Herencia y promesas
La lluvia caía con fuerza sobre el tejado de la antigua mansión Saotome, como si el cielo llorará junto a la familia. Dos muchachos, de apenas 14 y 17 años, observaban a su hermano mayor con una mezcla de desconcierto y temor, incapaces de comprender del todo lo que ocurría. En alguna habitación apartada de la casa, su madre lloraba desconsolada, como si el mundo se le hubiese derrumbado entre las manos.
El mayor se mantenía en pie frente al altar improvisado donde descansaban las cenizas de su padre, Genma Saotome. No había lágrimas en su rostro, solo confusión, enojo y una creciente sensación de traición.
-¿Padre… cómo fuiste capaz de hacer algo así?
Apenas unas horas antes, habían estado en el funeral. Ranma, con solo 20 años, tuvo que hacerse cargo de todo por ser el hijo mayor. El dolor aún era reciente, crudo. No había tenido tiempo para procesarlo cuando el abogado de la familia los reunió a él y su madre en una habitación apartada para leer el testamento (sus hermanos aún eran menores de edad por lo que no pudieron estar presentes).
El silencio era denso, casi irrespirable, y el crujir de las páginas al abrir el sobre parecía una ofensa. Ranma sintió un nudo en la garganta al escuchar las primeras palabras solo aclaraban quien se quedaría que... Pero lo que vino después… eso no lo vio venir. Nadie lo vio venir.
—El aval y encargado de gestionar que todo esto se cumpla es, por supuesto, mi hijo mayor, a quien instruí con todo lo necesario para que pueda hacerse cargo —siguió el abogado—. Sin embargo —hizo una breve pausa, alzando la mirada por encima del papel—, he de aclarar que es mi último deseo, y condición para que todo lo demás sea válido, que se cumpla a la brevedad después de mi muerte... la promesa hecha a mi gran amigo Soun Tendo. Sin cuestionar.
Ranma no tenía idea de a qué promesa se refería. Frunció el ceño y volvió la vista hacia su madre. Ella también lo miraba, confundida, como si buscara en los ojos de su hijo una respuesta que no tenía. Ambos sabían que Genma Saotome era capaz de muchas cosas… pero esto los había tomado completamente por sorpresa.
El abogado, sin darles tiempo a procesar más, retomó la palabra con la misma calma que usó desde el inicio:
—El señor Saotome me entregó por escrito la promesa hecha al señor Tendo. Y ahora… procederé a leerla.
Sacó un segundo sobre, más pequeño, con un sello rojo. Lo rompió con cuidado y desdobló el papel en su interior. La tensión en la sala era palpable.
El abogado carraspeó suavemente antes de dar lectura al segundo documento, su voz templada y solemne:
—"Yo, Genma Saotome, prometo a ti, hermano y amigo Soun Tendo, que mi hijo mayor, Ranma Saotome, continuará velando por tus tres queridas hijas, tal como yo lo hice hasta ahora, Con la diferencia de que mi hijo se casará con una de ellas —la que él elija— con el fin de brindarles protección, compañía y asegurar el futuro de nuestras familias.
Al terminar, el abogado bajó el papel y dejó que el silencio hablara por él.
Ranma se llevó una mano a la cabeza, incapaz de creer lo que acababa de escuchar. No solo estaba obligado a casarse, sino que además había sido encomendado a una tarea que nunca pidió: proteger a tres hermanas a las que ni siquiera conocía.
—¿Esto… esto es una broma, cierto? —dijo con la voz rasgada por la mezcla de incredulidad y enojo.
El abogado negó suavemente con la cabeza y su madre permanecía en estado de shock.
—No, señor Saotome. Fue el deseo final de su padre. Y, según lo estipulado, su cumplimiento es condición para heredar cualquier parte de su patrimonio.
—Demonios… —murmuró Ranma entre dientes, apretando los puños.
No se trataba solo de su parte del patrimonio. Su padre lo había nombrado aval, el garante de todo. Eso significaba que, si él no cumplía con esa absurda promesa, ni su madre, ni sus hermanos tendrían acceso a nada. Las propiedades, las cuentas, todo quedaría congelado.
Había estado cargando con el peso del funeral. Ahora cargaba con el legado completo. Y lo peor… era que no tenía opción.
Volvió a mirar al abogado, que lo observaba con calma, como si esperara una respuesta que Ranma aún no estaba listo para dar.
Ranma lo supo: estaba atrapado. No tenía opción. Realmente, no le importaba heredar o no los bienes de su padre. Tenía sus propios ingresos, su propia vida, sus propios negocios que había logrado levantar por su cuenta. Pero … su madre y sus hermanos eran otra historia. Ellos dependían de esa herencia.
El peso de la responsabilidad le aplastó el pecho, y por un instante, su visión se nubló. No podía permitir que los echaran a la calle. No podía dejarlos sin nada, sin un hogar, sin futuro.
—Maldita sea —murmuró, pasando una mano por su rostro, sintiendo el cansancio y la frustración acumularse como una presión insoportable—. No puedo dejar que eso pase…
Volvió a mirar al abogado, como si esperara que todo fuera un mal sueño. Pero no lo era. No podía deshacer lo que su padre había hecho. No podía deshacer el futuro que se le había impuesto.
La mirada de la madre de Ranma no podía esconder la tristeza que la envolvía. Su rostro estaba marcado por el dolor de la pérdida, pero también por la culpa. Sabía que, en parte, todo lo que estaba ocurriendo era responsabilidad de su esposo, Genma. Había sido él quien había tomado esa decisión, esa promesa,pero ella no había sabido verlo y ahora su hijo pagaba las consecuencias.
—Licenciado… —dijo su madre, su voz temblorosa, casi quebrada por la emoción—. Le pido… mi marido acaba de morir. Mi hijo y yo necesitamos un tiempo para pensar y descansar. ¿Podría permitirnos pensarlo?
El abogado la miró con comprensión, asintiendo lentamente.
—Por supuesto, señora Saotome.
Entiendo perfectamente.
-Gracias Licenciado le aseguro que, en cuanto esté listo, mi hijo se pondrá en contacto con usted para darle una respuesta.
Continuó la señora Nodoka.
Ranma no dijo nada, solo se quedó de pie, mirando al hombre mientras recogía los papeles y se preparaba para irse. El peso de la situación era tan abrumador que apenas podía procesarlo.. ¿Cómo podría elegir? ¿Cómo podría cumplir con algo tan absurdo?
La puerta se cerró tras el abogado, dejando en la habitación un aire pesado, lleno de incertidumbre y tristeza. La madre de Ranma se acercó a él, con la mirada vacía.
—Lo siento, hijo… —susurró.
Ranma la miró, su expresión dura, pero dentro de él algo comenzaba a quebrarse. La última cosa que quería en ese momento era que su madre se sintiera responsable. No era su culpa. Pero, las palabras no salían de su boca.
—Vamos a descansar, mamá. Todo estará bien… de alguna manera —dijo, aunque no estaba convencido.
Ranma, sin decir más, ayudó a su madre a levantarse de la silla y la condujo hacia su habitación. Sabía que necesitaban descansar, al menos por un momento, para intentar asimilar lo ocurrido. despidió a los pocos invitados que aún quedaban en la casa, que, aunque sorprendidos y confundidos por la abrupta despedida, habían sido lo suficientemente respetuosos como para no cuestionar.
La casa estaba más silenciosa que nunca. La gente se había ido, pero la sensación de que algo pesado se cernía sobre él no se disipaba. Ranma caminó lentamente hacia el altar de su padre, sin notar la presencia de sus hermanos. En su mente, las palabras del abogado seguían retumbando: "Debe elegir a una de las hijas del señor Tendo."
Un leve carraspeo de parte de su hermano Ryoga lo sacó de sus pensamientos. Ranma giró lentamente hacia sus hermanos, notando cómo su hermano Ryoga estaba sentado en el sillón, frotándose las manos nerviosamente.
—Ranma ¿puedes decirnos algo sobre lo que se habló con el abogado? —preguntó Ryoga, su voz vacilante, aunque intentaba esconder la inquietud que se le notaba en los ojos.
Ranma lo miró, de produjo un momento de silencio pesado entre ellos. Ryoga tembló, aunque le respetaba profundamente como su hermano mayor, en momentos como estos era incapaz de entender del todo a Ranma. Siempre había estado distante, inmerso en sus propios pensamientos, pero ahora esa distancia parecía aún más profunda, como un muro invisible que no podían atravesar.
Mousse los miraba a ambos ansioso sin atreverse a emitir palabra.
Ranma suspiró, frotándose la nuca mientras pensaba en las palabras que debía decir. No quería preocuparlos más de lo que ya lo estaban, pero era hora de enfrentar la realidad.
-No hay mucho que decir el señor Kuno solo dio lectura al testamento—respondió con la voz tensa, tratando de parecer más tranquilo de lo que se sentía por dentro—. El testamento de papá estipula… que ... Yo soy el aval de su herencia. Pero no hay forma de que podamos acceder a nada si no cumplo con una promesa que él hizo.
Ryoga frunció el ceño, visiblemente confundido.
—¿Qué prometió, Ranma? ¿Qué significa todo eso?
Ranma se acercó a la ventana, mirando el jardín vacío mientras sus palabras se formaban con dificultad. No quería soltarles todo el peso de la responsabilidad, pero no podía mentirles.
—Prometió que me casaría con una de las hijas de Soun Tendo, para protegerlas y unir nuestras familias... No tengo elección. "Si no lo hago, perdemos todo. No solo el dinero. Perdemos todo lo que él dejó" eso último se lo guardó para sí.
Hubo un silencio profundo solo roto por los sollozos lejanos de su madre, mientras sus hermanos digerían la información. Ryoga finalmente se levantó del sillón y se acercó a Ranma, su rostro serio, pero también lleno de preocupación.
—Ranma, no tienes que cargar con todo esto solo. Somos una familia… —dijo, sin saber bien qué más agregar, pero queriendo ofrecer algo más que la simple preocupación.
Ranma lo miró, un destello de gratitud cruzó su rostro, pero rápidamente lo escondió tras una capa de dureza.
—Lo sé, Ryoga… —respondió con voz firme—. Pero esta vez, tengo que hacer lo que papá dijo.
El ambiente seguía pesado. Sus hermanos lo observaban con respeto, pero también con una tristeza callada. Sabían que, por mucho que quisieran apoyarlo, era él quien tenía que decidir qué hacer con el destino de todos y que si había accedido a hacerlo era solo por ellos.
Continuara…
