Este fanfiction está inspirado en Inuyasha, obra original de Rumiko Takahashi. Los personajes, nombres y elementos del universo de Inuyasha no me pertenecen; todos los derechos son de sus respectivos creadores. Esta historia es una obra de ficción sin fines de lucro, escrita con el propósito de entretenimiento y sin intención de infringir derechos de autor
Capítulo 15 Dime cómo debo amarte
El sol de media tarde se colaba tímido por las ventanas de la cocina, iluminando el caos de papeles, libros y utensilios que decoraban la mesa con el encanto desordenado de Kagome. En el fuego, una olla burbujeaba con entusiasmo mientras el aroma del guiso llenaba el ambiente. Kagome, vestida con una camiseta amplia y el cabello recogido con una pluma, tarareaba una canción sin prestarle atención al ritmo, perdida en la tranquilidad de su hogar.
El timbre la sacó de su ensueño. Se limpió las manos en el delantal, corrió a la puerta y al abrirla, se encontró con una imagen que se estaba volviendo cada vez más familiar: Koga, de pie, con una sonrisa apacible y un ramo de flores frescas en la mano.
Koga: —Traje esto... aunque ya no sé si hay espacio en tu sala para más floreros.
Kagome sonrió, sorprendida y agradecida.
Kagome: —Son hermosas, Koga. Gracias... Pasa, pero ignora el desastre, por favor.
Ambos entraron. Mientras Kagome buscaba un jarrón, Koga se acomodó en una de las sillas del comedor. Ella le sirvió un vaso de jugo recién exprimido y se sentó frente a él, todavía con el delantal puesto.
Koga: —Tenemos director.
Kagome alzó la mirada con un brillo de emoción contenido.
Kagome: —¿En serio? ¡Eso es increíble!
Koga: —Sí. Un tipo con mucha sensibilidad. Le encantó el guión. Quiere mantener el tono íntimo, los detalles emocionales, el ritmo suave... todo lo que tú querías.
Kagome: —Qué alivio. Pensé que alguien querría cambiarlo todo.
Koga sonrió, tomando un sorbo de jugo antes de dejar la bomba.
Koga: —Están pensando en Hojo para el papel principal.
Kagome se quedó en silencio unos segundos. Asintió con la cabeza, intentando ser diplomática.
Kagome: —Hojo... es muy buen actor, muy profesional... solo que...
Koga: —¿Solo que?
Kagome: —No me lo imagino como... como "él". El protagonista. Me lo imaginaba más alto, más fuerte. Tiene que alcanzar los ventanales sin usar una escalera.
Koga soltó una risa suave, sabiendo perfectamente a quién se refería.
Koga: —¿Como de qué altura? ¿Como la de Inuyasha?
Kagome intentó responder con rapidez, pero su mirada la traicionó. El silencio pesó por unos segundos, y Koga comprendió lo que ella no podía admitir en voz alta.
Kagome: —¿Y si le proponemos el papel a él?
Koga: —No... no lo sé. No creo que quiera.
Koga bajó la vista al vaso de jugo, girándolo suavemente entre sus dedos. No dijo nada más al respecto. No necesitaba hacerlo. El simple hecho de que Kagome aún lo tuviera en la punta de la lengua bastaba para entenderlo todo.
Koga: —Bueno, dejando eso... ¿Te gustaría salir a comer? Para celebrar lo del director. Yo invito.
Kagome lo miró. En su sonrisa había gratitud, pero también una tristeza que no podía disfrazar.
Kagome: —Sí... me encantaría.
Ambos se levantaron, y mientras Kagome apagaba la estufa, Koga desvió la mirada hacia la ventana. El sol seguía entrando con suavidad, pero el aire entre ellos se sentía distinto. Como si, aunque caminaran lado a lado, él supiera que una parte de ella siempre estaría en otro lugar... con alguien más.
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La noche había caído sobre la ciudad con una brisa suave y tibia, como si intentara consolarla. Kagome caminaba lentamente de regreso a casa después de la comida con Koga. Las luces del camino parecían más tenues de lo habitual, o quizás era ella la que se sentía más apagada.
Koga había sido tan dulce, tan considerado… ¿Cómo podía decirle que no sin romperle el corazón?
Recordaba claramente su mirada sincera cuando se lo pidió, con una sonrisa tímida y una esperanza viva en los ojos:
Koga: —Kagome, me gustaría que fueras mi novia.
Ella se quedó en silencio, apretando la servilleta entre las manos.
Kagome: —Koga... llevo muy poco tiempo divorciada.
Lo dijo con voz suave, como si eso pudiera disfrazar la verdadera razón que no se atrevía a confesar. Aunque ambos sabían que ese matrimonio había sido un contrato, su corazón había estado involucrado desde mucho antes de que firmaran cualquier papel.
Koga: —Lo sé. Pero puedo esperar. No tengo prisa, Kagome. Quiero que estés bien... y si algún día puedes mirarme como lo mirabas a él, aquí estaré.
Ella solo pudo sonreír con tristeza. No había una forma amable de decirle que quizás eso nunca pasaría.
Al llegar a casa, subió las escaleras con pasos lentos, arrastrados. Todo en esa casa le hablaba de él: las sombras proyectadas en las paredes, el crujido del piso de madera, el silencio. Inuyasha ya no vivía ahí, pero su ausencia llenaba cada rincón.
Se detuvo frente a la puerta de la habitación que él había ocupado. Dudó un segundo, como si abrirla fuera un acto sagrado. Giró la perilla y entró.
Todo seguía igual.
El aire conservaba aún el perfume sutil que él solía usar, esa mezcla entre algo terroso, cálido, ligeramente picante. En la mesita de noche, aún estaban sus cosas: unas pulseras que siempre llevaba en el brazo, la botella de su perfume, su libro favorito con un separador hecho por ella.
Kagome se acercó, tomó la botella de perfume y la acercó a su nariz. Cerró los ojos.
Era como si él estuviera ahí, justo detrás de ella, respirando suave contra su cuello. Cuánto lo extrañaba. Cuánto dolía.
Se sentó al borde de la cama, hundiendo los dedos en las sábanas que se negaba a lavar por miedo a borrar lo último que le quedaba de él.
Koga era bueno, amable, paciente... pero no era Inuyasha.
Con Koga no sentía el estremecimiento eléctrico que le recorría el cuerpo cuando Inuyasha la miraba con esos ojos ámbar, profundos, que le hablaban sin decir una sola palabra. No estaba esa necesidad, esa conexión visceral que hacía que todo lo demás dejara de importar.
Kagome (en un susurro): —¿Por qué no me pediste que me quedara contigo...?
Se dejó caer hacia atrás sobre la cama, abrazando una de las almohadas. La noche le pesaba sobre el pecho, y con cada respiración, se repetía una y otra vez que debía seguir adelante… pero su corazón seguía anclado en el pasado.
Y ese pasado tenía nombre y cabello plateado.
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La oficina de Kaede estaba envuelta en el silencio habitual que acompañaba a sus largas jornadas de trabajo. Las cortinas dejaban entrar la luz justa, suave, como si el mundo allá afuera también supiera que lo que estaba a punto de discutirse era importante.
Koga estaba sentado al otro lado del escritorio, con las manos entrelazadas y el ceño ligeramente fruncido. Vestía más formal de lo habitual, aunque su mirada conservaba esa chispa decidida que nunca perdía, incluso en sus momentos más vulnerables.
Koga: —Kaede, sé que quizá no es el mejor momento, pero... ¿crees que puedas hablar con Inuyasha sobre el papel?
Kaede alzó los ojos desde los papeles que revisaba. Su rostro, como siempre, era inexpresivo al principio, pero había una luz de comprensión detrás de sus pupilas envejecidas.
Kaede: —No estoy segura de que quiera participar en ninguna película ahora mismo... Desde que se retiró, ha estado evitando todo lo que tenga que ver con el cine. Me dijeron que se fue a un templo. Un retiro, según parece. Y desde entonces… no ha querido hablar con nadie.
Koga (con un dejo de frustración): —Sé que es complicado. Pero este proyecto... es importante para Kagome. Y para él también, aunque no lo sepa todavía.
Kaede observó a Koga unos segundos. Lo conocía bien. Sabía que lo movía algo más que el deseo de una buena producción. Había sinceridad en su preocupación.
Suspiró, asintiendo con lentitud.
Kaede: —Haré lo posible. Pero creo que será mejor que Miroku vaya a verlo. Tienen una amistad más... flexible. Y quizá, esta vez, logre hacer que Inuyasha escuche.
Kaede presionó un botón en su intercomunicador, pidiendo que le avisaran a Miroku que subiera. Unos minutos después, la puerta se abrió con su típico sonido chirriante y apareció Miroku, con su habitual expresión serena, aunque un tanto resignada.
Miroku: —¿Me mandaste llamar?
Kaede: —Sí. Es sobre Inuyasha. Koga está aquí. Necesitamos que intentes hablar con él, de nuevo. Para el proyecto.
Miroku (pasando una mano por su nuca): —Lo intentaré... pero la última vez que fui, apenas me vio y cerró la puerta en mi cara. Está muy... diferente.
Kaede (seria): —Todos cambiamos, Miroku. Pero algunos sólo necesitan que alguien les recuerde quiénes eran antes de que todo se rompiera.
Koga (murmurando, con cierta esperanza): —Hazlo por él... y por Kagome.
Miroku asintió, con una leve sonrisa.
Miroku: —Está bien. Mañana salgo al templo. Veré si logro sacarlo de su madriguera de silencio.
La escena terminó en un silencio cargado de emociones contenidas. Cada uno sabía lo que estaba en juego, no solo para la película… sino para lo que aún podría salvarse entre todos ellos.
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El sol apenas comenzaba a colarse entre los árboles del templo. Las hojas crujían suavemente bajo los pies de Inuyasha, que salía de su meditación matutina con el rostro sereno, pero distante. Vestía ropa sencilla, sin ningún lujo, pero había un detalle que no pasaba desapercibido: aún llevaba puesto el anillo de bodas.
Lo llevaba en el dedo como una promesa que no sabía cómo romper. Como si su alma se resistiera a dejarla ir… aunque ya lo hubiera hecho.
Caminaba con la calma de quien ha renunciado al ruido del mundo... hasta que lo vio.
Ahí, bajo la sombra de uno de los grandes cedros, estaba Miroku, con las manos cruzadas en la espalda, observándolo en silencio. Inuyasha se detuvo por un segundo. Sus ojos dorados se encontraron con los del monje, y durante ese momento, ninguno dijo nada. Luego, Inuyasha simplemente giró el rostro y siguió caminando como si no lo hubiera visto.
Pero Miroku no pensaba rendirse esta vez.
Dio dos pasos largos y le sujetó el antebrazo con firmeza, obligándolo a girar.
Miroku: —¿¡Qué estás haciendo contigo mismo, Inuyasha!? Vas a terminar convirtiéndote en un verdadero monje si sigues así…
Inuyasha frunció el ceño, sacudiéndose con suavidad para soltarse.
Inuyasha: —¿Qué haces aquí? Fui claro... No quiero ver a nadie.
Miroku: —Kaede quiere hablar contigo. Es importante.
Inuyasha (con voz baja, casi gruñendo): —Ya se los dije... No voy a volver. No quiero saber nada de películas ni de ese mundo. Si siguen molestándome… voy a desaparecer. Para siempre.
Miroku lo miró, entendiendo que ese "para siempre" no era solo una amenaza. Había un dolor profundo en la forma en que Inuyasha hablaba. Un vacío.
Pero entonces, como si la idea se tejiera sola en su cabeza, Miroku mintió. Porque sabía que, aunque cruel, esa era la única forma de romper la barrera que Inuyasha había levantado.
Miroku: —No vengo solo por eso. Vine porque... Kagome está enferma.
Inuyasha se detuvo. Su rostro se endureció. Sus dedos inconscientemente rozaron el anillo.
Inuyasha: —¿Qué...?
Miroku: —Hace semanas. Está muy débil. Fiebres altas... Los médicos no saben qué tiene. Y...
Inuyasha (interrumpiéndolo, con la voz quebrada): —¡¿Qué?! ¿Pero... y Koga?
Miroku bajó la mirada. Otra mentira, esta vez más cargada de intención.
Miroku: —Koga ya no está cerca. Terminó siendo como todos. Se fue. Ella... está sola, Inuyasha.
El silencio se volvió más denso. Inuyasha miró al suelo por un largo momento. Sus manos temblaban levemente, aunque él las apretó para ocultarlo. Cerró los ojos.
Inuyasha: —...
Miroku: —Por favor… ve con Kaede. Solo escúchala. Después de eso, puedes volver al templo si quieres. Pero Kagome te necesita. No para que regreses como actor, sino como el hombre que alguna vez se preocupó por ella.
Inuyasha tragó saliva. Su expresión endurecida comenzó a desmoronarse, como si un muro se agrietara por dentro. El solo pensamiento de Kagome enferma, sufriendo y sola, le dolía más que todo lo que había intentado enterrar.
Sin decir una palabra más, caminó hacia su habitación. Miroku no lo siguió. Esperó.
Minutos después, Inuyasha salió. Vestía de nuevo ropa de ciudad, el cabello suelto, el rostro serio... pero sus ojos mostraban algo distinto.
Dolor. Decisión.
Y una chispa de esperanza que no quería reconocer.
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Kagome se había enterado por la chismosa de Sango que Inuyasha seguía recluido en las montañas, aislado del mundo, y que ni siquiera había bajado al saber que la abuela, la matriarca de la familia de Inuyasha, estaba gravemente enferma y hospitalizada.
Lo de Inuyasha pasó a segundo plano al escuchar eso. Aunque su corazón doliera, la preocupación por la abuela fue más fuerte. Hizo lo imposible por entrar al hospital, y con ayuda de una enfermera comprensiva logró llegar hasta la habitación. La abuela estaba dormida, sola, rodeada del sonido constante del monitor cardíaco y el goteo lento del suero.
Kagome se acercó con cuidado, tomó una silla y se sentó a su lado. Tomó su mano con ternura, como si así pudiera transmitirle algo de consuelo, y aunque sabía que posiblemente no podía oírla, le habló desde el fondo del corazón.
Kagome: Lo siento mucho… Lamento haberlos engañado. Ustedes me hicieron sentir que tenía algo que nunca tuve antes… una familia. Perdí a Inuyasha, sí, pero también los perdí a ustedes… y me hacen tanta falta.
Su voz se quebró. Las lágrimas empezaron a correr sin permiso. Se inclinó sobre la cama, apoyando la frente sobre el dorso de la mano arrugada que sostenía con tanto cariño.
Kagome: Quisiera arreglar todo… pero no sé cómo… Me siento tan sola…
Lo que Kagome no sabía era que la abuela no dormía. Había escuchado cada palabra. Por dentro, su corazón estaba tocado, dolido por verla así. Pero su orgullo le impedía reaccionar, al menos por ahora. Tal vez necesitaba tiempo… tal vez necesitaba ver que el cambio era real.
Tampoco sabía Kagome que, justo afuera de la habitación, el padre de Inuyasha había estado a punto de entrar cuando escuchó todo. Su mano quedó en el picaporte, paralizado por las palabras sinceras de la joven.
Escuchar a Kagome hablar con tanto dolor y amor lo estremeció. Esperaba que su hijo fuera lo suficientemente valiente para volver y enfrentar las consecuencias de sus decisiones. Lo que había hecho no solo estaba mal, había sido cobarde. Huir sin arreglar nada no era el camino.
Por primera vez en mucho tiempo, el padre de Inuyasha sintió algo parecido a decepción hacia su hijo… y a admiración por aquella chica que, sin ser realmente parte de su familia, los amaba como si lo fuera.
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Kagome regresaba a casa por la noche. Había decidido caminar, necesitaba aire, despejar la mente, intentar calmar ese torbellino de emociones que no la dejaban en paz desde hace semanas.
Pero cuando llegó a la esquina de su calle, se detuvo en seco.
Allí estaba él.
Inuyasha.
De pie frente a la puerta, con una pequeña maleta a sus pies, los hombros ligeramente caídos y una expresión difícil de descifrar. Él también la vio. En ese instante supo que Miroku le había tendido una trampa, que lo había hecho volver usando algo más fuerte que su voluntad: su preocupación por Kagome.
Kagome no lo creyó real al principio. Pero sus ojos no mentían.
Una lágrima solitaria escapó de sus ojos sin permiso. Se la limpió con furia, casi molesta por sentirla. Lo había esperado… sí. Pero también lo odiaba. Odiaba que la hubiera dejado así, sin una palabra, sin una explicación real. Odiaba que hubiera dicho lo que dijo en la conferencia. Que decidiera por los dos.
Kagome: (pensando): ¿Por qué no se quedó? ¿Por qué me dejó así, si todo era tan fácil?
Siguió caminando sin decir nada, como si su sola presencia no significara nada. Al llegar a la puerta, sacó la llave, abrió, entró y cerró con firmeza sin mirarlo.
Inuyasha no intentó detenerla.
No dijo una palabra.
Solo bajó la mirada… y caminó hacia la banca del jardín.
Esa misma banca donde Kagome se había quedado dormida la noche que él no la dejó entrar. Cuando se enfermó. Cuando su terquedad hizo tanto daño.
Se sentó ahí, en silencio, con las manos entrelazadas. No pensaba irse. No ahora. Había entendido con solo verla, con solo ese silencio tan fuerte, que tenía mucho que reparar.
Mientras tanto, dentro de la casa, Kagome intentaba hacer como si nada pasara. Encendió las luces, caminó hacia la cocina, puso agua para té… pero no podía concentrarse.
Su cuerpo estaba dentro de la casa, pero su alma… estaba con él, allá afuera.
Kagome: (pensando): ¿Por qué no puedo odiarlo del todo…? ¿Por qué sigue doliendo tanto?
Y sin embargo, no salía.
Porque aún no sabía si el corazón podría soportar verlo de cerca… y escucharlo hablar.
Kagome no podía dormir.
El reloj marcaba casi las dos de la madrugada cuando, sin pensarlo demasiado, se acercó a la ventana del pasillo. Corrió apenas un poco la cortina y lo vio allí, acostado en la banca del jardín, con su saco encima como única protección contra el viento que comenzaba a enfriar la noche.
Le dolió verlo así.
No quería que se enfermara, por más molesta que estuviera con él. No era eso lo que quería.
Kagome (pensando): Yo pedí que él fuera el actor de la película… pero nunca imaginé que lo vería así. Solo. Tan vulnerable. No quería que fuera así… no así.
Ella había esperado algo distinto. Una reunión formal en la agencia de Kaede, con todos presentes, un espacio donde pudiera ver qué sentía realmente al tenerlo cerca otra vez. Donde pudiera esconder su temblor emocional tras un protocolo profesional.
Y sin embargo, ahí estaba. En su puerta. Solo. Como si el universo no le diera otra opción más que enfrentarlo directamente.
Pensó en Koga.
En su propuesta aún sin respuesta. Era un buen hombre, sí. Pero…
Kagome (pensando): Hay muchos hombres buenos… y no por eso te enamoras de todos, ¿verdad?
Con un suspiro, abrió la puerta principal y caminó hacia él. El viento le revolvía el cabello, pero no le importó.
Se inclinó un poco y le tocó suavemente el hombro.
Inuyasha (despertando, sobresaltado): ¡¿Ah?!...
Abrió los ojos, todavía adormecido, y al verla de pie junto a él, se incorporó de inmediato. Bajó la mirada, avergonzado, sin saber qué decir.
Kagome: Entra. Te vas a enfermar si te quedas aquí.
Inuyasha no dijo nada, pero obedeció. Entró tras ella, mirando el interior de la casa como si fuera la primera vez. Era tan familiar… y al mismo tiempo, tan diferente.
Volteó hacia la esquina del comedor. Ahí solía estar el cuadro de su boda.
Ya no estaba.
Su pecho se apretó un poco más al notar que en la mano de Kagome tampoco estaba el anillo.
¿Pero por qué le dolía tanto, si él había sido el primero en firmar los papeles?
Se sentó en silencio en una de las sillas del comedor. Kagome apareció al poco rato con una taza de té caliente y se la extendió. Él la tomó entre las manos, sintiendo el calor que le devolvía algo de calma.
Inuyasha (casi inaudible): gracias...
Esa única palabra, ronca y contenida, le erizó la piel a Kagome.
Kagome (sentándose frente a él): La abuela ya está mejor. En unos días le dan de alta. Solo fue una descompensación. Dicen que tal vez fue por estrés…
Guardó silencio un segundo, luego lo miró directamente.
Kagome: Quiero pedirte algo, Inuyasha… por favor discúlpate con mi familia. Ellos no se merecían esto. Sobre todo tu papá. Ellos te quieren.
Inuyasha alzó la vista. La vio.
Tan triste. Tan diferente.
Y supo que quien más había perdido en toda esta historia… era ella.
Él era el hijo. La familia, de algún modo, lo perdonaría con el tiempo. Pero Kagome… tal vez no tendría la misma suerte si no hablaba con claridad.
Inuyasha: Lo haré. Por ti.
Kagome (asintiendo): Gracias…
(se incorporó)
Puedes quedarte en tu antigua habitación. Sé que no tienes mucho ahora, y no quiero que eso te perjudique. Está limpia… nadie la ha tocado.
Inuyasha no supo qué decir. Solo pensó que ella seguía siendo la misma de siempre.
La Kagome que se preocupaba por él, incluso cuando tenía todo el derecho de no hacerlo.
Minutos después, ambos estaban en sus respectivas habitaciones. Cada uno acostado en su cama, mirando al techo. En silencio.
Pero con una sonrisa tonta que no podían borrar del rostro.
Él porque la había vuelto a ver.
Ella porque, aunque todo estaba roto, una parte de su corazón seguía temblando de emoción por tenerlo cerca.
Inuyasha cerró los ojos con una decisión clara: Iba a recuperarla. Ya no era una opción estar sin ella. Pero si realmente quería hacerlo, tenía que enmendar todos sus errores. Y lo primero, sería hablar con su familia… como ella se lo había pedido.
Kagome despertó más tarde de lo habitual.
El sol ya se colaba con fuerza entre las cortinas, y el canto de los pájaros llevaba horas llenando el ambiente. Pero ella apenas y había logrado conciliar el sueño. Pasó la noche dando vueltas en la cama, su mente atrapada en un solo pensamiento: Inuyasha estaba ahí, bajo el mismo techo, otra vez.
Tan cerca… y tan lejos al mismo tiempo.
Se sentó lentamente en la cama, frotándose los ojos. Caminó hasta la puerta de su habitación, la entreabrió y se asomó al pasillo. Se dirigió hacia la habitación de él, con pasos suaves, casi dudando si debía hacerlo. Abrió con cuidado, pero la habitación estaba vacía. La cama, perfectamente tendida. El espacio ordenado. Inuyasha ya no estaba.
Kagome sintió una punzada en el pecho.
Bajó las escaleras, aún adormilada. Pero al pisar el último peldaño, algo en el ambiente la detuvo. El primer piso… estaba impecable.
La sala, recogida. Las ventanas abiertas, dejando entrar la brisa fresca de la mañana. En la cocina, el aire olía a pan tostado y café recién hecho.
Y sobre la mesa… estaba su desayuno.
Un platito con fruta cortada, un café humeante, pan con mantequilla, y a un costado, una pequeña flor silvestre que reconoció de inmediato: crecía cerca del camino de tierra, junto a la cerca trasera.
Kagome se acercó con lentitud, sintiendo que el corazón se le encogía.
Encima del mantel reposaba una nota, escrita con la letra que conocía de memoria.
"Salí a hablar con mi padre. Te veo más tarde."
Solo eso.
No era una carta, ni una declaración de amor. Pero para ella, lo era todo.
Kagome tomó la flor entre los dedos y la acercó a su rostro. Cerró los ojos. Inspiró su aroma. Se le escapó una sonrisa.
Era tan poco… pero había significado tanto.
Por primera vez en mucho tiempo, sintió que una pequeña grieta de luz se abría entre todo el dolor. Como si, poco a poco, sin darse cuenta, empezara a recuperar a la Kagome que solía ser. Esa que soñaba, que reía, que creía en las segundas oportunidades… incluso si el mundo entero parecía en contra.
Se sentó frente al desayuno, y mientras tomaba un sorbo del café que él había preparado, sus pensamientos solo podían girar en torno a una única persona.
Inuyasha.
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El ambiente olía a café recién hecho y pan tostado. Las conversaciones de otras mesas se perdían entre murmullos y cucharillas chocando con porcelana.
Inuyasha estaba sentado junto a la ventana, con la vista clavada en la taza vacía frente a él. El corazón le palpitaba con fuerza, no por temor a ser reprendido, sino por lo que estaba a punto de pedir… no para él, sino para ella.
La puerta de la cafetería se abrió, y Tōga entró con paso firme. Llevaba el ceño fruncido, el porte de siempre. Inuyasha se puso de pie al verlo, pero su padre solo hizo una seña con la mano para que no se molestara. Se sentó frente a él sin decir una palabra y levantó la mano para llamar al mesero.
Tōga: Un café, por favor. Solo… con crema y dos de azúcar.
El mesero asintió y se alejó.
Se quedaron en silencio.
El tipo de silencio que pesa, que arde entre el pecho y la garganta. El tipo de silencio que dice más que cualquier grito.
El café llegó, y Tōga empezó a prepararlo lentamente. El suave cling cling cling de la cuchara al tocar la porcelana se volvió un sonido casi ensordecedor.
Inuyasha: Padre…
Tensó los dedos alrededor de su taza vacía. Respiró hondo. No podía posponerlo más.
Inuyasha: Perdón. Me equivoqué. Por favor… perdóname.
Tōga: ¿Estás pidiendo perdón porque realmente crees que hiciste algo mal… o porque te atraparon?
Inuyasha lo miró directo a los ojos. No podía mentirle, no otra vez. Bajó la mirada un segundo, pero alzó la voz con más firmeza.
Inuyasha: A decir verdad… no creo que todo haya sido un error. Hacer ese contrato… me llevó a conocer a una gran mujer. A la mejor persona que he conocido.
El nudo en su garganta apenas le permitía hablar.
Inuyasha: Pero estoy aquí porque Kagome me lo pidió. Porque se lo debo. Yo fui quien te mintió primero. No ella. Así que… si van a perdonar a alguien… por favor, que sea a ella.
Tōga: ¿Y por qué haríamos eso?
Inuyasha: Porque la amo. Y quiero recuperarla.
Lo dijo con el alma. Sin reservas. Cada palabra era una confesión. Cada palabra era un paso hacia su redención.
Tōga: Si la amas tanto… ¿por qué no hiciste las cosas bien desde el principio?
Inuyasha: Porque no sabía… no sabía que llegaría a amarla así. Nunca lo imaginé. Todo empezó como una mentira… pero luego, sin darme cuenta, ya no podía imaginar mi vida sin ella. Lo arruiné todo.
Tōga lo observó con detenimiento. Su rostro era serio, como siempre. Pero detrás de esos ojos agudos se escondía algo más: orgullo. Porque por fin su hijo no hablaba como un niño caprichoso, sino como un hombre.
Inuyasha: Voy a hacer lo que sea por recuperarla. Voy a hablar con mi madre, con mi abuela. Con todos. Y le voy a pedir a Kagome que se case conmigo otra vez… esta vez, de verdad. Sin contratos. Solo amor.
Tōga no dijo nada de inmediato. Dio un sorbo a su café. Exhaló lentamente.
Tōga: Siempre supe que tenías un buen corazón, aunque te tomaras demasiado tiempo en descubrirlo. No me importa si eres actor, doctor… o barista. Solo quiero que seas un buen hombre. Y hoy, hijo… estás en camino a serlo.
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Inuyasha subía los escalones de la entrada con el corazón agitado por la emoción. En el bolsillo de su pantalón, resguardado con cuidado, llevaba una pequeña caja de terciopelo que contenía el anillo de compromiso que había comprado esa tarde. No era el más costoso, pero sí el más significativo. Había buscado algo sencillo, con una piedra que brillara de forma tenue, como los ojos de Kagome cuando hablaba de sus sueños. Algo que la representara. Algo que dijera sin palabras: "Eres tú. Siempre has sido tú."
Había pensado en todo: llevarla a cenar, contarle lo que realmente sentía, pedirle perdón con cada palabra, con cada silencio. Y, finalmente, arrodillarse y pedirle que lo eligiera, esta vez sin contratos, sin condiciones, solo amor.
Pero apenas cruzó la puerta, sus planes comenzaron a tambalearse.
Se detuvo al escuchar una risa. No cualquiera. La risa de ella. Alegre, viva… pero no estaba sola.
Se acercó al comedor, y allí los vio: Kagome y Koga, sentados a la mesa, compartiendo comida, conversación, y algo más que no sabía cómo describir… pero que le dolió profundamente.
Kagome (sonriendo al verlo): ¡Ah, justo a tiempo! Te estábamos esperando para comer.
Koga (levantándose para saludarlo): Qué onda, Inu. Pasa, siéntate, ya está todo servido.
Inuyasha forzó una sonrisa, pero por dentro todo su cuerpo se tensaba. ¿Qué hacía Koga ahí? ¿Desde cuándo eran tan cercanos otra vez? Se sentó en silencio. La comida olía bien, pero no podía tragar el nudo que tenía en la garganta. El pequeño estuche en su bolsillo ahora parecía pesar una tonelada. Durante varios minutos solo se escuchaban los cubiertos contra los platos. Hasta que Koga decidió hablar.
Koga: Inuyasha, justo te quería contar… estoy trabajando en un nuevo proyecto, una película. Me encantaría que pudieras trabajar conmigo. ¿Qué opinas?
Inuyasha (seco): Estoy retirado. Busca a otro.
Koga (con una sonrisa desafiante): Sí, pensé que dirías eso. Pero esta vez no es decisión mía. Fue idea del escritor. Bueno, de la escritora.
Inuyasha alzó una ceja, intrigado. Koga sonrió con satisfacción antes de soltar la bomba.
Koga: Se llama Kagome Higurashi. Tal vez te suene.
Kagome, con las mejillas ardiendo, bajó la vista. No se atrevía a ver a Inuyasha a los ojos.
Kagome (en voz baja): Lo escribí pensando en ti… en ese personaje. No puedo imaginar a nadie más interpretándolo. Por favor… hazlo.
Inuyasha la miró por fin. El mundo se detuvo un segundo. Ahí estaba ella, tan hermosa, tan vulnerable, tan suya…
Y ahí estaba él, con el corazón en la mano, aún sin decir nada de lo que realmente quería decir.
Inuyasha (con voz suave): Aunque quiero retirarme… lo haré. Solo por ti.
Kagome sonrió, y esa sonrisa fue como volver a respirar después de estar sumergido demasiado tiempo.
Pero el momento se rompió tan rápido como se había formado.
Koga (interrumpiendo): Perfecto. Entonces ahora falta lo más importante: buscarte un departamento.
Inuyasha (frunciendo el ceño): ¿Perdón?
Koga: Sí. No me gusta que estés tan cerca de mi mujer.
Un silencio mortal cayó sobre la habitación.
Inuyasha lo miró con incredulidad. Las palabras le retumbaban en la cabeza: mi mujer.
Kagome, congelada, lo miró sin saber qué decir. Sabía que no era verdad, sabía que no podía permitir que Koga dijera eso… pero no reaccionó. No sabía cómo. El miedo a herir a Koga.
Pero fue demasiado tarde. El daño estaba hecho. Inuyasha sintió como si el aire se le escapara del pecho. El calor en sus mejillas no era vergüenza. Era furia. Era tristeza. Era el dolor insoportable de haber llegado tarde, una vez más.
Koga: —Inuyasha… ¿podemos hablar un momento?
El silencio cayó como un muro de concreto en la sala. Kagome se giró sorprendida hacia él, esperando que sus palabras fueran dirigidas a ella, pero no… la mirada de Koga estaba clavada en Inuyasha. Firme, seria, sin vacilar.
Inuyasha: —¿Contigo? ¿Ahora?
Koga: —Sí. Afuera. Solo será un momento.
Inuyasha apretó la mandíbula, su mirada se cruzó brevemente con la de Kagome. Ella parecía desconcertada, preocupada por lo que pudiera pasar. Koga no desvió la vista de Inuyasha en ningún instante.
Inuyasha se levantó sin decir más, empujando la silla hacia atrás con brusquedad. Metió las manos en los bolsillos del pantalón, ahí donde seguía resguardado el anillo que aún no se atrevía a ofrecer.
Salieron al jardín. La brisa era fresca, pero el ambiente entre ellos dos era denso como una tormenta a punto de estallar. Kagome se quedó sentada, inmóvil, con el corazón latiéndole con fuerza. Sabía que algo iba a cambiar a partir de esa conversación, pero no sabía si sería para bien… o para perderlo todo.
El sonido del mar golpeando suavemente contra las rocas acompañó esa confesión. Inuyasha se mantuvo en silencio, su expresión impasible, aunque por dentro sintió que el aire le abandonaba los pulmones.
Koga: —La verdad... quería pedirle matrimonio, pero me contuve. No quería asustarla.
Inuyasha apretó la mandíbula. Contó hasta cinco. Tal vez diez. No porque le sorprendiera la confesión, sino porque necesitaba cada segundo para no perder la compostura que tanto le había costado construir en su tiempo lejos. En otro momento, en otra vida, ya le habría soltado un puñetazo directo al rostro. Pero ahora… ahora debía ser distinto.
Inuyasha: —¿Y qué te dijo?
Koga: —Que la esperara un poco más… dijo que aún era pronto desde su divorcio.
Ambos se quedaron en silencio. Las palabras no eran necesarias cuando la verdad estaba flotando en el aire. Se escuchaban las olas rompiendo, el crujir de las ramas con la brisa nocturna. Y entre ellos, el peso de todo lo no dicho.
Koga: —Tú ya tomaste tu decisión, ¿no? Te fuiste. La dejaste.
Inuyasha lo miró de reojo. No hablaba. Solo contenía esa rabia silenciosa, ese deseo de gritar que no, que no había sido su decisión, que no quería haberla dejado nunca.
Koga: —Entonces solo vete. No vuelvas a ponerla en esta posición. Ella está tratando de ser fuerte… pero tú sabes tan bien como yo que ella sigue rota. Tú la rompiste. Y yo estoy aquí para recoger los pedazos. Para que me elija a mí.
Inuyasha apretó los puños dentro de los bolsillos. No respondió. No iba a hacerlo. No aún. Porque si algo había aprendido, era que las promesas se hacían con acciones, no con palabras vacías.
Momentos después, Koga salía por la puerta principal. El cielo empezaba a teñirse con los tonos ocres del atardecer. Kagome estaba junto al marco de la puerta. Inuyasha, a unos pasos detrás de ella, guardaba silencio.
Kagome: —Adiós, Koga.
Koga se detuvo un instante. Ese "adiós" le dolió más de lo que esperaba. No porque fuera frío, sino porque fue demasiado dulce… definitivo. Supo en ese segundo lo que había querido negar por tanto tiempo: la había perdido. No por culpa de Inuyasha, sino porque, si era honesto consigo mismo, nunca la tuvo.
Koga asintió suavemente con la cabeza. Luego subió a su auto y se marchó.
Kagome ya estaba en la cama, pero no podía dormir. Se daba vueltas entre las sábanas, el corazón inquieto, el pecho apretado. Sentía que la conversación con Inuyasha —esa que había estado esperando desde hacía tanto— se le había escapado entre los dedos. No habían hablado de lo importante. No habían aclarado nada. El nudo que tenía en la garganta desde la visita de Koga seguía ahí, apretando más fuerte con cada minuto que pasaba.
Finalmente, se levantó. Caminó descalza por el pasillo en penumbras, arrastrando la bata sobre los tobillos, y bajó a la cocina por un vaso de agua. Pero no estaba sola.
Ahí estaba él.
Inuyasha, sentado a la mesa del comedor con una botella de cerveza entre los dedos, los codos sobre la mesa, la vista fija en el suelo como si pesara toneladas. No se movió cuando sintió su presencia. Ni siquiera la miró. Sus pensamientos eran demasiado ruidosos como para reaccionar.
Seguía dándole vueltas a las palabras de Koga, como una maldición: "Tú ya decidiste. La dejaste. Ella está rota… y yo voy a estar ahí cuando te elija a mí".
¿Y si tenía razón? ¿Y si volver a la vida de Kagome era solo repetir el ciclo de daño? ¿Y si él no era lo suficientemente bueno para ella? ¿Y si estaban condenados a amarse mal?
Kagome abrió el refrigerador sin decir una palabra. Sacó una cerveza, la abrió y se sentó frente a él. Ambos se quedaron en silencio. Una especie de paz rota reinaba entre ellos, densa como niebla.
Inuyasha: —Ya hablé con mi padre…
Kagome alzó la vista, sorprendida.
Kagome: —¿En serio?
Inuyasha: —Le pedí perdón. Como me pediste tú.
Kagome sintió que algo en su pecho se ablandaba. Se le formó una pequeña sonrisa temblorosa. Esa parte de Inuyasha, la que obedecía sus palabras aunque no se lo admitiera, siempre la enternecía.
Kagome: —Gracias por hacerlo… de verdad.
Él asintió apenas. Tomó un trago largo de la botella antes de seguir hablando.
Inuyasha: —Mañana me voy a mudar.
Kagome parpadeó. El frío recorriéndole la espalda fue inmediato.
Kagome: —¿Qué?
Inuyasha: —No quiero incomodar tu vida. No tengo derecho a estar aquí si tú vas a estar con Koga.
Kagome: —Eso… ah… no… no es como…
Inuyasha: —Está bien, Kagome.
La interrumpió, con esa voz baja que siempre usaba cuando se convencía de algo que le dolía.
Inuyasha: —Él se preocupa por ti. Te quiere de verdad. Tal vez lo más sensato sería elegirlo a él.
Terminó su cerveza, se levantó y dejó la botella vacía sobre la mesa. No la miró, no esperó respuesta, no buscó consuelo. Solo se fue caminando en silencio, sus pasos apagados como su voluntad.
Kagome se quedó sola, con la botella en la mano y la mirada perdida. ¿Cómo podía seguir siendo tan testarudo? ¿Tan ciego? ¿Cómo podía decir esas cosas como si ella no estuviera ahí, como si ella no sintiera nada, como si no lo amara con cada parte de su ser?
Lo había perdonado mil veces en silencio, y aun así él seguía sin entender… que todo lo que ella quería era a él. Solo a él. Con sus heridas, con su carácter imposible, con su mundo caótico. No necesitaba que fuera sensato. Necesitaba que fuera valiente.
El sol ya se filtraba tímidamente por las cortinas cuando Kagome se despertó. Durante un momento se quedó inmóvil en la cama, intentando recordar por qué su pecho dolía tanto. Al levantarse, no necesitó pensar demasiado: sus pasos la llevaron directo a la habitación de Inuyasha. Empujó la puerta con ansiedad.
Todo estaba ordenado.
Demasiado ordenado.
Corrió hasta la mesita de noche. Nada. La pulsera, el perfume, el leve desorden que solía dejar… todo había desaparecido. La habitación se sentía vacía, desconocida. Silenciosa.
Kagome bajó apresurada las escaleras, con el corazón acelerado y un mal presentimiento haciéndose más fuerte. Entró en la cocina con la esperanza de encontrarlo ahí, preparando café o maldiciendo por el calor del día. Pero no había nadie. Solo una nota pegada en el refrigerador.
"Los pollos escritores duermen demasiado. Debes despertar temprano y hacer ejercicio. Ánimo, sé que lograrás todo lo que te propongas. —Inuyasha."
La nota fue una daga directa al corazón. El nudo en su garganta creció y las lágrimas amenazaron con salir. Pero justo cuando estaba a punto de quebrarse, el timbre sonó. Se secó los ojos rápidamente, tomó aire y abrió la puerta.
Koga: —Buenos días.
Sostenía un ramo de flores como cada jueves. La sonrisa en su rostro se desvaneció apenas vio el estado de Kagome. Ya no necesitaba palabras. La entendía solo con mirarla.
Kagome se hizo a un lado y lo dejó pasar. Caminó directo a la cocina, sacó un vaso y se lo ofreció con agua. No tenía ánimo para preparar té o café. No tenía fuerzas siquiera para pretender.
Ambos se sentaron en silencio. El aire estaba cargado de algo distinto. No solo tristeza, sino aceptación. Renuncia.
Kagome: —Inuyasha se fue hoy… mientras dormía.
Su voz era apenas un susurro, pero contenía todo el peso del mundo.
Kagome: —Al menos… al menos debería haberse despedido. Siempre lo estoy esperando cuando no está cerca. Incluso cuando sé que no va a volver. Se siente tan extraño cuando no está conmigo… Me digo a mí misma que no lo espere, que no es sano, que debo olvidarlo… pero sigo haciéndolo. Sigo esperándolo.
Se quedó en silencio unos segundos, procesando lo que acababa de decir. Luego bajó la mirada y continuó.
Kagome: —Esperar a alguien es algo muy difícil de hacer… Así que… no me esperes más.
El corazón de Koga se apretó al escuchar esas palabras. Respiró hondo, contuvo sus propias emociones y solo pudo pronunciar su nombre:
Koga: —Kagome…
Kagome: —Lo siento… debí decirlo antes. Debí decirte desde el principio que no me esperaras… Lamento tanto tener que decirlo ahora, así…
Koga sonrió con tristeza, aceptando la derrota como lo haría un hombre digno.
Koga: —No te disculpes. Fui yo quien lo supo desde el inicio. Fui yo quien se aferró a la idea de no perder contra Inuyasha. Me dejé llevar por ese impulso y no vi lo evidente… que tu corazón ya tenía dueño. Me duele, sí… pero me alegra haberlo intentado. Me alegra haber estado aquí para ti.
Se levantó, dio la vuelta a la mesa y se agachó frente a ella. Le tomó la mano con delicadeza y le dio un beso tierno en la mejilla, con una ternura que solo los amigos verdaderos podrían compartir.
Koga: —Adiós, Kagome… Y no me saques de tu vida, por favor. Dame tiempo para sanar, pero no me pierdas como amigo.
Kagome no supo qué decir. Asintió en silencio, sintiendo la garganta cerrarse. Koga se fue sin mirar atrás. Kagome se quedó sentada, con el corazón más liviano pero aún desordenado. No podía quedarse en casa. No después de todo lo que acababa de pasar. Tomó su bolso, esperó a ver por la ventana que Koga se marchara… y salió sin rumbo fijo. Necesitaba caminar. Respirar. Procesar. Pensar…
La noche envolvía la casa con un silencio frío, apenas quebrado por el suave murmullo del mar a lo lejos. Kagome empujó la puerta, cansada, vacía, con el alma estrujada por la ausencia de Inuyasha. Otra vez se había ido. Otra vez sin decirle adiós. Siempre tomando decisiones por los dos, siempre cerrando puertas sin avisar.
Dejó su bolso en la mesa, se acercó a la ventana del comedor para correr las cortinas... y lo vio.
Allí, sentado en la banca del jardín. Inmóvil. Casi como si no fuera real.
El corazón le dio un vuelco. ¿Qué hacía ahí? ¿Había vuelto? ¿No se había ido?
Salió corriendo, su respiración entrecortada por la mezcla de sorpresa, enojo y esa esperanza que se negaba a morir.
Kagome: —¿Qué haces aquí...? —preguntó con voz baja, apenas contenida—. Se supone que te habías ido esta mañana.
Inuyasha levantó la mirada, serio. No había arrogancia ni ironía en su rostro. Solo una profunda vulnerabilidad.
Inuyasha: —Sí... me fui. Pero olvidé decirte algo... y darte algo.
Kagome lo miró en silencio, sentándose a su lado. Su cuerpo temblaba, no sabía si por el frío de la noche o por el temblor que le provocaban sus palabras.
Kagome: —¿Qué cosa?
Inuyasha bajó la vista por un segundo, respiró profundo, y luego la miró a los ojos.
Inuyasha: —Kagome... Me prometí que nunca volvería a perderte. Pero en los momentos más críticos siempre huyo. No lo entiendo… estoy tan enojado conmigo mismo. No lo soporto más.
Kagome sintió que su corazón latía más rápido, pero no dijo nada. Solo lo observaba, tratando de encontrar en su rostro alguna señal clara, algo que le confirmara que no estaba soñando.
Kagome: —¿Qué estás diciendo…?
Inuyasha: —Siempre te hago daño. Ni siquiera sé cómo protegerte. No sé cómo amar… nunca lo aprendí. Nunca lo tuve. Y por eso tampoco sé cómo hacerte feliz. Pero si me dices cómo hacerlo… lo haré. Si me dices que espere, te esperaré. Si me dices que te compre flores, te llenaré la casa. Pero déjame… déjame quedarme a tu lado. Aunque no sepa cómo amarte… quiero aprenderlo contigo.
Los ojos de Kagome brillaban, pero no de alegría. Era la mezcla de rabia, ternura y confusión. ¿Se estaba declarando… sin decirle que la amaba? ¿Qué significaba eso?
Antes de que pudiera responder, Inuyasha se puso de pie lentamente, metió la mano al bolsillo de su pantalón y se arrodilló frente a ella. Abrió una pequeña caja de terciopelo oscuro. Dentro, un anillo sencillo, pero hermoso, con un diseño delicado y cálido, como si hablara el lenguaje silencioso del corazón.
Inuyasha: —Kagome… he pasado mi vida pensando que estaba enamorado de alguien más… porque no conocía otra forma de amor. Pero cuando tú llegaste… no supe entender que lo nuestro fue más allá de un simple contrato. Hice todo mal. Huir fue lo más cobarde que pude haber hecho… y me arrepiento cada día de eso.
Le tomó la mano suavemente, sus dedos temblaban.
Inuyasha: —Por eso, hoy… te pido que me hagas el honor… de ser mi esposa.
Kagome se quedó completamente en silencio. El mar seguía rugiendo a lo lejos. El viento movía suavemente su cabello. El anillo brillaba en medio de la noche. Su rostro era una mezcla de impacto, miedo y emoción. Y sus labios... no dijeron nada.
