Capítulo 6.
El inicio del movimiento.
Akane llegó al salón de danza con el corazón latiéndola rápidamente. No era miedo exactamente, pero sí una mezcla de emoción y nerviosismo. Estaba acostumbrada a entrenar duro en el dojo, a recibir golpes y dar patadas, pero esto era diferente. No se trataba de fuerza ni resistencia, sino de gracia y control. ¿Realmente podría hacerlo?
El estudio estaba lleno de espejos en todas las paredes, lo que hacía que se sintiera aún más expuesta. Varias chicas ya estaban allí, algunas estirándose, otras charlando animadamente. La instructora, una mujer de cabello oscuro recogido en un moño elegante, irradiaba confianza y elegancia. Akane tragó saliva y se acercó.
—Bienvenida —dijo la mujer con una sonrisa amable—. Eres nueva, ¿verdad?
—Sí, mi nombre es Akane Tendo —respondió, inclinándose ligeramente.
—Encantada, Akane. Soy la maestra Kaho. Ponte cómodo, comenzaremos con un calentamiento ligero.
Akane ascendió y se unió a los demás, imitando sus movimientos de estiramiento. Notó que algunos eran similares a los que hacía en sus entrenamientos, pero otros le parecían extraños. Movimientos de cadera, ondulaciones de torso… era todo lo contrario a la rigidez de las artes marciales.
Cuando la clase comenzó, la música llena de ritmo llenó la sala. Kaho mostró los movimientos básicos: deslizamientos de pies, aislamiento de caderas, ondulaciones de abdomen. Akane intentó seguir el ritmo, pero pronto descubrió que no era tan fácil como parecía. Sus movimientos eran torpedos, mecánicos, como si su cuerpo se resistiera a soltar la tensión habitual de las artes marciales.
—Relaja los hombros —le dijo la instructora con un tono gentil—. No estás en posición de defensa, aquí queremos fluidez. Mantén los brazos estirados, pero ligeramente curvados por el codo. Junta el dedo medio y el anular, dejando a los demás relajados. Eso ayudará a que tus movimientos se vean más elegantes y definidos.
Akane exhaló lentamente y trató de soltar la rigidez. Miró su reflejo en el espejo y, aunque se veía torpe, se dio cuenta de algo: estaba disfrutando el proceso. La música, el ambiente, la sensación de movimiento de una manera completamente nueva… era algo que nunca había experimentado antes.
—Eso es —la elogió Kaho—. No te preocupes por la perfección, solo siente la música.
Poco a poco, Akane dejó de preocuparse tanto y empezó a dejarse llevar. Sus movimientos seguían siendo poco fluidos, pero había algo liberador en el simple hecho de intentarlo. En ese momento, entendió que estaba dando un paso hacia algo nuevo. Algo que no tenía que ver con su deber en el dojo, con su familia o con Ranma. Era solo para ella.
Cuando terminó la clase, Akane se sintió agotada, pero extrañamente satisfecha. Se quedó un momento en la sala, mirando su reflejo en el espejo, con una pequeña sonrisa en los labios. Quizás esto no sea tan diferente de las artes marciales después de todo… solo que, en lugar de pelear contra alguien más, estaba aprendiendo a conocer su propio cuerpo de una manera completamente distinta.
—Nos vemos en la próxima clase, Akane —dijo Kaho con una sonrisa.
Akane tomó su toalla y se acercó, sintiendo una emoción renovada.
—Sí… nos vemos.
Cuando Akane llegó a casa, el cielo ya estaba oscureciéndose. Se sintió cansada pero llena de energía al mismo tiempo, como si cada músculo de su cuerpo le recordara la experiencia que acababa de vivir. Abrió la puerta con sigilo, esperando pasar desapercibida, pero una voz familiar la detuvo en seco.
— ¿Dónde estabas? —Ranma estaba apoyado contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una ceja arqueada.
Akane suspiró, sabiendo que no iba a librarse de una conversación.
—Fui a hacer algo por mí misma —respondió con tranquilidad, quitándose los zapatos.
—Algo como qué? —preguntó él con tono inquisitivo, siguiéndola al interior de la casa.
—No es asunto tuyo, Ranma —dijo ella sin mirarlo, dirigiéndose a su habitación.
Él la siguió, frunciendo el ceño.
—Si te fuiste a entrenar, podrías haberme dicho. Podríamos haber ido juntos al dojo.
Akane se detuvo en seco y lo miró con una mezcla de sorpresa y diversión.
—No todo en mi vida tiene que ser entrenar, Ranma.
Él parpadeó, claramente sin esperarse esa respuesta.
—Entonces, ¿Qué hiciste? —insistió.
Akane dudó por un instante. No quería que se burlara de ella ni que lo tomara como algo sin importancia.
—Fui a una clase de baile —dijo al fin.
Ranma abrió los ojos con incredulidad.
—Baile? —repitió, como si la palabra no tuviera sentido para él.
—Sí, baile —confirmó Akane, cruzándose de brazos—. ¿Algún problema con eso?
Ranma la observará por un momento, notando su postura firme y la seguridad en su voz. Podía ver que le decía la verdad. Sin embargo, algo en su interior le decía que esto no duraría mucho, que en unos días se cansaría y lo dejaría. Pero en lugar de admitirlo, simplemente desvió la mirada y resopló.
—Hmph. No es como si te viera bailando ni nada —murmuró.
Akane rodó los ojos y pasó a su lado.
—Pues tal vez deberías empezar a acostumbrarte.
Ranma la vio marcharse sin darle mayor importancia. Estaba seguro de que en poco tiempo lo dejaría, después de todo, lo suyo eran las artes marciales, no el baile. Además, ni siquiera creía que pudiera hacerlo bien.
