Capítulo 7.

Baile y entrenamiento.

Los días pasaron y, para sorpresa de Akane, su interés por el baile no disminuyó. Al contrario, cada clase la hacía sentir más segura y motivada. Sus movimientos, aunque todavía algo rígidos, empezaban a fluir con más naturalidad. Se sorprendía a sí misma practicando frente al espejo de su habitación cuando nadie la veía, tratando de perfeccionar cada ondulación, cada giro, cada postura.

Meilin Li, una chica de su misma edad, se había convertido en una presencia constante en su aprendizaje. La chica china, con su actitud enérgica y segura, había tomado a Akane bajo su ala casi sin que esta se diera cuenta. Meilin tenía una habilidad innata para el baile, y no perdió la oportunidad de corregir pequeños detalles en la postura de Akane o darle consejos para mejorar su técnica.

—No pongas tanta fuerza en los hombros —le decía mientras la observaba practicar—. El secreto está en dejar que la energía fluya desde el centro de tu cuerpo, no en forzar cada movimiento.

Akane la escuchaba con atención. Nunca había tenido a alguien que la guiara de esa manera, y aunque al principio le costaba aceptar correcciones, aprendió a valorar la ayuda de Meilin. No solo era una excelente bailarina, sino que también tenía una personalidad vibrante y llena de determinación, algo que Akane respetaba profundamente.

Entre clases, comenzaron a compartir más tiempo juntas. Meilin le habló de su vida en China, de su amor por la danza y de cómo había entrenado desde pequeña. También se interesaba en la historia de Akane, especialmente en sus artes marciales.

—Eres fuerte, Akane. Se nota en la forma en que te mueves. Solo necesitas soltar un poco más el cuerpo —le comentó Meilin una tarde, después de clase, mientras bebían té en una cafetería cercana.

—Supongo que estoy acostumbrada a otro tipo de disciplina —respondió Akane, sonriendo levemente—. Para mí, siempre ha sido sobre precisión y control.

—Y eso está bien, pero el baile es diferente. Aquí no se trata de ganar o perder, sino de expresarte.

Las palabras de Meilin se quedaron en la mente de Akane durante varios días. Bailar no era una competencia, ni una obligación. Era una forma de sentir y comunicarse. Poco a poco, comenzó a verlo como algo más que una actividad nueva. Era una parte de ella que estaba despertando.

Durante una de las clases, Kaho pidió a las alumnas que formaran parejas para practicar una coreografía. Meilin tomó la mano de Akane sin dudar.

—Esta vez lo haremos juntas —dijo con una sonrisa confiada.

Al principio, Akane tuvo dificultades con algunos pasos. Aunque su coordinación había mejorado, todavía tenía problemas para seguir el ritmo cuando debía moverse en sincronía con otra persona. En los giros, a veces perdía el equilibrio, y en los desplazamientos de pareja, tendía a pisar los pies de Meilin sin darse cuenta y, en ocasiones, alzaba demasiado los brazos, golpeando accidentalmente a su compañera.

—Tranquila, no te pongas tensa —le dijo Meilin entre risas después de que Akane tropezara por tercera vez—. Confía en mí y deja que el movimiento fluya.

Akane bufó, frustrada consigo misma, pero respiró hondo y trató de seguir el consejo de su amiga. Poco a poco, comenzó a ajustar su postura, a sentir la música ya dejar de pensar tanto en cada paso. Aún no era perfecta, pero al menos ya no parecía que estuviera en una sesión de combate.

Akane ascendió y, por primera vez, en lugar de preocuparse por hacerlo perfecto, simplemente se dejó llevar.

Aunque sus movimientos seguían siendo torpes, sintió una chispa de emoción al intentarlo. No era cuestión de perfección inmediata, sino de avanzar paso a paso. Mientras se despedía de Meilin y salía del estudio, sabía que el baile se estaba convirtiendo en un reto personal, algo que realmente quería dominar.

Sus músculos estaban cansados, pero su ánimo seguía elevado. Por primera vez en mucho tiempo, había encontrado algo fuera de las artes marciales que realmente la emocionaba. Caminó con una leve sonrisa hasta llegar a la residencia Tendo.

Cuando llegó a casa, el ambiente estaba tranquilo. Se quitó los zapatos con cuidado y subió directamente a su habitación, sin encontrarse con nadie en el camino. Una vez dentro, dejó su bolso en el suelo y se estiró, sintiendo el cansancio en cada músculo. Bajó a la cocina, donde Kasumi estaba terminando de recoger los platos de la cena. Cenó rápido, sin decir mucho, hasta que finalmente habló:

—Kasumi, estará entrenando en el dojo un rato.

El mayor de las Tendo le suena con dulzura mientras seca un plato.

—Está bien, Akane, pero Ranma ya está allí entrenando.

Akane se detuvo un segundo, sopesando la información. No le molestaba compartir el espacio, pero tampoco quería distracciones. Aun así, decidió ir de todas formas.

Cuando llegó al dojo, abrió la puerta con cautela y se encontró con Ranma entrenando solo. Estaba tan concentrado en sus movimientos que ni siquiera se dio cuenta de su presencia. Sus movimientos eran fluidos y precisos, llenos de control y naturalidad. Akane se sentó en silencio en un rincón, apoyando los brazos en sus rodillas, y se quedó observándolo.

Cada golpe y giro fluían con una facilidad impresionante, cada postura ejecutada con precisión. Ranma no pensaba en sus movimientos, simplemente los ejecutaba con la confianza de alguien que había entrenado toda su vida. Akane comparó esto con su propia lucha en el baile. Mientras ella aún luchaba con la rigidez y la coordinación, él se movía con una soltura que parecía innata.

Sin darme cuenta, comencé a analizarlo con más detenimiento. Observó cómo distribuía su peso, cómo usaba su centro para generar equilibrio y fuerza. Ranma terminó su entrenamiento y, al girarse para tomar una toalla, finalmente la notó. — ¿Desde cuándo estás ahí? —preguntó con el ceño fruncido, secándose el sudor de la frente.

—Hace un rato —respondió Akane con tranquilidad.

Ranma sospecha y la mira con cierto reproche.

—Te estuve esperando antes, necesitaba ayuda con una tarea.

Akane arqueó una ceja, sorprendida.

— ¿Desde cuándo me pides ayuda con tareas?

—No es gran cosa, pero pensé que podrías echarme una mano —dijo encogiéndose de hombros—. Como nunca estabas en casa…

Akane sintió una punzada de culpa, pero no dejó que se notara.

—Tenía cosas que hacer —respondió simplemente.

Ranma la observó por un momento, como si estuviera a punto de preguntar más, pero al final solo resopló y se dejó caer en el suelo, apoyando los brazos detrás de la cabeza.

—Te ayudaré con la tarea si me enseñas la técnica que estabas practicando —dijo Akane con una sonrisa juguetona.

Ranma la miró con sospecha.

—¿Por qué quieres aprender esto de repente?

Akane se encogió de hombros.

—Quizá practicar me ayude a mejorar en el baile —dijo con naturalidad.

Ranma frunció el ceño.

—¿Baile? No veo cómo eso tiene que ver con esto.

—Tú solo enséñame y veré si funciona —respondió Akane con determinación.

Ranma sospecha, pero una pequeña sonrisa se asoma en su rostro.

—Está bien, pero no te quejes si no puedes seguirme el ritmo.

Akane dejó escapar un pequeño sonido de emoción. No pudo evitar sentirse emocionada por la oportunidad de aprender algo nuevo. Le dedicó una sonrisa radiante, más hermosa de lo que Ranma estaba acostumbrado a ver en ella. Por un instante, él se quedó en silencio, sorprendido, pero rápidamente desvió la mirada con un leve rubor en las mejillas.

Se pusieron de pie, ambos frente a frente en el dojo silencioso. Ranma se quitó la camiseta sin pensarlo mucho, como siempre hacía al entrenar, y Akane desvió la mirada un instante antes de enfocarse. Él notó el gesto, pero no dijo nada.

—La técnica que estaba practicando se llama "flujo del dragón", es una forma de redirigir la energía del oponente, pero también puede usarse para moverse con agilidad entre ataques —explicó Ranma mientras se colocaba en posición.

—¿Flujo del dragón? Suena elegante —comentó Akane.

—Lo es… si lográs hacerlo bien —respondió él, alzando una ceja. Luego se acercó—. El truco está en la cadera, no en la fuerza.

Akane lo miró con sorpresa, cruzando los brazos.

— ¿Desde cuándo me das clases tú a mí?

—Desde ahora —dijo con una sonrisa traviesa—. Anda, puente de lado. Así.

Se colocó detrás de ella y, con cuidado, posó sus manos en su cintura.

—Relaja los hombros. Ahora… mueve la cadera hacia este lado —murmuró, guiándola suavemente.

Akane obedeció, sintiendo la cercanía de su cuerpo, el calor de sus manos. Por un momento, su respiración se volvió más lenta, más profunda.

—Estás tensa —dijo Ranma, sin dejar de mirarla.

—Estoy concentrada —respondió ella, aunque en su voz tembló una nota de nerviosismo.

Ranma tragó saliva. Algo en su interior comenzó a cambiar. No era la típica Akane con la que discutía todo el tiempo, ni la chica que lo golpeaba cuando se sentía herida. Esta Akane era diferente. Tenía un brillo nuevo, uno que no podía ignorar. Su postura, su determinación, la forma en que intentaba aprender algo solo para ella… todo eso lo desarmaba.

—¿Así? —preguntó ella, girando un poco.

—Sí… —susurró Ranma, sin pensar. Pero no hablaba solo del movimiento.

Se obligó a apartarse un paso y aclaró la garganta.

—Eso es. Tienes buena base por las artes marciales, pero... ahora tienes que dejar que tu cuerpo sea capaz. Que fluya.

Akane lo miró por el espejo. Por un momento, sus ojos se encontraron. No había tensión, no había enojo. Solo una calma extraña, cómoda y cálida a la vez.

—Gracias por enseñarme esto —dijo ella con suavidad.

Ranma ascendió, sintiendo un extraño vacío cuando ya no tuvo que tocarla.