Desde pequeño había sido consciente de su fuerza, sabía que no era como los demás niños con los que solía jugar. Aunque en realidad no había crecido rodeado de tantos niños, la mayoría eran hijos de pilares y algunos cazadores.
A él le hubiese gustado poder tener una niñez normal, sin embargo, desde corta edad había entendido las circunstancias y aceptado su forma de vida.
Poseer un gran conocimiento y una visión clara de lo que sucedía realmente en el mundo también conllevaba una gran responsabilidad, así que tuvo que madurar a temprana edad.

Y aunque Kyojuro era de corazón bondadoso y de espíritu apasionado, ese no era el único motivo por el que se había obligado a anteponer a los demás antes que a sí mismo.
Aquella conversación que había tenido con su madre, días antes de su partida, era lo que hacía que se aferrara con toda su alma y se lanzara a lo imposible.
Porque si ella había creído en su fuerza, él no tenía razones para no creer en sí mismo.
Aunque tampoco era como si jamás hubiese tenido miedo o dudas. Por supuesto que las tenía, sin embargo, eso jamás lo había detenido.

Siempre había sido muy sociable y extrovertido, pero en lo más profundo de su pecho existía un rincón silencioso. Uno que a veces se llenaba de incertidumbre.
En ese rincón vivía el niño que observaba a su padre perder la voluntad, el hermano mayor que intentaba llenar los espacios vacíos con palabras entusiastas para que Senjuro no se sintiera solo.
El adolescente que entrenaba hasta sangrar los nudillos porque el mundo no se detenía, y no podía permitirse ser débil.
El hombre que ahora tenía frente a sí al demonio más poderoso que había enfrentado en toda su vida.

Akaza.

Y lo sabía… por más que lo negara, lo sabía: no podía ganarle.
Su cuerpo ya estaba comenzando a resentir la diferencia entre sus fuerzas. Su brazo izquierdo dolía. Tenía grietas en el hueso. Su respiración no podía sostenerse por mucho más.
Y aún así… ahí estaba. Erguido, con la espalda recta, los ojos ardiendo como soles.
Su corazón, aunque agitado, latía con una firmeza inquebrantable.

—Mi deber es proteger a los inocentes… —se dijo a sí mismo, casi como un rezo.
No como un mandato, sino como un deseo.
Uno que no surgía de la obligación ni del deber… sino del amor.
Amor a la vida, al mundo, a las personas que sonreían al amanecer sin saber lo que la oscuridad acechaba tras las sombras.

Kyojuro apretó los dientes, bloqueó otro golpe, giró con torpeza y lanzó un corte que apenas rozó el cuello de Akaza.
No había dolor más grande que el de ver que ni siquiera su mejor esfuerzo era suficiente.

Pero en ese instante —solo por un momento— recordó las palabras de su madre.
Su voz dulce, fuerte, como la brisa que enciende las brasas:
"Kyojuro… aquellos que nacen fuertes, tienen el deber de proteger a los que no lo son. Esa es nuestra misión. Esa es tu llama."

La voz de su madre aún vivía en lo profundo de su alma. En medio del estruendo de la batalla, esas palabras eran su centro. Su razón.

—¡Señor Rengoku! ¡Aguante, por favor!

Zenitsu e Inosuke, con el cuerpo aún temblando de agotamiento, observaban con desesperación. Sabían que no podían hacer nada contra un demonio de esa categoría.

Rengoku no los miró, pero sonrió para sí. No tengan miedo… el amanecer está cerca.

Akaza sintió un nudo en el pecho.

—¡Déjalo ya! —gruñó, casi molesto consigo mismo—. ¡Si mueres aquí, será un desperdicio! ¡Solo acéptalo! ¡Hazte más fuerte!

—No permitiré que sigas matando a inocentes —declaró con voz firme, sus ojos brillando con la intensidad del fuego.

Akaza sonrió, fascinado. Nunca antes había enfrentado a un humano como él.

—Eres un hombre formidable, Kyoguro —admitió el demonio—. Es una pena que insistas en morir como uno.

El Pilar de la Llama apretó la empuñadura de su katana, preparándose para el próximo ataque, pero Akaza no se movió. En cambio, algo cambió en el aire.

Rengoku se preparó para atacar de nuevo. No tenía miedo de morir. De hecho, ya había aceptado su destino. Pero este demonio… este demonio no quería matarlo.
Esa certeza lo golpeó de repente.

Su respiración se rompía en jadeos entrecortados. Sangre en sus labios, en su uniforme, en la tierra.
Cada músculo le ardía. Sus sentidos comenzaban a apagarse como llamas consumidas por el viento.

Akaza se detuvo frente a él. No lo atacó. Solo lo miró con esos ojos que no contenían odio, sino algo más complejo: una mezcla de respeto, obsesión… y lástima.

—Eres fuerte, Kyoguro —dijo, casi con solemnidad—. Más fuerte que muchos humanos que he enfrentado. Tienes convicción. Tienes fuego. Tu cuerpo está destrozado y aún sigues de pie. Eso es admirable… es hermoso.

Kyojuro apretó los dientes. Su aliento denso formaba nubes rojas al mezclarse con la sangre en su garganta. No dijo nada.

Akaza dio un paso hacia él.

—No deberías morir aquí. No tú. No con ese potencial. Conviértete en demonio, Rengoku. —La voz era firme, casi suplicante—. Podrías volverte aún más fuerte. Inmortal. Si abandonaras ese cuerpo humano tan frágil.

Kyojuro, aun con la visión nublada, le sostuvo la mirada.

—No hay fuerza… sin corazón.

Akaza entrecerró los ojos.

—¿Corazón? ¿De qué sirve el corazón cuando estás a punto de morir? ¿De qué sirve tu sacrificio cuando mañana habrá otro demonio, otra masacre, otra injusticia? Los humanos son débiles. Envejecen. Dudan. Se traicionan. Se matan entre ellos. ¿De verdad crees que todos valen la pena?

El silencio fue pesado. Akaza continuó, con un destello de rabia.

—¡Tú mismo lo sabes! ¡Hay humanos que son más crueles que cualquier demonio! ¡Y tú… eliges morir por ellos!

Kyojuro apenas logró enderezarse. Su voz, quebrada pero firme, atravesó el aire como un relámpago.

—Es precisamente… porque somos efímeros… que nuestra vida tiene valor. Cada día cuenta. Cada sonrisa. Cada gesto de bondad. Y si hay oscuridad… entonces alguien debe mantener encendida la llama.

Un estremecimiento recorrió el campo de batalla. El suelo bajo sus pies vibró con una fuerza desconocida.

—¿Qué es esto? —gruñó Rengoku, su cuerpo respondiendo al peligro con puro instinto.

Akaza lo observaba con una expresión que no correspondía a un guerrero en combate. No era arrogancia, ni diversión… era algo más profundo. Algo casi parecido a la duda.

—No puedo matarte —murmuró Akaza, más para sí mismo que para Rengoku—. Pero tampoco puedo dejarte ganar.

Sabía que si dejaba con vida a Rengoku, Muzan lo consideraría una traición. Pero si lo mataba… ¿qué quedaría de ese hombre admirable? ¿Otro nombre olvidado en la larga lista de guerreros que perecieron ante su fuerza?

No quería que muriera.

Había algo en Rengoku que lo hacía imposible de odiar.
Algo que le recordaba a la persona que una vez fue.

—No. —La voz de Akaza fue apenas un susurro.

Entonces, tomó una decisión.

Rengoku sintió la perturbación en el aire antes de verla. Una fisura, delgada como un cabello, apareció detrás de Akaza.

El instinto de Rengoku gritó peligro, pero su cuerpo ya no respondía con la misma velocidad.

Akaza cerró los ojos por un segundo.

—Tal vez nos volvamos a encontrar —dijo, y por primera vez en siglos, sonó casi humano.

La grieta se expandió en un parpadeo y lo devoró todo.

Rengoku sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies, su cuerpo arrastrado hacia un abismo de sombras y fuego. Los gritos de Tanjiro, Zenitsu e Inosuke se desvanecieron en la distancia.

No había luz, no había sonido.

Solo vacío.

Y después… la nada.