PARTE I
N.A. Capítulo ambientado únicamente en el pasado.
…
— Quiero salir.
La petición provocó que Sesshomaru detuviera su tarea de ver el mapa. Se irguió y miró desde su altura a esa desconocida a la que llamaba Kagome.
— ¿Para qué?
— Estoy aburrida. Todo el día me la paso encerrada.
— ¿No te complace esperar por mi en las noches?—. Preguntó, burlón.
Ella se sonrojó. —No es un juego. Estoy cansada de estar aquí sola. Siento que soy tu prisionera.
— Mi esclava, recuérdalo.
— Por poco tiempo, gracias a los dioses.
Seshomaru arqueó la ceja, clara señal de irritación, pero decidió no iniciar una pelea. Mejor continuó con su tarea. Se volvió a inclinar sobre el pergamino y realizó un trazo con la tinta.
— ¿Vas a dejarme salir?—. Kagome insistió.
Él sonrió de lado al ver por el rabillo del ojo cómo Kagome se mordía el labio inferior de la desesperación, como si estuviera reprimiendo un insulto.
— Lo haces solo para hacerme enojar—. Dijo ella cruzándose de brazos.
— En parte, aunque también está el hecho de que una mujer caminando libremente no es lo más conveniente.
— ¿Y en que podría perjudicar que lo hiciera?, solo quiero salir unos minutos.
— Ya no quedan esclavas a bordo, espero que entiendas a qué me refiero.
La volteó a ver, porque ella no protestó.
— Tú podrías protegerme, Capitán…
Ella no sabía su nombre, era lógico que le dijera así, pero fue su forma de hablar lo que cautivó su atención.
— Si me dejas salir tan solo un momento…— Dijo tocándole el brazo, deslizando sus delgados dedos sobre la fina tela y deteniéndose hasta colocar su mano sobre la de él. —Estaré muy agradecida.
— ¿Qué tanto?—. No supo porque también susurró.
— Mucho—. Ella le sonrió por primera vez.
Accedió por pura curiosidad.
Kagome no dió problemas. Se mantuvo con la vista fija en el atardecer, mirando el agua y las aves.
Y ahi estaba él, observándo como el cabello negro era revuelto por el viento, haciéndola luciendo hermosa a pesar de llevar atuendo de hombre.
— Parece como si quisiera saltar por la borda.
La voz de Miroku lo sacó de sus hipnosis. Giró hacia él, descubriendo que el muy bribón miraba por el catalejo hacia la dirección donde Kagome se encontraba.
— Se ve muy melancólica y delgada—. Continuó diciendo. —Si no come bien, no durará a qué toquemos tierra. Tal vez yo pueda darle un poco de vino de boca a…
Sesshomaru le arrebató el objeto. —Deberías estar viendo hacia el horizonte.
Miroku sonrió, mostrando sus manos como señal de paz. —Lo lamento, capitán. Es imposible ver otro lugar que no sea esa belleza, ¿no crees?—. Dijo con una sonrisa cómplice.
Él lo ignoró, le aventó el catalejo y Miroku lo capturó en el aire.
El cielo se estaba tiñendo de rojo, pronto oscureceria. Ella debía volver.
— Te llevaré al camarote—. Dijo acercándose a ella.
Kagome giró para mirarlo. Era cierto, estaba muy delgada y triste.
Decidió dejarla descansar… de él.
. . .
— ¿Alguna vez has contado las estrellas?
Entre las sombras de la noche, Kagome era iluminada por el resplandor de la luna, la cual se filtraba por el portillo. Parecía un ser de luz que deseaba llevarse su alma.
Por un momento se quedó quieto en la puerta del camerino, mudo ante esa visión.
— Nunca—. Respondió secamente, cerrando tras él.
Ella soltó una risita fingida. —Yo solía inventar historias de cada estrella para mí hermanita. Un hombre le hizo daño. Y ahora, no sé si la volveré a ver.
Sesshomaru vio como cada lágrima era limpiada del rostro con fuerza. No sabía por qué, pero quería que ella dejase de llorar.
Entonces, una promesa salió de su boca por primera vez: —Tocaremos tierra en dos días. Te ayudaré con tu hermana.
Ella lo miró sorprendida. Él mismo se sorprendió cuando, en un acto de puro impulso, se acercó hacia ella, le agarro la cara con firmeza y comenzó a lamer sus lágrimas.
— ¿Qué haces?
Pero él no respondió, porque no sabía la respuesta.
En sus instintos estaban las ganas de escucharla gritar de dolor, pero cuando su lengua pasó por esas tiernas y regordetas mejillas, lo único que quería escuchar era su placer.
Una dualidad que comenzaba a fascinarle.
La sintió con algo de resistencia cuando sus miradas chocaron, pero enseguida cayó derrotada, dejándose arrastrar ante sus ojos dorados.
Estaban tan cerca, que su respiración se mezclaba.
Kagome olía tan bien, que tenía ganas de embriagarse con el aroma a frutos dulces.
— ¿Quieres que te bese?—. Preguntó en un claro tono de voz que habría derrotado a cualquier mujer.
La vio dudando. Las dos veces que había puesto sus labios sobre ella había recibido desprecio, pero desde que había aprendido a manejarla con sutileza, ella parecía responder de forma favorable.
Ella fue quien pegó su boca a la de Sesshomaru.
No sabía besar, pero Sesshomaru le mostró cómo hacerlo. Lo hizo despacio, disfrutando de meter su lengua en ella, de enredar sus dedos en esa mata de cabello negro ondulado y de sentir como ella respondía.
Quiso impresionarla, así que la dejó de besar por un momento, viendo sus ojos azules deseosos de más, y la tomó entre sus brazos.
Cómo si fueran unos recién casados.
Cuando estuvieron acostados en el futon. No hubo palabras, solo actos. La desnudo despacio. Lamió todo lo que podía. Deteniéndose por mucho tiempo estimulando ambos senos, deleitándose cuando los gemidos comenzaron.
— Espera…
Sesshomaru la miró.
— No sé tu nombre.
— ¿Acaso hace la diferencia?
Ella asintió. —Si te digo mi nombre, tienes que decirme el tuyo.
Pero Sesshomaru se distrajo para chupar el pezón que tenía más cerca.
Chupo y succionó, mordió y marco. Toda ella era suya. Así que siguió, metiendo su enorme cuerpo entre las delgadas piernas femeninas, mordiendo el vientre y bajando, bajando más hasta encontrar su divinidad.
Alzó la vista hacia su Kagome, quien se levantó sobre sus codos para mirarlo.
— Estás caliente. Te ayudaré—. Dijo deslizando con suavidad un dedo a lo largo de sus labios externos. —¿Quieres que continúe?
Era orgullosa, pero él quería exprimir sus deseos.
Ella le permitió continuar, con ojos azules depredadores, iguales a los suyos. Que rápido la había vuelto una salvaje como él.
— Mmm…—. Exclamó Sesshomaru, rozando su nariz en ese botón inflamado.
Comenzó a lamer con la punta de su lengua los jugos que se deslizan de ella. Le fascinó su reacción. Así que se concentró en sorber los líquidos que emanaba.
Totalmente ganado el terreno, Sesshomaru metió la lengua en su entrada.
Sabía que Kagome estaba mordiéndose los labios para no gemir, pero no importaba, porque ella estaba húmeda y resbaladiza, lo suficiente para seguir saboreando.
— ¡Ah!
El jadeo lo hizo codicioso y hambriento.
De un movimiento se abalanzó sobre ella, cubriendola. Se inclinó hacia su oreja y susurró:
— No te controles, nadie nos escucha.
Y metió su lengua en su oído.
Ella soltó un profundo jadeo al sentir como lamía su mentón, mordía su clavícula y succionaba el principio de sus pechos.
— Se gentil—. Pidió. —Despacio.
Sesshomaru sujetó su miembro duro y caliente con la mano izquierda. Para ese momento, ella se había vuelto un susurró.
— ¡No tan fuerte!
Entro de un empujón. Sintió como ella le apretaba el pene de manera deliciosa. ¡Maldición!, era tan estrecha, y no encontró otra forma de callar su propios gemidos más que besarla.
El juego de ambas lenguas comenzó, y dentro se involucró respiración pesada y mucha estimulación.
Kagome se aferró a su espalda, lloriqueando. Pero él sabía que no era llanto, eran gemidos, estaba seguro de eso. Había logrado diferenciar cada gesto, cada grito, cada mirada, cada rasguño e insulto.
¡Cómo le gustaba!
No quería detenerse. No quería parar. Porque dentro de su mente, él anhelaba su aceptación. Quería ser recibido por ella. Que ella deseara compartir su lecho siempre.
Siempre.
No importaba que ella fuese otra persona en tierra firme, ahí era su Kagome.
— Abre más tus piernas.
Para su sorpresa, ella obedeció, enredando sus pies en su espalda.
No solo él se movía, ella también hacía lo suyo con su cadera.
Con ambas manos libres, Kagome tomó el rostro de Sesshomaru y lo obligó a mirarla.
— Si lo haces lento, se siente más.
Esas palabras lo impresionaron tanto que se detuvo. Kagome lo miraba fijamente con sus hermosos ojos azules. Ella movió su cadera y arqueo más la espalda. Gimió y ahogó gritos puros de éxtasis cuando él continuó con el vaivén.
Sesshomaru no duro como tenía planeado, se vació dentro con grandes chorros de su semilla. La miró, descubriendo cómo vibraba en sus brazos, con la boca abierta, intentando respirar, ante el orgasmo que también la había atrapado.
Se veía preciosa llena de sudor, así que la besó para dejarle en claro que no acabaría ahí.
. . .
— ¿Cuántos años tienes?—. Preguntó curiosa, dibujando con su dedo índice las líneas de expresión del blanco rostro de Sesshomaru.
— Muchos—. Contestó él, como forma de desviar el tema.
Estaban completamente relajados, Kagome recostada sobre él, curiosa de tocarlo, mientras Sesshomaru le acariciaba la espalda.
— ¿Fue cierto lo que dijiste de mi hermana?
Él la miró y asintió.
— Gracias.
Creyó ver en esos ojos azules un reflejo de sol que cae sobre el agua, como si ella quisiera guiarlo a encontrar entre su oscuridad una luz.
Sesshomaru no pudo soportar su mirada, así que se quedó viendo fijo hacia el techo. Deseando por primera vez confesarle a alguien todos sus secretos.
Todos creían que en el mar, Sesshomaru Taisho era un gran tiburón, pero fuera de su hábitat, solo era un comerciante con un título heredado. Un aburrido rico.
Tuvo el impulso de doblegarse ante Kagome. Decirle lo solitaria que era su vida. Que todo lo tomaba a la fuerza, tal y como lo hizo con ella. Que si ella le enseñanzaba, podría dejar de ser un desconocido para él mundo.
Quería confesarle a Kagome que en su espalda cargaba dieciocho asesinatos, y un gran número de crímenes.
Si él podía abrirle paso a la luz, ella tendría que mancharse con su oscuridad.
Las promesas estaban puestas sobre la mesa, y Sesshomaru sonrió por el simple hecho que ella no podría dejarlo.
Continuará…
Tres golpes sonaron en la puerta. Sesshomsru resoplo y bajo a Kagome de encima suyo. Con la ropa mal puesta, abrió levemente la pietsm
— ¿Que quieres, miroku?
— Capitan, tiene que ver esto—. Dijo dándole el catalejo.
Se vistió deprisa y sin decir nada salió.
Sesshomaru se lo llevo al rostro, viendo a lo lejos a un barco de pasajeros.
— Por lo menos cien almas, capitan—. Comento Mrioku, anticipandose.
Sesshomaru analizo la situacion, un barco pequeño con una maquina de vapor apenas servible, nada tenia que hacer en contra de su galera.
— Prepara a los hombres.
Miroku asintió.
Sesshomsru entro de nuevo, tomo su espada y un revolver.
Kagome palideció. —¿Qué sucede?
— Abra mucho movimiento, no quiero que salgas.
Ella se incorporó cubriéndose con las prendas masculinas.
— ¡Voy contigo!
Sesshomsru se lo impidió, bloqueando su camino.
— No, ahora, entre y no salgas.
Con llave cerró la puerta y se dirigió hacia donde ya lo esperaban sus hombres.
. . .
