Capítulo 1
"La única manera de lidiar con este mundo es rebelarse contra él. Pero esa rebelión debe ser una búsqueda de la verdad, no una negación." — Albert Camus
El tren escarlata de Hogwarts serpenteaba por las colinas verdes, dejando tras de sí una estela de vapor que se desvanecía en el aire fresco de septiembre. Para muchos estudiantes, el regreso al castillo marcaba un regreso a la normalidad, pero para Hermione Granger, el viaje era un recordatorio doloroso de cómo la guerra había cambiado todo. Ya nada se sentía igual, ni siquiera la alegre cacofonía de risas y charlas en el expreso.
Hermione miraba por la ventana del compartimento, el paisaje difuminándose mientras sus pensamientos vagaban. Ginny, sentada frente a ella, miraba una revista de Quidditch sin mucho entusiasmo, y Neville Longbottom se encontraba inclinado sobre un libro de Herbología, con el ceño fruncido estaba completamente concentrado.
—¿Estás bien, Hermione? —preguntó Ginny, alzando la vista.
Hermione se volvió hacia ella con una sonrisa forzada.
—Sí, solo estaba pensando en cómo será este año. Es extraño, ¿no crees? Sin Harry, sin Ron...
Ginny suspiró y dejó la revista a un lado.
—Lo sé. También los echo de menos. Pero tú misma dijiste que ellos necesitaban seguir con la Academia de Aurores. Esto es algo que todos necesitamos: terminar lo que empezamos. Neville asintió, cerrando su libro. —Y Hogwarts necesita a personas como nosotras para ayudar a reconstruirlo. Es nuestro hogar, después de todo.
Hermione se sintió reconfortada por sus palabras, pero también pesaba sobre ella la certeza de que este último año sería diferente, y no solo porque faltaban Harry y Ron. Había un aire de incertidumbre que impregnaba todo, una tensión que no podía ignorar.
El traqueteo del tren cambió ligeramente cuando éste cruzó un puente alto sobre un valle. Hermione se sorprendió al notar que su pecho se apretaba por la nostalgia al ver la silueta de Hogwarts recortada contra el cielo azul. Por un instante, permitió que la esperanza se colara entre sus pensamientos. Tal vez este año no sería tan malo como temía. Tal vez había lugar para la reconstrucción, no solo de los muros del castillo, sino también de sus vidas.
El bullicio nada más bajar del tren era reconfortante y abrumador a partes iguales. Los niños de primer años corrían emocionados hacia los botes que los llevarían al castillo, mientras los estudiantes mayores se agrupaban en carruajes tirados por thestrals. Hermione observó cómo algunos compañeros evitaban mirar a las criaturas aladas, una evidencia de cuántos más podían verlas ahora. Ella misma se detuvo por un instante, acariciando el hocico de uno de los thestrals antes de subirse al carruaje.
—Es extraño, ¿verdad? —dijo Neville, rompiendo el silencio.
—¿El qué? —preguntó Hermione, volviendo en sí.
—Todo esto. Es como si tratáramos de pretender que todo es normal, pero nada lo es.
Ginny asintió desde su asiento. —Quizá nunca lo sea. Pero eso no significa que no podamos intentar construir algo nuevo.
Hermione sonrió débilmente, apreciando el optimismo de Ginny, aunque no estaba segura de compartirlo por completo.
En el Gran Comedor, las mesas largas estaban adornadas con los colores brillantes de las casas. Hermione se sentó junto a Ginny y Neville en la mesa de Gryffindor, pero no pudo evitar mirar de reojo hacia la mesa de Slytherin. Draco Malfoy estaba ahí, sentado al final de su mesa, lejos de sus compañeros. Su rostro, más pálido de lo habitual, estaba marcado por un cansancio que incluso su habitual porte altivo no podía disimular.
—Míralo —murmuró Ginny—. Parece que nadie quiere acercarse a él. Y no me sorprende.
Hermione siguió observando. Los estudiantes de Slytherin también parecían distantes entre ellos, un reflejo de la división que la guerra había dejado incluso en su propia casa. Draco mantuvo la cabeza baja, concentrado en su plato como si intentara hacerse invisible.
—Supongo que así es como se siente ser un marginado —comentó Neville con cierto desdén.
Hermione frunció el ceño, pero no dijo nada. Aunque entendía el resentimiento de sus amigos hacia Draco, una parte de ella no podía evitar sentir una punzada de lástima. Nadie podía negar que había hecho cosas terribles, pero también era cierto que había sufrido las consecuencias.
La profesora McGonagall se levantó para dar su discurso de bienvenida, interrumpiendo sus pensamientos.
—Bienvenidos de nuevo a Hogwarts. Este año es especial, no solo porque volvemos a estar juntos, sino porque tenemos la oportunidad de sanar y reconstruir. Como parte de este esfuerzo, algunos estudiantes trabajarán juntos en proyectos intercasas para fomentar la cooperación y el entendimiento.
Un murmullo recorrió el comedor. Hermione notó que Draco levantó la vista brevemente, antes de volver a bajar la cabeza. McGonagall continuó:
—Los detalles se darán en las clases, pero confío en que todos ustedes aprovecharán esta oportunidad para aprender los unos de los otros.
Hermione sintió un leve entusiasmo. Siempre había creído en la importancia de la unidad entre las casas, pero también se preguntó qué tan difícil sería trabajar con personas que aún cargaban prejuicios y resentimientos.
Esa noche, mientras deshacía su equipaje en la torre de Gryffindor, Hermione pensó en las palabras de McGonagall. La idea de los proyectos intercasas podía ser el primer paso hacia una verdadera reconciliación, pero también podía desenterrar viejas heridas. Sus pensamientos fueron interrumpidos por un golpe en la puerta.
—¿Hermione? —La voz de Ginny se filtró desde el otro lado—. ¿Puedo pasar?
—Claro —dijo, cerrando la tapa de su baúl.
Ginny entró y se sentó en la cama de Hermione.
—¿Estás preocupada? —preguntó, mirándola fijamente.
—Un poco. Creo que McGonagall tiene buenas intenciones, pero no sé si todos estarán dispuestos a dejar el pasado atrás. Ginny asintió.
—Especialmente los Slytherin. Pero también nosotros. A veces es difícil olvidar lo que hicieron.
Hermione suspiró. Sabía que Ginny tenía razón, pero también sabía que si nadie daba el primer paso, las heridas nunca sanarían.
—Al menos tenemos a Neville con nosotras —dijo Ginny, sonriendo débilmente—. Siempre ha sido un buen amigo.
Hermione sonrió ante el comentario. Neville había demostrado ser más valiente de lo que nadie esperaba durante la guerra, y su lealtad era inquebrantable. Era reconfortante saber que al menos había personas en quienes podía confiar completamente.
A la mañana siguiente, durante la clase de Encantamientos, el profesor Flitwick anunció los equipos para el proyecto intercasas. Hermione escuchó con atención mientras Flitwick leía los nombres, y sintió que su corazón se detenía cuando dijo:
—Hermione Granger y Draco Malfoy.
Un murmullo recorrió la sala. Hermione miró hacia Draco, quien parecía tan sorprendido como ella. Sus miradas se cruzaron por un instante antes de que ambos desviaran la vista.
—Esto va a ser interesante —murmuró Ginny, sentada a su lado.
Hermione trató de concentrarse en las instrucciones de Flitwick, pero su mente estaba en otra parte. Trabajar con Draco Malfoy no era algo que hubiera previsto, y no estaba segura de cómo manejarlo. Sin embargo, también sabía que esta podía ser una oportunidad para algo más grande que sus diferencias personales.
Cuando la clase terminó, Draco se acercó a ella con una expresión cautelosa. Había un leve temblor en su voz cuando dijo:
—Granger. Parece que estamos atrapados.
Hermione lo miró fijamente. Podía sentir las miradas de los demás estudiantes clavadas en ellos.
—Sí, parece que sí. Supongo que deberíamos empezar pronto.
Draco asintió, y por primera vez, Hermione notó algo diferente en sus ojos: un rastro de vulnerabilidad que nunca había visto antes.
—Haremos que funcione —dijo él, antes de girarse y salir del aula.
Mientras lo observaba marcharse, Hermione no pudo evitar preguntarse si este proyecto podría ser el comienzo de algo que ninguno de los dos esperaba.
Esa tarde, mientras organizaba su horario, Hermione reflexionó sobre la actitud de Draco. Aunque había sonado neutral, casi frío, había algo en su tono que indicaba un esfuerzo genuino por mantener la paz. Quizás, pensó, él también deseaba un cambio. Pero las cicatrices de la guerra no eran fáciles de borrar, y Draco Malfoy no era alguien que bajara su guardia fácilmente. Hermione se preguntó cuánto tiempo podría mantener ese tenue equilibrio antes de que las diferencias y resentimientos entre ambos salieran a la superficie.
La primera reunión del proyecto fue pactada en la biblioteca, un lugar neutral donde los murmullos y las miradas curiosas de sus compañeros serían menos intensos. Hermione llegó temprano, como de costumbre, y se sentó en una mesa apartada cerca de las estanterías. Había preparado una lista de posibles enfoques para el proyecto, organizada y meticulosamente anotada en su cuaderno. Quería estar lista para cualquier problema que aconteciese, incluyendo la posibilidad de que Draco no se presentara.
Sin embargo, no tuvo que esperar mucho. Draco apareció a los pocos minutos, su figura esbelta y su estoica pose destacó en el silencio de la biblioteca. Llevaba consigo un cuaderno y un par de pergaminos, lo que al menos sugería que planeaba tomarse el proyecto en serio.
—Granger —dijo con un ligero asentimiento al sentarse frente a ella. Su tono era distante, pero no hostil.
—Malfoy —respondió ella, tratando de sonar cordial. No quería escalar tensiones innecesariamente. El silencio se instaló entre ellos mientras ambos sacaban sus materiales. Hermione se armó de valor para romper el hielo.
—He pensado en algunas ideas para el proyecto —dijo, empujando su cuaderno hacia él—. Podríamos centrarnos en cómo los encantamientos de protección evolucionaron durante la guerra y cómo podrían aplicarse para mejorar la seguridad en Hogwarts.
Draco tomó el cuaderno y lo hojeó en silencio. Hermione notó que sus ojos recorrían las páginas con rapidez, y una leve expresión de interés se formó en su rostro.
—Es una buena idea —admitió finalmente, dejando el cuaderno sobre la mesa—. Aunque creo que podríamos enfocarnos más en la implementación práctica. Los teóricos ya tienen demasiados libros al respecto.
Hermione arqueó una ceja, sorprendida por la sugerencia. No era típico de Draco Malfoy mostrar interés por algo práctico, al menos no según lo que recordaba de los años anteriores.
—Eso podría funcionar —dijo, sintiendo una chispa de entusiasmo—. Tal vez podríamos hacer una demostración al final del proyecto, algo que combine teoría y práctica.
Draco asintió, y por un instante, la barrera entre ellos pareció desmoronarse ligeramente. Sin embargo, justo cuando Hermione comenzaba a relajarse, Draco habló, su tono volviendo a ser frío y distante.
—Pero dejemos algo claro, Granger. No esperes que esto sea una especie de... reconciliación. Solo estamos trabajando juntos porque no tenemos otra opción.
Hermione apretó los labios, conteniendo una respuesta mordaz y en lugar de eso, decidió mantener la compostura.
—Lo entiendo. Y no espero nada de ti, Malfoy, excepto que cumplas con tu parte del trabajo.
Draco la miró fijamente por un momento antes de asentir. Había algo en su mirada que sugería que las palabras de Hermione lo habían tomado por sorpresa, pero no dijo nada más.
Durante las semanas siguientes, Hermione y Draco se reunieron regularmente en la biblioteca. Aunque sus interacciones eran inicialmente tensas y estrictamente profesionales, poco a poco comenzaron a desarrollarse momentos de tregua. Draco, para sorpresa de Hermione, tenía un ingenio afilado que a veces asomaba entre sus comentarios. Y aunque su tono seguía siendo seco, Hermione notó que sus críticas al trabajo eran, en su mayoría, constructivas.
Por su parte, Draco parecía sorprendido por la dedicación de Hermione. Aunque siempre había sabido que era inteligente, no había esperado que fuera capaz de trabajar con tanta eficacia incluso con alguien como él. En más de una ocasión, se encontró admirando en silencio su capacidad para organizar y priorizar tareas.
Sin embargo, los días no estaban exentos de desafíos. Los murmullos y miradas de sus compañeros eran constantes, especialmente cuando se les veía saliendo juntos de la biblioteca o discutiendo sobre el proyecto en los pasillos. Hermione trataba de ignorarlos, pero no podía evitar sentir un nudo en el estómago cada vez que escuchaba a alguien murmurar "¿Qué hace con Malfoy?" o "Debe de estar loca".
Un día, mientras trabajaban en un aula vacía para practicar uno de los encantamientos, Draco finalmente rompió el silencio sobre el tema.
—No entiendo cómo puedes soportarlo —dijo de repente, mientras lanzaba un hechizo protector contra una pared.
Hermione, que estaba revisando un pergamino, levantó la vista, confundida.
—¿Soportar qué?
Draco bajó la varita y se giró hacia ella.
—A ellos. A los que te miran como si estuvieras traicionándolos por trabajar conmigo.
Hermione lo miró fijamente, sorprendida por el comentario. Era la primera vez que Draco mostraba algún tipo de interés por cómo ella estaba manejando la situación.
—Porque sé que estoy haciendo lo correcto —respondió finalmente—. Y si ellos no pueden verlo, es problema suyo, no mío.
Draco soltó una risa seca, pero no parecía burlarse.
—Supongo que esa es una de las cosas que siempre me han irritado de ti, Granger. Esa maldita necesidad de hacer lo correcto, sin importar las consecuencias.
Hermione cruzó los brazos, sintiéndose ligeramente ofendida.
—¿Y qué hay de malo en eso?
Draco la miró durante un largo momento antes de responder.
—Nada, supongo. Solo que a veces desearía haber tenido un poco de esa fuerza cuando más la necesitaba.
Sus palabras la tomaron por sorpresa, y durante un instante, Hermione vio algo en Draco que nunca había visto antes: genuina vulnerabilidad. Fue un momento fugaz, pero suficiente para hacerla cuestionarse cuántas capas ocultaba realmente detrás de su fachada arrogante.
Quizás, pensó Hermione mientras lo observaba volver a practicar el hechizo, había más en Draco Malfoy de lo que ella había imaginado
