PARTE II
N.A. Antes que nada, una disculpa por la tardanza. Espero que les guste mucho.
Por cierto, el capítulo está ambientado únicamente en el pasado, continuación directa del anterior, por eso está en cursivas.
…
En el futón Kagome dormía, con su travieso cabello negro esparcido por las sábanas. Los rayos blanquecinos de la luna la hacían ver cómo un espíritu del agua.
Desde su escritorio, Sesshomaru la observó durante mucho tiempo, intentando descifrar cómo cumpliría su promesa si ni siquiera sabía el nombre real de Kagome.
Podía deducir que se trataba de la hija de un noble, su aspecto refinado y sus manos suaves lo evidenciaban. Así como también su mal carácter y su voz autoritaria.
¡Maldito lío en que estaba metido! Tendría que hablar con Naraku, preguntarle de dónde saco a una mujer como esa. Le intrigaba saber por qué la vendió como puta en lugar de quedársela.
Esa era otra cuestión, conocía al corsario, y su habilidosa forma de seducir a las mujeres con su lengua mestiza, un francés fluido de nacimiento y su atractiva apariencia que derretía a las féminas a tal grado que parecían olvidar sus amarillos dientes.
Pero, entonces, ¿por qué Naraku no se metió entre las piernas de Kagome?
Los golpes de la puerta lo distrajeron. Sin ningún tipo de pudor abrió estando completamente desnudo.
— ¿Qué quieres?
Miroku rodó los ojos y evitó verle las partes nobles.
— Capitán, un barco comerciante se acerca a esta dirección. Al parecer, ya sin la mercancía.
Eso significaba una cosa… el botín sería puro valor metálico.
Faltaban algunas horas para amanecer, así que tendría que tomar ventaja.
Cerró la puerta, y comenzó a vestirse.
— ¿A dónde vas?—. Preguntó ella adormilada, sonrojándose al instante de verlo semidesnudo.
— Iré a cubierta. Sigue durmiendo.
— Voy contigo. Ya descansé lo suficiente—. Dijo de forma apresurada sentándose, cubriéndose con las sábanas el pudor que aún conservaba.
Pero él la detuvo, poniéndose de cuclillas frente suyo.
— No es seguro. No salgas—. Le dio la llave de la puerta. —Y, no abras a nadie.
Sintió la mirada de Kagome sobre la suya. Parecía confundida y dudosa, aun así, tomó la llave.
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Su galera era más rápida, más equipada y grande que el barco al que cazaban.
El timón se movía bajo su mando con una precisión digna de su cargo. Amaba esa libertad y la sensación de adrenalina completamente liberada al momento de dar la orden solo con la señal de sus manos para que movieran las velas negras.
Con cada tramo avanzado, se rompían las olas de forma silenciosa, dando la ventaja sobre sus enemigos, futuras víctimas declaradas que de alguna forma no significaban nada.
Pronto alcanzaron al navío en completa calma.
Su tripulación estaba entrenada para seguir sus indicaciones. Le bastó únicamente mover su mano derecha en un puño levantado para que quince hombres se sujetaran de las sogas que se afianzaban sobre el mástil mayor.
Observó a Miroku preparar su cuchillo sujetándolo en el cinturón y el rifle tenerlo firme en una mano.
Un asentimiento de cabeza fue la forma en que lideró el ataque.
La noche rugió cuando cinco cañones dispararon en contra de la cubierta contraria, barriendo todo a su paso. Fue una verdadera lluvia de metal que despejó todo para el asalto.
Sus hombres saltaron de una cubierta a otra. Los disparos con mosquete de sus enemigos iluminaron el acto. Cuerpos cayendo, gritos y blasfemias fueron el tambor de guerra.
Desde su posición, Sesshomaru miró toda la acción. Las armas de fuego hacían resplandecer aquellos rostros que aullaban de agonía antes de ser callados para siempre. Su mano estaba en el mango de su espada en ese momento, por si tenía que actuar; sin embargo, sus víctimas no tuvieron tiempo de saber quién los atacaba.
Sesshomaru era la última sombra de sus vidas.
Pronto todo terminó, el otro barco fue saqueado. Los pocos sobrevivientes fueron atados y llevados ante su presencia.
Vio a cada uno de los ocho pobres diablos que no habían tenido la suerte de morir.
Miroku y otro de sus hombres, llevaban arrastrando a un anciano con traje militar hasta sus pies. Detrás de ellos, una caja fuerte que tenía combinación.
— Capitán, este anciano sabe el código—. Dijo Miroku dándole un empujón.
El anciano que tenía las manos atadas tropezó con sus propios pies y cayó de rodillas.
— ¿Y qué está esperando para abrirla?—. Preguntó arqueando una ceja. Odiaba que lo hicieran perder el tiempo.
— ¡Abre la caja!—. Ordenó Miroku, apuntando el cañón de su rifle directo en la nuca del viejo.
Pero el viejo negó lloriqueando. —Gran capitán, no me lastime, no sé la clave.
Sesshomaru le dio una silenciosa indicación a Miroku, quien le dio un golpe con el cacho del arma justo en la frente. El viejo intentó cubrir el chorro de sangre que le brotó haciendo que el rostro se le llenará de rojo.
— ¡Obedece, anciano, te lo ordena el capitán!—. Uno de sus hombres exclamó, molesto.
— ¡No sé!—. Dijo con desesperación y miedo. —¡Lo juro! Mi trabajo era llevar las ganancias a su destino.
Sesshomaru estaba harto. Se sacó la espada con todo y funda del obi, y con eso golpeó al anciano con tanta fuerza que lo tiró de espaldas.
Fue aplaudido, pero eso no le importaba, él quería su tesoro y nadie se lo negaría.
Desenfundo la espada, y le encajo la punta en el hombro. El anciano gritó de dolor.
— Abre la caja.
Hizo más presión, traspasando por completo todo el músculo, sintiendo como se partía el hueso. Los alaridos fueron ensordecedores.
— ¡Piedad!
Sacó la espada, y de nuevo la encajo, ahora en una pierna.
— Ábrela.
— ¡Por favor, detente!
La voz femenina fue como una bala en el corazón.
Sesshomaru miró completamente impresionado de cómo Kagome estaba ahí, con su porte valiente, vestida de hombre y con el cabello suelto revuelto por el viento.
Nadie podía creer lo que veían y escuchaban. ¡Como una mujer le hablaba así a su capitán!
— Por favor…—, ella tomó la audaz decisión de acercarse. —Capitán, es un anciano y está pidiendo piedad.
Parpadeo, aun incrédulo. Volteó a ver como toda su tripulación, su maestre e incluso el viejo, parecían asombrados de cómo Kagome se había atrevido a hablarle.
Eso le hizo hervir la sangre de furia. Sus cejas arqueadas evidenciaron su estado.
— Miroku, arroja a todos al mar.
— ¡No!—. Gritó Kagome, llegando hasta él, tomándolo de la ropa para que la escuchara. —Son gente inocente, capitán, por favor.
Su paciencia terminó. Se zafó del agarre de Kagome y degolló al viejo.
Ella se cubrió la boca para no estallar en un grito de horror.
— No me digas que tengo que hacer—. Sesshomaru dijo con clara advertencia.
La tomó del brazo y la jalo por toda la cubierta, con la intención de enseñarle una lección.
— ¡Suéltame!—. Gritaba ella. Intentando frenar el avance. —Me lastimas.
Sesshomaru se detuvo solo un instante para mirarla. Ella vio la furia en sus dorados ojos. Al llegar al camarote, fue arrojada hacia dentro con tanta fuerza que cayó en el suelo.
— ¡Te dije que no salieras!
— ¡Eres un monstruo!—. Gritó furiosa, poniéndose de pie para encararlo.
Sesshomaru le dio una cachetada. El rostro de Kagome se ladeó por la fuerza del golpe, dejándola un momento aturdida. Un instante después, ella se aventó en su contra en un arranque de ira femenina, del que fue sometida, al ser sujeta por las muñecas. Tan fácil fue ponerle las manos en contra de la espalda.
— ¡Te odio!
— Te pedí que no salieras y desobedeciste.
Sus rostros estaban tan cerca, que, en otra situación, parecía que ellos eran antiguos amantes.
— ¡Eran personas inocentes y tú las mataste!—. Sus ojos se llenaron de lágrimas. —¡Asesino!—. Se revolvió frenética en sus brazos.
Sesshomaru la soltó.
Kagome aprovechó para golpearlo en el pecho, y dejo de hacerlo porque estaba dispuesta a irse del camarote.
— ¿A dónde crees que vas?
— ¡No importa, no quiero estar cerca de ti!
Sesshomaru estaba tan enojado que la arrojó contra el escritorio. Los objetos que había sobre la madera cayeron, el pequeño cuerpo de Kagome estaba de espaldas a él, bajo su peso.
— ¡Me lastimas!—. Gritó.
— Tu eres mi esclava. Debiste obedecerme en todo. No ridiculizarme—. Dijo respirando agitado sobre la nuca.
— ¡No soy tu esclava!
Jamás había estado tan molesto. Se sentía humillado con su actitud. Entonces, se dio cuenta de la posición en la que estaban. Ella, inclinada hacia delante, con el trasero levantado, rozándolo.
— ¡Púdrete!
Aquellas palabras lo hicieron perder el control.
¿Cómo no iba a ser suya si le había quitado la virginidad? Tan solo horas antes había gemido en contra de su boca. Se habían besado como dos locos frenéticos ansiosos de seguir sintiendo más placer.
Sesshomaru le demostraría que le pertenecía. La liberó, únicamente para desatar el nudo que ella se hacía para sujetarse los pantalones.
— ¿Qué haces?—. Preguntó, intentando alejarse, sin lograr nada, pues el brazo masculino le rodeó la cintura, para apretarla.
Ella se revolvió, entre gritos, insultos e intento de patadas.
— ¡Ayúdenme!
— Nadie vendrá—. Se burló, cuando a ella se le cayó la ropa hasta los tobillos.
— ¡Por favor!, no lo hagas.
— Eres mía, te compre.
Ella giró el rostro para poder encararlo. —Prometiste que me dejarías ir.
Sesshomaru sonrió.
La cara de Kagome era un verso triste. Había entendido por fin que él no cumplirá el trato de dejarla libre. Era lo que obtenía por negociar con piratas.
Ante el silencio, Sesshomaru se bajó su ropa, liberando su pene que goteaba ya líquido preseminal ante la excitación.
— No soy tuya, maldito bastardo—. Dijo ella apretando los dientes. Llorando de la decepción.
Sesshomaru se dirigió a la entrada femenina, y entró de un solo empujón.
Kagome gritó. No hubo lubricación ni caricias, por lo que cada embestida la lastimó.
— Basta…
El susurró le confirmó que para ella no era agradable la sensación. Pero, en lugar de detenerse, él continuó. Más salvaje y duro.
— Para.
No lo hizo, al contrario, lo hizo más fuerte.
Las puntillas de Kagome se levantaban del suelo ante cada ataque.
— No… no soy… tuya.
La tomó de la cadera para hacer la penetración más rítmica.
— N-no te… muevas. Detente.
Su voz entrecortada se combinaba con el sonido acuoso de los sexos encontrados, reconociendo y haciendo placentero el momento. Sintió como Kagome comenzaba a lubricar.
— No. ¡AHH! P-para. Para.
Ella lloraba, con las mejillas sonrojadas, y un hilo de saliva escurriendo por la comisura de sus labios. Gimiendo bajo su control.
¡Le encantó eso!
— ¿Escuchas?
La vio negar con la cabeza en un intento por reprimirse.
— Es el sonido que hace tu vagina, feliz de tenerme dentro—. Sesshomaru se rio, antes de seguir con su labor.
— N-no.
Soltó su cadera, únicamente para arrancarle la parte superior de la ropa y dejarle expuesto sus suaves y cálidos senos.
— Estás hirviendo—. Dijo en su oreja antes de tomar ambas masas y apretarlas con fuerza. —Eres tan suave.
— ¡AHH! No. No. No.
Ella exclamó, justo cuando Sesshomaru le pellizco los pezones. En un intento de escape, Kagome subió una rodilla a la mesa; pero Sesshomaru la sometió, poniendo una mano en la cabeza y la otra en la muñeca, la cual llevó a la espalda de ella.
Sonrió, gustoso de escuchar como los gritos femeninos se volvieron ruidos puros de placer.
— Eres mía.
Entonces, ella cerró los ojos y se mordió los labios ante un orgasmo. Orgasmo que también lo hizo parte a él, cuando se corrió dentro.
La dejó ir. Viendo como los fluidos escapaban de la deliciosos pliegues hasta el suelo.
Espeso y blanco.
Agitado, se limpió el sudor de la frente.
Kagome se quedó un momento en la misma posición antes de dejarse caer en contra del escritorio, agitada y sonrojada.
No hubo palabras entre ellos. No hubo necesidad de gritos por parte de Kagome, le hizo saber cuánto lo odiaba cuando los sollozos se volvieron ruidos de llanto.
Quiso tocarle su mano, pero ella se alejó.
— Eres igual que el hombre que daño a mi hermana.
Si eso pensaba de él, qué más daba que se lo demostrara.
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Los golpes en la puerta interrumpieron el feroz ataque que Sesshomaru les hacía a los senos de Kagome. Unos segundos antes, había eyaculado de nuevo, pero se negó a salir de su apretada vagina disfrutando de su calidez.
— ¡Largo!
— Capitán, tiene que venir a ver esto.
La voz de Miroku lo trajo de vuelta a la realidad. Debajo suyo, miró a Kagome que tenía los ojos llorosos, las mejillas rojas y los labios apretados tras otro orgasmo robado.
Salió de ella, viendo que su miembro escurría en fluidos mezclados.
No había parado de poseerla, porque quería hacerle entender que tenía que doblegarse ante él.
Se puso en pie, tomó su obi y se arrodilló.
— ¿Qué haces?—. Preguntó, asustada.
Kagome forcejeó, pero no pudo hacer nada cuando él le agarró ambas manos.
— Tranquila.
— ¡Suéltame!—. Le exigió desesperada. Revolviéndose sobre el futón. —¡Hijo de perra!
Pero fácilmente él la amarró. Se vistió con lo primero que encontró y fue a la llamada.
Miroku casi se ríe de los insultos que soltaba la mujer dentro de la habitación.
— Capitán, una tormenta.
Sesshomaru frunció el entrecejo. Tormenta, la noche en que tocaría tierra de nuevo.
— Espérame en la cubierta. Miroku, ¿tu obre tiene vino?
Él asintió, se lo quitó de la cadera y se lo pasó a su capitán.
Sesshomaru dio la vuelta con el obre en manos y se metió de nuevo a su camarote.
Kagome estaba sentada, con las piernas dobladas hacia el pecho, y el rostro escondido entre sus brazos.
En cuanto escuchó la puerta cerrarse, levantó el rostro furiosa.
— Toma. Bébelo todo.
Los ojos azules lo miraron con total repudio.
Se puso en cuclillas, le acercó la boquilla a los labios, aun así, ella aceptó el vino.
La vio beber, desesperada por la sed. A los minutos, cuando el vino hizo su efecto, la desató.
Era mejor que Kagome estuviera ebria, no quería verla asustada por una simple tormenta. Así como también sería más sencillo llevarla a su palacio.
Dentro del camarote, se había olvidado de la llave.
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La lluvia comenzó al punto de la puesta de sol. Las olas mecían de forma traviesa el barco, comenzando a arrastrar de regreso a la galera hacia mar adentro. Sesshomaru sujetó en todo momento el timón, intentando no ser llevado a otro lugar que no fuese su destino.
Una hora después, la oscuridad era rota por los relámpagos que golpeaban el agua.
Su barco era una galera, ninguna tormenta lo hundiría.
Un tumulto de carcajadas y risas lo desconcentro.
— ¿Qué es todo ese escándalo?
Miroku levantó los hombros. —Iré a decirles que se preparen—. En cuanto avanzó hacia la popa, se regresó. —Tienes que ver esto.
Sesshomaru lo hizo, sorprendiendo al ver cómo Kagome estaba a punto de saltar.
Camino hacia ella.
— ¡No te… acerques!—. Gritó, arrastrando las palabras porque estaba ebria. Sus ojos estaban adormilados.
— ¿Qué piensas hacer?
— Voy a saltar.
Sus hombres soltaron carcajadas.
— Se acerca una tormenta. Una caída será tu muerte.
Ella lo miró, de nuevo con esos ojos desafiantes.
— Prefiero la muerte… a ser tu esclava—. Entonces, comenzó a llorar. —Quiero regresar a casa. ¡No he hecho nada para merecer esto! Mi hermana… Por favor—. Susurró.
La desesperación y la angustia eran casi palpables en su súplica.
— Baja de ahí—. Se acercó para tomarle la mano.
Era su culpa que ella estuviera en ese estado. La compensaría con un mejor trato en cuanto la llevara de nuevo al camarote.
Un relámpago rugió surcando el cielo, su luz impacto de manera caótica sobre el mar negro. Por un instante la noche se volvió clara, y cuando Sesshomaru se dio cuenta, ella había desaparecido.
Corrió para ver cómo su frágil cuerpo era tragado por el oleaje.
No lo pensó, se aventó tras ella. La negrura era densa y terrorífica. Las criaturas marinas pronto aparecerán para devorarlos.
Salió a la superficie para respirar, viendo como Kagome intentaba mantenerse a flote, siendo arrastrada con violencia hacia su perdición. El viento pronto acompañó al mar provocando las olas más grandes.
— ¡Kagome!
Nadó a contracorriente, intentando alcanzarla. Ella estiró su mano, como último intento de salvarse.
Estaban tan cerca…
Una ola los impactó, hundiéndolos hacia las profundidades.
Lo último que percibió fue el eco de las voces gritando su nombre, el sabor de la sal en su boca, y la angustia de perderla estando tan cerca.
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El sol quemaba. Igual que la arena en su espalda. Despertó al sentir un pellizco en su pie. In ave salió despavorida cuando se incorporó.
— ¡Capitán!
Jamás le había dado tanto gusto escuchar la voz de Miroku corriendo hacia él junto con varios de sus hombres
Sesshomaru se levantó, con la mirada busco a Kagome.
— Aquí está la mujer, capitán—. Dijo Miroku con una sonrisa.
En la arena, se encontraba ella, con la cabeza cubierta de una tela rota, la cual evitaba la exposición de una herida. Estaba despierta y miraba el mar.
Caminó hacia ella, pero fue detenido por Miroku.
— Capitán, la encontramos cerca de las rocas—. Señaló hacia una saliente de montaña que daba hacia el brillante azul. —Ella no sabe lo que pasó. Dice que solo recuerda que es una esclava.
Sesshomaru la miró. Siguió su camino hacia ella con un dolor que le carcomía las entrañas, débil y cansado, se dejó caer de rodillas en contra de la caliente arena.
— Kagome.
Ella levantó la mirada para ver ojos dorados radiantes como el sol, pero estos eran frío y tenían un brillo de maldad.
— Kagome, yo…—, intentó tocarle la mano.
Ella se agarró la cabeza con fuerza antes de gritar. Acción que se vio interrumpida por qué se desmayó.
Sesshomaru la tomó entre sus brazos. Arrepentido de todos sus actos contra ella. Y lo supo, ese era su castigo. Los dioses le estaban haciendo pagar sus falsas promesas.
Maldiciéndose aún más, por decidir conservar a Kagome aunque fuese en contra de su voluntad.
Continuará…
Bueno, este es el último capítulo donde vemos el pasado de nuestros protagonistas, ya a partir del siguiente, será puro presente.
Por cierto, muchísimas gracias anny por la mención en Facebook, si alguien de aquí no ha leído a mi queridísima amiga, ya se están tardando. ¡Todas sus obras me encantan!
