Capítulo 1 – Oscuridad.

POV: Severus Snape

El atardecer caía sobre Hogwarts con esa tranquilidad engañosa que solo un lugar antiguo, cargado de historia y de secretos, podía ofrecer. En los pasillos aún se oían murmullos, risas apagadas, pasos que morían contra la piedra. Todo en apariencia normal. Perfecto para encerrarme en las mazmorras a trabajar sin interrupciones, lejos de alumnos, colegas y estupideces.

Pero había algo que no encajaba. Sentía una presión sorda detrás del cuello, esa sensación que se instala sin aviso y no se va hasta que haces algo al respecto. No era paranoia, era supervivencia, y me había salvado demasiadas veces como para ignorarla ahora.

Un paseo, me dije. Un pretexto, nada que no hubiera hecho antes para calmar mi mente. Subí escaleras como si algo me guiara sin consultarme. Para cuando quise darme cuenta, ya estaba en el séptimo piso. Los pasillos estaban desiertos, los retratos apenas se movían. Todo demasiado... quieto. No recuerdo haber cruzado palabra con nadie, solo recuerdo el eco de mis propias pisadas, y ese presentimiento cada vez más insistente, como si algo a punto de quebrarse estuviera reteniendo el aliento justo frente a mí.

Fue entonces cuando la vi: la puerta de la oficina del director estaba apenas entreabierta.

"...Una jugada impecable, Peter. Sabía que no me defraudarías."

La voz era inconfundible. También lo era el tono: suave, sí, pero no por amabilidad. Era la suavidad de un cuchillo bien afilado, la del veneno que se disuelve en un vaso de vino sin que el paladar lo detecte.

Me acerqué sin hacer ruido y miré por la rendija. Pettigrew estaba en el suelo, arrodillado como un perro viejo. Temblaba. Nunca me cayó bien, ni cuando éramos jóvenes. Y verlo así no me causó lástima, pero sí asco. No por su cobardía, sino por el tipo de obediencia que estaba presenciando.

"He hecho todo lo que pidió, profesor. Ellos... los Potter confían en mí. No sospechan nada."

Dumbledore sonrió. No era la sonrisa que usaba con los alumnos ni con el Ministerio. Era algo más contenido, más frío, como si cada músculo de su cara respondiera a una estrategia.

"Lo sé, Peter. Tu lealtad será recompensada. Cuando este mundo esté a mis pies, serás más que un simple sirviente. Tendrás el lugar que mereces a la luz de todos."

Me obligué a respirar despacio. Mi corazón latía en mis sienes, estruendoso, sordo.

"¿Y el Señor Tenebroso?" —preguntó Pettigrew, con esa voz quebrada que parecía parte de su personalidad. "¿Qué pasará cuando él descubra...?"

"Él no descubrirá nada" —respondió Dumbledore de inmediato—. "Porque morirá antes de tener oportunidad."

Pettigrew alzó la mirada, incrédulo. Incluso yo lo estaba. Pero luego lo tuve claro. No por lo que dijo, sino por cómo lo dijo. Dumbledore no planeaba vencer a Voldemort, planeaba reemplazarlo.

"Pero... él es poderoso. No hay nadie..."

"No hay nadie más poderoso que la fe ciega de las masas", añadió, como si compartiera una revelación filosófica.

Albus se levantó, caminó hasta la ventana. Tenía las manos cruzadas detrás de la espalda, en una pose perfectamente calculada. No era contemplación. Era estrategia.

"¿Cuántos cadáveres crees que se le han adjudicado estos años? Algunos los mató. Otros, no. La historia la completa la gente sola, con un poco de miedo y la dirección adecuada."

Pettigrew lo miró con los ojos desorbitados.

—¿Quiere decir que usted...?

—Fueron sacrificios necesarios. Personas sin importancia, en el esquema general. Y ahora, cuando todos le teman más a él que a mí, no tendrán otra opción que rogarme por protección.

El mundo se estrechó a mi alrededor; cada palabra era un golpe seco. No podía creerlo. No quería. Pero lo entendía.. No era Voldemort el monstruo. ¡Era él! ¡Era Dumbledore!

"Tiene todo planeado, profesor."

"¿Qué clase de líder sería si no?" Hoy, a media noche, el mundo mágico estará sobre la palma de mi mano. —Dumbledore rió encantado.

Me alejé antes de pensarlo. El hechizo Muffliato me envolvió al instante. Bajé los escalones sin recordar cómo. Solo sabía que tenía que advertirle a Lily, a James, ¡ninguno podía quedarse ahí!¡Estaban en peligro! ¡Debían proteger a Harry!

Corrí. La túnica flotaba tras de mí, el eco de mis pasos resonaba en los muros como si me persiguiera el fin del mundo.

Ya podía ver la chimenea y la red flu cuando una figura emergió de entre las sombras de mis habitaciones: Lucius Malfoy.

—Severus —dijo, como si me hubiera visto volver de un entierro.

Me detuve en seco. No por decisión. Por agotamiento. Me temblaban las manos.

—¿Sev, qué demonios ocurre?

No respondí. Ni siquiera sabía cómo empezar. Lucius no esperó una respuesta. Sacó su varita y lanzó un hechizo de silencio que rodeó mis habitaciones como un muro invisible. Luego, me sujetó de los hombros con firmeza

—Snape. Mírame.

Y lo hice. Sus ojos eran acero, firmes, serios. Pero detrás del control había algo más: una preocupación genuina.

—Habla. —dijo en voz baja pero amenazante—. Ahora.

Y hablé. O más bien, escupí las palabras. Todo salió a trompicones: Pettigrew, Dumbledore, el plan para destruir a los Potter y culpar a Tom, el futuro escrito con cadáveres. Cada palabra que decía hacía que la expresión de Lucius se oscureciera más.

Cuando terminé, sentí que apenas podía sostenerme en pie. Lucius permaneció en silencio un momento, asimilando todo. Me observó y soltó el aire con lentitud.

—No puedes ir solo.

—Tengo que advertirles.
—No. —Su negativa fue tajante—. Si lo haces, te matará antes de que abras la boca.

—¡No puedo quedarme de brazos cruzados! —grité, mi voz apenas conteniéndose dentro del espacio sellado.

Lucius dio un paso hacia mí. Su rostro estaba grave, pero sereno.

—Por eso iremos juntos. Pero no a la casa de los Potter. Vamos a Riddle Manor. Necesitamos a Tom. Los tres pensaremos en algo mejor que solo ir ahí a morir.

—¿Estás loco?

—Sí. Pero tú también. Y por eso funcionamos.

Lucius apoyó una mano en mi hombro, esta vez con la calidez de un hermano y nos dirigimos a la chimenea.

—Mansión Riddle. — Lucius arrojó el polvo flu y desaparecimos entre las llamas verdes sin vacilar.

La aparición fue limpia, aunque impregnada de un eco ominoso. Las llamas verdes se extinguieron a su alrededor en un susurro, dejando a Severus Snape y Lucius Malfoy de pie en la elegante pero sobria sala de recepción de la Mansión Riddle. El lugar estaba sumido en la penumbra, bañado solo por la luz de un par de candelabros flotantes. Nada en el ambiente hacía suponer que aquel sitio fuera el hogar del que el mundo mágico conocía como el Señor Tenebroso.

Lucius fue el primero en moverse; caminó al frente con la seguridad de quien conoce cada rincón y cada sombra de aquel lugar. No esperó a que un elfo doméstico anunciara su presencia, sabía que no hacía falta, pues Tom ya los habría sentido llegar.

Severus, en cambio, se mantuvo apenas un paso detrás, su mente aún atrapada en las imágenes de la oficina del director, en la voz suave y cruel de Dumbledore, en la risa contenida de Peter Pettigrew, y en el nombre de Lily martillando sin tregua en su cráneo.

Cuando cruzaron el umbral de la biblioteca, lo vieron. Tom Riddle no era la criatura deformada y grotesca que los rumores habían dibujado en la imaginación de tantos. Seguía siendo el hombre guapo que había sido hace años: alto y apuesto a pesar de las canas en su cabello; de rasgos nobles y piel tan pálida como el mármol. Sus ojos, de un marrón oscuro, rojizo en ciertos ángulos. Desde el punto de vista de Severus, sus ojos eran lo único que delataban la profundidad de su alma al mostrarse intensos, inteligentes, peligrosos.

Tom estaba de pie, ataviado en una camisa negra de lino abierta en el cuello y las mangas remangadas hasta los codos. Sostenía un libro en una mano, aunque lo cerró con suavidad al verlos entrar.

—Lucius —saludó primero, con una inclinación leve de cabeza, antes de dirigir su mirada a Severus— Severus, es... es bueno verte después de tanto tiempo. ¿Me dirán que los ha traído hasta aquí?

Lucius no respondió de inmediato. Se tomó el tiempo de conjurar un nuevo hechizo de silencio, esta vez reforzado por su varita y la de Severus en sincronía. Solo cuando estuvo satisfecho, habló.

—Es Dumbledore.

Tom no mostró sorpresa y tampoco esbozó un gesto de inquietud. Simplemente, se acercó al sillón más cercano y se sentó, cruzando las piernas con la elegancia de un rey aburrido en su propio trono.

—Dumbledore ha hecho muchas cosas, Lucius. Sé más específico.

Severus fue quien habló. Su voz, por primera vez en mucho tiempo, tembló.

—Está planeando destruir a los Potter. Hacer parecer que tú eres quien los ha asesinado. Y usarlo para afianzar su dominio sobre el mundo mágico.

Riddle lo observó durante un largo momento. Su rostro no cambió, pero sus ojos... sus ojos ardieron como carbones encendidos.

—Explícate —ordenó y Severus obedeció.

Severus le relató todo. Cada palabra escuchada en la oficina, cada frase, cada mirada, cada intención velada que había intuido. No ocultó nada. Sabía que en presencia de Tom no había espacio para medias verdades. Su voz recuperó fuerza a medida que avanzaba en la narración, aunque su garganta seguía ardiendo como si hablara a través de astillas.

Lucius intervino solo para señalar los matices que él había percibido en Severus al encontrarlo en las mazmorras.

Cuando terminaron, el silencio fue absoluto.

Tom Riddle se recostó en el sillón, entrelazando los dedos bajo el mentón. Parecía contemplativo y tranquilo, pero Lucius sabía bien lo que estaba ocurriendo en su interior. Lo había visto antes: la furia de Tom no era una tormenta violenta y explosiva. Era la marea que subía despacio, silenciosa, hasta que ahogaba todo a su paso.

—Peter Pettigrew —murmuró Tom al fin, como si probara el nombre en su lengua—. Nunca le di importancia. — Sonrió, pero la expresión estaba desprovista de humor. —Y ahora es la jodida astilla clavada en el pulgar de los Potter..., y en el mío también. Encantador.

—No podemos dejar que Dumbledore se salga con la suya —dijo Severus, tenso, casi al borde—. No a costa de ustedes. Ninguno lo merece.

Por un momento, los ojos de Tom se suavizaron, y nadie más lo habría notado, excepto Lucius.

—No lo hará —dijo Riddle, con la calma de quien dicta sentencia—. No mientras podamos evitarlo.

Se incorporó con un movimiento fluido y fue hacia un armario alto de roble oscuro. De su interior sacó uno pequeño frasco de cristal.

—Trae tus recuerdos, Severus. Quiero verlo por mí mismo cuando regresemos.

Severus asintió. Se acercó y colocó la punta de su varita en la sien; el hilo plateado de su memoria emergió y cayó suavemente en el pensadero.

—Dumbledore se ha extralimitado —dijo en voz baja—. Esta vez, no se trata de política, ni de influencia. Se trata de familia.

Lucius se acercó a Severus y le apoyó una mano en el hombro, firme. Severus estaba rígido, pero el contacto lo ancló de nuevo.

—Iremos a por ellos —afirmó Tom—. Nos adelantaremos a Dumbledore. Protegeremos a los Potter. Y cuando el momento sea propicio... expondremos su traición ante todos.

—¿Cómo? —preguntó Severus, la voz áspera—. No podemos simplemente ir a su casa y llevarlos con nosotros. Se negarán a confiar en ti. James, él...

Tom esbozó una sonrisa, pequeña, casi resignada.

—James Potter es un idiota —admitió—. Pero ama a su familia. Y yo amo a los míos. Haré que entienda.

Lucius frunció el ceño.

—No podemos confiar en el azar. Dumbledore es metódico, cauteloso. Si Peter ya ha revelado la ubicación de los Potter, es cuestión de tiempo para que actúe.

Tom asintió.

—Nos moveremos en dos hora. Lucius, irás a buscar a Narcissa y asegurarás Malfoy Manor. Será nuestro refugio provisional.

—A tus órdenes. — Lucius inclinó la cabeza.

—Severus, tú vendrás conmigo —añadió Tom.

—Bien.

—Hagámoslo —dijo Riddle—. Antes de que sea demasiado tarde.

Lucius se volvió hacia Severus y, antes de irse, lo sostuvo de los brazos, con fuerza.

—Confiemos en él —susurró—. Como él confía en nosotros.

Tom observó cómo Lucius desaparecía en un destello limpio y elegante. Sus ojos, sin embargo, no tardaron en buscar a Severus. Había algo en la postura del hombre, en la manera en que sostenía el cuerpo rígido pero contenía la tormenta bajo la superficie. Era la misma fuerza fría y calculada que siempre había admirado en él.

A veces le parecía que Severus era la única persona que había logrado no solo entenderlo, sino alcanzarlo. Desde el principio, Tom lo había visto como su igual. Ambos criados en entornos hostiles, ambos moldeados por la ausencia de amor y el peso de un mundo que nunca esperó nada de ellos salvo obediencia o sumisión. Y ambos se habían negado a ceder.

Por eso lo había traído a su círculo más cercano. Por eso, en sus primeros años como Lord Voldemort, había confiado en Severus de un modo que nunca confió en nadie más. Porque, en el fondo, se entendían. Eran lo mismo: mentes brillantes, corazones endurecidos, ambición alimentada por el dolor.

Pero había cometido un error. Un error que aún sentía pesado en la conciencia, aunque jamás lo admitiría en voz alta.

En aquella reunión, había sido cruel. Demasiado cruel. Una humillación pública que en otro tiempo habría considerado necesaria para mantener el orden, para reforzar su dominio. Sin embargo, con Severus había sido distinto. Había visto el destello de dolor y rabia en sus ojos. Orgullo herido.

Y luego, Severus se alejó.

Por un tiempo, Tom se convenció de que volvería cuando estuviera listo, que sus palabras no habían hecho más que endurecer aún más al hombre que había forjado a su lado. Pero en lugar de eso, Severus se volcó en su arte. Terminó su maestría en pociones con un reconocimiento que nadie había visto en décadas y se convirtió en uno de los duelistas más letales en defensa contra las artes oscuras.

Nadie se atrevía a subestimarlo.
Nadie salvo él, aquel día.
Y lo había perdido.

Luego se enteró de que Dumbledore le había ofrecido trabajo en Hogwarts y, para su sorpresa, Severus había aceptado. ¿Descanso? Quizá. ¿Una retirada estratégica? Tal vez. Pero Tom había sentido el filo de su ausencia en cada consejo y en cada batalla, porque Severus era el único que había podido cuestionarlo sin temor, el único que se atrevía a discutir sus ideas sin titubeo. Y aunque le irritara en el momento, ahora comprendía que lo necesitaba.

Hoy, cuando la guerra parecía precipitarse hacia un desenlace incierto, Tom había comprendido algo más profundo aún: no podía ganar sin él.

No quería ganar sin él.

Se acercó entonces. Su mano descansó sobre el hombro de Severus como cuando su alianza aún estaba intacta.

—Haremos lo que esté a nuestro alcance para detener esto —dijo, con la seguridad de quien hace un acuerdo antiguo—. No si luchamos juntos, Sev. Como en los viejos tiempos...

Por un segundo, solo por un segundo, Tom sintió que no todo estaba perdido y Severus creyó de nuevo en sus palabras después de tanto tiempo.

31 de octubre de 1981,. Godric's Hollow.
-La noche caía, y con ella, la esperanza.-

El aire estaba cargado de un presagio oscuro. No el tipo que se siente como superstición pasajera, sino ese peso que se clava en el pecho y se hace difícil de ignorar. Severus Snape lo sabía, lo supo cuando salió por última vez del despacho de Tom Riddle. Lo supo cuando Lucius le agarró la muñeca con fuerza intentando detener su impulso de lanzarse a Godric's Hollow por sí mismo.

Pero Tom fue claro: No te arriesgarás sin mí. No esta vez.

Tom Riddle era meticuloso, calculador hasta el extremo, pero esa noche sentía el ritmo acelerado de su corazón golpeándole el pecho. Había delineado un plan tan perfecto como se lo permitía la situación: la aparición precisa en el límite del encantamiento de Fidelius, la ruptura cuidadosa de la barrera a través del punto débil que Peter Pettigrew, el traidor, había dejado. Entrar, tomar a los Potter y llevarlos a salvo antes de que Albus Dumbledore pudiera actuar.

Pero algo falló.

Tom lo supo en el momento exacto en que cruzaron el límite protector. El ambiente estaba... raro. Demasiado silencioso para su gusto.

—Algo no va bien —susurró para sí, apretando la empuñadura de su varita.

Dentro de la casa, James Potter contemplaba en silencio un retrato que presidía la chimenea. La imagen, fija y entrañable, mostraba un instante robado en el campo de Quidditch: Remus, Sirius, Frank Longbottom, Severus, Lily, él mismo... y Peter Pettigrew. Todos abrazados, sonrientes, mirando hacia la cámara como si nada pudiera quebrar aquella felicidad.

James suspiró, sintiendo cómo un nudo amargo se apretaba en su garganta. De todos los rostros allí retratados, había uno que desearía haber arrancado: el de Pettigrew. Sabía ahora, con la claridad cruel de quien ve tarde sus errores, que su amistad con Peter había sido el mayor error de su vida. Siempre que Peter estaba cerca, los problemas no tardaban en llegar. Siempre había algo torcido, algo descompuesto en su risa, en sus actos. Y sin embargo, había tardado demasiado en verlo.

Un leve chirrido cortó el silencio, proveniente de la puerta trasera. Apenas perceptible para cualquiera, pero no para un auror como James. Su cuerpo se tensó de inmediato. Se giró, varita en mano, y entonces lo vio.

Peter estaba allí: gordo, encorvado, con la boca entreabierta en una mueca que era mitad sonrisa, mitad espasmo. Sus ojos pequeños brillaban de un modo enfermizo, y de sus labios caía un hilo de baba.

—¿Peter? —la sorpresa de James se mezclaba con desconfianza— ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Cómo entraste?

Peter ladeó la cabeza, como si se burlara de la pregunta.

—James, James, James... —entonó su nombre como una burla, una canción maldita— El gran jugador de Quidditch, el auror que todos admiran... Parece que no eres tan bueno como dicen, ¿verdad?

James frunció el ceño.

—¿De qué hablas?

Peter soltó una carcajada quebrada y señaló el retrato sobre la chimenea con un dedo tembloroso.

—¡Ellos! ¡Tú! ¡Siempre me miraron como si fuera menos! Nunca fuiste capaz de verme realmente, James. ¡Nunca me diste mi lugar!

—¡Eso no es cierto! —replicó James, sintiendo que algo muy malo iba a ocurrir— ¡Siempre fuiste nuestro amigo!

—¿Amigo? —Peter escupió la palabra como si fuera veneno— ¡Tú amabas ser el centro! ¡Amabas tener todas las miradas, las ovaciones! ¡Todo era para ti! Y yo... —su voz se quebró en un sollozo histérico— Yo te amaba, James... Y tú... tú debiste amarme también.

Por un instante, el tiempo pareció suspenderse. James apenas alcanzó a mover su varita cuando Peter, con un grito agudo, la levantó primero.

—Hasta nunca... mi amor.

Un destello verde surcó el aire. La maldición asesina golpeó a James en el pecho antes de que pudiera reaccionar. Su cuerpo cayó sin ruido, como una marioneta a la que le cortan los hilos.

La casa quedó en silencio. Nadie lloró su muerte. Nadie estuvo allí para hacerle justicia.

Desde arriba, Lily Potter escuchó el golpe sordo del cuerpo de James contra el suelo antes de oír el hechizo e inmediatamente supo lo que significaba. Con el corazón en la garganta, corrió al cuarto de su hijo.

Cada paso era un siglo.
Cada respiración, una tortura.

Lily llegó al cuarto de Harry y lo tomó en brazos, temblando.

—Shhh... mi amor, mamá está aquí... mamá está aquí... —susurraba frenéticamente mientras trataba de pensar qué hacer.

Y entonces escuchó otra voz. Una voz fría. De esas que tienen siglos de oscuridad detrás, pero que esa noche sonaba... dolida.

—¡Lily, agáchate!

Tom Riddle, el mismísimo Lord Voldemort, se encontraba en el umbral de la habitación. Su rostro no mostraba crueldad ni sed de sangre. Solo una urgencia desesperada, pero Lily apenas tuvo tiempo de mirar, porque justo detrás de él, Peter Pettigrew, en su forma humana, alzó su varita.

"Avada Kedavra."

¡Todo ocurrió en un parpadeo! Tom se interpuso, con el brazo extendido, protegiéndolos como un escudo de carne y hueso, y la maldición impactó de lleno en su pecho.

Lily gritó, Harry lloró.

Tom cayó de rodillas, el cuerpo temblando. La habitación entera se llenó de una energía violenta que se desbordó en todas direcciones y parte de esa magia asesina, rebotada, impactó sobre la frente del niño inocente que Lily sostenía contra su pecho.

El estallido fue ensordecedor y Harry lloró con un grito que heló la sangre.

Tom Riddle miró a la mujer frente a él y lo que dijo a antes de exhalar por última vez no fue una orden, sino una súplica: "Corre...".

—¡No! —Lily retrocedió unos pasos sin poder creer que ahí, en su casa, y frente a ella, yacía ahora el cuerpo inerte de un hombre al que jamás creyó ver frente a frente, y mucho menos con la intención de defenderlos de la muerte.

La mujer se giró sobre sus talones dispuesta a tomar un traslador de emergencia para huir de ahí. La aparición no era opción, no con Harry siendo tan pequeño.

Lily apenas logró avanzar unos pasos cuando una risa cruel, cortante y demencial llenó el aire.

—Qué heroico, Tom, y poéticamente inútil —dijo Albus Dumbledore mientras caminaba entre los escombros sin el menor apuro; sus ojos azules, antaño cálidos, estaban vacíos, brillaban de satisfacción y locura.

—¿Albus? ¿Tú...?

—¿Impresionada?

— ¡Maldito bastardo! ¡Confiábamos en ti! ¡Siempre hicimos todo lo que nos pediste! ¡¿Cómo pudiste?!

—Oh, sí, querida. Qué decepción saber que te esforzaste tanto...—Dumbledore alzó la varita—. Pero esto es necesario. La profecía no podría cumplirse si los dejara con vida.

—Te amo, Harry —susurró Lily, y se interpuso entre la maldición y su hijo.

Colagusano, que aún temblaba tras ver caer a Tom Riddle, se levantó torpemente y recogió a Harry del suelo, sosteniéndolo como quien porta un trofeo robado.

—Lo traje... —dijo, dirigiéndose a Dumbledore como un perro sumiso.

Albus lo miró por un momento, tomó en sus brazos al niño y sonrió con crueldad.

—Sabes, Peter —dijo con voz casi tierna—, los traidores mueren solos.

Y sin previo aviso, lo fulminó. La maldición asesina estalló en el pecho de Peter que cayó con un susurro apenas audible antes de morir.

Harry lloraba en los brazos del anciano y Albus lo sostuvo con una sonrisa fría, casi piadosa.

—Shhh... pequeño salvador —susurró—. Aún queda mucho por hacer.

Con pasos firmes pero apresurados, Dumbledore salió de la casa de los Potter con el primogénito en brazos. A su encuentro llegó Sirius Black, mejor amigo de James y padrino del niño, pero el viejo sabía que Sirius entorpecería sus planes si asumía la custodia de Harry, así que, sin remordimiento alguno, Albus le lanzó un Imperius y le ordenó encenderle fuego a la casa de los Potter al igual que a las casas que la rodeaban.

No muy lejos, Severus vio el destello verde. La mansión Potter ardía en el horizonte como un presagio del fin al igual que las dos cosas que estaban a los lados.

La magia oscura y la desesperación saturaban el aire como un veneno, sin embargo, Severus Snape no lo sentía. No aún. Estaba congelado; las llamas reflejadas en sus ojos negros eran lo único que se movía en su rostro inmóvil.

Lily estaba muerta.
Y él... Él había llegado tarde.

Apenas había cruzado el umbral destrozado cuando la vio tendida sobre el suelo, como si durmiera.
El cuerpo de Lily Potter yacía rígido, los cabellos rojos desparramados sobre el suelo manchado de hollín y ceniza. Sus ojos, abiertos, miraban algo que Severus no podía ver. No importaba cuántas veces parpadeara. Ella seguía ahí, inerte.

Severus cayó de rodillas a su lado.

—No... no, por favor... —su voz se quebró, rasgándole la garganta.

Temblando, pasó una mano sobre su rostro, cerrándole los ojos con la reverencia de quien toca un relicario sagrado. Sus dedos, que jamás temblaban ni siquiera bajo presión, apenas podían contenerse.

—Te fallé... —murmuró, con los labios rozándole la frente— Lily, por Merlín... perdóname... — Se inclinó hasta apoyarse en su pecho. La abrazó con una desesperación que lo vació por dentro. —No quería que esto terminara así... no... no debió terminar así...

Severus se quedó allí, respirando hondo, con el cuerpo de su mejor amiga (y a quien consideraba una hermana) entre sus brazos.

Incapaz de moverse e incapaz de pensar, Severus solo podía escuchar al eco del caos y el crujido de la madera que cedía bajo el fuego.

El tiempo no existía ya para Severus.
Pero Lucius Malfoy sí.

—¡Severus! — La voz resonó en la habitación en ruinas.

Severus no reaccionó.

Lucius apareció entre el humo, su capa agitándose tras él, su varita brillando como una estrella blanca. Entró de golpe y lo vio: su amigo, su hermano, aferrado a un cadáver, consumido por un dolor tan antiguo que parecía haber nacido en él.

Lucius palideció.

—No... —susurró, y por un momento, el hielo que lo recubría como escudo de familia noble se resquebrajó, pero el tiempo apremiaba —Severus —dijo, firme, cruzando el espacio que los separaba—. Mírame.

Nada.

Lucius se agachó a su lado, ignorando las brasas que empezaban a caer del techo.

—Hermano, no tenemos tiempo.

Severus no parpadeó.

Lucius apretó los dientes, luchando contra el nudo en su garganta; alzó la varita y conjuró un Muro de Silencio alrededor de ambos, pues lo último que necesitaban era ser escuchados. Sin perder la elegancia, se inclinó aún más, tomó el rostro de Severus entre sus manos y lo obligó a mirarlo.

—No puedes salvarla. Ya no —susurró, y cada palabra fue un castigo que lo quemaba—. Pero a mí... aún puedes salvarme, Sev.

Los ojos negros de Severus temblaron, brillaron apenas en un reflejo de cordura.

Lucius continuó: "a Tom lo mataron, Severus. A Lily también. Si tú mueres aquí, no quedará nadie para recordarlos como deben ser recordados."

Un crujido ensordecedor llenó el aire; el segundo piso de la casa se derrumbaba. Lucius no esperó respuesta y se inclinó hacia el cuerpo de Lily.

—Lo siento, Lily... —murmuró, y con manos firmes apartó los dedos rígidos de Severus del vestido de su amiga.

El alarido que Severus lanzó no fue humano; Lucius lo sostuvo, lo alzó por debajo de los brazos como quien rescata a un niño perdido en una tormenta.

—Te prometo que haré que paguen, hermano.

Severus forcejeó un instante en señal de protesta, pero Lucius era fuerte, más fuerte que el dolor de su amigo.

—¡Lucius, déjame! ¡Ella está sola! ¡No puedo dejarla!

—¡Ella ya no está aquí, Severus! ¡Es hora de irnos! — Lucius lo sacudió; un instante después, conjuró un Fulgurae que derribó la ventana y los envolvió a ambos en luz blanca.

El rugido de la casa al colapsar fue lo último que escucharon en Godric's Hollow.

Se desvanecieron.

Una aparición poderosa, impulsada no por cálculo, sino por el instinto de un hombre desesperado por salvar al único amigo y hermano que le quedaba en el mundo...

Hasta llegar a la Mansión Malfoy, Lucius no soltó a Severus ni un segundo. Lo llevó directo al salón principal, donde lo ayudó a sentarse en el sofá que estaba frente al fuego de la chimenea.

En ese mismo lugar, Regulus Black los esperaba ansioso.

—¿Qué sucedió? —Regulus no podía creer lo que veía. Severus no hablaba, apenas respiraba, pero su mano se cerraba alrededor de la túnica de Lucius, como si fuera su única ancla. —¿Y Tom...?

—Necesitaré pociones calmantes. —Respondió sin prestarle atención— Y el licor más fuerte que tengamos en el viñedo.

—¡Maldición, Lucius! —Regulus tomó al rubio por el cuello de la camisa con fuerza — ¡¿Dónde está Tom?!

Lucius negó con la cabeza.

—Lo siento...

Regulus dio un paso hacia atrás como si lo acabaran de abofetear. No podía creerlo. No quería hacerlo...

Lucius puso una mano sobre su hombro y le dio un suave apretón para luego dejarlo solo procesando lo que acaba de escuchar. Luego se arrodilló frente a Severus y con una paciencia que no tenía, le sostuvo el rostro una vez más.

—Por mi magia que los haré arrepentirse de lo que hicieron —dijo—. Le haré pagar a Dumbledore por ella, por Tom. Por todos nosotros.

Así el mundo mágico amaneció creyendo la mentira que Albus había urdido, sin saber que la verdadera oscuridad tenía ojos azules y risa de viejo.

"¡Extra! ¡Extra! ¡Lord Voldemort asesina a los Potter!"

El resto de los titulares decían: "Sirius Black, un traidor." "Harry Potter, el niño que vivió", "Harry, el bebé que venció sin miedo al señor tenebroso."

Lucius Malfoy, Severus Snape y el recuerdo de Tom Riddle serían los únicos que sabrían la verdad.

Por ahora.