Este fanfiction está inspirado en Inuyasha, obra original de Rumiko Takahashi. Los personajes, nombres y elementos del universo de Inuyasha no me pertenecen; todos los derechos son de sus respectivos creadores. Esta historia es una obra de ficción sin fines de lucro, escrita con el propósito de entretenimiento y sin intención de infringir derechos de autor

Capítulo 16 "Una promesa sin contratos"

Inuyasha seguía arrodillado, con la caja abierta entre sus manos, el anillo brillando bajo la luz cálida del jardín. Su corazón palpitaba con tanta fuerza que casi podía escucharlo. El silencio de Kagome era ensordecedor. Él esperaba lágrimas, un "sí" emocionado, un abrazo... cualquier cosa menos esa mirada llena de confusión que ahora lo atravesaba.

Kagome: —Inuyasha... yo... —su voz apenas salió de su garganta—. No entiendo qué está pasando. Esta mañana te fuiste sin despedirte. Me dejaste una nota... una nota con frases lindas, sí, pero una despedida al final de cuentas.

Sus ojos comenzaron a humedecerse. Todo lo que había contenido por semanas amenazaba con desbordarse.

Kagome: —Y antes de eso, durante tanto tiempo me hiciste sentir que ya no había lugar para mí en tu vida, que elegías a Kikyo, que entre nosotros solo quedaba el vacío de un contrato cumplido... ¿Cómo pasamos de eso... a esto?

Inuyasha bajó lentamente la mano, cerró la cajita del anillo sin decir nada y se puso de pie. Sentía cómo algo dentro de él se deshacía.

Claro. La había lastimado tanto, tantas veces, que ahora tenía que vivir con las consecuencias. ¿Qué había esperado? ¿Que ella olvidara todo el dolor con un anillo y una promesa?

Inuyasha: —Tienes razón. Fue muy repentino. Solo... no pude evitarlo. Pensé que si no lo hacía ahora, nunca tendría el valor. Pero no quiero presionarte. Solo quería que supieras lo que siento. Que ahora sí sé lo que quiero. Y que eres tú.

Kagome se llevó una mano al pecho. Escuchar eso era como recibir un balde de agua tibia: reconfortante y doloroso al mismo tiempo.

Kagome: —Dame tiempo, ¿sí? Solo... necesito pensar.

Y sin agregar más, se giró hacia la casa, caminando lentamente hacia la cocina. Cada paso se sentía como una separación más definitiva de él, aunque por dentro su corazón le gritaba que lo amaba.

Inuyasha permaneció quieto en el jardín, la brisa nocturna revolviendo su cabello, recordándole que el amor verdadero no siempre es un acto impulsivo. A veces, también es esperar.

Kagome se sirvió un vaso de agua en la cocina, bebiendo en silencio. A su espalda, Inuyasha entró, cruzando el umbral sin decir palabra al principio. La miró como quien contempla un tesoro al que no se siente digno de aspirar.

Inuyasha: —¿No me respondes por Koga?

Kagome se giró para mirarlo. No había enojo en su rostro, solo cansancio. Tristeza.

Kagome: —No es por Koga. Hoy hablamos... y acordamos que lo nuestro es una amistad sincera. Nada más.

Inuyasha sintió un leve alivio. Pero no fue suficiente para disipar sus inseguridades.

Inuyasha: —Entonces... ¿por qué?

Kagome: —Porque me tomaste por sorpresa —respondió con honestidad, dejando el vaso sobre la encimera—. Porque soñé con este momento muchas veces, pero no así. No con tanto peso, no con tanta confusión aún latiendo dentro de mí.

Se cruzó de brazos, como si tratara de contener su propio corazón.

Kagome: —Yo te amo, Inuyasha. Lo sé. Pero amarte no borra todo lo que pasamos. Y necesito estar segura de que tú también lo sabes. No quiero vivir esperando que vuelvas a huir.

Inuyasha apretó los puños, con el rostro inclinado hacia el suelo. Había fallado tanto... y sin embargo, todavía tenía una oportunidad, aunque fuera pequeña.

Inuyasha: —No volveré a huir. No esta vez. Te esperaré el tiempo que necesites.

Kagome asintió, con una mezcla de alivio y temor. Luego subió lentamente a su habitación. Inuyasha se quedó solo en la cocina, sintiendo que por primera vez estaba haciendo lo correcto: no presionar, no escapar. Solo esperar. Porque el amor que siente por ella... ya no quiere ser una promesa vacía, sino una realidad construida paso a paso.

Kagome despertó más tarde de lo habitual, con una extraña mezcla de calma y ansiedad en el pecho. Recordó vagamente que la noche anterior no había sido un sueño. Inuyasha… su propuesta… su confesión. Su corazón dio un pequeño brinco, pero se forzó a respirar hondo. No debía precipitarse. Aun así, no podía negar que lo que sentía por él seguía tan vivo como siempre.

Bajó las escaleras en silencio, con los pies descalzos acariciando la madera fría. Al llegar al final, la casa la sorprendió: todo estaba limpio, ordenado, cada cosa en su sitio. Ni un cojín fuera de lugar, ni una taza sucia. Como si el mismo viento del mar hubiese barrido con todo lo que alguna vez fue caos.

Pero lo que más le llamó la atención no fue eso. Se detuvo en seco en el umbral de la cocina. Ahí estaba él.

Inuyasha, de espaldas, vestido con una camiseta blanca ajustada que marcaba sutilmente la fuerza de su espalda y brazos, el cabello recogido en una coleta alta, una toalla colgada al hombro. Frente a la estufa, concentrado en lo que cocinaba, tarareando muy bajito una melodía que no reconoció. Se veía tan… varonil. Tan diferente. Tan él.

Y Kagome no pudo evitar quedarse mirándolo. No solo amaba su forma de ser —esa mezcla explosiva de ternura, terquedad, y una profunda lealtad—, sino que también estaba enamorada de todo lo que veía. Alto, fuerte, de complexión firme pero sin exceso. Su piel bronceada, el perfil perfecto, la mandíbula marcada… pero sobre todo, esos ojos ámbar que la miraban como si fuera el centro de su universo.

Como si la hubiera invocado con el pensamiento, Inuyasha giró lentamente al sentir su presencia. La sonrisa que le regaló no era la usual, no era esa ladeada que mostraba cuando estaba siendo sarcástico o coqueto. Era amplia, sincera, luminosa. Y en ese momento, a Kagome le faltó el aire.

Inuyasha: —Buenos días…

Su voz ronca, baja, como arrastrada por el sueño reciente, le acarició el oído. Caminó hacia ella con calma, y sin pensarlo demasiado, colocó una mano firme pero suave sobre su cintura, atrayéndola con ternura. Bajó el rostro y depositó un beso cálido en su mejilla… aunque fue tan cerca de la comisura de sus labios que ella sintió cómo se le erizaba hasta el alma.

Kagome bajó la mirada, incapaz de sostenerle los ojos. No porque no quisiera, sino porque la intensidad de ese gesto la había desarmado por completo.

Kagome: —Buenos días…

Su voz fue casi un susurro. Inuyasha la tomó entonces de la mano, entrelazando sus dedos con los de ella, y la llevó hasta el comedor. La mesa ya estaba servida: jugo natural, pan recién hecho, frutas, café, y lo que parecía ser un desayuno muy elaborado que aún estaba terminando.

Inuyasha: —Siéntate. Yo me encargo de todo.

Kagome obedeció en silencio, sentándose mientras lo observaba moverse con una soltura doméstica que le resultaba casi desconocida… pero que le gustaba. Le gustaba mucho.

Y por un instante, se imaginó así cada mañana. Despertando con ese hombre. Desayunando juntos. Peleando por tonterías. Riéndose. Amándose. A su lado.

Era demasiado pronto para decir que sí. Pero si ese era el nuevo Inuyasha… si ese era el hombre que quería ser para ella… entonces, tal vez, valía la pena arriesgarse. Y con ese pensamiento latiéndole fuerte dentro del pecho, Kagome se permitió sonreír.

Muy bajito, muy para ella sola.

Kagome escribía concentrada frente a la computadora. Los dedos danzaban con agilidad sobre el teclado mientras intentaba dar forma a una idea que rondaba su mente desde hacía días. Estaba tan sumida en su mundo que apenas y escuchaba el ruido sordo de la manguera, los golpeteos suaves del trapo contra el vidrio o el zumbido de la podadora a lo lejos.

Pero de vez en cuando… sí. Se permitía levantar la vista, entre líneas, y lo veía.

Inuyasha estaba afuera, sin camiseta, con el cabello recogido, en pleno combate contra los ventanales salpicados por la humedad del mar. Se movía con determinación, limpiando, puliendo cada rincón. Había lavado la ropa temprano, podado el césped, sacudido todos los muebles. No se quejaba, no decía nada, solo trabajaba. Y lo hacía con una sonrisa tranquila, como si todo en el mundo estuviera en su sitio.

Kagome sonrió para sí. En otro tiempo, Inuyasha le habría reclamado por el uso de la computadora, por la luz encendida, por no estar ayudándolo con las tareas. En otro tiempo… pero ese hombre ya no estaba. Lo que tenía ahora frente a ella era otra versión de él. Más completa. Más madura. Más real.

Para Inuyasha, ese día era como cualquier otro… y al mismo tiempo, como ninguno. Había encontrado placer en lo cotidiano, en esas pequeñas acciones que antes le resultaban una molestia. "Puedo hacer esto todos los días, por el resto de mi vida." Lo pensó con una certeza tan absoluta que le sorprendió. En cada prenda doblada, en cada vidrio limpio, en cada rincón ordenado, dejaba un pedacito de amor. Esta era su forma de agradecerle a Kagome. Por haberle mostrado lo que de verdad importaba. Por haberse quedado cuando nadie más lo habría hecho. Por amarlo… incluso cuando él no se lo merecía.

Subió un momento a su habitación. Se miró al espejo. Respiró hondo. Bajó con pasos decididos.

Inuyasha: —Voy a la oficina a recoger mis cosas. Regreso pronto.

La voz de él sonó suave, casi íntima. Se acercó a ella, que seguía escribiendo, y sin previo aviso, le apartó delicadamente un mechón de cabello del rostro. Se inclinó y le dio un beso en la frente. Lento. Tierno. Cálido.

Kagome se quedó congelada por un segundo. No por incomodidad… sino porque su pecho se le llenó de una paz que hacía mucho no sentía. Todo lo que alguna vez la hirió de Inuyasha, todo lo que dolió, lo que la hizo llorar, parecía haberse desvanecido en ese gesto.

Ya no estaba el hombre impaciente que gritaba por tonterías, que la hacía sentir menos, que se negaba a elegirla. Estaba este hombre, que la miraba como si fuera lo más valioso del mundo, que la cuidaba sin invadirla, que entendía que podía amarla en libertad. Con respeto.

Por su parte, Inuyasha también se marchaba con el alma tranquila. Ya no necesitaba fingir distancia, ya no debía reprimir lo que sentía. Kikyo ya no formaba parte de la historia. No había promesas que cumplir que lo encadenaran al pasado. Ahora solo estaban ellos dos… escribiendo juntos una historia nueva. Con errores, sí. Con cicatrices. Pero también con amor sincero.

Y eso… eso bastaba.

Inuyasha subió las escaleras del edificio de la agencia con paso firme, su silueta reflejándose en los cristales, su rostro sereno, pero con los ojos cargados de emoción contenida. No era la primera vez que cruzaba esas puertas… pero esta vez era distinto. Iba con el corazón expuesto, sin máscaras, sin contratos que ocultaran lo que sentía. Esta vez, iba por ella.

Entró a la oficina de Kaede. La mujer, siempre firme, lo recibió con una ligera sonrisa y un gesto de la cabeza. Pero antes de que pudiera decir algo, Inuyasha cruzó la estancia hasta llegar frente a ella y, sin dudarlo, la rodeó con los brazos.

Inuyasha: —Gracias… por todo. Por no soltarme. Por preocuparte. Por seguir creyendo en mí, incluso cuando ni yo mismo lo hacía.

Kaede se quedó unos segundos en silencio, sorprendida. Pero luego, lentamente, le devolvió el abrazo con afecto sincero. Sabía que ese gesto, viniendo de Inuyasha, decía mucho más que cualquier discurso.

Kaede: —Bienvenido de vuelta, chico terco.

Inuyasha se separó de ella, se sentó en el asiento frente al escritorio y apoyó ambos brazos con decisión sobre la superficie de madera.

Inuyasha: —Estoy aquí para firmar el contrato. La película… la escribió Kagome. Si ella me quiere como protagonista, no tengo nada que pensar. Confío en ella.

Kaede alzó una ceja, sorprendida, pero no tanto. En el fondo siempre lo supo. Sacó los papeles del cajón como quien saca un secreto bien guardado. Ya los tenía listos. Porque Kaede siempre supo que el amor —el verdadero— encuentra el camino de regreso.

Kaede: —¿No quieres leer el guión al menos?

Inuyasha (con una sonrisa ladeada): —Si Kagome cree que yo soy el indicado para ese papel… entonces lo soy.

Sin pensarlo, firmó. Su nombre quedó estampado con tinta negra al pie de la última página. Fue como sellar no solo un contrato artístico, sino el compromiso con una historia que él ya había empezado a vivir desde mucho antes de que se escribiera.

Al salir de la oficina, el sol ya caía suavemente sobre la ciudad. Inuyasha sacó el teléfono, buscó el contacto que siempre estaba anclado en su lista de favoritos, y escribió con una sonrisa:

Mensaje a Kagome:
"Ponte algo cómodo. Paso por ti en una hora. Vamos a cenar… y tengo una sorpresa para ti."

Esta vez, no huiría. Esta vez, iría hasta el final.

La noche había caído con suavidad sobre la ciudad, envolviéndola en una calma acogedora. Las luces cálidas del pequeño restaurante donde Inuyasha había llevado a Kagome parpadeaban como luciérnagas dormidas, y dentro, el murmullo de los cubiertos y las conversaciones lejanas eran apenas una melodía de fondo.

La mesa que compartían era discreta, pegada a una ventana que dejaba ver un pequeño jardín iluminado. Kagome llevaba un vestido sencillo, de esos que no buscan llamar la atención pero que, al final, terminan robándose todas las miradas. Inuyasha no podía dejar de mirarla. Esa noche no quería grandes declaraciones, ni planes espectaculares… solo quería a ella. Escuchar su voz. Saber quién era más allá de las emociones que ya lo habían transformado.

Inuyasha: —Dime algo que no sepa de ti… ¿quién fue tu primer amor?

Kagome alzó una ceja, divertida.

Kagome: —¿Mi primer amor?

Asintió mientras jugaba con el borde de su servilleta. Una risa suave escapó de sus labios.

Kagome: —Mi maestro de artes en la secundaria.

Inuyasha (fingiendo ofensa): —¿Ah, sí? Entonces… ¿te gustan los artistas canosos?

Kagome soltó una carcajada mientras lo golpeaba suavemente en el brazo.

Kagome: —¡No! Era un hombre maduro, eso sí… pero muy atractivo. Obviamente fue un amor platónico. Nunca pasó nada. Yo solo lo miraba con cara de boba mientras él pintaba como si nada.

Inuyasha (riendo): —Menos mal que tengo el cabello plateado desde nacimiento, entonces. Al parecer, siempre estuve en tu tipo.

Ambos rieron. La conversación fluía con naturalidad, con esa ligereza que solo se tiene cuando hay complicidad profunda. Inuyasha la miraba con atención. Había estado a punto de perderla para siempre y no quería desaprovechar ninguna oportunidad para conocer todo de ella, hasta lo más simple.

Inuyasha: —¿Color favorito?

Kagome: —El verde. Me relaja, me hace sentir que puedo respirar.

Inuyasha: —El mío es el blanco.

Kagome (curiosa): —¿Por qué?

Inuyasha: —No lo sé. Tal vez porque después de todo el caos, siempre espero que haya algo puro… limpio. Como tú.

Kagome bajó la mirada, sonrojada, y sonrió. Sabía que esas palabras venían del corazón. Él estaba haciendo un esfuerzo real por reconectarse con ella, por empezar de nuevo sin olvidar todo lo que habían vivido. Y aunque no conocieran aún las trivialidades del otro, sabían lo más importante: se conocían en lo profundo, en las cicatrices, los anhelos, los miedos.

Se quedaron un momento en silencio, solo mirándose. Afuera, el viento movía las ramas del jardín, como si también celebrara que por fin, dos almas cansadas, confundidas, heridas, empezaban a encontrar de nuevo su camino.

La noche era silenciosa y fresca, con un cielo tan despejado que parecía una promesa. Inuyasha estacionó el auto en un lugar discreto, alejado de las luces de la ciudad. Volteó a ver a Kagome, quien lo miraba con una mezcla de emoción y curiosidad. Él tomó una bufanda que había dejado en el asiento trasero y, sin decir una palabra, se la pasó suavemente por los ojos.

Inuyasha (con una sonrisa en la voz): —Confía en mí… lo que viene ahora es una sorpresa.

Kagome sonrió nerviosa mientras sentía cómo la tela cubría su visión. Escuchó la puerta del auto abrirse y luego los pasos de Inuyasha rodeando el vehículo. La puerta de su lado se abrió con cuidado. Él tomó sus manos y la ayudó a bajar con gentileza, como si fuera algo frágil, precioso.

Caminaron lentamente, con él guiándola con ambas manos. El aire estaba cargado de anticipación. Kagome podía oír murmullos, pasos sobre una superficie lisa, el zumbido sutil de luces. Luego escuchó a Inuyasha hablar con alguien.

Inuyasha (agradecido): —Gracias por ayudarme a preparar todo.

Una puerta grande se abrió. Inuyasha soltó una mano y la colocó con suavidad sobre la espalda de Kagome.

Inuyasha: —¿Lista?

Kagome asintió en silencio. Él desató lentamente la bufanda de sus ojos. Lo primero que vio fue la oscuridad, pero un segundo después, las luces se encendieron de golpe como si respondieran a un deseo secreto.

Estaban en la pista de patinaje. La misma en la que habían estado antes. Y justo en el centro, de pie con una sonrisa nerviosa y un enorme ramo de rosas rojas entre los brazos, estaba Inuyasha.

Kagome se cubrió la boca con ambas manos. Los ojos se le llenaron de lágrimas sin poder evitarlo.

Inuyasha (acercándose a ella): —La última vez que vinimos aquí… no supe disfrutar el momento. Me la pasé peleando con mis propios sentimientos, negándote lo que ya sentía. Pero esta vez… estoy aquí por completo. Esta vez… soy solo tuyo.

Kagome rompió a llorar sin contenerse, no de tristeza, sino de felicidad, de alivio. Inuyasha, con suavidad, le limpió las lágrimas con sus dedos y le sonrió.

Inuyasha: —Vamos… todavía quiero que veas lo malo que soy patinando.

Ambos rieron. Kagome se colocó los patines. Inuyasha ya tenía los suyos. Entraron a la pista de hielo, de la mano, como si el mundo hubiera desaparecido. No había prensa, no había pasado, no había miedo. Solo ellos.

Patinaron como si fueran adolescentes, tropezando, riendo, cayendo juntos. Inuyasha, torpe como siempre, se resbaló y cayó de espaldas. Kagome, entre risas, se agachó a ayudarlo. Él la miró desde abajo, con los ojos brillando de amor puro.

Inuyasha: —¿Sabes? Nunca pensé que volvería a sentirme así. Como si el mundo se hubiera detenido… solo para que pudiera verte sonreír.

Kagome se sonrojó, tomó su rostro entre sus manos y, sin pensarlo mucho, le dio un beso en la frente.

Kagome (susurrando): —Gracias por quedarte.

Y siguieron patinando. Tomados de la mano. Cuidándose en cada vuelta, empujándose suavemente para avanzar. El hielo bajo sus pies era el único testigo de un amor que, después de tantas batallas, por fin encontraba paz.

Al llegar a casa, Kagome sentía que todo aquel día había sido un sueño del que no quería despertar. Pero lo mejor, estaba lejos de terminar. Apenas entró por la puerta, Inuyasha la estaba esperando con una sonrisa suave, una bolsa en una mano y una caja en la otra.

Inuyasha (con una chispa de emoción en la voz): —Aún falta una sorpresa más. Toma esto... tienes una hora para prepararte. Te espero en la playa.

Kagome lo miró sin entender del todo, pero su corazón ya latía con fuerza. Subió a su habitación con la bolsa entre los brazos, cerró la puerta detrás de ella y, al abrirla, sus ojos se agrandaron.

Dentro había un vestido blanco, etéreo. La tela era suave, vaporosa, con ligeros toques de encaje en los bordes de las mangas. El escote en V era sutil, delicado, con tirantes delgados que dejaban los hombros al descubierto, y una falda larga que se abría con ligereza, como una caricia del viento. Era perfecto para la playa, elegante pero libre, como si estuviera hecho para flotar con la brisa marina. En la caja de zapatos, unas sandalias blancas con tiras finas adornadas con pequeñas perlas nacaradas completaban el conjunto.

Kagome se esmeró. Quería verse radiante, pero auténtica. Dejó su cabello suelto, con suaves ondas que caían sobre su espalda, y colocó un pequeño broche de flores en uno de los lados. Su maquillaje era sencillo, pero suficiente para resaltar sus profundos ojos y el rubor natural que coloreaba sus mejillas.

Salió por las puertas del jardín, y de inmediato sus ojos comenzaron a llenarse de asombro. Un sendero de velas encendidas marcaba el camino hacia la playa, y pétalos de rosas rojas se extendían como una alfombra sobre la arena. A medida que se acercaba, vio una carpa blanca, elegante, agitada suavemente por el viento. Un arco de flores frescas la enmarcaba, y varias antorchas encendidas daban calidez y brillo a la escena.

Y ahí estaba él.

Inuyasha, vestido con un pantalón blanco de lino y una camisa también blanca, sin botones cerrados hasta arriba. La brisa jugaba con su cabello plateado, que danzaba como parte del paisaje. Estaba de pie, esperando por ella, con el corazón en los ojos.

Kagome sintió que su alma se detenía.

Al llegar hasta él, Inuyasha le tomó las manos con dulzura. Se notaba nervioso, pero sus ojos no titubeaban. Estaban llenos de certeza, de emoción, de amor.

Inuyasha: —Tengo mucho que decirte, Kagome... solo te pido que me escuches.

Ella asintió, sin poder hablar, con el pecho a punto de estallar.

Inuyasha: —Cometí muchos errores… demasiados. Por miedo, por orgullo, por no entender lo que sentía. Me pasé tanto tiempo luchando contra mí mismo, ignorando lo más obvio. No me di cuenta de cuánto te amaba… hasta que ya no estabas. Y eso es algo con lo que no quiero volver a vivir jamás.

Su voz se quebró por un segundo. Tragó saliva, y continuó.

Inuyasha: —Tú me hiciste querer ser mejor. Me diste un hogar, un propósito, y aunque no lo merecía, me diste tu amor. Por eso... por todo eso... te pido una oportunidad para hacerlo bien esta vez. Porque sí, te amo, Kagome. Te amo más de lo que nunca he amado antes. Más de lo que jamás imaginé que era posible. Quiero pasar el resto de mis días contigo.

Entonces se arrodilló frente a ella. Los ojos de Kagome se llenaron de lágrimas mientras el corazón se le aceleraba.

Inuyasha abrió una pequeña cajita aterciopelada, revelando un anillo simple pero hermoso, con un diseño que recordaba una flor abierta, como ella.

Inuyasha (con la voz temblorosa pero firme): —Kagome… ¿me harías el honor de ser mi esposa? Esta vez... sin contratos. Solo tú y yo. Solo amor.

Kagome lo miró, su mundo temblando en un segundo eterno. Y sin una sola duda en su alma, respondió.

Kagome: —Sí, si acepto

Inuyasha colocó el anillo en su dedo temblando de emoción. Se levantó, la abrazó con fuerza, la sostuvo como si el mundo pudiera derrumbarse a su alrededor y ella fuera lo único que importaba. Se separaron apenas un poco, y compartieron un beso suave, lleno de ternura y promesas no dichas.

Juntaron sus frentes. Inuyasha tomó el rostro de Kagome entre sus manos, con el amor más puro y la sonrisa más sincera.

Inuyasha (susurrando): —Te amo… mi pollo escritor.

Kagome rió, entre lágrimas, y lo besó de nuevo.

Dentro de la carpa, el ambiente se saturaba del embriagador perfume de flores, mientras una brisa marina jugueteaba con las telas blancas, haciendo que danzaran sensualmente al compás de una música suave que se filtraba como caricias en el aire. Kagome, aún con el corazón acelerado, absorbía cada detalle: las luces titilantes de las velas, el futón repleto de pétalos que parecía concebido para ser un altar de pasiones, y la iluminación tenue, casi mágica, que parecía haber sido creada exclusivamente para ellos. Todo destilaba una perfecta promesa de intimidad.

Los ojos de Inuyasha y Kagome se encontraron, y la anticipación de su inminente intimidad electrificó el ambiente. Su voz estaba cargada de deseo mientras alzaba su copa de champaña y declaraba:

Inuyasha: Por un futuro juntos.

Kagome respondió con una sonrisa seductora que irradiaba el amor que sentía por él

Kagome: Lleno de amor.

El delicado tintinear de las copas resonó como un voto silencioso. Inuyasha tomó con cuidado la copa de Kagome y la colocó junto a la suya sobre la pequeña mesa, símbolo de su vínculo inquebrantable. Sin apartar la mirada de sus ojos, extendió la mano y acarició su mejilla, provocando un escalofrío en Kagome, quien cerró los ojos, disfrutando del calor de su caricia.

Inuyasha se inclinó hacia ella, su aliento cálido junto a su oído.
Inuyasha: No tienes idea de cuántas veces he soñado con este momento —confesó, su voz ronca de anhelo. Se acomodaron en el futón, sus cuerpos tan cerca que parecían uno solo. Inuyasha sostuvo el rostro de Kagome entre sus manos, sus labios encontrándose en un beso tierno que exploraba cada rincón de su ser, como si cada beso fuera una ofrenda reverente a la frágil y hermosa conexión que compartían. Sus labios se unieron con hambre, con lentitud, como si cada roce necesitara quedar grabado en su memoria. Su pasión crecía, manifestándose en gestos silenciosos, respiraciones entrecortadas y miradas intensas cargadas de amor y deseo.

Con una reverencia casi sagrada, Inuyasha recorrió con sus dedos las curvas de la espalda desnuda de Kagome, delineando cada línea con una fascinación que rozaba la adoración. Alcanzó el dobladillo de su vestido y lo deslizó lentamente por su cuerpo, revelando su figura desnuda. Sus ojos recorrieron cada centímetro de ella, su deseo aumentando con cada segundo. Se inclinó hacia ella, sus labios encontrando su cuello, su clavícula, sus senos, su lengua jugueteando con sus pezones hasta que se erizaron.

Kagome gimió, sus dedos enredándose en su cabello mientras arqueaba la espalda, entregándose a él. Inuyasha descendió con sus labios por su abdomen, sus manos sujetando sus caderas mientras se acomodaba entre sus piernas. La miró, sus ojos llenos de un hambre que aceleró el corazón de Kagome. Se inclinó y dejó que su lengua la probara, arrancándole un jadeo. Siguió explorando con su lengua sus pliegues, acariciando su clítoris, llevándola al borde del éxtasis… solo para detenerse y dejarla deseando más.

Kagome ya no podía más. Lo atrajo hacia ella, sus labios buscándolo con desesperación. Lo empujó suavemente sobre su espalda y se colocó sobre él, su humedad rozando la dureza de su miembro. Lo provocó, frotándose contra él, sintiendo cómo se estremecía bajo su cuerpo. Inuyasha gimió, sus manos aferradas a sus caderas, pidiéndole más. Kagome se alzó, lo posicionó en su entrada, y poco a poco se dejó caer sobre él.

Ambos jadeaban al sentirse unidos, sus cuerpos moviéndose en un ritmo tan antiguo como el tiempo. Kagome cabalgaba sobre él, sus caderas moviéndose con firmeza, su respiración agitada mientras el orgasmo crecía en su interior. Inuyasha la acompañaba en cada embestida, sus manos sujetándola, sus ojos clavados en los de ella. Se movían juntos, sus cuerpos sudorosos, sus alientos mezclados, sus gemidos llenando la habitación.

El orgasmo de Kagome la envolvió como una ola, su cuerpo temblando mientras gritaba el nombre de Inuyasha. Él la siguió poco después, su cuerpo tensándose al derramarse dentro de ella. Permanecieron allí, entrelazados, recuperando poco a poco el aliento. Inuyasha miró a Kagome, sus ojos llenos de amor y satisfacción.
Inuyasha: Te amo —susurró, la voz espesa de emoción.
Kagome sonrió, su corazón rebosante de amor por aquel hombre que había conquistado su alma.
Kagome: Yo también te amo —respondió, su voz cargada del mismo amor y plenitud.

Y así permanecieron, sus cuerpos entrelazados, sus corazones latiendo al unísono, su amor creciendo con cada segundo. Ese era su futuro: lleno de amor y pasión, un futuro que compartirían juntos… para siempre.