Este fanfiction está inspirado en Inuyasha, obra original de Rumiko Takahashi. Los personajes, nombres y elementos del universo de Inuyasha no me pertenecen; todos los derechos son de sus respectivos creadores. Esta historia es una obra de ficción sin fines de lucro, escrita con el propósito de entretenimiento y sin intención de infringir derechos de autor

Capítulo 14 "El final que no pudimos evitar"

Al día siguiente, el escándalo era imposible de ignorar. Las redes sociales ardían, los noticieros repetían titulares sensacionalistas, y los periódicos lo llevaban en portada:

"La gran mentira de la estrella: Inuyasha casado por contrato mientras ama a su amiga de la infancia."

Las imágenes eran claras. Titulares, rumores, entrevistas de supuestos allegados… La verdad, o al menos una versión distorsionada de ella, se había hecho pública.

Kagome aún no sabía nada. Estaba en casa, arreglando unas hojas sueltas de su guion cuando escuchó el timbre. Caminó hasta la puerta y, al abrir, se encontró con la abuela y la madre de Inuyasha. Sus rostros, siempre cálidos y afectuosos con ella, ahora eran fríos como el hielo.

Abuela: —Así que… era verdad.

Madre de Inuyasha: —¿Cómo pudiste? Te abrimos las puertas de nuestra casa, te tratamos como a una hija. ¡¿Y todo era una farsa?!

Kagome parpadeó confundida, sin comprender del todo lo que pasaba.

Kagome: —¿De qué… están hablando?

Abuela: —No te hagas la inocente. ¡Está en todas partes! ¿Creías que no nos enteraríamos?

Kagome retrocedió un paso, como si el peso de esas palabras la empujara hacia atrás. Corrió a encender el televisor. Ahí estaba, en letras grandes, su nombre y el de Inuyasha, mezclados con palabras como "engaño", "farsa matrimonial" y "traición".

El mundo pareció detenerse un instante. Un zumbido agudo le inundó los oídos. Volvió su vista hacia ellas con ojos vidriosos.

Kagome: —Yo… yo los quiero, de verdad. Nunca quise que las cosas salieran así. Les juro que no fue por maldad. No quise herirlos.

Madre de Inuyasha: —¿Cómo pudiste jugar con nosotros así? ¿Con él?

Kagome: —Yo lo amo… —la voz se le quebró— Lo amo de verdad… No esperaba que todo esto pasara. Solo… solo quería protegerlo.

La abuela alzó una mano, firme, para silenciarla.

Abuela: —No queremos oír más. Nos fallaste. Nos decepcionaste. No queremos volver a verte nunca más.

Kagome sintió cómo su corazón se desgarraba. Quiso rogar, gritar, explicar cada detalle… pero entendía que no serviría de nada. Las vio marcharse, con los rostros tensos, sin siquiera voltear.

Cuando cerró la puerta, se dejó caer contra ella, dejando que las lágrimas corrieran libres. Esa familia que había sentido como suya, ese calor que tanto la había sanado… también lo había perdido.

Al día siguiente, la noticia se había esparcido como pólvora. En todos los noticieros, periódicos, programas de espectáculos e incluso en redes sociales, se hablaba del escándalo: "La estrella de cine Inuyasha Takeda y su falso matrimonio", "El actor habría estado enamorado todo este tiempo de su amiga de la infancia". Las imágenes y titulares no dejaban lugar a dudas. Era el tema del momento.

La noticia no tardó en llegar a oídos de la familia de Inuyasha. Izayoi y la abuela, consternadas, no podían creer lo que veían en televisión. Izayoi, con el rostro pálido y la mirada endurecida, tomó su bolso sin decir una palabra y salió de casa. La abuela fue tras ella, con un solo objetivo en mente.

Kagome estaba en la sala, revisando algunas páginas del guión, sin imaginarse lo que se avecinaba. El timbre de la puerta la sacó de sus pensamientos.

Al abrir, se encontró con Izayoi y la abuela de Inuyasha. Ambas con rostros graves. Kagome las recibió con una sonrisa nerviosa, sin saber lo que pasaba aún.

Izayoi: —Así que era verdad… Todo esto… ¿era una farsa?

Kagome: —¿Perdón? ¿De qué hablan?

Abuela: —¡No te hagas la inocente! ¡Todo el país habla de ti y de este maldito contrato!

Kagome (desconcertada): —¿Contrato?

Izayoi le mostró la pantalla de su celular con uno de los titulares. Kagome se quedó en blanco. No tenía idea de que ya se había filtrado.

Izayoi: —Te abrimos las puertas de nuestra casa, te recibimos como a una hija. Y todo fue una mentira.

Kagome (temblorosa): —Yo… no quería que esto pasara. De verdad, no quise lastimarlos…

Abuela (con voz tajante): —Pues lo lograste. No quiero volver a verte. No en mi casa, no cerca de mi familia. ¡Nunca!

Las palabras fueron como cuchillos en el corazón de Kagome. Se quedó en la entrada, paralizada, viendo cómo ambas mujeres se marchaban sin mirar atrás.

Ya no tenía a nadie. Y, sin embargo, no podía llorar. No en ese momento. Porque cuando se siente tanto dolor, las lágrimas se congelan.

Inuyasha había recibido el mensaje esa misma mañana: "Nos vemos en la cafetería frente al teatro a las cinco. —Papá". No era una invitación. Era una orden. Y él lo sabía.

A lo largo del día, los titulares, las imágenes, los comentarios no habían parado. Su teléfono no dejaba de sonar con notificaciones y llamadas. Y aunque el escándalo lo ponía en una posición delicada, nada le dolía más que imaginar cómo debía estarse sintiendo Kagome. Quería buscarla, abrazarla, decirle que lo sentía por todo… pero también sabía que él era parte del dolor, que quizás alejarse era la única forma de protegerla. Aunque eso le doliera más que cualquier otra cosa.

Al llegar a la cafetería, lo vio. Su padre, sentado en una mesa de la esquina, con una taza de café intacta frente a él, los dedos entrelazados, el ceño fruncido.

Señor Taisho: —Siéntate.

Inuyasha obedeció, en silencio. Bajó la mirada, como si quisiera evitar el juicio que sabía que vendría.

Señor Taisho: —Eres una vergüenza para la familia.

Las palabras fueron duras, como un martillo directo al pecho. Pero Inuyasha ya no era ese adolescente que acataba en silencio. Aunque no dijo nada, sus puños cerrados sobre sus piernas hablaban por él.

Señor Taisho: —¿Qué pensabas? ¿Casarte por contrato como si todo en la vida fuera un juego? ¿Exponer a esta familia, a tu apellido, al escarnio público? No te mereces nada de lo que te hemos dado.

Inuyasha tragó saliva. Cada palabra era una puñalada directa, pero aguantaba. Porque lo merecía. Porque todo era su culpa.

Hasta que su padre cruzó una línea que él no iba a permitir.

Señor Taisho: —Y esa mujer... una oportunista más. Seguro que lo planeó todo desde el principio. Dulce por fuera, pero solo quería dinero. Engañó a todos haciéndose pasar por buena persona.

Y ahí fue donde todo cambió. Inuyasha levantó la cabeza, los ojos brillando, no de vergüenza... sino de furia contenida.

Inuyasha: —A mí dime lo que quieras. Insúltame, grítame, desherédame si quieres. Pero de Kagome no hables. No tienes derecho.

Señor Taisho (sorprendido por su tono): —¿Perdón?

Inuyasha (sin apartar la mirada): —Kagome es la mujer más bondadosa que he conocido. Es generosa, leal, fuerte... Ella no pidió nada. No buscó fama, ni dinero, ni el apellido Takeda. Ella dio todo de sí para ayudarme. Y fui yo quien la arrastró a esto. Así que no permitiré que digas nada malo de ella.

Por primera vez en mucho tiempo, su padre se quedó en silencio. Pero no por aceptación, sino por rabia.

Señor Taisho: —No me importa. Ni ella ni tú volverán a ser bienvenidos en esta familia. Nunca más.

Inuyasha lo supo en ese momento. Su apellido, su lugar en la familia, todo lo que había conocido... lo acababa de perder. Pero aun así, no se arrepentía. No si eso significaba defender a Kagome. Porque aunque no estuviera con ella… seguiría eligiéndola.

La casa estaba silenciosa. Demasiado. Kagome se sentía pequeña en aquel espacio que ahora le resultaba inmenso. Se había acostumbrado a compartir cada rincón con Inuyasha, incluso sus gritos, sus peleas absurdas, su risa a veces torpe y sus pasos por el pasillo que ahora le parecían tan lejanos.

Abrió un paquete de ramen, lo puso en el agua caliente y se dejó caer en una de las sillas de la cocina. Ni siquiera tenía hambre. Pero hacer algo con las manos le ayudaba a no pensar. O eso intentaba.

Inuyasha la había vuelto mejor. Sin darse cuenta, con cada pequeña rutina, con cada discusión, con cada momento compartido, había empujado a Kagome a crecer. A no rendirse. A creer en sí misma. Y ahora, sin él, la casa no solo estaba vacía… ella también lo estaba.

El timbre sonó. Caminó hasta la puerta con lentitud, sin apuro alguno. Al abrir, la sorpresa la golpeó como una bofetada.

Kagome: —¿Kikyo?

Estaba ahí. Perfectamente peinada, con esa mirada tan tranquila que siempre parecía esconder algo más. Por un segundo, Kagome pensó que había venido a burlarse. A reafirmar su victoria. ¿Qué otra razón tendría para pararse frente a su puerta?

Kikyo: —¿Puedo pasar?

Kagome dudó un segundo. Luego, asintió. Se dirigieron a la sala en silencio. Apenas se sentaron, Kagome fue directo al punto.

Kagome: —Toma. Le extendió la mano con un pequeño estuche en ella. Este es el anillo que Inuyasha compró pensando en pedirte matrimonio. Inuyasha te quiere mucho… por favor, hazlo feliz. Él se lo merece.

Kikyo miró el estuche con sorpresa. No lo tomó de inmediato.

Kikyo: —No puedo hacer eso.

Kagome la miró sin entender.

Kikyo: —Yo no puedo hacerlo feliz. Esa no es la razón por la que vine. Escuché que se habían separado. Y como Inuyasha es pésimo para dar explicaciones... vine a hacerlo por él.

Kagome parpadeó, confundida.

Kikyo: —Inuyasha puede parecer fuerte, testarudo, hasta cruel… pero en realidad es suave. Frágil incluso. No sabe cómo decir lo que siente. Siempre ha sido así. Carga todo lo que lo destruye por dentro y lo disfraza de orgullo. Pero esta vez… no pudo ocultarlo por mucho tiempo.

Kagome aún no entendía por qué Kikyo le decía eso. ¿No era ella quien estaba con él ahora? ¿No era ella la elegida?

Kikyo la observó con atención, y cuando vio el desconcierto en sus ojos, soltó suavemente:

Kikyo: —Parece que no lo sabes... pero Inuyasha te ama.

Kagome se quedó inmóvil. Como si una palabra tan corta hubiera detenido su mundo. Sus labios temblaron. Sus ojos se llenaron de lágrimas contenidas que ya no pudo evitar.

Kagome (con la voz quebrada): —Ya no hay nada que hacer. Inuyasha se fue… decidió marcharse. Su familia me odia, no quieren volver a verme… todos salieron lastimados. Todo por mi culpa. Por querer recuperar algo material… algo sin valor si él no está aquí.

Hizo una pausa, bajó la mirada, respiró hondo.

Kagome: —Comenzamos mal desde el principio. Me gustaría arreglarlo, pero ya es demasiado tarde.

Kikyo se acercó. No dijo nada. Solo tomó su mano y la apretó con fuerza. No tenía respuestas, no tenía soluciones. Pero tenía algo que ofrecerle a Kagome: su presencia. Su comprensión. Su respeto.

Dos mujeres unidas no por la rivalidad, sino por un mismo amor. Una lo había tenido durante años, la otra apenas lo estaba perdiendo. Pero en ese momento no eran rivales. Solo dos corazones rotos que deseaban lo mejor para el mismo hombre.

La sala estaba abarrotada. Cámaras, luces, micrófonos por todos lados. Un murmullo constante llenaba el aire, acompañado del chisporroteo de los flashes que no paraban de estallar. El escándalo había explotado. Y todos estaban ahí para ver cómo caía el ídolo.

Inuyasha respiró hondo detrás del telón, cerró los ojos un instante. Llevaba un traje negro perfectamente planchado, como si se dirigiera a un funeral… y en cierto modo, así era. Iba a enterrar lo que más amaba: su carrera, sus sueños… y a ella.

Cuando salió al estrado, las preguntas no tardaron en lanzarse una sobre otra como olas rompiendo en la orilla. Nadie podía escucharse entre tanto ruido. Él se paró frente a los micrófonos, con el rostro serio, imperturbable. Levantó una mano, pidiendo silencio.

La sala se sumió en un repentino y pesado mutismo. Solo el zumbido de las cámaras quedaba.

Inuyasha:
—Gracias por tomarse el tiempo de venir. La razón por la que convoqué esta conferencia de prensa… es para contarles algo importante. Algo que no tiene que ver con contratos, ni con carreras, ni con escándalos.
Pausa. Respiró hondo. Bajó la mirada un segundo y volvió a alzarla con firmeza.
—Vine a hablarles… de la mujer que amo.

Un murmullo se levantó entre los presentes, pero se extinguió rápido al notar que su voz estaba temblando.

Inuyasha:
—Estoy… perdidamente enamorado de ella. De su risa, de su terquedad, de su manera absurda de hablar con las cosas cuando está sola. De cómo puede encontrar esperanza y alegría incluso en las situaciones más pequeñas.
Su voz se quebró levemente, pero continuó, aferrado a cada palabra como si fuera un salvavidas.
—Cuando ella está cerca, soy la persona más feliz. Y no lo digo como una figura pública. Lo digo como un hombre que por primera vez en su vida… conoció lo que era la verdadera felicidad.

Un silencio denso invadía la sala. Nadie se atrevía a moverse.

Inuyasha:
—Y es justamente por eso… porque la amo de verdad… que he tomado una decisión.
Volvió a tragar saliva, sus ojos estaban rojos, aunque ni una lágrima escapaba todavía.
—Para protegerla… para que nadie más la señale ni la ataque por mi culpa… me divorciaré.

Un susurro de asombro recorrió la sala como una corriente eléctrica. Inuyasha permaneció firme.

Inuyasha:
—No diré su nombre. No voy a exponerla más. Solo quiero que sepan que… ella es lo más precioso que tengo.
Su mirada se nubló, pero siguió de pie, con dignidad.
—Eso es todo por hoy. Gracias por venir.

Sin esperar una sola pregunta, sin permitir un solo comentario, Inuyasha se apartó del micrófono. Sus pasos resonaban como ecos en un pasillo vacío mientras abandonaba la sala. No miró atrás. No podía.

Y mientras las cámaras volvían a estallar detrás de él, Inuyasha sentía que cada flash era un clavo más en el ataúd donde acababa de enterrar su corazón.

La habitación del hotel estaba envuelta en un silencio denso, apenas quebrado por el leve zumbido del aire acondicionado. Inuyasha entró cerrando la puerta con un golpe seco, como si al hacerlo pudiera aislarse del mundo, de los reporteros, de los flashes, de las preguntas, de todo lo que acababa de hacer.

Se desató la corbata lentamente, sus dedos temblaban más de lo que quería admitir. El nudo en su pecho no se deshacía. No era ansiedad. No era presión mediática. Era la falta de aire que produce el dolor más puro: el de renunciar voluntariamente al amor.

Dejó caer la chaqueta del traje al suelo sin cuidado y caminó torpemente hasta sentarse en el suelo, recargando la espalda contra la cama. Cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás. El silencio lo envolvía, y con él… llegaron los recuerdos.

Una lágrima cayó sobre su mejilla sin que pudiera evitarlo. Y luego otra. Y otra. Inuyasha no hizo el intento de detenerlas. Sonreía entre sollozos rotos, porque cada recuerdo dolía, pero al mismo tiempo lo llenaba de calor. Había sido feliz… realmente feliz. Y ahora, todo lo que le quedaba eran fantasmas de lo que fue.

Volteó a su derecha. Sobre la mesita de noche estaban los papeles del divorcio. Firmados. Su firma ya estaba allí. Le tembló el estómago. Aquello no era solo una hoja. Era un adiós. Uno irreversible.

Los había firmado con la convicción de que era lo correcto. Porque él no era suficiente. Porque la lastimó. Porque la empujó a los brazos de otro hombre que sí podría darle todo lo que él no supo cómo entregarle.

Ella era luz. Y él... solo sombra.

Llevó las manos a su rostro, como si quisiera arrancarse el dolor desde adentro. Todo lo que le quedaba era vacío. Y ese vacío no se llenaba con fama, ni con dinero, ni siquiera con promesas cumplidas. Solo con ella. Y ella ya no estaba.

"Lo arruiné todo, Kagome. Me aferré a una promesa que ya no tenía sentido… y en el proceso destruí la única verdad que conocí. Tú."

Se levantó con dificultad y caminó hasta el ventanal de la habitación. Observó la ciudad, su brillo lejano, impersonal, indiferente. Pensó en lo que haría a continuación. No daría más entrevistas. No firmaría más películas. No aparecería en más alfombras rojas. Desaparecería para todos. Especialmente para ella.

Porque lo entendió demasiado tarde: amarla no era suficiente… si no sabía cómo quedarse a su lado.

A la mañana siguiente, Kagome no quiso saber nada del mundo.

No encendió la televisión. No miró su celular. No respondió llamadas ni mensajes. Sabía, por lo que Kikyo le había dicho, que Inuyasha había convocado una rueda de prensa… pero no tenía interés en verla. ¿Para qué? Si Inuyasha de verdad la amara, estaría ahí, con ella. Y sin embargo, la casa estaba vacía, enorme, y más silenciosa que nunca. El eco de la soledad se colaba por las paredes, el mismo eco que ahora también tenía su corazón.

Se sentó en el sofá abrazando sus rodillas. El té en la mesa seguía caliente, pero no lo había tocado. Quería que el tiempo pasara rápido, que el día se desvaneciera como un mal sueño.

Entonces sonó el timbre.

Kagome caminó lentamente hacia la puerta. Al abrirla, se encontró con Myoga, trajeado, cabizbajo, cargando una carpeta bajo el brazo.

Kagome: Buenos días… ¿pasa algo?

Myoga: Buenos días, señorita Kagome. Disculpe venir sin avisar, pero… esto es importante.

Entró con pasos pesados, y se sentó frente a ella en la mesa del comedor. Extendió la carpeta hacia Kagome, que la tomó entre sus manos con curiosidad y, al abrirla, el mundo pareció detenerse.

Eran los papeles de divorcio.

Ahí estaba. La hoja con su nombre, su dirección, las cláusulas del contrato… Y en la parte inferior de la última página, la firma. La firma de Inuyasha. Firme. Clara. Decidida.

Fue como si alguien le hubiera atravesado el pecho con una aguja fina. El aire se volvió denso. Todo el cuerpo le ardía. La mirada se le nubló.

Kagome: Ya veo…

El corazón le latía con fuerza. Y con cada latido, crecía dentro de ella una furia… una tristeza tan aguda que ya no distinguía entre las dos.

Myoga: Por supuesto, no tiene que firmarlos ahora si no está lista, solo vine a—

Pero Kagome no lo dejó terminar. Tomó la pluma que estaba sobre la mesa y firmó con fuerza, con rabia, como si quisiera arrancar la hoja con el trazo. Cerró la carpeta de golpe.

Kagome: Listo. Ya está.

Myoga, incómodo, le entregó otra carpeta más gruesa. Ella la miró sin entender.

Kagome: ¿Y esto?

Myoga: Son otros documentos. Inuyasha firmó la cesión total de la casa a su nombre. Vuelve a ser la única propietaria. Además… incluyó una compensación económica considerable por los daños causados. Dice que usted no merece quedarse sin nada después de todo lo que ocurrió.

Kagome lo miró fijamente. No podía hablar. No podía ni pensar. Solo asintió con la cabeza mientras Myoga se ponía de pie y se despedía con una ligera reverencia.

Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió a envolverlo todo.

Kagome cayó de rodillas en medio del pasillo, aún con las carpetas en las manos. Las lágrimas finalmente salieron, una tras otra, como si el cuerpo ya no pudiera sostenerlas más. Lloraba por la herida, por el amor perdido, por la firma que sellaba un final… por lo que creía haber entendido y ahora no comprendía en absoluto.

¿Cómo podía firmar los papeles y luego dejarle todo? ¿Cómo podía marcharse sin decir adiós, pero cuidarla desde lejos? ¿Por qué parecía que la amaba y al mismo tiempo la alejaba?

El corazón de Kagome gritaba una sola cosa: "No lo entiendo."

Pero ya no importaba. Lo que los había unido se había roto. Y ahora no quedaba nada.

Solo ella. Y el eco de su nombre repitiéndose en cada rincón de aquella casa.

Nota: este es un capítulo cortito, debí haber agregado esto al episodio anterior y dentro del siguiente se vería raro, mañana subo el siguiente.