N.A. Las cursivas serán el pasado.
&. &. &. &. Un año antes &. &. &. &.
Sesshomaru entró al camarote mucho después de la puesta de sol. Observó los platillos que el cocinero había dejado para él y para su compañía.
Un banquete digno de la realeza.
Con la mirada buscó a Kagome, ella dormía en el lecho envuelta entre un haori sacado de su propio guardarropa, probablemente a falta de ropa de mujer. Su cabello negro se esparcia ondulado sobre los cojines.
Una imagen bastante hipnotizante.
Una belleza inocente siendo consumida de a poco por él, que con cada bocado parecía tener necesidad de más y más. Con cada día que transcurría, ella lo volvía insaciable.
Se acercó, tocandole delicadamente la pierna. La reacción de Kagome fue despertar inmediatamente.
— ¿Tienes hambre?
Ella asintió, tragándose el orgullo.
De forma tranquila, tomaron sitio en la mesa. Sesshomaru sirvió licor y se lo ofreció.
Kagome aceptó. Bebió y bebió, desesperada por llenar de algo su estómago que no fuera semen
Comió fruta, que era lo más cerca que tenía.
Sesshomaru la observó sorprendido, era como ver a un gatito hambriento.
— ¿Que no sabes que me debes servir primero?
Con una manzana a medio comer, lo miró.
— Si fueras mi esposo, lo habría hecho así.
— Para tí soy más que un esposo…
La piel blanca de Kagome se sonrojo ante las palabras. Un brillo surgió de sus ojos azules.
— Soy tu dueño y merezco respeto.
El brillo se volvió opaco. Ella apretó los labios, clara señal de enojo.
— El respeto se gana. Y si tanto querías que te sirviera como esposa, en lugar de violarme, mejor me hubieras ofrecido matrimonio.
— No te viole.
— ¡Lo hiciste!—. Exclamó con el ceño fruncido. —Todos estos días lo has hecho.
— ¿Enserio?—. Preguntó Sesshomaru, con una ceja levantada y una media sonrisa. —No eres buena en esconder que disfrutas cada encuentro.
Kagome abrió la boca ofendida, haciendo una O con sus lindos labios.
— Cómo disfrutaría de algo así, si no te importa más que satisfacer tu propia lujuria.
— Por eso tú eres la esclava. Debes servirme en lo que yo quiera y como yo quiera—. Dijo como si fuese lo más normal del mundo.
Aquellas palabras, hicieron que Kagome hablase con total indignación.
— Lo único que te gusta hacer es sobajarme. ¡No soy un juguete!
¿Un juguete?. Si lo que ella le despertaba era un deseo imparable.
Durante un momento solamente se miraron. Un enfrentamiento silencioso.
Hasta que ella habló, sonriendo al hacerlo: —Cuando termine esté viaje, estaré contenta de no volver a saber de ti.
Algo en sus palabras le provocó ira. Cómo si hubiera pisado su ego.
— ¿Piensas regresar con tu prometido?
Los ojos azules de Kagome mostraron duda y confusión.
— Por supuesto.
Sesshomaru no confío en la seguridad fingida que Kagome le mostraba. Así que echaría sal en su herida para demostrarle que no podía jugar con él.
— ¿Y cómo planeas fingir tu virginidad en la noche de bodas?
Ella lo miró con odio. —Él me ama, eso no le importará.
Sesshomaru sonrió. —Me parece extraño que teniendo prometido, fueras virgen.
— ¿Y crees que todos hacen lo que tú me has hecho?—. Gritó con las mejillas rojas de furia. —¡Él es mucho mejor persona de lo que tú jamás serás!
Pero, Sesshomaru contraataco.
— Dile que no tiene que agradecerme el favor de desflorarte.
Ante sus palabras, Kagome le aventó en la cara el vaso con licor que tenía más próximo.
Sesshomaru se limpió. Sabía que se merecía eso; aún así, verla tan enojada le parecía tan sensual.
Ella se puso de pie y se fue al futon. Donde se recostó, dándole la espalda.
. . .
Se despertó al sentir el suave trasero pegado a su cuerpo. En específico a su duro miembro que estaba ansioso por ser complacido.
Miro la posición en la que se encontraban los dos: Kagome completamente acurrucada junto a él, dormida, con la cabeza recargada sobre su brazo izquierdo, buscando refugio probablemente de la fresca brisa nocturna.
Él está caliente como una antorcha, tanto que estaba desnudo del pecho, así que la acercó hacia sí. E inconscientemente, ella aceptó.
Todo él quemaba y ella estaba helada.
Sesshomaru no pudo evitar la tentación, primero se bajó los pantalones y después desató el haori que Kagome vestía para poder deslizar su mano traviesa debajo de la prenda.
La sensación de tocar su suave piel era… inigualable.
Busco hasta encontrar el redondo pecho, lo acarició con un lento masaje y, con su pulgar, rozó el pezón provocando que se endureciera.
Toda Kagome se estremeció.
— No—. Murmuró ella con voz de sueño. Atrapada aun entre los brazos de las estrellas.
Sesshomaru no puedo más, comienzo a mover sus caderas lentamente, deslizando su falo ya duro de entre la ropa. Su mano derecha se deslizó ahora hacia el sur, a lo largo del tonificado vientre, encontrando su vagina sin acceso debido a las piernas femeninas.
— Abrelas—. Susurro, haciendo que su aliento chocara en la oreja de Kagome.
No obedeció. En lugar de eso la cerró con más fuerza, pero Sesshomaru las abrió.
— Espera…
Sin esperar a reclamos, Sesshomaru metió su mano entre los pliegues de su jugosa intimidad, la cual estaba desbordando fluidos.
— Por favor… —. Susurro aun adormilada.
— Dejame darte placer.
Acto seguido mordió el lóbulo de su oreja. La escuchó jadear, no era rechazo, era ruido primitivo de aceptación.
Sesshomaru no entendía porque quería hacerla sentir bien, pero le quería obsequiar primero su orgasmo antes del propio. Así que la condujo, tocando en círculos el pequeño clítoris, lento y rápido.
Le demostraría que ya no la obligaría a meterse el miembro a la boca. No habría más ataduras. No más nalgadas. Ni amenazas.
Si ella quería, él la haría viajar a la luna.
— ¿Quieres que te metas los dedos?—. Dijo pegando sus labios en el hombro de Kagome.
No obtuvo respuesta afirmativa o negativa, así que continuó.
Le abrió más las piernas y le introdujo dos de sus largos dedos que inmediatamente fueron absorbidos, golpeando con el dorso de su manos su clítoris para aumentar el placer.
— Ahhh…
El gemido lo excitó aún más. Restregó su falo por la apretada línea que dividía sus duras nalgas, descubriendo que también eso le excitaba a Kagome.
— ¿Te gusta?
Ella no respondió, solo intentó ocultar sus gemidos cubriéndose la boca con sus manos.
Y Sesshomaru se detuvo.
Kagome ladeó el rostro para mirarlo. Parecía estar a punto de reclamarle.
— ¿Te gusta?
— Vete… a la mierda—. Dijo ella agitada y con los dientes apretados. Se quitó, se ajustó el obi y con una mirada de reproche, se puso de pie.
Pero él la detuvo, la tomó de la muñeca izquierda y la arrastró de vuelta al futón.
— ¡Quítame las manos de encima!.
Ella intentó luchar, pero fue en balde. Sesshomaru no la soltó. Al contrario, la sentó sobre él, con las piernas abiertas.
Kagome dio un respingo al sentir el duro miembro chocando con la entrada de su intimidad. Se movió ligeramente lo que provocó que los fluidos se encontraran.
Sesshomaru la sujetó de la cintura con ambos brazos, y sin esperar a más, se introdujo de un solo empujón.
Ambos estaban mirándose cuando el baile comenzó.
— Ah…
Un gemido. Seguido de otro y de otro. Esa posición permitió que Sesshomaru llegará hasta el cérvix, provocando que todo el cuerpo de Kagome se balanceara de forma lenta.
— Te gusta… verdad.
Recibiendo una exclamación como afirmación.
— No te reprimas, Kagome.
— Ah… mmm… ahhh… ahhh
Era lo único que salía de sus labios, y Sesshomaru estaba fascinado de los gastos de su rostro. Incluso, de los ojos azules semiabiertos.
Pronto sintió como ella comenzaba a moverse, de arriba hacia abajo, mientras sus manos tocaban su cuerpo.
Él también tocaba, apretando su delicada espalda.
— ¡Ah…! ya… no… no puedo… ¡Ahhh!
La sintió tener su orgasmo, mientras lo bañaba de espesos fluidos.
Sesshomaru no la soltó; al contrario, la sujetó más fuerte del trasero, moviéndola como una muñeca, escuchándola gemir desesperada.
Ansiaba seguir oyendo ese sensual canto, así que se inclinó y como pudo, se metió un pezón a la boca, el cual lamió y succionó.
Y siguió lamiendo por todo el pecho, hasta llegar a su hombro, el cual mordió.
— ¿Así es… como te gusta?
— Ah. Ah. Ah.
Era lo único que salía de sus labios rosas, pero su mirada azul era pura sensualidad.
Tuvo tentación de besarla, adentrar su lengua y mostrarle que podía disfrutar más si se lo permitía.
Pero no lo hizo. Se limitó a compartir cada respiración y aliento que se mezclaba entre ellos al estar tan cerca uno del otro.
De pronto, toda ella tembló entre sus brazos, clara señal de un segundo orgasmo.
Verla agitada y sudada, apretando su pene con fuerza, le provocó a él su orgasmo.
Cuando la respiración de ambos se calmó, ella lo miró un momento.
— Aún no te perdono por lo que dijiste está tarde.
Se bajó de él y se acostó dándole la espalda.
&. &. &. &.
Kagome limpiaba la biblioteca junto a Rin. La joven era tan linda que le recordaba a alguien. Cómo si sus ojos chocolate y su sonrisa fueran un memorándum sobre que no debía olvidar algo
¿Pero, qué era eso que no debía olvidar?
No quería esforzarse porque extrañamente le provocaba dolor de cabeza. Aunque en realidad era todo el remolino de sentimientos y pensamientos que tenía en su interior.
No sabia como explicarlo, era como si dentro de ella hubiera una tormenta casi igual de violenta que la tormenta real que en ese momento había afuera del palacio.
— Parece como si el cielo se estuviera cayendo en pedazos—. Dijo Rin mirando por la ventana.
— Tal vez del otro lado del mundo una mariposa agita sus alas.
Rin frunció el ceño. —¿Cómo?
Ella levantó los hombros con una sonrisa. —Es lo que dicen, que una mariposa bate las alas y en otra parte del mundo hay un Tsunami.
La más joven se quedó impresionada de sus palabras.
— ¿Cómo una chica que olvida hasta su nombre puede saber tanto?—. Pensativa se llevó un dedo a la mejilla. —Tal vez eres una princesa perdida.
Kagome se rió. —Si fuera una princesa, no sería una sirvienta.
Rin bajó la voz en un susurro. —Estoy segura que el amo podría transformarte en una dama si tú lo desearas.
— ¿Q-qué dices?—. Sintió las mejillas enrojecer por el repentino calor que le dio.
— Es muy guapo, Kagome. Cualquier chica habría aceptado ser su amante sin pensarlo tanto.
— No se de que hablas—. Dijo dándole la espalda.
Pero, Rin insistió, poniéndose frente a ella. —Se que esperas recordar tu pasado, pero… ¿y si no hay nada bueno?, tal vez por eso no recuerdas nada.
Kagome negó, mirando al suelo. —Aun así, yo no podría ser su amante.
— Entonces, ¿te quedarás siempre como sirvienta del hombre que te gusta?
Kagome no respondió.
— Sería muy feo verte llorar si algún día el amo trae a otra mujer a esta casa.
Kagome frunció el ceño ante esa imagen. Jamás había imaginado esa posibilidad. Le dolió el corazón solo de pensarlo.
— No es tan fácil, Rin. Los sentimientos que tengo por él son contradictorios. A veces el miedo me paraliza y no sé por qué.
Rin le tomó la mano con cariño.
— ¿Y ese miedo es más fuerte que tú amor?
Estaba enamorada de Sesshomaru, lo amaba como un rayo que la impacta y la arrastra hacia abajo, muy abajo. A un abismo donde no tenía escapatoria.
Pero donde se encontraba feliz. Y sabía que con el tiempo podría superar ese miedo que la invadía cuando él intentaba acercarse.
De pronto, un rayo real golpeó el cielo, iluminando todo para después apagarse.
Rin gritó de puro espanto, y se abrazó a Kagome.
— Tranquila—. Dijo sobando de manera fraternal su espalda.
— ¡Lo siento!—. Exclamó, aferrándose a la mayor. —¡Odio los truenos!
Kagome la intentó reconfortar, como si supiera como hacerlo. Acariciando su cabellera negra rebelde con toda su ternura.
La imagen de otra niña se le vino a la mente. Largo cabello lacio, negro y brillante, que le sonreia mientras le mostraba una flor color púrpura. Sus ojos rasgados y avellana denotaban inteligencia.
— Mira, hermana, se llama igual que yo…
— Kikyo—. Susurró.
De pronto, su cabeza parecía que estaba a punto de explotar, como una rafaga de fuego que no encontraba una manera de escapar de su cuerpo más que por su boca.
Así que gritó.
Se sintió caer, directo a la total oscuridad.
La noche y el mar deseosos de tragarlasela. Las olas y la sal arrastrándola al infierno.
— ¡Kagome!
Vio a Sesshomaru, nadando hacia ella.
La desesperación de sentir como la fuerte mano estaba tan cerca y ella no podía alcanzarla.
Cayó. Hondo muy volvió a ser negro.
La niña de la flor, ya era una jovencita, y susurraba una canción mientras la miraba fijamente, con una sonrisa enigmática en los labios rojos.
— Kagome. Kagome. El pájaro en la jaula…—. Se rió, poniéndose la flor detrás de la oreja. —Está detrás de ti…
Una risa gruesa le dió terror. Ojos rubí y dientes amarillos le pertenecían a un hombre que traían consigo la oscuridad.
Quiso gritar cuando él se acercó hasta la chica de la flor y la besó justo en la boca.
Un beso que le dió repulsión, salvaje y grotesco, queriendo devorar a su hermanita.
— ¡Déjala!
Pero él solo reía, mientras comenzaba a desnudar a la joven de la flor.
— Es una niña, ¡no lo hagas!
Corrió, intentando detenerlo, pero no podía, porque la iban arrastrando hacia el lado contrario.
— ¡Kikyo!
Lo último que vio, fue a ese extraño cubriendo la evidencia de su crimen con su largo y negro cabello ondulado que caía sobre la blanca piel de Kikyo.
…
