El sol se estaba poniendo. Los últimos rayos de luz resplandecían a través del cielo, iluminando a ambos cuerpos desnudos bajo los hilos de un aura cálida.
Los dedos de Sesshomaru se deslizaron por el largo cabello de Kagome. El puro placer de ser mimada por él le parecía de lo más exquisito, sobre todo porque le regalaba delicados roces con la punta de los dedos en toda su espalda, y ella lo permitía, mientras se relajaba sobre el duro vientre masculino, acomodada entre sus fuertes piernas.
Ya habían pasado dos semanas desde que llegaron a la casa del placer, y aunque al principio Kagome se negó a quedarse, tuvo que ajustarse a las recomendaciones de Miroku, pues la herida de Sesshomaru aun no sanaba del todo. Esto, porque Sesshomaru no guardaba reposo. En cuanto las puertas del dormitorio se cerraban, la hacía suya como si no hubiera un mañana.
Ella por supuesto, no se quejaba de eso. Aunque, todo tan diferente a aquel día en que se habían conocido.
Los prejuicios de la antigua Kagome, intentaron suprimir todo ese placer que Sesshomaru le ocasionó al robarle la virginidad. Una y otra vez quiso odiarlo y odiarse a sí misma por tener sentimientos hacia él. Pero, ahora que se dejaba llevar, disfrutaba sin ningún tipo de pudor.
— Anoche, estuve recordando lo que vivimos en el barco.
Sesshomaru dejó salir un "mhh", de tan relajado que estaba.
— ¿Por qué te volviste pirata?
Durante un largo momento, él no contestó. Kagome incluso levantó el rostro para ver si se había quedado dormido, pero él miraba el techo.
— Quise manchar mi apellido.
— ¿Por qué harias eso?, yo sé que no recuerdo ni mi nombre, pero se que amaba a mis padres.
Sesshomaru suspiró pesadamente antes de hablar. — Soy un bastardo legitimado, Kagome. Mi padre me dio el título, tan solo porque sus otros hijos habían muerto—. Dijo mirándola. —Cuando me nombró su heredero, hice todo para que se arrepintiera de dejarme su legado. En su lecho de muerte, me dijo que me perdonaba—. Y soltó una risa burlona. —Hipócrita, hijo de perra.
"Bastardo", fue lo que resonó en su cabeza. Kagome intentó fingir que eso no le importaba, pero no pudo por un pequeño detalle… Tenía días revolcándose con Sesshomaru como una gata en celo. Disfrutando de los placeres carnales que la tradición sólo reservaba dentro de un matrimonio.
¿Y si eso daba como resultado a un hijo?
— ¿Qué te sucede?
Kagome se mordió el labio, dudosa y apenada. Agachó el rostro por la vergüenza. —¿Y si… yo estuviera en cinta?
Si él pensó en algo, no lo expuso. Se limitó a volver a mirar el techo y continuar con su tarea de seguirle acariciando el cabello y la espalda.
— ¿No dirás nada?
— ¿Tendría que decir algo?
Ella se levantó sobre la palma de sus manos, para mirarlo con molestia. —Cualquier cosa, menos tu indiferencia. No asegure que estuviera embarazada, pero si seguimos así, en algún momento va a pasar.
Los ojos fríos de Sesshomaru, ocultaban muy bien los secretos de su mente. Para Kagome, era un reto descifrarlo.
— Mañana buscaré un templo sintoísta.
— ¿Y para qué quieres un templo?—. Cuestionó, molesta.
— Para que nos casemos.
Kagome abrió la boca sorprendida. —Pero…
Sesshomaru se incorporó y le sujetó con firmeza su barbilla. Acercó su rostro hacia ella, con sus ojos clavados en los suyos.
— Hace tiempo lo tenía pensado.
— ¡Y porque no dijiste nada!
Él sonrió, con esa forma tan perversa que tenía de hacerlo. —Al parecer, es indebido que me casara con una mujer que no tenía memoria,
Su sinceridad le dió risa. —No se que tengas planeado, "capitán", pero me encantaría que vayamos a rescatar a mi hermana antes de la boda.
— ¿Vayamos?
— Por supuesto, iré contigo. No me vas a dejar en este lugar, junto con esas… mujeres.
— Si es así, tendremos que casarnos antes. Si muero, al menos Naraku no podrá atacarte dentro de mi palacio, estarás protegida bajo mi nombre.
Kagome negó, asustada. Iba a decir que si su vida estaba en riesgo, buscarían otra forma en como rescatar a Kikyo, pero Sesshomaru concluyo la conversacion con una lamida sobre sus labios, que culmino con una nueva ronda de sexo.
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La antigua Kagome había idealizado el día de su boda durante casi toda su vida. O eso era lo que recordaba. Sabía que su familia, sin apellido, pertenecían a los feudos más cercanos a la divinidad del emperador. Y por ello, las deidades le traería fortuna.
Pero, ¿qué pensarían los dioses al saber que la hija de un noble se casaba con un pirata disfrazado de alto señor?
Mientras caminaba por la piedra rugosa de los hermosos jardines del templo sintoista, detrás de ella se escuchaba las oraciones de las mikos como señal de purificación a su espíritu. Sin embargo, este ya estaba contaminado por la oscuridad de Sesshomaru y ni una plegaria la limpiara de eso.
Lo amaba, como una llama que quema las entrañas, con un deseo que la asfixiaba. Y, cuando lo vio con su atuendo de ceremonias, quiso llorar de felicidad. Una pequeña luz en su vida para toda la tormenta.
— ¡Estás condenada, por casarte con este hombre ante los ojos de los dioses!. ¡Él está maldito!—. Gritó el sacerdote.
Sesshomaru le hizo una seña a Miroku, quien enseguida actuó. El anciano brincó de puro susto al sentir la navaja en la espalda, por lo que procedió a servir con sus temblorosas manos el licor de arroz para comenzar con el ritual.
Después de todo, habían forzado a los miembros del templo a procesar la boda sin su consentimiento.
. . .
El banquete era servido, mientras las jóvenes prostitutas bailaban una pieza artística ante los aplausos de todos. Los hombres de Sesshomaru brindaban por su capitán, deseándoles a ambos un futuro próspero. Incluso Sara, que lloraba se había acercado a felicitarlos.
— Cuando todo esto termine, celebraremos en el palacio—. Le dijo en el odio Sesshomaru.
— Esto está perfecto—. Dijo riendo al ver a Miroku colocarse una máscara teatral y abrazar a una de las mujeres.
— En dos días, nos iremos. Te lo prometo—. Los ojos de Sesshomaru estaban en ella.
Kagome estuvo a punto de decirle que ya no necesitaba de sus promesas para confiar en él.
Un estallido interrumpió el festejo. Los grandes portones de madera de la entrada principal cayeron ante la fuerza de una bala de cañón que se impactó contra ellos. Kagome se cubrió los oídos ante el estruendo.
El ataque sucedió en cuestión de segundos. Un grupo de hombres entró a los jardines armados con espadas y pistolas, todos vestidos con armadura.
— ¡Protejan al capitán!—. Gritó Miroku, intentando cargar su rifle.
Kagome se vio arrastrada por Sesshomaru, que la tomó de un brazo para forzarla a caminar. Todo a su alrededor se volvía gritos de dolor y muerte. Otra bala de cañón impactó contra los muros derribando lo que antes eran las paredes del salón.
— ¡Por aquí!— Gritó Sara, señalando hacia la puerta que daba al jardín trasero. —Capitán, vayanse por…
Una flecha se le clavó justo en la frente. Su delgado y femenino cuerpo cayó al suelo.
— ¡Vamos!—. Grito Sesshomaru jalandola hacia donde Sara les había dicho.
El ruido de las espadas, las flechas surcando el espacio y las balas de las armas de fuego la tenían en un estado completo de shock.
— ¡Kagome, mírame!
Ella lo hizo, sin darse cuenta que había tropezado por los escalones hasta caer al suelo, y él la ayudaba a levantarse.
— ¡Capitán!—. Miroku corría hacia ellos con la espada de Sesshomaru en una mano. Pero un látigo se aferró a su torno a su garganta y lo derribó.
Sesshomaru sacó el puñal que tenía escondido entre la ropa y se lo aventó directo en un ojo al dueño látigo. Su ataque fue limpio y preciso.
Mientras ella desataba a Miroku, Sesshomaru tomó su espada dispuesto a pelear.
— Kagome, te irás con Miroku.
Negó con la cabeza. Asustada y enojada, lo tomó de la ropa y lo jaló. —¡Por supuesto que no!. ¡No te dejaré aquí!
Cinco hombres desconocidos salieron al jardín con espada en mano y atacaron.
Sesshomaru blandió su espada con su característica elegancia. Se puso delante de ella, y susurró: —Vete.
Al mover su espada contra sus atacantes, los rayos de la luna impactaron contra el acero como haciéndolo ver una obra divina.
Para ese momento, Miroku se había unido a Sesshomaru en la pelea, ambos cuidándose la espalda.
Más y más desconocidos entraron a la batalla. Kagome vio el cadáver de un hombre que yacía con una espada a su lado. Corrió hacia él y la tomó.
— ¡Kagome!
El grito de Sesshomaru la alertó. Un ataque de una espada pasó muy cerca de su cara. Levantó su nueva arma, no sabía usarla, pero al menos pudo defenderse con ella.
Su oponente la atacó una y otra vez. Y resistió, hasta que resbaló cerca del pequeño estanque. Su espalda golpeó la piedra que rodeaba la zona. Y, al brillar el acero brillaba sobre ella, no pudo evitar pensar en Kikyo y su canto.
"— Kagome, Kagome, el pájaro en la jaula… Él viene por ti."
El pecho del hombre fue traspasado por la espada de Sesshomaru, que la había arrojado para protegerla.
Él apenas tuvo oportunidad de recuperar su arma antes de arremeter contra otro enemigo.
El ataque no disminuía y no cesaba. Más atacantes se unían a la pelea y solo eran Sesshomaru y Miroku combatiendo.
Iban a perder.
Entonces, una imponente figura salió al patio, cubriendo con su sombra toda la luz. Iba con armadura, y cuando se quitó el casco, su cabello negro y ondulado comenzó a danzar con el viento.
— Naraku—. Susurró. El miedo la invadió por completo, su cuerpo estaba tieso sin poder moverse.
Quería gritar y correr, pero no podía. La desesperación la estaba haciendo trizas por dentro.
— ¡Vamos!—. Gritó Miroku jalandola con tanta fuerza que le hizo daño.
Pero Kagome no podía ni reaccionar. Recordando la manera que ese hombre violaba a su hermana. Con su asquerosa boca chupando las pequeñas masas de carne que apenas se estaban formando como senos.
— Sesshomaru…— Reaccionó al verlo peleando, mientras ella se alejaba. —¡Espera, no me iré sin él!—. Gritó intentando zafarse de los manos de Miroku quien la apresaba en su carrera por marcharse de ahí.
— Él dió la orden. Tenemos que irnos, ¡ya!
Se revolvió, intentando correr de regreso hacia Sesshomaru, que seguía defendiéndose y peleando.
— Enserio, lo lamento—. Miroku levantó su mano y la golpeó en el rostro.
Lo último que pudo ver, fue a Sesshomaru cayendo de rodillas.
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— Si nos hubiéramos marchado antes, nada de esto habría sucedido—. Dijo.
Había despertado, acostada en la hierba fresca, siendo cuidada por Miroku. Y ahora, ambos estaban ahí, de pie, buscando el camino de regreso al palacio de Sesshomaru.
— De todas formas hubiera pasado, Kagome.
Lloró, con toda su furia se limpió las lágrimas, lastimando su rostro con la ropa.
—¡No sé hacer otra cosa más que llorar! ¡Al menos si el muy imbécil me hubiera enseñado a pelear, habría ayudado en algo!
Miroku únicamente la escuchaba mientras sostenía las riendas del caballo en el que habían logrado escapar.
— De habernos quedado ahí, habríamos muerto junto con él.
Eso le hizo trizas el corazón.
Muerto.
Muerto.
— ¿Viste su cuerpo?—. Gotas de sudor frío se formaron en su sien.
— No, pero era un ejército contra él. Nadie sobrevive a eso.
Kagome se le acercó y le soltó una bofetada.
Él se sorprendió de su ataque, abriendo los ojos ofendido y dolido; aún así, cuando ella sintió que el mundo se movía bajo sus pies y todo tambaleaba, la sujetó.
Y Kagome vómito por todo el estrés. Permaneció así, llorando, con la cara de Sesshomaru en su mente.
— Quiero ir a buscar a Naraku—. Dijo aún con las lágrimas en las mejillas. —A mi es a la que quiere, todas estas muertes fueron por eso.
— El capitán…
— Toda mi vida he recibido órdenes. ¡Estoy harta de eso!
— Pues yo debo obedecerlo, quería que te llevara a su palacio.
— Si está muerto, ya no le debes ninguna lealtad—. Lo vio sorprendiéndose de sus palabras. —Voy a ir y buscaré a Sesshomaru y a mi hermana, Miroku. ¡Así que si te quieres acobardar hazlo de una vez, pero yo me llevo al caballo!
Sujetó al animal de las tiendas y comenzó a avanzar con él. Apenas dió unos pasos, cuando Miroku le dió alcance.
CONTINUARÁ…
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