Capítulo VI.
N.A. El pasado está en cursiva.
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— Súbete.
— ¿Qué?
— Súbete y hazlo.
Se negó intentando desesperadamente encontrar una forma de cómo huir de esa situación. Tan solo unas horas antes, ese hombre le había robado la virginidad, y ahora quería que ella hiciera algo tan sucio y… ni siquiera sabía cómo.
Quiso llorar cuando ese hombre comenzó a masturbarse. Se sonrojo, porque él era tan hermoso, tan parecido a un ángel, pero sus perversiones eran las de un demonio.
— No lo haré.
Él se puso de pie. Con ese enorme miembro erecto ante su cara.
Deseo no mirarlo, pero no pudo desviar su rostro, porque era tan…
— ¿Te gusta lo que ves?
—No, imbécil—. Mintió.
— Te enseñaré como darme placer con la boca tan sucia que tienes.
¿Por qué tenía que ser tan directo? Sumamente ofendida, iba a protestar, pero le sujetó la barbilla con firmeza.
— Abre.
Con la mano libre, Sesshomaru agarró su pene y lo acercó a la boca femenina.
— No quiero…
No tuvo oportunidad de más, cuando él se introdujo hasta el fondo de su cavidad.
Él sabía salado y amargo, muy diferente a lo que se sentían sus carnosos labios.
— Mueve tu lengua.
Lo hizo. Obedeció porque la excitación de ese bandido y su respiración profunda le dio cosquillas en la parte baja del vientre.
No supo cuánto tiempo estuvo así, pero la quijada comenzó a dolerle, así que intentó quitarse, poniendo sus manos en la cadera masculina.
Acción que fue malinterpretada, por ese desgraciado. De repente, él le empujó la cabeza en contra de la virilidad que para ese punto entraba hasta lo más profundo de su boca.
Sentía que se estaba asfixiado. Ella comenzó a hacer ruidos parecidos a como si estuviera disfrutando de un postre. Un travieso cosquilleo emergió de su vientre y amenazó con subir hasta el corazón.
¿Porque algo como podía le gustaba?
Él terminó. El sabor agrio de su simiente le llenó toda la boca. Con su lengua podía sentir lo espeso que este era. Lo tragó sin intención.
Él le sonrió de una manera que le provocó vergüenza.
Sintió como eso viscoso salía de sus labios escurriéndose hasta su barbilla cuando él abandonó sus labios.
— Te… odio—. Susurró, para sí misma.
…
El recuerdo se sintió tan real, que tembló, anunciando su despertar.
Un rayo de luz le nubló la visión. Los párpados los sentía tan pesados que decidió volver a cerrarlos.
— ¿Kagome?
Un fuerte dolor de cabeza amenazó con hacerla gritar. Se llevó una mano a la frente, intentando aclarar su mente.
— Despierta.
¿Quién hablaba de esa forma tan sensual?
— Despierta, Kagome.
¿Quién era Kagome?
Ella era Kagome. No, ese no era su nombre. Entonces, ¿cuál era?
Sintió una caricia en su mejilla proveniente de una mano conocida. Un toque cálido. Una sensación que le quemó el corazón.
Era él quien la tocaba. Podía reconocer su perfume dónde fuera, lo había olido y probado tantas veces, que jamás podría olvidarlo.
Abrió los ojos para encontrarse con los enigmáticos del capitán pirata mirándola fijamente. Con medio cuerpo inclinado hacia ella.
— ¿Cómo te sientes?
La dorada mirada estaba llena de frialdad, malicia, pero también…
— Me duele mucho la cabeza.
Decidió guardar en reserva que la mayoría de sus piezas mentales estaban armadas.
— Lo mejor será que sigas descansando.
Él parecía genuinamente preocupado. ¿Por qué lo hacía?
Sesshomaru se inclinó sobre sus rodillas, para levantarse, pero el dolor de su pecho lo obligó a quedarse un momento donde estaba.
Kagome pudo ver en las finas facciones una mueca de dolor. Tuvo ganas de abrazarlo, decirle que las heridas en su pecho podían abrirse. Que él era quien tenía que descansar. Sus manos reaccionaron por sí mismas y tocaron las manos pálidas de su amo.
Sesshomaru la miró sorprendido, abriendo sus ojos dorados ante el asombro que ella tuviera esa iniciativa.
La imagen de él, golpeándola. Tirándola sobre la mesa. Entrando en ella. Fue tanto que, Kagome dejó salir un par de lágrimas antes de soltarlo.
— Por favor, necesito descansar.
Lo vio asentir y salir. Se acurrucó entre las sábanas del futón, dándose cuenta de que estaba en la habitación de Sesshomaru.
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Con el paso de las horas, los recuerdos iban y venían. ¿Qué tanto era real y que no lo era? Vio las memorias que tenía de su niñez, de su prometido y de la muerte de sus padres. Sin embargo, había algo muy doloroso que aún seguía bloqueado: Kikyo.
Algo extraño le sucedía cuando pensaba en su hermana, porque veía en la cara del hombre el rostro de Sesshomaru, pero sabía que eso no era posible. A él lo conoció cuando fue llevada al barco; entonces, ¿quién era ese hombre que le hizo tanto daño a su familia?
Tenía que buscar a su hermana y sabía que el amo no la dejaría ir. Tantas veces le había negado su petición.
¿Y desde cuándo necesitaba el permiso de alguien?, ella era la heredera de su difunto padre, del cual no recordaba el nombre ni el rostro, pero sabía que un delincuente disfrazado de alto señor no podría interponerse en su camino.
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Esa noche, vestida con ropa de hombre, huyó. Un caballo fue lo único que pudo robar. No sabía cuál era su destino, así que avanzó por camino ciego.
Pensó en Sesshomaru y sus ojos depredadores observándola, siguiéndola, portándose amable…
También pensó en Hojo, y sus tiernos ojos café. Su Hojo, quien tal vez pensaba que había escapado para no casarse con él.
Las olas del mar ya no se escuchaban, lo que significaba que ya se había alejado mucho de la costa.
Los caminos no eran una buena opción, así que entro por el bosque.
El amanecer le dio la bienvenida. Se bajó del caballo ante un arroyo para que esté saciará su sed.
Ruidos pusieron en alerta al animal, quien sopló nervioso, moviendo la cola y las patas.
De repente, este comenzó a trotar, inseguro.
— Tranquilo—. Dijo acariciando al animal.
— ¿Necesitas ayuda?
La voz provenía de un hombre joven, que camino confiado hasta ella. Apuesto, moreno y galante.
Kagome sujetó las tiendas del caballo. —No te acerques—. Advirtió, aunque en realidad no tenía nada con que defenderse.
— No es seguro que viajes sola, podría pasarte algo.
Risas se escucharon. Mas hombres aparecieron entre los arbustos.
— No tengo nada de valor, solo quiero seguir por mi camino—. Dijo intentando sonar valiente.
El hombre moreno se acercó lo suficiente para que ella pudiera ver sus oscuros ojos azules, y unas cejas negras y espesas decorando su expresión de arrogancia y soberbia.
— Eres muy linda, podría ser tu escolta y ayudarte, claro si tú quieres.
El caballo comenzó a relinchar, ansioso.
— Se lo advierto, señor, no se acerque.
Todos comenzaron a reír. El líder de la banda alzó sus curiosas cejas.
— O si no, ¿qué harás?
El ataque fue tan rápido, que Kagome no tuvo oportunidad de subir al caballo. Fue lanzada al suelo de forma tan salvaje que el dolor en su trasero amenazó con partirla a la mitad.
Su caballo fue capturado entre risas y silbidos por parte de los filibusteros.
— Mira, Bankotsu, sus dientes, son tan blancos—. Uno de los hombres con facciones femeninas le sujeto la cara con tanta fuerza que seguramente dejaría marcas. —Me dejas quedarme con ellos.
El líder se acercó, viendo desde su posición a Kagome, que seguía en el suelo.
— No tan rápido, Jakotsu—. Dijo Bankotsu agachándose en cuclillas. —¿Nos conocemos, preciosa?
Ella negó.
— Es la puta que le vendimos al tiburón—. Dijo un hombre calvo con marcas en el rostro.
Bankotsu sonrió. —Es cierto. Eres la perra que me mordió.
— No.
El recuerdo de ese apuesto hombre intentando meterle la mano debajo de la ropa, le dio aún más pavor de lo que ya tenía. Empezó a temblar.
— Naraku se enojó tanto porque te vendimos a Sesshomaru. Y ahora, me preguntó, cuando dinero nos pagará por entregarte—. La jaló del cuello del kimono y la levantó. —Aunque, no será necesario llevarte completa.
Kagome estaba de puntillas ante la fuerza con la que era sujetada. Tomando todo el valor que tenía, le escupió en la cara.
Bankotsu la arrojó a la tierra. Kagome gritó desesperada cuando todas las manos que pudo contar la sujetaron con firmeza. Risas estallaron, acompañando su miedo.
— Hueles muy bien—. Susurró muy cerca de su oreja un hombre pequeño, que la miraba con deseo.
— Tranquilo, Mukotsu. Primero seré yo, y después ustedes. Mis queridos hermanos, hoy podremos disfrutar de lo que es clavarle la verga a una noble.
— ¡Suéltenme!—. Gritaba intentando liberarse.
El sol le hizo brillar el torso bronceado y fornido al líder de los bandidos.
Kagome no pudo evitar pensar en Sesshomaru. Se concentró en él cuando su ropa fue desgarrada.
El acero de una espada sonó en medio del caos. El destello plateado del cabello de Sesshomaru fue el emisario del ataque sorpresa.
Sobre el poderoso animal negro, Sesshomaru se aventó en contra de los bandidos quienes huyeron dejando a Kagome semidesnuda en el suelo.
Él se bajó del caballo con espada en mano, colocándose enfrente de Kagome.
— ¿Estás bien?—. Preguntó, con los ojos fijos en Bankotsu.
— Si—. Susurró agitada y asustada.
— ¡Sesshomaru!, has venido a que te termine de plasmar tu herida en el pecho—. Se rio Bankotsu, acomodándose la ropa. Desenfundo su espada y un cuchillo. Los otros bandidos hicieron lo mismo. —Danos a la perra y te dejaremos ir.
— No.
Bankotsu se rio. —Maldito traidor—. Se lanzó en contra de Sesshomaru con la espada completamente en horizontal.
Con destreza Sesshomaru logró frenar el ataque de ambos proyectiles, uno con su espada y el otro con el puñetazo soltado en la cara del moreno.
Para Kagome, la lucha se volvió tan confusa. Sesshomaru se enfrentaba a Bankotsu sin problema con una eficacia elegante y certera. Eso, hasta que Jakotsu se unió a su líder.
Sesshomaru se sacó la daga que llevaba oculta en su obi y se la encajo con precisión en la garganta a Jakotsu, a quien le broto la sangre hasta el suelo.
Los gruñidos e insultos se hicieron parte del tumulto, y ella no podía hacer nada cuando los otros miembros de la banda de matones se unieron a luchar.
Horrorizada vio como el tal Mukotsu sacaba un rifle apuntando directamente a la espada de Sesshomaru, quien para ese momento había perdido la elegancia y sacudía su espada de forma violenta y con determinación.
No lo pensó, agarró una rama caída y, con toda la fuerza que tenía, le pegó a Mukotsu en la cabeza. Este se desvaneció por completo en el suelo. Kagome tomó el arma, y disparó, sin saber si podría atinar al líder.
Ante la confusión de las balas descargadas al azar, Sesshomaru le cortó de un tajo la mano izquierda a Bankotsu, quien chilló histérico de dolor.
Kagome vio como otro de los ladrones, sacaba un cuchillo para atacar a Sesshomaru por atrás.
— ¡Cuidado!
Sesshomaru giró justo a tiempo para esquivar la hoja de la espada, y soltar una estocada, cortando la pierna de su atacante.
Bankotsu por su parte, seguía perplejo, mirando su muñón.
Todo terminó, cuando los sobrevivientes decidieron llevarse a su líder que se sujetaba la herida mientras lo subían al caballo robado.
Fue tan extraño que todo estuviera en silencio.
Sesshomaru respiraba agitado, con el sudor escurriendo por su frente. Camino hacia ella, y se quitó la parte superior de su vestimenta y se la entregó.
Kagome había olvidado que tenía la ropa completamente rasgada. Así que se la puso.
— Gracias—. Susurró. Entonces, percibió la mancha roja en el pecho masculino. —Estas sangrando.
— No importa. Debemos salir del bosque.
La sujetó de la cintura y la ayudó a subir al caballo, y él se subió detrás de suyo, recargando su cuerpo, dándole mucha calidez.
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El eterno silencio se terminó, cuando Sesshomaru encontró una cabaña abandonada.
— Pasaremos la noche aquí.
Él desmonto y, antes de que se diera cuenta, Kagome fue bajada de un tirón. Casi cayó, pero se tambaleo para poder mantener el equilibro cuando sus pies tocaron el suelo.
— ¿Qué te sucede?—. Preguntó ella de forma más brusca de lo que hubiera deseado hacerlo.
Sesshomaru la sujetó por el codo izquierdo, con firmeza, atrayéndola hacia él.
Pudo ver el enojo en su dorada mirada, podía percibir su ira creciendo dentro de él intentando ser controlada.
— ¿No te das cuenta del peligro que te expusiste?
Kagome intentó no decir nada. Mentir, y fingir que era la mujer que seguía vagando sin recuerdos. No pudo, porque de nuevo la forma en que él la hizo suya múltiples veces la llenó de coraje.
— ¿Entonces es mi culpa que me intentarán violar?
— Si no hubieras escapado, esto jamás hubiera ocurrido.
Furiosa le gritó. —¡Esto es culpa tuya! ¡Con mentiras me hiciste todas las bestialidades que se te ocurrieron!—. Vio los ojos sorprendidos de su receptor. —Si, me acuerdo de lo que me hiciste, maldito. ¡De la cachetada que me diste! ¡De tus falsas promesas!
Kagome intentó zafarse del agarre, pero él no cedió. Intentó golpearlo en la cara, pero él la sujetó de la mano derecha.
— No te atrevas—. Amenazó casi en susurro.
— Estúpido. ¡Imbécil!—. Gritó sin aliento, forcejeando para escapar. —¡Me mentiste diciendo que me ayudarías con mi hermana, que me dejarías ir, y aun así me conservabas como tu sirvienta!
— ¡Nadie te tenía como sirvienta! ¡Tu misma decidiste serlo!
— Una y otra vez me hiciste sentir como si hubiera sido una puta al servicio del gran capitán. ¡Por lo único que me retenían era porque me compraste y no soportas que alguien más me tocara! Pues te diré algo, ¡no soy de tu propiedad!
— ¡Claro que eres mía!
— Sin recuerdos, para ti, era más fácil escurrirte entre mis piernas sin importarte un poco mis sentimientos.
El rostro de Sesshomaru se tensó, momentos después la sacudió con fuerza.
— ¡Suéltame!—. Grito Kagome. —¡Hijo de perra!
Él obedeció, pero sus ojos soltaban destellos de muerte. —¡No me hablaras de ese modo!
— ¡Hablare como se me antoje! ¡Tú no me dirás lo que tengo que hacer!
— Egoísta, casi muero por protegerte.
— Es tú orgullo al que protegías.
Sesshomaru respiraba intentando controlar sus emociones. Cuando hablo, su voz sonó baja y fría.
— Es cierto.
Kagome sintió que comenzó a tiritar de frio por esas palabras.
— Te retuve a la fuerza.
Vio en sus ojos dorados la verdad.
— Cuando olvidaste todo, fue para mí una oportunidad de volver a comenzar. Pero, siempre huías de mi presencia. Tu decidiste trabajar, para intentar no estar a mi lado.
— La última ocasión que estuvimos juntos me forzaste. Yo… tenía mucho miedo de ti—. Dijo ella en susurró.
Él se acercó hasta que no hubo espacio entre ellos. Kagome tuvo que levantar el rostro para mirarlo.
— En el barco te hice dos promesas. ¿Lo recuerdas?
Ella asintió.
— Esos sujetos en el bosque, son hombres del corsario.
— No comprendo…
— Es un mestizo, mitad francés. Su nombre es Naraku. Él fue quien ordenó que te vendieran a las casas de placer en China. Cuando se enteró que sus bandidos te vendieron a mí, intentó recuperarte.
— ¿Por qué?
— Me acusó de traición, cuando no quise entregarte—. Sesshomaru le dio la espalda, quitándose la ropa superior que le quedaba. —Bankotsu y sus hombres me atacaron. Lo que me dejó en claro una cosa… Naraku sabe dónde está tu hermana.
Hizo una pausa que la puso ansiosa.
— Te ayudaré con ella.
Kagome quiso llorar de felicidad. Dejó ir el orgullo que era lo único que le quedaba, así que lo abrazó por la espalda.
Las manos de Sesshomaru sujetaron las suyas, se volvió y la retuvo entre sus brazos.
— Estás hirviendo—. Dijo Kagome, antes de sentir el peso de Sesshomaru, quien colapsó sobre ella.
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— ¡No te muevas!
Abrió los ojos viendo un pequeño fuego crepitar, y a Kagome limpiándole la frente.
— ¿Que sucedió?
Ella le paso el obre con agua para que bebiera.
— Estabas ardiendo de fiebre. ¿Qué clase de hombre eres soportando esas heridas abiertas?
Sesshomaru volvió a recostar su cabeza en la tela que ella había puesto como almohada.
— El idiota que te salvo. Dos veces.
— ¿Crees que es broma?—. Dijo con las lágrimas resbalando por las mejillas. —¿Acaso no te das cuenta de que te puedes morir?—. Se las limpio, tan solo para mirarlo con enojo.
Comenzó a temblar y cruzo sus brazos para calmar los estremecimientos. La noche estaba fría, y la pequeña fogata no menguaba lo helado que sentía los huesos.
Sesshomaru la miro fijamente.
— Gracias—. Dijo antes de volver a quedarse dormido.
Continuará…
Que emoción, poco a poco vamos armando este rompecabezas. Muchas gracias por el apoyo, por sus comentarios y sus votos.
Saludos!
