Capitulo VII
Sentada a orillas del estanque estaba su hermana Kikyo, mirando una flor la cual cobijaba en su mano.
Flor con su mismo nombre que le había sido regalada como muestra de cortejo.
— No te dejes engañar por su apariencia, Kikyo. Los hombres como Naraku no son de fiar.
Una pequeña sonrisa apareció en los labios rojos de Kikyo. —Hermana, tú siempre tan prejuiciosa.
— Y tú demasiado estúpida dejándote engañar por alguien como él.
— Soy inocente del delito que me acusas. Una flor no significa nada para mí—. Dijo Kikyo al tiempo que apretaba los pétalos y los aventaba hacia el estanque. —Además, ¿quién querría pretenderme?, tú eres la heredera, y yo solo soy… yo.
— Hombres que buscan aprovecharse de tu juventud e inocencia.
— Tranquila, hermana. Jamás podría llegar a interesarme alguien como él. Te lo juro.
Kikyo le beso la mejilla y le sonrió con ternura.
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— Kagome.
La voz de Sesshomaru a su espalda, la hizo reaccionar.
— No te duermas
— Lo siento.
— Pronto llegaremos y podrás descansar.
Tenían dos días cabalgando para llegar a Tokio. En todo momento Sesshomaru evitó los caminos principales a fin de no toparse con los hombres de Naraku. Cada que se detuvieron, Kagome aprovechaba en limpiarle la herida para evitar alguna infección.
Lo positivo de esa soledad, era que poco a poco veía los cambios que había sufrido Sesshomaru. Parecía ser un hombre más paciente y tranquilo en comparación a la versión que Kagome conoció en el barco.
El sol estaba ocultándose en el horizonte cuando llegaron a una posada, pero de eso solo tenía la fachada, pues dentro era en toda regla una elegante casa de entretenimiento y placer.
— ¿Qué hacemos aquí?— preguntó Kagome sonrojándose.
Pese a su herida, Sesshomaru se bajó del caballo con agilidad. —Aquí están mis hombres, necesitaré toda la ayuda que se pueda para rescatar a tu hermana.
Si la gentileza que él le mostró durante el año que estuvo sin memoria la tenía sumida en una especie de enamoramiento falso, sus acciones recientes le aseguraban que esos sentimientos cada vez se volvían más y más reales.
Kagome desmontó con la ayuda de Sesshomaru, quien la retuvo en sus brazos hasta que llegaron a la entrada principal.
— No tenías que cargarme—. Dijo apenada cuando él la soltó.
— Quise hacerlo.
Vio los ojos dorados brillantes como el sol que la miraban fijamente.
— ¡Capitán!
El hechizo roto se debió a una joven mujer que hacía una exageradísima reverencia ante Sesshomaru. Tenía una hermosa sonrisa y lo miraba con infinita adoración.
— Capitán, es un gusto tenerlo de visita.
Para esa mujer, era como si Kagome no existiese.
— Sara, necesitamos estancia, comida, y prendas limpias.
— Por supuesto, capitán. Tendré enseguida dos habitaciones, y…
— Compartiré la habitación con mi señora.
Aquellas palabras sorprendieron tanto a Kagome como a Sara. La primera sonrojándose y la segunda se contuvo las ganas de llorar.
— ¿Su… esposa?
Kagome no sabía ni que decir, él la estaba presentando como si fueran un matrimonio.
Sesshomaru no respondió. —¿Dónde está Miroku y los demás?
— ¿S-sus hombres?, eh… lo siento, están en el salón principal.
— Llévame con ellos—. Entonces, Sesshomaru acercó su rostro hacia Kagome como si fuese a besarla. —Espera aquí.
En cuanto Sesshomaru abrió la puerta que iba hacia uno de los corredores, las carcajadas masculinas incrementaron de volumen.
Kagome se puso de puntillas para ver cómo un grupo de prostitutas semidesnudas bailaban con sus kimonos de seda, abanicándose y moviéndose con sensualidad alrededor de una mesa.
. . .
— No será mejor llevarlo con un médico—. Preguntó Kagome al ver qué Miroku revisaba la herida en el pecho de Sesshomaru.
— Tranquila, señora. He curado al capitán de peores heridas.
— No lo dudo. Pero hace unos días, él estuvo con fiebre toda la noche.
Miroku sonrió. —Ya veo, así que fueron sus preciosas manos las encargadas de cuidar a nuestro Capitán.
Sesshomaru, que estaba sentado, fijó sus ojos dorados en Miroku como clara señal de que se estaba pasando de listo.
— Yo soy médico, y prometo regresarle al capitán casi como nuevo.
Incrédula, miró a Sesshomaru quien asintió confirmando lo dicho por el moreno.
— Lo lamento, no creí que…—. Su disculpa fue sincera. Kikyo tenía razón, siempre era tan prejuiciosa.
— No te disculpes con él, no es una persona inocente, fue descubierto mancillando a una princesa. Tuvo que huir para no ser atrapado—. Dijo Sesshomaru con una media sonrisa que más parecía un gesto de celos.
Miroku le pasó un paño con alcohol sobre la herida como venganza. Sesshomaru frunció el entrecejo y apretó los labios ante el ardor.
— Todo consentido por la dulce dama.
— Pusieron una suma por su cabeza.
— Valió la pena.
— ¿Y qué sucedió con la princesa?—. Preguntó Kagome, curiosa.
— La última vez que supe de ella, había dado a luz a mi hijo—. Los ojos de Miroku habían dejado de brillar, pero enseguida recobró la postura jovial. —Sé que algún día regresaré a sus brazos y ella estará esperándome.
La manera tan segura de decirlo, provocó que Kagome se sonrojara.
— Eso es… tan romántico.
Sesshomaru arqueó una ceja, disgustado por sus palabras. —Seduce a todas las mujeres con esa historia.
La carcajada que soltó Miroku, dejó en claro que era cierto.
— Todo lo que dije es verdad. Mi Sango es la única que ocupa mi corazón—. Preparó la aguja para coser la herida, pero antes de hacerlo, le sonrió a Kagome. —No tienes que preocuparte tanto, él estará bien.
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Después de un caliente baño, Kagome se tambaleó hasta derrumbarse sobre el futón, tan suave, limpio y tentadoramente reconfortante. No pasó mucho para quedarse dormida.
El ruido de la puerta al correrse, la despertó. Adormilada, vio como Sesshomaru entraba a la habitación recién higienizado y vestido. No le dio mucha importancia, hasta que la puerta se volvió a abrir, y él tenía toda la intención de salir.
— ¿A dónde vas?
— Tengo algo que hacer—. Dijo.
Algo dentro de su pecho vibró. Inmediatamente, la cara de Sara apareció amenazando su tranquilidad.
— ¿Y no te sientes cansado?
— Primero tengo que hacer algo.
Y así de simple, Sesshomaru abandonó la habitación.
Kagome se quedó un rato mirando hacia la puerta con un semblante que combinaba el desconcierto y la tristeza. Tan solo unas horas antes la había llamado como un hombre le llama a su mujer, y ahora, estaba totalmente sola, imaginando que él estaría entre las piernas de esa prostituta
No era tonta, durante más de un año ellos no tuvieron contacto alguno, lo más normal es que él buscara desahogo en otras mujeres.
Tuvo unas ganas horribles de llorar por eso.
Entonces, se dio cuenta de que estaba apretando de tal manera las mantas que podría romperlas de un jalón ante los celos que eso le estaba causando. Descubriendo lo mucho que le molestaba que Sesshomaru hubiera podido estar con otra mujer.
Sabía que, Sesshomaru había usado trucos engañosos y fraudulentos para acostarse con ella, pero Kagome quería creer que no solo fue sexo; que tal vez, pese a todo, él podría estar mínimamente enamorado.
No podía más, se puso un Kimono de seda corriente sobre las prendas de dormir, y salió de la habitación. Camino por los pasillos buscándolo, en uno de los salones lo vio reunido con una docena de hombres, mientras veían un mapa de la región.
Sí había mujeres sirviendo licor y prendiendo cigarrillos, pero todas manteniendo su reserva hacía con ellos.
Más relajada, dio media vuelta para regresar a su habitación, hasta que escuchó una risita femenina, era esa mujer que se sentaba justo al lado de Sesshomaru, rozando su pequeño trasero sobre la pierna de este y quitándose enseguida como si hubiera sido un accidente.
Y él, con su atractivo porte, solo movió los labios, tan tranquilo como si estuviera aceptando el gesto.
Inmediatamente, un fuego dentro de Kagome se avivó con tanta fuerza que pronto podría echar llamas por las orejas.
Regresó corriendo a su habitación y se aventó al futón, enterrando la cara entre los cojines, deseando volver a tener amnesia para no sentir absolutamente nada de esos sentimientos que en ese mismo momento tenía.
El ruido de la puerta al abrirse la dejó paralizada.
— ¿Estás despierta?—. Preguntó Sesshomaru entrando a la habitación muy despreocupadamente.
Se sentó, para poder discutir con él y sacar todo su odio.
— ¿Viniste a confirmar que durmiera para irte a la habitación de esa mujer?
Sesshomaru parpadeo intentando comprenderla.
— ¿De qué estás hablando?
— ¡Ahora resulta que no lo sabes!
— No lo sé. Desde que te volvió la memoria, has estado enojada por todo.
— Sí, estoy furiosa contigo. No puedes jugar con mis sentimientos y después, permitir que una… cualquiera venga a sentarse sobre ti.
— ¿Estabas espiando?—. Sus ojos dorados se abrieron ante eso. —¿Qué tanto viste?
Eso la irritó todavía más. —Así que si sabes de lo que estoy hablando.
Sesshomaru se tomó un momento para dejar salir esa sonrisa arrogante que tanto detestaba Kagome.
— ¿No estarás celosa de una prostituta?
— Por supuesto que no. Eso me ofende—. Mintió. Lo estaba y mucho. —Eres tú quien me molesta.
Él se puso de cuclillas muy cerca del futón, permitiendo que Kagome pudiera oler el tabaco y el licor que había consumido.
— ¿Y puedo saber por qué?
Se sonrojó más, incluso sus orejas estaban calientes de la vergüenza.
El orgullo le ganó. —Tienes razón, porque molestarme, si en realidad yo no tengo ningún derecho sobre ti, eres libre de seducir a mujeres tan horribles como esa, y…— Kagome dejó de hablar cuando lo vio ponerse de pie, y comenzar a quitarse la prenda superior de su ropa. —¿Y ahora qué haces?
— Tienes razón, no tienes ningún derecho sobre mí, Kagome
Su corazón se detuvo un momento por el dolor de esa verdad. Se giró sobre su eje para darle la espalda, no quería que la viera llorar. Eso hasta que sintió la mano de Sesshomaru sobre su hombro y su voz susurrando en su oreja.
— Pero se te olvida que yo sí tengo derecho sobre ti. Me perteneces
El calor que la había sonrojado ahora se fugaba hacia su estómago y su vientre.
Antes de que pudiera objetar eso, Sesshomaru le puso la mano en el rostro y le levantó la barbilla.
Era tan alto, que la cabeza de Kagome golpeaba su pecho, y a pesar de eso, podía ver con perfección sus dorados ojos.
Y sin perder más el tiempo, Sesshomaru la besó. No hubo gentileza, ni dulzura, pero sí mucho calor.
La sensación de los labios sobre ella, la hicieron recordar todas esas noches a su lado, deseando en silencio el siguiente encuentro para entregarse a los placeres que él le brindaba.
Pero, en ese momento, Kagome se separó al recordar lo furiosa que estaba con él.
— No quiero eso—, exclamó cuando se pudo liberar de esa boca opresora y giró para encararlo. —¡Y tampoco que duermas conmigo!
Con calma, Sesshomaru dijo: —Yo tampoco quiero dormir, Kagome. Eres mía, te deseo, te tendré y no será suave.
Aquella amenaza, fue el preludio de lo que Kagome comprendió que sería algo inevitable.
Arrodillado, Sesshomaru se quitó toda la ropa que aún le quedaba, se acercó a ella de forma en que lo haría un animal a su presa. Le tomó una pierna y la jalo con fuerza, haciendo que Kagome quedará por completo acostada a su merced.
Desde esa posición, él tenía total control sobre ella.
Las grandes y poderosas manos enseguida comenzaron a desanudar el kimono de Kagome, pero ni siquiera se tomó el tiempo para quitárselo por completo; así, semidesnuda, él le abrió las piernas. Se veía tan erecto y excitado que, ante la prisa por poseerla, escupió su mano y se lubricó el miembro, y enseguida, la penetró de un solo embiste, emitiendo un sonido parecido a un gruñido.
Kagome soltó un grito ante la invasión, cada empuje le cortaba la respiración ante la forma en cómo él se movía en su interior.
— Eres mía, Kagome—. Con los dientes apretados murmuraba en contra de su oreja, apretando todo su cuerpo con su gran tamaño. —Soy tu señor de ahora en adelante. Tu cuerpo y tu alma me pertenecen.
Temblando y gimiendo, Kagome se aferró a la espalda de Sesshomaru con sus uñas. Era un intento desesperado de huir de él, y mantener a flote su ilusión de continuar con su estatus olvidado de noble.
— N-no—. Pudo articular sin aliento.
Sesshomaru le agarró el rostro para besarla, mientras la embestía con más fuerzas.
— ¡Ah!—, Fue el gemido que Kagome pudo liberar de absoluto placer, pero el dolor se hizo presente en cuanto él aumentó el vaivén. —¡Duele!, por favor… detente.
— Implora un poco más—. Dijo exponiendo una sonrisa con todo y dientes. —Me gusta… verte así.
Kagome podía sentir cada acometida en el fondo de su intimidad, rozando en un punto que comenzó a hacerla ver las estrellas.
Sesshomaru noto su aceptación, así que volvió a besarla. Adentrando su lengua cuando ella comenzó a gritar en su boca. La dejó de besar, para hundir su rostro en el delgado y fino cuello, tan blanco que no pudo resistirse a lamerlo y morderlo.
Kagome tembló bajo su acción, incapaz de controlar el orgasmo que la atravesó por completo, sintiendo como él también se dejaba arrastrar ante todo ese placer.
Cuando todo terminó, ambos estaban sudados y agotados. Él sin haber salido de ella comenzó moverse de nuevo, haciéndola estremecer.
Kagome no se pudo resistir; fue ahora ella quien lo besó, sujetándose a Sesshomaru en señal de total aceptación y rendición.
Y fue maravilloso.
Continuará…
¡Ya estamos muy cerca del final!
Por cierto, vi unos comentarios en mi otra cuenta, respecto a una de las historias que también está por finalizar. No se preocupen, si habrá final, pero por situación de diferencias creativas me he tardado un poco más en actualizarlos.
Oh, y por cierto, una disculpa si ven errores de ortografía y palabras que no concuerda, es que el formato de documentos de Google me cambia involuntariamente a veces las tildes o la palabra completa.
¡Saludos y muchas gracias!
