Hola a todos Hermosa Gente de la Tierra Media!
Se van acercando los capítulos que hace tiempo quería escribir _
Es interesante que todos ven a Erebor como un bastión de rectitud, aunque si analizamos un poco, esa rectitud no es tan así. Todos los personajes pueden tener su luz, o su sombra...
Los leo!
Gracias por estar!
Lyn
El lado oscuro de Erebor
Thorin salió de la habitación de Azul con una congoja en el pecho. Sabía que su accionar tendría consecuencias cuando todo esto terminara y en algún momento debería enfrentar la furia de Azul. Pero ahora, con la puerta cerrada, no estaba tan seguro si lo que había hecho era lo correcto.
-¿Lo has hecho? ¿Azul tomó el somnífero?- Su padre estaba detrás suyo esperando una respuesta.
Miró al piso suspirando hondo. Luego, con el semblante más duro que tenía respondió:
-Está hecho- Dijo él sin mostrar en su rostro atisbo alguno de duda.
–Eso es bueno.- Respondió su padre y rápidamente cambió de tema.- Dwalin está con el prisionero. Calculo que le estará sonsacando información -
En efecto, Dwalin y Balin hacían el interrogatorio al soldado traidor, obviamente a su manera.
La celda olía a humedad, hierro oxidado y miedo.
El prisionero estaba sentado en una silla de madera tosca, las muñecas y tobillos atados con gruesas sogas de cáñamo. Tenía el rostro amoratado pero aún mantenía cierta altivez, como si todavía tuviera alguna carta escondida
-¿Hablarás por las buenas o por las malas?- Preguntó Balin. Claramente él apostaba por la diplomacia antes que la violencia física. No así su hermano.
- Por favor… pasemos el jueguito de "el bueno y el malo" ¿sí? Está bien… Hablaré. Hasta donde sé, los llevaron hasta un cabaret. Fuera del pueblo, pero dentro de la montaña.-
-¿Qué rayos dices? ¡Erebor ha sido levantada con los ideales más nobles!-
El soldado se echó a reír, al ver la ingenuidad de sus captores.
-Todo lo que quieras enano… Pero la montaña es vasta… y muchas de las cavernas que se han construido han quedado en desuso… bueno, no tanto.-
Dwalin, no pudo contenerse. De un revés golpeó al soldado partiéndole el labio inferior, que en vez de insultarlo, comenzó a reírse.
- ¿Creyeron que Erebor era un bastión de pureza? ¡Por favor! ¡Hace tiempo que la decadencia de nuestro pueblo comenzó! ¡Y con la llegada de esa "humana" es la señal que muchos esperaban para entender que el tiempo de gloria se terminó!-
-¡Me importa una mierda lo que tú y los tuyos crean! ¡Dame la ubicación exacta!- Exclamó furioso Dwalin.
-¿Y a cambio qué obtengo?-
-¡No estás en condiciones de pedir nada, rata!- Objetó Balin
-Eso es lo que pasa cuando manejas información confidencial…-Dijo el soldado traidor con cierta soberbia.- Yo hablo… pero quiero garantías….-
Balin miró a su hermano y él asintió. Salió de la celda para regresar con una bolsa de cuerpo. Dentro de ella contenía un polvo fino, casi blanquecino.
-Sabes- Comentó Balin, cruzándose de brazos- lo bueno de que seas un simple soldado es que no conoces ciertos métodos… reservados a quienes de verdad saben lo que significa custodiar este reino.
El soldado se tensó. Había escuchado rumores sobre métodos que estaban reservados sólo a generales o soldados de alto rango, pero nadie de su tropa daba certezas… hasta ahora.
Dwalin le colocó una bolsa en el rostro y la apretó con un cordón en el cuello. Por encima de la cabeza había un pequeño agujero donde Balin depositó el polvo para que aspirara sin que se escape ninguna partícula.
Una, dos… tres veces colocaron el polvo que quedó suspendido en la bolsa.
El soldado, se movió frenéticamente en la silla donde estaba amarrado de pies y manos.
Por unos cortos segundos, el soldado contuvo la respiración para no inhalarlo, pero era inútil. Al tomar la primera bocanada de aire, el polvo se le metió a la garganta y tosió forzadamente, pero ya no había nada que hacer. Esa droga suspendida dentro de la bolsa se le incrustaba dentro de las fosas nasales y se impregnaba en los ojos, absorbiéndolo con rapidez. Al cabo de unos minutos, su cuerpo se relajó. Sus músculos se distendieron, su respiración se hizo pesada y su cabeza colgó hacia adelante como si hubiese perdido el control.
Dwalin le quitó la bolsa, y la mirada del traidor había cambiado por completo. Sus pupilas estaban dilatadas, sudaba en sobremanera y no podía fijar la vista.
Balin se inclinó hacia él, serio.
-Ahora… -susurró con una calma cortante-dime exactamente dónde.
El soldado tragó saliva, intentando pelear contra la droga. Pero no pudo. Su voluntad estaba rota por el polvo y la presión.
-En las cloacas de Erebor, se hizo hace unos años un camino…-murmuró con voz pastosa- Una de las entradas es un local de joyas… pero tardarán en llegar.- La voz del soldado se cortó, como queriendo recuperar su voluntad. -Pero hay otra entrada al norte. A un día de camino, por fuera de la montaña… oculta entre grandes agujas de rocas que se disimulan con la montaña…
Dwalin frunció el ceño.
-¿Quién está allí? ¿Quién lo dirige?-
El soldado tembló.
-Dwan-confesó, entre jadeos- Él dirige todo…-
Balin sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
-¿Por qué quiso secuestrar a Gelion y a Diesa?-
El traidor rió sin poder controlarse.
-¡Para quebrar a tu príncipe y a su "protegida"! ¿Qué no harían esos dos por amor?- El traidor siguió riendo sin parar.- ¡Azog estará feliz cuando ponga sus manos en la amiga de la infancia del príncipe!- Dwalin se irguió como si le hubiesen disparado una flecha al pecho.
-¡Por todas las barbas de Durin…!-gruñó Balin.
El traidor siguió riéndose, pero llegó un momento que su misma risa comenzó a ahogarlo, entrando en convulsión. El cuerpo inerte del enano cayó hacia adelante, sólo sostenido por los amarres de la silla.
Balin soltó aire y apoyó ambas manos sobre la pared, sintiendo cómo el peso de las palabras recién escuchadas se clavaba como una losa sobre su pecho.
-Hay que avisar a Thorin…-
Una de las tantas gotas que vivían en la gran bóveda de la caverna apresuraba su camino gracias a las lejanas vibraciones de la carreta que transitaba en la calzada improvisada hecha tiempo atrás por enanos renegados. Esa misma gota, buscó un lugar donde caer, abriéndose paso entre los surcos que encontraba, hasta que por fin, se deslizó en una fría y dura estalactita: un colmillo petrificado que colgaba inmóvil en la penumbra. Allí se sostuvo, resbalando lentamente hacia la punta afilada. El avance de la carreta pesada por la carga tan diversa que llevaba, hacía que con cada crujir de ésta repercutiera en toda la gran caverna amplificado por las grandes paredes y el murmullo de un río que surcaba alrededor. Así que aquella gota de agua, que tan cómoda estaba, tembló desde su lugar y cayó al vacío transformándose en una esfera perfecta, brillante y delicada.
En su caída, reflejó la poca luz que se filtraba desde algún sector inexplorado de la caverna haciéndola confundir con un pequeño diamante suspendido en el aire.
Pero pronto, la carreta que transportaba a los prisioneros, se cruzó con el camino de esa gota e impactó contra la mejilla de Diesa, frunciéndole el entrecejo.
Silenciosamente, abrió los ojos y lo primero que vio fue al elfo totalmente inconsciente y con una herida en la sien de la cabeza. Arrojó un grito ahogado y miró rápidamente a su alrededor. Vio a sus captores e inmediatamente simuló estar inconsciente.
Dwan sintió un pequeño ruido en la parte trasera de la carreta. Giró su cuerpo para ver si veía algo raro, algo que no esté en su lugar. Sólo vio a la enana y el elfo sumidos en la inconsciencia.
Luego miró a su compañero de viaje, levantó los hombros y siguieron concentrados en su viaje.
El frío de la cueva aumentaba a medida que seguían internándose. Las horas, eternas para Diesa, pero imperceptibles para el elfo, eran marcadas por las gotas que caían de la bóveda como si la misma montaña la ayudara a no perder la noción del tiempo, porque al fin y al cabo aún estaban dentro de Erebor.
Llegó un momento en donde Diesa, atenta a los caminos que transitaba la carreta, comenzó a perderse. Ya no recordaba cuántas veces la carreta había doblado a la izquierda, derecha o seguía de largo. El río subterráneo que acompañaba el sendero ya no estaba y a medida que avanzaba, el camino ascendía.
Por fin, la carreta tirada por dos poneys se detuvo. Diesa respiró profundo intentando parecer dormida. El elfo, aún seguía sin reaccionar. Estaba tan inconsciente que la enana pensó por un momento que su vida había dejado el mundo para reunirse con Eru.
El movimiento de sus captores al bajar la carreta la alertó. Dwan volvió a subir pero donde Diesa y Gelion estaban. En un movimiento rápido, Diesa sintió un tirón en los pies y un saco de tela fue puesto en su cabeza. La enana jamás sintió tanto miedo en su vida como hasta ese momento.
Como un saco de papas, fue cargada en el hombro de un enano. La mano de éste estuvo apoyada en el glúteo de Diesa durante todo el tiempo que duró el acarreo y ella tuvo que contener la angustia y la repulsión que el contacto le generaba.
Por fin el traslado llegó a su fin, y en un acto de delicadeza por parte de su captor, Diesa fue colocada delicadamente en un catre, mientras que el elfo fue soltado sin ningún tipo de compasión. Ambos fueron encerrados en la misma celda, sin los sacos de tela.
Gelion despertó muchas horas después. Y esta vez, para su sorpresa, Diesa aún estaba con él, aunque despierta, pero totalmente aterrada.
-¡Oh! ¡Elfo! ¡Por fin has despertado!-
-¿Cuánto tiempo ha pasado?- Inquirió Gelion, perdido en el tiempo.
-Si mis cálculos son correctos, has estado inconsciente durante doce horas. Creí que ya habías comenzado el viaje hacia el otro mundo-
-Dos golpes en la cabeza no bastan para matarme. ¿Usted cómo se encuentra?-
-Estoy bien… de a poco estoy intentando asimilar lo que sucede… pero cuando pienso qué querrán de mí….-La voz de Diesa comenzó a turbarse y su respiración era más rápida. La ansiedad y el temor comenzaban a apoderarse de ella.
-Diesa… tranquila. Sé que no es fácil. Pero no es bueno que el temor invada su mente en este momento.- Dijo el elfo intentando calmarla. Luego siguió hablando- Pero es cierto que algo quieren de usted…. Y de mí. No por nada nos han dejado juntos.-
-¿Usted cree?-
-Por lo menos usted corre con mejor suerte de lo que tuvo mi esposa-
-¿Has estado casado?-
-Sí… -Dijo Gelion con algo de pena. Luego intentó cambiar de tema. -¿Dónde cree que estamos?-
-Si no me equivoco, estamos al norte de Erebor, no demasiado lejos de las puertas del reino. Pero no sé qué tan al norte. Hubo un momento en que he perdido el rumbo.
Gelion quedó impresionado por el sentido de orientación y tiempo de la enana.
-¿Cómo has sabido eso?-
- Mi padre me lo ha enseñado, elfo. Soy hija de un general de renombre. Y los enanos cuidan mucho de sus hijas mujeres.-
Gelion sabía que las enanas eran preciadas en la sociedad enana, pero muy pocos entrenaban a sus hijas para sobrevivir por fuera de la montaña.
-¿Y ahora qué hacemos?- Preguntó ella intentando parecer fuerte, pero en su interior tenía un miedo atroz.
El elfo se levantó algo mareado e intentó acercarse a la puerta. Obviamente estaba cerrada. Buscó puntos débiles en el lugar del encierro, pero el lugar estaba preparado para no ofrecer ningún punto débil.
-Por ahora… esperar.- Dijo Gelion en un susurro.- Y rezar a Eru que sigamos vivos hasta que alguien venga a sacarnos de aquí-
Dwan era un enano astuto, no un simple mercenario. Sabía que la captura de Diesa y Gelion haría enfurecer a Thorin y se movería rápidamente. Con su terquedad legendaria y su sentido del deber, no tardaría en movilizar a sus hombres para rastrearlos, lo que significaba que el tiempo jugaba en su contra. Pero tenía todo planeado con anticipación
Los seguidores de Dwan se movían con precisión calculada. Iban y venían preparando la defensa de la gran cueva. Metros de túneles surcaban el recinto haciendo que el lugar sea un verdadero laberinto. Pero también veían que esto iba más allá de la misión.
Luego de dejar a los prisioneros, Dwan comenzó a preparar sus armas. Afiló un hacha con paciencia meticulosa. El sonido metálico de la hoja contra la piedra de afilar resonaba en la oscuridad. Una vez que estuvo afilada, la guardó esperando el momento de ser usada. Luego, siguió con su daga, esa que siempre lo salvaba en casos extremos. Cada vez que la piedra se deslizaba sobre la hoja de la daga, el recuerdo de Azul emergía punzante como ese sonido cruel. La veía otra vez: mordiéndole la nariz, golpeándolo sin temer, desafiándolo con una mirada que no veía hace mucho tiempo, llena de coraje
Y no era miedo lo que sentía ahora… era algo peor. Era una espina clavada que no lograba arrancarse.
-No tenemos mucho tiempo, Dwan -gruñó su compañero, un enano de barba rala y mirada inquieta que lo sacó de sus pensamientos.
-Lo sé Ulfar-respondió sin dejar de afilar-, pero si Thorin viene, será en desventaja. Aquí, el terreno es nuestro. Y luego pensó para sí mismo "Y si Azul se atreve a venir… será mía. Esta vez… sin suerte, sin escapatoria".
Se levantó con un suspiro y guardó la daga, oculta entre sus ropas Luego, caminó hacia una mesa de madera tosca donde un viejo mapa estaba extendido, iluminado apenas por la luz titilante de una antorcha. Sus dedos recorrieron las marcas hechas a carbón, indicando los pasadizos secretos y los puntos estratégicos de defensa.
-Aquí y aquí.- Pronunció Dwan mientras señalaba con su daga recién afilada.- Refuercen estos puntos. Si el príncipe llega, no la pasará bien. Además, la culpa que le he puesto hará su parte en él.-
El enano lo sabía bien. Jugar con los sentimientos del príncipe, haberlo hecho forzar una decisión como la que lo hizo tomar haría que su mente se dividiese: ¿el amor o el deber? Sólo que Dwan no sabía quién de las mujeres representaba esas cualidades.
Sabía que en esta misión debía tener éxito. El filo de la espada de Azog estaba amenazando su cuello a pesar de que el orco pálido estaba lejos.
Luego de algunas horas de relativa calma para los prisioneros, mandó a sus hombres a que los separaran en celdas distintas y en lugares distanciados.
Al llegar a la celda donde Diesa y Gelion se encontraban, el elfo se tensó y sus músculos se prepararon para el combate. Él aún estaba mareado por el golpe recibido, pero aún así se puso en guardia intentando proteger a la enana. Diesa se puso detrás de Gelion, aterrada.
Los enanos que entraron a la celda fueron duros con el elfo, pero no lo mataron, no tenían esas órdenes. Diesa contemplaba la escena horrorizada mientras que un enano la sostenía por la cintura. La orden era simple, que Diesa viera la paliza al elfo para disminuir su esperanza.
Gelion, malherido, se desplomó en el suelo frío de piedra. Vio como se la llevaban a Diesa vaya a saber dónde, mientras ella gritaba de miedo y daba patadas a diestra y siniestra.
La enana fue llevada a otra celda, más alejada pero no menos fría. Cuando cerraron la puerta y la dejaron sola con su alma, el vacío la invadió. La humedad del ambiente le recorrió la espina dorsal, el goteo constante del agua filtrándose por una hendija y su propia respiración entrecortada casi le hicieron perder lo que quedaba de su pobre resistencia.
Gelion quedó tirado en el piso. Los enanos salieron de la celda riéndose, no sin antes darle una patada en el estómago antes de irse. A duras penas podía arrodillarse, pero debía hacerlo. Intentó respirar profundo pero el dolor se hizo evidente en su pecho. A pesar de ello, su mente comenzó a trabajar. ¿Por qué querían que Diesa presenciara la paliza? ¿Por qué solo a ellos dos los atraparon, si lo que querían era a Thorin? ¿Era a él o….?
-
En un esfuerzo sobrehumano, Azul abrió los ojos a pesar de que el sueño le aplastaba como un yunque. Vio a Thorin que estaba acomodándola en su cama, arropándola, acariciándole el rostro con una mirada que rozaba el desesperado intento por ocultar algo más que preocupación y la culpa que le generaba la situación. Pero ella ya no le creía. Su mente le decía "¡mantente alerta!" pero su corazón… ese bobo insinuaba otra cosa. Thorin se inclinó sobre ella.
-¿Qué…qué haces?- Dijo ella con un leve rubor en su rostro intentando poner una inútil resistencia.
-Lo que debería haber hecho hace tiempo….- Le contestó mirándola a los ojos.
Con una lentitud que parecía no tener fin, él se acercó, y depositó un beso en sus labios. Ella cerró los ojos.
Cuando los abrió. Thorin ya no estaba.
-¿Viste que no era tan malo después de todo?- dijo Azog, con una sonrisa torcida, revelando sus colmillos bajo la piel pálida y marcada de cicatrices.
Azul sintió cómo la sangre se le helaba, su pecho se comprimía como si una garra invisible la estuviera desgarrando desde dentro. El rostro del orco se acercó más, su mirada cruel y satisfecha.
-
Azul gritó desesperadamente desde su cama. La luz de la mañana ya se filtraba desde las cortinas de la ventana como si nada hubiera pasado la noche anterior. Las brasas de la chimenea aún humeaba y aún se mantenía cálido la habitación.
Su grito rebotó en las paredes, atravesó la puerta cerrada y retumbó por todo el pasillo. Dís, que salía del cuarto de Sannla (que aún dormía), se detuvo en seco, su rostro palideció y gritó con urgencia:
-¡Fili! ¡Fili, ven rápido!
El maldito sueño dejó un sabor amargo en la mente de Azul.
Las lágrimas no tardaron en llegar y la pobre mujer intentó sin éxito de parar el llanto llevándose las manos al rostro. Dentro de ella emergía rabia porque había creído, aunque fuera por un instante, que Azog por fin la había tomado; miedo: porque había sentido algo que no se atrevía ni siquiera a pensarlo en su mente. Porque su corazón idiota había latido por Thorin en ese instante falso, en esa mentira tejida en su cabeza.
"¡¿Cómo te atreviste Thorin?!" Se repetía Azul en la mente una y otra vez. Cuanto más lo pensaba, más furiosa se ponía. Jamás en su vida, desde que lo conoció, habría creído que Thorin fuera capaz de jugar de esa manera tan sucia con ella.
Fili llegó a la habitación con la espada en mano, temiendo lo peor. Balin llegó detrás de él, con su hacha, creyendo que algo terrible había pasado.
-¡Azul! -llamó Fili, los ojos desorbitados- ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está? ¿Quién fue?-
Pero ella no contestó rápidamente. Estaba sentada en su cama, con el cabello revuelto, mirando con sus ojos llenos de lágrimas a un punto fijo de la pared intentado conectar con la realidad. Su pecho subía y bajaba con dificultad, como si en verdad hubiera peleado contra un feroz enemigo.
-Mi niña…- Dijo Balin acercándose con cautela. Los ojos del enano analizaban la tensión que tenía la mujer al ver como la sábana era aferrada con fuerza por las manos de la muchacha- ¿Te encuentras bien?-
-No…- Susurró Azul volviendo a la realidad.- Thorin… -Dijo ella por lo bajo, apretando los dientes. -Thorin me las va a pagar.-
-¿Qué hizo Thorin, querida? ¿Qué ha pasado?- Balin frunció el ceño, confundido.
Pero Azul solo negó con la cabeza, tragando saliva, incapaz aún de explicar el nudo de angustia que tenía en la garganta. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, totalmente furiosa.
-Esto… no se va a quedar así.-
Dís cruzó la puerta de la habitación totalmente preocupada.
-¡Por Mahal, Azul! ¡¿Qué ha sucedido?!-
La mujer miró a la enana que verdaderamente estaba preocupada. Ella se destapó e intentó levantarse, pero Dís se lo impidió. Azul reaccionó de mala manera y aún así, se impuso.
-¡Sucedió que tu hermano es un completo idiota!- Bramó ella con una furia tan cruda que hasta Fili y Balin se quedaron helados.
El silencio que se generó heló la habitación de golpe. Era la primera vez que Azul hablaba así de Thorin. Se giró bruscamente, tambaleándose un poco, pero se negó a dejar que la ayudaran. No quería manos sobre ella. No quería consuelo. Solo quería encontrar a Thorin… y enfrentarlo.
Sin importar que los hombres estuvieran allí, Azul se quitó la camisa, dejando su espalda al descubierto. Fili y Balin tuvieron que salir de inmediato al ver la osadía de la humana. Ella se aseó rápidamente y buscó la cota de malla para ponérsela junto con la camisa que momentos antes se había sacado. Luego le tocó el turno al corset donde Dís, al ver el estado en que estaba Azul, no quiso ayudarla por temor a represalias.
-¿Dónde está tu hermano?-
-Hace horas salieron. Partieron al amanecer junto con Kili, Elrond, Dwalin, mi padre y algunos soldados.-
Azul golpeó con el puño el escritorio. Allí aún se encontraba la taza donde ella había tomado el té con el somnífero.
-Azul… ¿qué ha sucedido con Thorin? ¿Por qué estás tan furiosa?-
Ella negó con la cabeza.
-Eres su hermana…-
-Sí, lo soy. Pero también soy mujer y lo que veo en tus ojos es que te han engañado... que Thorin de algún modo…-
-¿Hacia qué dirección se fueron?- Cortó secamente Azul. No deseaba hablar con ella sobre aquella situación.
Dís suspiró. Claro que sabía hacia dónde fueron. Siempre su padre le comunicaba algunos detalles de cualquier misión antes de irse con el fin de saber su paradero.
-Se fueron al noreste. Mi padre y Thorin hablaron sobre un asentamiento oculto. Pero no me precisaron más detalles.-
Azul tomó su abrigo y su espada, que se la ajustó a la cintura. Salió hacia los pasillos dando un portazo. Fili y Balin estaban allí.
-¡Espera muchacha, no puedes irte así! –La paró en seco Balin- ¡Aún estás tambaleándote y no has comido nada. ¡Necesitas reponer fuerzas!-
-Azul, no sé qué habrá pasado con Thorin. Pero no puedes irte así sin más.- Objetó Fili.- Los guardias están en alerta luego del ataque de ayer. Tienen órdenes de no dejar salir a nadie hasta que el Thráin y Thorin vuelvan…-
-¡No me importa! ¡Encontraré el modo de salir!- Dijo ella mientras bajaba las escaleras.
Su mente comenzaba a trabajar rápidamente. Pero en algo Balin tenía razón, necesitaba alimento. Habían pasado horas desde que ingirió bocado alguno y su estómago pedía por algo.
Enfiló a las cocinas. Aún los restos de sangre del enano traidor manchaban el piso, pero no se distrajo con eso. Buscó pan, algo de queso, carne seca y se hizo un sándwich para comer al paso.
Azul apenas había dado dos pasos fuera de las cocinas cuando Balin se interpuso en su camino. Esta vez ya no había en su rostro esa bondad apacible que acostumbraba. Su expresión era grave, los ojos endurecidos.
-Azul… te lo advierto.-La voz de Balin se endureció interponiéndose en su camino.- No des un paso más. Si sales de aquí, desobedecerás al mismísimo rey y las consecuencias serán graves para ti.-
-¿Graves? ¿Qué tengo que perder Balin?- La voz de Azul tampoco dudó.- Ya he desobedecido una orden del rey ¿recuerdas? Y gracias a eso Thorin sigue con vida. Pero no…. Ahora yo soy la que me tengo que quedar encerrada por el bien de mí misma, drogándome contra mi voluntad- Azul rió sarcásticamente.- Que venga el castigo….- terminó por decir desafiante.
Balin mantuvo su expresión dura, pero en el fondo le dolió escucharla.
-Puede que tengan sus razones…-
-¡Al carajo con sus razones! ¡Muévete Balin!-
El viejo enano miró los ojos de Azul. En ellos veía la misma fuerza y determinación que Thorin cuando algo se le metía en la cabeza. No deseaba pelear con ella. Manteniendo la compostura, respiró hondo, muy hondo, mientras cerraba sus ojos. Al abrirlos, bajó sus manos que impedían el paso.
-Mahal te guíe, muchacha… porque esta vez, no te acompañaré en esta locura.-
-No te preocupes, Balin. No pretendo que nadie me acompañe.- Dijo ella secamente
Azul enfiló para los corredores. Sabía perfectamente por dónde ir. Aquél día, recién llegada a Erebor, Fili y Kili le habían invitado una cervezas en el pueblo. Y el túnel secreto fue el camino para evadir a la guardia y salir sin levantar sospechas.
Una vez que estaba en el pasillo sin salida, Azul presionó las cinco piedras y con un pequeño ruido producto de un mecanismo algo oxidado, el pasillo oculto se hizo presente.
Allí vio el pasillo oscuro. Ella sacó de su mochila la linterna y cuando iba a dar el primer paso, dudó. No porque su enfado se disipara, sino porque era iba a estar completamente sola. Que cada decisión, cada paso, sería suyo… y nadie vendría a rescatarla si fallaba. Esa era su primera misión que había aceptado en ese mundo, aún sin saber qué le deparaba más adelante. No sabía si encontraría a Gelion ni a Diesa, ni mucho menos al grupo de Thorin. Pero su deber moral pesaba más que cualquier cosa.
Respiró hondo para aclarar sus pensamientos y se adentró en el pasillo. Luego de un par de minutos caminando, salió al oeste de la puerta principal. Allí, contra todo pronóstico, estaba Náhar, su caballo.
-¿Qué rayos…?- Se dijo ella con una sonrisa y acarició su crin con una mezcla de gratitud y alivio.- Al menos tú sigues conmigo- pensó.
Azul inspeccionó las alforjas. Una carta se encontraba allí lacrada. Al abrirla, reconoció la caligrafía de Kili.
"Azul:
Junto con Dwalin, Elrond y algunos soldados, hemos sido elegidos para acompañar a Thorin y a abuelo a buscar a Gelion y a Diesa.
Sé que Gelion significa algo para ti, aunque no sé cuán profundo es ese sentimiento. Y algo me dice que tú deberías haber venido con nosotros, pero no sé qué te habrá pasado para que Thorin ordenara terminantemente que te quedaras… y eso me suena MUY raro.
Es por ello que, fiel a mi instinto de aventurero, y el más cercano enano a ti después de mi tío, te escribo estas líneas para que sepas que fui yo quien te dejó preparado a tu caballo…."
Azul comenzó a reírse.
"… Si todo marcha bien, estarás con tu caballo esperándote, y tú leyendo esta carta. Nos dirigimos al noreste. Supuestamente hay otra entrada clandestina a Erebor. No me han dado más detalles. Vaya a saber por qué.
Desde la entrada a Erebo hasta el objetivo hay dos días de marcha. Casi al finalizar el día, tendrás un puesto de vigilancia. Ten presente eso ya que no puedo darte ningún permiso (debería falsificar la firma de Thorin, y no me atrevo a tanto)
Te esperaré. Cuídate.
PD: Quema esta carta si no quieres que me castigue por enésima vez
Kili"
