N.A. las cursivas serán el pasado.

&. &. &. Un año antes. &. &. &.

La piratería estaba en decadencia. El contrabando y los saqueos terminaban en hombres muertos o sentenciados.

No hubo más remedio. Lo que en antaño fue una flota de diez galeras bajo su mando, se redujo a tres para uso exclusivamente comercial.

Sesshomaru Taisho intentó camuflarse, alejarse del océano, pero no pudo. Su hogar era conocido por el palacio de las tormentas. Donde el agua salada arremetía contra las rocas y muros intentando derribarlo. Impenetrable e inconquistable, una fortaleza ideal para su dueño.

Y dentro, esa noche, se llevaba a cabo una negociación.

Pirata una vez… —. Dijo el corsario frances mostrandole todos los dientes amarillos.

Pirata siempre—. Respondió Sesshomaru. Con una sonrisa ladina, aceptando el cofre lleno de joyas.

El pago de sus servicios por un sencillo trabajo: Transportación de esclavos. Ese no solía ser su negocio, pero por la cantidad recibida, valía la pena el riesgo.

China y sus casas de placer eran el destino de las doscientas treinta y tres jóvenes y niñas (y alguno que otro chico), que le entregaron a tan solo una semana del pacto.

Un desfile de rostros pasó frente a él. Caras sucias, campesinas, con rasgos redondeados y feos. Seguramente secuestradas de las zonas rurales.

Todas ellas subieron a su barco. Todas mirando hacia cualquier lado que no fueran sus dorados ojos, temblando ante su leyenda y apodo:

Isonade el temible.

Un ridículo mote dado por sus propios hombres al compararlo con el monstruo marino. Solían alardear que las velas negras asemejan la sombra del gran tiburón sobre sus víctimas.

Risas y forcejeos resonaron en toda la cubierta. Se acercó para ver a la última de las mujeres subir, era jalada por uno de los hombres del corsario, atada de manos y con un trapo sucio como mordaza.

Ella cayó de rodillas.

¿Por qué el alboroto?

Lo siento, capitán. La perra es brava, tiene la costumbre de morder.

Levantala.

Fue obedecido. La joven apenas y podía mantenerse en pie por sí misma. El pelo negro y semiondulado caía salvaje en su cara y su espalda. Estaba asquerosa, con el kimono roto más arriba de la rodilla y cubierto de lodo.

Pero, algo llamó su atención. Le sujetó por la barbilla con fuerza.

Mírame.

Los ojos azules obedecieron. Añadiendo el resentimiento y odio.

Agua, todo su espíritu era eso. Un buen presagio. Él era Isonade y necesitaba el mar para habitar.

Ganado por su curiosidad, bajó la mordaza, y ella le obsequió un escupitajo directo en la cara.

Ante el insulto, la abofeteó. La vio caer al suelo, inconsciente.

¿Qué esperan para levantarla?, ¡llevenla a la bodega y encadenenla con las demás!—. La orden fue hecha por Miroku, su maestre.

Sesshomaru se limpió el rostro, antes de hablar. —¿De dónde la sacaron?

La orden del corsario era traerla aquí, capitán. Su familia se quería deshacer de ella—. Dijo uno de los rufianes.

Y ahora sabemos por qué.

Y las risas no se hicieron esperar.

¿La venderán en la bahía de esclavos?

Si, capitán.

Miroku.

El pelinegro se acercó, obediente. —Capitán.

Pagales el triple por la puta, y pídele a las esclavas que la bañen. Llevala a mi camarote cuando esté lista.

Miroku parpadeo, sorprendido.

Nadie podía creer la petición hecha. El gran Sesshomaru había solicitado por primera vez una mujer.

y… ¿las demás mujeres?

Son mercancía del corsario, que sus hombres hagan lo que quieran.

Esa noche, tal y como lo ordenó, la chica le fue entregada. Tenía los pies atados y las manos también por la espalda, en su boca la mordaza fue vuelta a colocar. De ropa solo llevaba el blanco fondo, dejándole ver sus piernas esbeltas y el nacimiento de sus pechos.

Lamento el golpe. No suelo golpear a las mujeres. Pero no puedo dejar que mis hombres vean que alguien me insulta.

Se acercó y le bajó la mordaza.

¡Infeliz maldito!

Sesshomaru sonrió. —Voy a desatarte—. Dijo sacando una navaja y poniéndose de cunclillas. —Te portarás bien, porque si sales vestida así… no podré hacer nada para defenderte.

Los ojos azules se abrieron con mucho miedo. Asintió temblorosa.

Cortó las sogas como un experto, liberandola.

Bien—. Sesshomaru se puso de pie y guardó el arma. —Desvistete.

¿Qué?

Desvistete.

¡Vete a la mierda!—. Dijo desafiante, mirándolo desde abajo.

La batalla azul y dorada fue intensa. Sesshomaru vio en ella tantos sentimientos que le produjo asfixia.

Era tan hermosa.

Entiendo—. Y de un solo movimiento, la tomó del codo y la levantó como si no pesara nada.

La escucho soltar un grito.

Te llevaré a la bodega, esta noche hay festín.

¡No, por favor!—. Dijo suplicante poniendo resistencia. —¡No!—. Pero era imposible, él era demasiado fuerte. —¡Está bien, lo haré!. ¡Lo haré!

Entonces, la soltó. Ella cumplió lo dicho y Sesshomaru vio la prenda blanca caer a sus pies.

&. &. &. &.

La gota escurría por su piel, avanzaba lento, muy lento. Abriéndose camino entre los vellos y perdiéndose en su escote.

Kagome secó el sudor con el dorso de la mano.

El vapor que emanaba del agua la estaba relajando y adormilado. Sumado a que el calor había enrojecido sus mejillas.

Toda la habitación olía a naranja, mandarina, miel y limón. Tan dulce que sentía que su lengua podía degustar el aire, provocando en su estómago gruñera por el deseo de probar ese exquisito sabor.

Un manjar con forma de hombre.

Toda ella estaba hirviendo. No sabía porque se sentía así…

Sí, sí sabía, pero no quería admitirlo.

El amo estaba sentado y con la cabeza apoyada hacia atrás. Dejando que el agua de su baño lo relaje.

Intentó no seguir observando, pero no pudo. Él era puro músculo, se le notaba en sus brazos, en el tricep, bíceps, tórax y más abajo, dónde el agua cubría zonas prohibidas.

La manzana de Adán era una tentación y la clavícula bien proporcionada marcaba la zona.

Lo odiaba, pero no era ciega, y le gustaba mirarlo.

Parecía dormido, con los ojos cerrados y las cejas delgadas enmarcando su rostro.

¿Un ángel o un demonio?.

No importaba, porque él abrió los ojos para fijarlos en los suyos.

El contacto visual fue inminente. Y Kagome desvió el rostro.

Sesshomaru se levantó, el agua hizo escándalo al descender de su cuerpo, pero Kagome no pudo evitar mirar su hombría.

Rápidamente, cerró los ojos con fuerza, porque una punzada de dolor se alojó en su cabeza.

Un impulso de salir corriendo nació al escuchar los pasos por el suelo mojado.

Tenía miedo.

— Dame la bata.

Se levantó para ir por la prenda, cuando de pronto fue sostenida por la muñeca.

De nuevo la estaba tocando.

— Espera.

Su voz fue una llama que se encendió en su pecho, pero no de pasión, sino de puro resentimiento.

— ¡No me toques!—. Exigió, sin entender porque se sentía tan desesperada.

Pero no lo hizo. La jalo y la sujetó tan cerca de él que Kagome no podía ni respirar. Esas grandes manos estaban agarrando su cintura y descendiendo por su cuerpo.

— No quiero que me toques—. Dijo asustada sintiendo las lágrimas acumuladas en sus ojos.

— Te deseo, Kagome.

Aquella revelación la descolocó. Se quedó hecha piedra, sin reaccionar. Dejándose guiar por un desnudo hombre hasta el suelo.

Estaba en shock. No sabía si todo eso era real o parte de un sueño y lo único que pudo hacer fue mirar cómo él abría le quitaba la ropa.

— Eres perfecta.

Entonces, se colocó sobre ella, con las piernas al nivel de su pequeña cintura, y comenzó a masturbarse.

La mano se movía con con un masajeo violento, pero Kagome no veía el gran miembro que la amenazaba, veía los ojos dorados brillando como un fiero animal, orgulloso de haber atrapado a su víctima.

No supo cuánto tiempo estuvo así, pero si lo sintió, cuando el chorro de semen le cayó en su cara, en sus labios y en medio de sus senos.

Sesshomaru se levantó, y le ofreció su mano.

Kagome, sin poder creer lo que había pasado, rechazó el contacto y salió corriendo.

Aguantó el llanto hasta que estuvo sola.

&. &. &. &.

Habían ya pasado varios días, y el amo no la volvió a llamar a su servicio.

En verdad deseaba que fuese así, pero…

Escuchó la respiración de Rin en el futón de al lado. Pero a diferencia de la más joven, Kagome no podía cerrar los ojos porque cada vez que lo hacía, Sesshomaru completamente desnudo aparecía en sus pensamientos.

Era tan extraño todo.

Se puso la sábana hasta el cuello, porque el aire frío de afuera le erizo la piel.

Sí, fue solamente el aire.

Quiso mentirse, pero no pudo.

De nuevo ese calor comenzó a subir por su vientre. Inmediatamente los pezones se le pusieron duros, y se los tocó con ambas manos.

Se abrió la ropa de dormir y metió su mano entre las piernas, descubriendo que estaba mojada, escurriendo de líquido pegajoso y espeso.

Tocarse fue exquisito, y meter sus dedos dentro la hizo apretar los labios para no gritar.

Cerró sus ojos, imaginando que era el amo quien le hacía todo eso, solo él y su hombría que entraba y salía de ella, deslizándose entre sus pliegues.

Cómo si ya antes…

Eso que estaba haciendo le provocó temblores y un escalofrío en toda la columna. Sus piernas estaban empapadas y el aire que entraba por la ventana ya ni siquiera lo sentía.

La liberación fue exquisita. Más relajada pudo dormir.

Soñando extrañamente que dormía entre esos fuertes brazos.

Continuará…

Sé que es un capítulo corto, pero intentaré compensarlo actualizando antes.

Besos!