tantas veces... Eres el ángel que ilumina nuestras vidas. Esas alas, tan únicas, son parte de ti. Son hermosas y son tú. Eres un ser puro, amoroso, un ángel. Nunca olvides eso."
Un largo silencio siguió, en el que solo el sonido de sus sollozos rompió la quietud. Serena se abrazó a mí, y el peso de su cuerpo, tan frágil y quebrado, me afectó más de lo que quería admitir. La vi llorar en mis brazos, sintiendo el dolor de una amiga que no sabía cómo afrontar lo que había vivido, lo que había tenido que ocultar tanto tiempo. Mi mano rozó suavemente su cabeza, acariciando su cabello con dulzura mientras intentaba calmarla. La culpa, el remordimiento, me ahogaban, pero al mismo tiempo, me sentía más decidida que nunca. No la iba a dejar sola.
Mi amiga, la que siempre había sido tan fuerte, ahora estaba tan vulnerable, tan rota. Y no sabía cómo sanar su dolor, cómo hacer que todo lo que había sufrido fuera un poco más llevadero, pero lo que sí sabía con certeza es que no la dejaría ir. No la dejaría pasar por esto sola.
Cuando finalmente mi princesa se calmó, me dio la oportunidad de examinarla adecuadamente. Me transformé en Sailor Mercury, activando mi visor de Mercurio y conectando mi computadora para realizar un análisis completo.
Lo primero que encontré fue alarmante: la energía de Serena estaba considerablemente más baja de lo normal, lo que probablemente era un efecto secundario de la batalla contra Sailor Galaxia. Sus alas presentaban varias fracturas, inflamación, y lo más extraño: fragmentos metálicos incrustados en ellas. Los músculos de su espalda estaban desgarrados, y la piel externa mostraba un nivel anormal de sensibilidad, además de tener fragmentos metálicos incrustados.
Aumenté el zoom en esos trozos metálicos y pude ver algo aún más perturbador: una energía negativa muy fuerte estaba atacando los tejidos del cuerpo de Serena. Al mismo tiempo, la energía de mi princesa luchaba contra esta fuerza, incrementando la destrucción de su propio cuerpo. Si esta condición seguía así, la vida de Serena podría correr un gran peligro. Debía sacar esos fragmentos, y probablemente con eso resolvería el problema.
Le expliqué la situación a Serena, quien inicialmente mostró preocupación, pero luego sonrió tímidamente. Su expresión se suavizó, y con una mezcla de esperanza y vulnerabilidad, me preguntó si yo podría operarla.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo al escuchar su pregunta. Yo, una simple estudiante de preparatoria, ¿podría operar a mi amiga? Mi único contacto con procedimientos médicos había sido a través de libros, videos y las clases que mi madre me daba. Definitivamente no era la persona más calificada para llevar a cabo una cirugía. Intenté persuadirla, pero la respuesta de Serena fue tajante:
"Confío en ti. Sé que lo harás bien."
Su confianza en mí me desconcertó, pero también me dio una sensación de responsabilidad que no podía ignorar. Parecía que no había otra opción.
"Mi mamá me enseñó a suturar el verano pasado," comenté con resignación, provocando una sonrisa en el rostro de Serena. "Ahora solo tengo que hacer una lista de lo que necesito e ir al pueblo a comprarlo."
"Déjame hacerlo por ti," dijo ella rápidamente. "Hilo de sutura, equipo de sutura, escalpelo, alcohol industrial, pinzas…" Comenzó a enumerar cada elemento que consideraba necesario, e incluso mencionó algunos medicamentos específicos.
Me sorprendió la facilidad con la que Serena hablaba sobre todos esos materiales médicos. Su conocimiento parecía mucho más avanzado que el de cualquier persona de su edad. No pude evitar preguntarle cómo sabía tanto sobre el tema, y mientras anotaba todo lo que me decía en mi computadora, observé su incomodidad. Mordió su labio y apretó los puños, evidentemente nerviosa antes de responder.
"Empecé a frecuentar a muchos médicos y especialistas desde que mis alas salieron," confesó en voz baja. "Me internaron en un laboratorio cuando tenía seis años, y solo me dejaron salir después de amputar mis alas. Ellos solían explicarme todo lo que usaban en mí para que no me asustara, especialmente porque yo solía despertar en medio de los procedimientos y tenía que verlos trabajando."
La respuesta de Serena me heló la sangre. ¡La usaron como conejillo de indias! ¡Esos bastardos…! La furia creció en mí como una ola imparable, pero la contuve, sin dejar que se reflejara en mi rostro. Ahora entendía todo: su constante renuencia a ir a hospitales, su desconfianza hacia los médicos, el rechazo que sentía hacia todo lo relacionado con los tratamientos. No solo había sido herida física y emocionalmente, sino que también la habían sometido a abusos indescriptibles.
"¿Algo más que deba conocer?" pregunté con la voz más controlada que pude, intentando calmar el torbellino de ira que sentía. No me importaba quién estuviera involucrado, pero esos científicos y sus padres pagarían por lo que le hicieron a Serena.
"Si te sirve de algo, mis plumas pueden sanar cualquier herida o enfermedad," añadió Serena, aparentemente nerviosa por la dirección que tomaba la conversación. "No me molestaría que las uses para ayudarle a las chicas después de una batalla."
"No eres una herramienta para usar cuando se desee," respondí con frialdad, sin poder evitarlo. Las palabras salieron más duras de lo que había planeado, pero era necesario. Serena, sin embargo, sonrió con ternura, y en ese momento su fragilidad me atravesó el corazón. Sus manos temblaron al tomar las mías, y la fuerza de su mirada fue suficiente para que todo mi enojo desapareciera en un suspiro.
"Es por esa razón que no me molestaría ser de ayuda para ustedes. Sé que jamás me usarían como una herramienta ni me lastimarían. Será un botiquín de primeros auxilios solo para mis amadas y sobreprotectoras Sailors." Su sonrisa inocente, acompañada de la imagen de sus alas blancas y angelicales, me hizo verla como un verdadero ángel. Un ángel que debía proteger con mi vida. Me sentí increíblemente orgullosa de ser una de las personas encargadas de su bienestar.
"¿Sucede algo?" me preguntó, curiosa. Yo simplemente negué con la cabeza, intentando ocultar las emociones que me invadían.
"No pasa nada, ángel," contesté con una sonrisa, y eso hizo que Serena se sonrojara. "Ahora debemos decirle a las demás. Necesito operar y poner un yeso a esas hermosas alas."
Serena asintió, aunque pude ver la incomodidad en su rostro.
"¿Sucede algo?" le pregunté, preocupada.
"Me van a regañar, ¿verdad?" Se quejó, y yo no pude evitar asentir con honestidad.
"Yo misma te habría regañado antes de no ser por lo mal que te veías y el hecho de que necesitaba escucharlo todo," admití, haciendo suspirar a Serena. "Le pediré a Lita que te traiga comida. Imagina que ahora, sin todo ese dolor, querrás comer algo."
Serena asintió, y en ese momento su estómago rugió con fuerza, llenando la habitación de un sonido que provocó una mezcla de vergüenza en su rostro y una risa incontrolable en mí. Finalmente iba a comer algo. Lita estaría tan feliz.
"No estarías así si nos hubieras dicho la verdad desde el principio, o por lo menos cuando te confiscamos tus medicamentos," le recordé, en tono juguetón.
"Lo siento," murmuró Serena, avergonzada.
"¿Quieres que les explique por ti antes de traerlas y hacer las compras?" le ofrecí, pero ella negó con la cabeza, dándome la pluma de transformación.
"Lo haré yo misma. No quiero que te preocupes por nada," dijo, y me pasó la pluma. ¿Qué adulto sensato vendería ese tipo de cosas a una chica de preparatoria?
Me despedí de mi amiga con un suave beso en la frente, y me dirigí hacia mi maleta para sacar un bolso pequeño y mi billetera. Al salir, sentí que el peso de la responsabilidad sobre mis hombros solo aumentaba, pero también supe que, pase lo que pase, protegería a mi princesa con todo lo que tenía.
