One Shot

La máquina del tiempo colapsó.

En un principio, todos creyeron que el problema era solucionable; justo como todo lo demás que había arreglado el confiable Senku y su increíble mentor, el reconocido Dr. Xeno.

Sin embargo, este no era el caso. Debido a que la tecnología con la que trataban era algo completamente nuevo que habían obtenido gracias a los estudios que habían realizado a las medusas —esas que, al final, resultaron ser el temible "Why-Men"—, no encontraron una forma de resolver el desperfecto a tiempo.

En consecuencia, la máquina creó una especie de grieta en el espacio y el tiempo, de la misma brotó una figura cuya forma no era posible en esta dimensión. Parecía ser alguna clase de reloj con números infinitos, o algo así explicó Senku; que fue el único que consiguió escapar del laboratorio con vida.

La figura no pudo sostenerse en una realidad donde no era posible que hubiera semejante forma, por lo que se comprimió y generó un vacío en la propia existencia, lo que acabó por transformarse en un pequeño agujero negro, ya que era lo más "cercano" en este plano a lo que sea que fuese esa figura imposible nacida de esa fractura dimensional.

De inmediato, el agujero negro empezó a tragarse todo lo que estuviera a su alcance.

Senku no era un cobarde, si seguía con vida no era porque hubiera escapado por voluntad propia. Él quería quedarse en el laboratorio luchando junto a su equipo. Pero Xeno lo impidió cuando le ordenó a Stanley que lo sacara por una de las tantas salidas de emergencia en ese lugar.

El poderoso ex militar, viendo que el científico pondría resistencia, decidió tomar medidas ya que desobedecer una orden de su jefe no era una opción para él. Por lo tanto, antes de poder sacarlo, tuvo que dejarlo inconsciente.

Y ahora, Senku estaba ahí, en la corporación Nanami, hecho un despojo, mientras terminaba de dar los últimos detalles de tan macabra situación.

—Entonces… —comenzó Ryususi, que no miraba al científico, sino que contemplaba, a través de los amplios ventanales de su lujosa oficina, como, a lo lejos, la ciudad entera estaba siendo consumida por una esfera oscura que crecía de forma lenta, pero constante—… ¿es el fin?

—En un diez billones por ciento —afirmó el científico y apuró el vaso de agua con azúcar que Francois había puesto delante de él, encima de la mesa.

Realmente, ayudaba a calmarlo un poco, aunque no era suficiente como para que se relajara sabiendo en el apuro en el que se encontraba el planeta.

—Pero hay algo que no entiendo —comentó Ukyo, con los brazos cruzados y la mirada perdida. Se veía como un hombre sin ánimos de seguir en la tierra… y es que, dentro de poco, no habría nada en donde estar y eso lo sabían todos más que bien—. ¿Por qué seguimos aquí? ¿No se supone que la gravedad de un agujero negro es tan fuerte como para que ni siquiera la luz sea capaz de escapar ante su poder?

Senku asintió sin alzar la mirada. Parecía pensativo y distante, como si su mente estuviera a kilómetros de distancia. Del científico que todos conocían no quedaba casi nada. Era como si solo fuera un cascarón vacío.

—Un agujero negro del tamaño de una moneda debería ser suficiente para acabar con todo este planeta en cuestión de minutos —explicó el científico, con la voz hecha un susurro. Su mirada rojiza refulgía como si tuviera rubíes al rojo vivo en lugar de pupilas—. Es por eso que no me refiero a esa cosa como un "agujero negro" genuino. Sino que es algo más…

Mientras ellos seguían discutiendo en torno al escritorio del despacho del menor de los Nanami, Sai y Chelsea, quienes, al igual que ellos, habían escuchado todo, decidieron salir del lugar. No tenía caso quedarse allí si no tenían nada que aportar a aquella conversación… Ni tampoco nada que hacer para salvar al mundo.

Caminaron, uno junto al otro, durante un buen rato. Mientras recorrían el camino que los llevaría a la salida del conglomerado, pudieron ver a Francois y Kohaku compartiendo un afectuoso abrazo. La verdad era que la rubia, aun sabiendo el estado de las cosas, se sentía muy sosegada por el hecho de que su hermana no hubiera perdido a su marido. Porque, justamente ese día, Chrome no había podido ir a trabajar con el equipo de Senku debido a que Ruri había roto fuente esa misma mañana.

En poco tiempo, ya no habría un mundo para esa criatura. Pero, al menos, había tenido la oportunidad de nacer y conocer a sus padres antes de que pudiera desaparecer… junto con todo el bendito planeta.

Siguieron su camino y las dejaron estar.

La verdad era que, en circunstancias normales, Sai habría pensado muchos las cosas y no habría hecho nada al respecto. Así era como había estado haciendo desde siempre. Era por eso que, aunque ya tenía un tiempo enamorado de Chelsea, no había pasado de tener una más que una amistad con ella.

Sin embargo, como ya sentía, al igual que el resto de la humanidad, que ya sería el final de todo, pues, su filtro acabó por romperse y decidió decir lo que tenía que decir.

—Oye, Chelsea —dijo el más alto, fijando sus ojos en la científica a su lado—. Hay algo que me gustaría decirte.

La más baja, siempre fiel a su forma de ser tan directa, lo miró y, esbozando una pequeña sonrisa, le preguntó:

—¿Qué ocurre, Sai? No me digas que piensas declararte.

El chico la miró unos segundos y, sintiendo como sus mejillas enrojecían, tuvo el impulso de echarse para atrás. Luego recordó que el fin del mundo estaba a la vuelta de la esquina y que, muy probablemente, ya no tendría otra oportunidad de decir lo que estaba sintiendo. No quería tener que irse sin antes dejar claro cuáles eran sus sentimientos.

—Sí —respondió devolviéndole la sonrisa y rascándose la mejilla, haciendo un enorme esfuerzo por mantener el contacto visual—. Así es.

Los ojos de Chelsea se agrandaron durante unos segundos, dejando satisfecho al castaño. Al parecer, ella no esperaba que su broma pudiera ser cierta.

—Childe Chelsea —prosiguió el chico, sin esperar a que ella pudiera decir algo—. Es un placer informarle que es la persona que me gusta. ¿Me concedería el honor… —extendió una mano oscura hacia ella—… de ser mi novia?

En ese momento, por encima de sus cabezas, pasaron volando algunos escombros en dirección al centro de la ciudad. El viento se arremolinó en torno a ellos y casi se lleva el gorro característico que la científica siempre solía llevar.

Pero ellos no prestaron atención a estos hechos, estaban muy ocupados mirándose a los ojos y sintiendo como sus corazones latían sin parar, casi al mismo ritmo.

—Sai…

—¿Sí?

—Tardaste demasiado —una pequeña lágrima se deslizó por una de sus mejillas, provocando un sentimiento de hundimiento en el pecho del matemático—. ¿Enserio decidiste confesarte el mismo día en el que nuestro planeta se irá al caño?

Y sí, ni siquiera en una situación como aquella, la pequeña Chelsea dejaba esa forma tan directa de ser.

Sai desvió la mirada mientras sentía como su rostro perdía color. Ciertamente, había esperado demasiado como para soltar esa clase de información.

Estuvo a punto de decirle algo a modo de disculpa, cuando ella se le adelantó:

—Ciertamente, yo también tardé demasiado —se colocó justo frente a él, viéndolo desde abajo con una mirada entre afligida y feliz—. No hice nada tampoco para hacerte saber mis sentimientos, pero creo que ya no tenemos tiempo para quejarnos, ¿verdad? —tomó la mano del chico entre las de ella—. Nanami Sai, acepto ser tu novia.

A lo lejos, el "agujero negro", que más se asemejaba a una canica oscura del tamaño de una ciudad pequeña, acabó por engullir la ciudad y, tras hacerlo, se hundió en la tierra con una velocidad antinatural. Se había movido demasiado rápido para algo de su tamaño y volumen… si es que semejante fenómeno podía albergar volumen.

La esfera desapareció en la tierra y, entonces, todo comenzó a temblar y a sacudirse con una fuerza que ningún otro desastre natural haya podido causar antes.

Como estaban en una zona despejada, la recién oficializada pareja solo atinó a abrazarse y a esperar que bajo sus pies no se abriera una grieta gigante o algo así. Curiosamente, al programador le causó ternura el hecho de que Chelsea, por ser tan pequeña, al abrazarlo, apenas y le llegara hasta un poco más arriba de su cintura. Sabía que era un pensamiento innecesario, además de irracional, en una situación como esa. Pero, ¿qué podría hacer al respecto?

«Nada», se dijo y rodeó con sus brazos la menuda figura de la que ahora era su novia.

A pesar de la fuerza con lo que todo se movía, el acontecimiento no duró mucho y todo quedó en calma… o eso parecía.

—Vaya… —comenzó Chelsea, tratando de no dejar ver el miedo que la carcomía. Sin embargo, Sai sí que pudo percibir ese temblor en su voz—… nuestro primer abrazo como pareja.

—Sí —suspiró, rompiendo el contacto con lentitud—. Es una lástima que haya ocurrido en estas circunstancias.

Se miraron unos segundos, pudiendo ver que en sus ojos había sentimientos variados. Detallaron miedo, desesperanza, dolor y otras cosas. Pero, lo que predominaba por encima de todo lo demás era añoranza. Estaba muy presente en la mirada de ambos, flotaba en las pupilas hasta casi condensarse en el centro de estas.

—Tengo una idea de lo segundo que podríamos hacer como pareja —Sai extendió sus manos y atrapó las de ella, que se dejó hacer mientras lo miraba, a la expectativa—. Podríamos tener nuestra primera cita.

En ese momento, el teléfono de Sai comenzó a sonar. El de Chelsea también; no hacía falta que revisaran para saber de quienes se trataban. Decidieron contestar.

—Sai, ¿dónde estás? —preguntó su hermano menor desde el otro lado de la línea—. Te estuve buscando. Francois me dijo que habías salido. Así que me preocupé, pero es un alivio saber que estás bien.

—Sí, estoy bien —Sai guardó silencio, ya sabía que era lo que venía—. ¿Cuánto tiempo nos queda, Ryusui?

Escuchó como el capitán suspiraba de manera pesada en el auricular. Vaya que no era fácil aceptar que el mundo se estaba yendo a la mierda… literalmente.

—Quince minutos —respondió el capitán, provocándole un escalofrío a su hermano—. Senku dice que esa cosa absorberá el núcleo de la tierra en tiempo récord y luego al resto del planeta desde el centro. Suena como algo imposible, pero tenemos que recordar que esa cosa no es de este mundo.

Sai percibió como su hermano hacía todo lo posible por mantenerse firme y calmado. Su esfuerzo era admirable, no esperaba menos de él.

En otro tiempo, el mayor de los hermanos Nanami habría perdido el control de sí mismo y hasta tendrían que haberlo sedado. No era un experto controlando sus emociones ni pensando cuando se encontraba en situaciones de gran presión. No obstante, los tiempos habían cambiado y ahora se controlaba mejor, pensaba con un poco más de frialdad y confiaba más en sí mismo.

Durante alrededor de tres minutos, Ryusui le dio una versión resumida de lo que Senku les había comunicado que pasaría, de lo que sus amigos harían y de lo mucho que Ryusui habría deseado tener —como si ya no tuvieras suficiente", pensó Sai, con diversión—, todo esto mientras el aire en la tierra comenzaba a enfriarse a niveles alarmantes.

—¿Dónde estás, Sai? Iré a buscarte de inmediato. Yo…

—Está bien, Ryusui —lo cortó Sai, con su mejor voz de sosiego—. Estoy bien. No puedo ir contigo ahora, estoy resolviendo algo aquí.

—Entiendo —escuchó como el capitán soltaba una risa que no era, ni por asomo, la sombra de sus características carcajadas—. Nos veremos pronto, entonces.

La línea quedó en silencio durante unos segundos. Lo único que podía percibirse era la pesada respiración de los hermanos que todavía cortaban la llamada.

—Ryusui.

—Dime.

—Te quiero, hermano.

No escuchó respuesta al momento. De hecho, no escuchó sonido alguno provenir de su teléfono. Ni siquiera la respiración de su hermano, que podía escucharse con toda claridad desde la bocina, podía distinguirse en ese momento.

—Yo también te quiero, Sai —una pequeña lágrima asomó en la comisura del ojo izquierdo del matemático. Pero no pasó de ahí, ya que el chico se la limpió con el dorso de la mano—. Nos veremos, querido hermano.

La llamada finalizó y el chico se obligó a respirar durante unos segundos para calmarse y no desmoronarse frente a la chica que estaba con él. Se relajó y, cuando se giró hacia Chelsea, pudo ver que ella no pensaba igual que él.

La científica estaba hecha un mar de lágrimas. Al parecer, había tenido su última conversación con Senku y con su buena amiga Luna, esa con la que había sido petrificada hace unos cuantos años. Sai sonrió con suavidad mientras se acercaba a ella para abrazarla y consolarla. Chelsea, al igual que él, decidió quedarse allí, a su lado en sus últimos momentos.

Sai la abrazó de forma protectora y limpió sus lágrimas sin dejar que su propio semblante cambiara. No era un experto en mantenerse estoico, pero hacía el intento. No podían entregarse los dos a la desesperación. Era más recomendable que uno de ellos llorara y se desahogara por los dos.

Cuando se hubo calmado, Sai, con todo el tacto del que disponía, le preguntó si todavía quería tener esa primera y última cita con él.

Chelsea se sorbió la nariz y, recuperando una parte de la compostura, asintió. Entonces, se tomaron de las manos y comenzaron a caminar al lugar en donde, a duras penas, se sostenía un centro comercial cercano.

No hacía falta estar en la ciudad para conseguir uno de esos por la zona.

—¿De cuánto tiempo disponemos? —preguntó la más bajita, apegándose al matemático sin soltar su mano en el proceso.

—De unos diez minutos —respondió el chico, tras echar un vistazo a su reloj—. Vaya que esto no es natural. El mundo desaparecerá en breve y todo parece estar muy tranquilo.

—Así es. De ser algo más real, todo estuviera hecho un caos ahora mismo —comentó Chelsea, dando un ligero vistazo hacia el cielo que, en contraste con el desastre en el que se había convertido su situación, se veía tan azul y apacible—. Todo estaría rompiéndose, volcanes habrían emergido por todas partes y la tierra nos habría tragado desde el principio. El clima enloquecería, haciéndose más irracional e incompresible de lo que ya es. El calor habría derretido hasta el último iceberg, mientras que toneladas de granizo se habrían precipitado hasta en el más árido de los desiertos, todo eso mientras la tierra se abre, con la intención de comerse todas y cada una de las construcciones hechas por el hombre.

Sai sintió un escalofrío al escucharla.

Viniendo de cualquier otra persona, esas palabras no le habrían causado mucho impacto. Ahora, siendo Chelsea una científica cuya especialidad era la tierra, la geografía y demás, la que decía todo eso, pues, la percepción de las cosas cambiaba mucho.

—Pero no hablemos sobre eso —cerró ella, dejando ver que le incomodaba hablar del final que, de forma imparable, estaba cada vez más cerca de concretarse—. Disfrutemos de esta pequeña cita, ¿está bien?

Sai asintió, sintiendo como una especie de paz se asentaba en su corazón la ver la bonita expresión en el rostro de su novia. Realmente, ¿cómo era que había podido aguantar tanto tiempo sin decirle lo que sentía?

«Pero lo hice», pensó, sintiéndose realizado. «Lo hice que es lo que importa». Apretó un poco más el agarre que tenía en la mano de la más baja, acción que fue correspondida por ella, que también afianzó el agarre.

Siguieron caminando hasta adentrarse en ese solitario centro comercial.

A la distancia, cientos de millones de kilómetros de tierra comenzaban a retraerse y desintegrarse con suavidad, como si la discreción fuera una norma para poder desaparecer de la existencia.

En otro lugar, un reloj avisaba que ya habían transcurrido más de cinco minutos y que solo restaban otros cinco para que todo ese proceso, que comenzó con el mal funcionamiento de una enorme máquina del tiempo hecha en base a una tecnología alienígena, llegara a su inminente final.