La búsqueda por el paradero de Naraku era agotadora, a veces sentía que la tierra se lo había tragado, y junto a él a Sesshomaru y Kikyo. Pero Kagome no se daría por vencida, tenía que encontrarlos, y daba las gracias a qué Miroku no la hubiera abandonado.

Estaba segura de que, en otros tiempos, Miroku fue un honorable doctor, pero de eso poco quedaba. La piratería había hecho estragos en él volviéndolo un experto mentiroso y sinvergüenza que no dudaba en engañar a las mujeres con las que se toparon en el camino, diciendo que tenía poderes de sanación. Así que, no solo se ganaba unas monedas por su trabajo, sino también meterles la mano debajo del Kimono.

Aún pese a eso, Kagome le apreciaba como un buen amigo. Algo que estaba segura, jamás había tenido en su vida pasada, antes de perder la memoria.

Todas las noches miraba las estrellas y rogaba que Sesshomaru estuviera vivo. Cerraba los ojos soñaba con el día de su boda, pero esa visión terminaba con él siendo derrotado y asesinado. Eso la hacía llorar de manera tan desolada, que la estaba consumiendo en vida.

En varias ocasiones quiso regresar al palacio de Sesshomaru, para reunir apoyo, pero era perder más tiempo viajando desde la costa de Tokio hacia el otro extremo del país.

Para ese punto, ya no tenían alimento, ni caballo, y las esperanzas morían con cada minuto que pasaba.

Hasta que, una tarde, cuando el sol se estaba poniendo en el horizonte, llegaron a un nuevo poblado. Un lugar pequeño, bastante familiar para Kagome que se sentía atrapada en un deja vu.

Entraron al palacio ofreciendo sus servicios de médicos ambulantes, y cuando el joven heredero del palacio se presentó ante Kagome, ambos se reconocieron enseguida.

— Hojo—. Dijo, sorprendida.

El joven Hojo observaba a Kagome como si ella fuese un fantasma. Su bonito rostro estaba pálido y no mostraba más que asombro. Y, cuando sus labios por fin se movieron, la llamó con su nombre real.

Kagome había creído que su nombre sería hermoso, algo digno de recordar, pero ahora que lo escuchaba, daba gracias a qué Sesshomaru le regaló uno completamente diferente.

Ella le contó toda su travesía y su tragedia, y él se limitó a escuchar. Se quedaron horas los dos solos en el jardín, intentando llenar los huecos mentales que Kagome seguía teniendo.

— No puedo entender porque ese hombre nos hizo eso a mi hermana y a mi. Le doy vueltas en mi cabeza y simplemente no lo entiendo.

— No hay buenas noticias de Kikyo.

Podría jurar que le habían golpeado el estómago con un mazo.

— El corsario se casó con ella el día que desapareciste. Es un secreto a voces que lo hizo para poder quedarse con las tierras y el dinero de tu familia. También… que ella vive en las mazmorras del palacio.

Tragó lo que parecía un enorme bola de metal que le quemaba la boca. De pronto, se sentía tan débil, como si fuese a desmayarse.

— Tengo que salvarla—. Dijo. No supo cual era su cara, pero vio en los ojos de Hojo muchísima lastima por ella.

— Higurashi, aún es mi deseo mantener y cumplir mi promesa de matrimonio, para mí sería un honor que me aceptarás, y así podría ayudarte.

Kagome negó, soltándose del agarre. —Me case, Hojo. Ya no soy Higurashi, ahora soy una Taisho—. Dijo apenada por su confesión ante el hombre que, en otras circunstancias, debió haber sido su esposo. —Naraku también hizo prisionero a mi señor esposo—. La voz se le quebró, ya no tenía fuerzas para hablar. —Apreciaria tu ayuda si…

— Si te diera mi apoyo Naraku no dudará en arrasar con este pueblo y con mi familia. Y no puedo arriesgar todo por una mujer que no es mi esposa.

— ¿Que es esto, un intercambio?

— Tranquila, se que ahorita piensas mal, pero… —La sonrisa suave de Hojo seguía en su rostro. —En cuánto nos casemos, iremos por tu hermana. Respecto a tu matrimonio, podríamos anularlo, siempre y cuando te confieses ante los sacerdotes, y digas que fuiste obligada por ese pirata. Aunque, sí está muerto, será más fácil.

Aquellas palabras la hicieron arder de coraje. No supo en qué momento se abalanzó contra él en un ataque de rabia y dolor, golpeándolo en el rostro múltiples veces con ambas manos.

— ¡Detente, Higurashi!

Pero ella ya no pudo contenerse. Continuó, hasta que se canso de hacerlo, y enseguida lo encaró con una voz que ni ella misma se reconocía. Adoptando el carácter estoico de Sesshomaru.

— Puede que me hayan robado mis tierras, que no tenga un centavo, pero sigo siendo la hija de mi padre, y tú me debes respeto. Tu familia me debe fidelidad, y si no me ayudas, serás un traidor. ¿Sabes qué le pasa a los traidores, Hojo?

Hojo tenía la cara blanca de espanto, los ojos llenos de pánico y la boca abierta de asombro.

Kagome pensó en como habría sido la actitud de Sesshomaru ante una amenaza, seguramente muy diferente a la de Hojo que ahora parecía un niño asustado.

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Quince hombres, comida y caballos le habían sido regalados a nombre de la familia Hojo. Era poco, pero era mejor que nada.

Ahora que sabían que Naraku estaba en el palacio Higurashi, habían ideado un plan, mientras que sus nuevos acompañantes entraban por la puerta principal como distractor, Miroku y ella entrarían por las alcantarillas para ir directo a las mazmorras.

El gran palacio se situaba entre el espeso bosque del este. Su hogar, un lugar ancestral que le había pertenecido a sus antepasados.

No podían perder el tiempo, así que siguieron el plan tal y como estaba dicho.

Se adentraron a las alcantarillas. El olor a mierda le dió náuseas, sensación que aumentó cuando la ropa de hombre que llevaba se empapó de aguas negras y espesas.

Vomitó. Su estómago estaba vacío, aún así las arcadas eran tan fuertes que sus rodillas se doblaban. Agradeció que Miroku la estuviera sujetando por el codo, mientras ella sentía el sabor a bilis bañando su boca.

— Gracias—. Dijo limpiándose la boca con la tela de su ropa.

— Te has sentido mal últimamente, ¿no crees?

— Es el esfuerzo del viaje, así como todo este olor.

— Kagome, ¿has tenido sangrado de mujer?

Sonrojada, lo miró. Hablar de la menarquia era tabú, sobre todo con un hombre. Aún así, no tenía una respuesta. La última vez que había sangrado, fue antes de su reconciliación con Sesshomaru, y de eso ya tenía semanas.

— Creo que estás embarazada, Kagome. Te he observado y puedo confirmarlo.

Lo miró, intentando ver su contagiosa sonrisa y confirmar que era una broma, pero él estaba serio.

Un bebé. Una pequeña luz que iluminaba todas las sombras de su vida. Alguien a quien proteger y que crecía dentro de ella.

Se agarró el vientre con manos temblorosas. Tuvo el impulso de regresar al palacio de Sesshomaru, un lugar seguro para el nacimiento de ese bebe. Pero, él estaba prisionero y Kikyo también.

— No puedo renunciar ahora. Necesito encontrarlos.

Miroku le puso una mano en el hombro. —Si tu plan sale mal, estarás perdiendo todo.

Contuvo las lágrimas. Y continuó caminando.

Pareció que duraron una eternidad en llegar hacia las mazmorras. Se habían perdido más de una vez entre tantas esquinas oscuras y aquellos pasillos que parecían laberintos.

Una vez que entraron al área, Kagome buscó desesperada entre cada celda si podía encontrar alguna figura femenina o cabellera platinada, pero solo vio masas de hombres pestilentes que también eran prisioneros.

— Taisho. Higurashi—. Susurró Miroku pegando la cara entre los barrotes de metal.

La oscuridad volvio la celda espeluznante.

Nerviosa, Kagome respiraba profundamente, cuando de pronto, una luz de antorcha avanzaba por el largo corredor hacia ellos.

Miroku la miró, antes de darle un pellejo lleno de pólvora, con la que abrirían las celdas a la fuerza. Ella lo entendió como una señal por si debía continuar sola.

La respiración de Kagome estaba agitada. Tenía mucho miedo. Y entonces… el guardia apareció.

Todo fue tan rápido, que ella apenas y pudo comprender que Miroku se había abalanzándo contra el guardia. El hombre no pudo mantener el equilibrio y cayó de espaldas contra el suelo. El cuchillo de Miroku atravesó la garganta haciendo salpicar un baño de sangre.

La vida se le fue en un instante a ese desconocido.

— Vamos—. Insito Miroku, cubierto de rojo mientras agarraba la antorcha.

Kagome se apresuró a esculcar los bolsillos del guardia, encontrando un juego de llaves, eran cientos sujetas en un aro metálico.

Corrieron por todo el pasillo, desde ese momento solo hubo una dirección a la cual ir.

En la última pieza, encontraron a Sesshomaru. Él estaba sentado en el suelo, con la elegancia que lo caracterizaba, parecia estar dormido.

— ¡Sesshomaru!—. Dijo Kagome en voz baja.

Alzó la cabeza. Aquel bello rostro ahora era demacrado, cubierto de vello facial platinado y estelas de sudor. El kimono de la ceremonia de bodas ahora era un montón de tela rasgada y sucia.

Sus ojos dorados la miraron un momento, como si creyera que era una alucinación. —¿Kagome?—. Su voz sensual se transformó en un sonido rasposo y debil. —¿Qué haces aquí?

— Venimos por usted, capitán—. Dijo Kagome a punto de llorar de felicidad. Abrió la celda y corrió hacia Sesshomaru, abrazándolo sin importar la peste del lugar, la suciedad ni nada.

Él acurrucó su cara en el pecho de Kagome, oliendola, aferrándose a su cintura con su mano derecha, como si ella fuese su tabla de salvación en ese tormentoso océano.

— Vamos, te sacaremos de aqui—. Dijo muy segura, tomandolo de la barbilla con ambas manos, para mirar sus adustos ojos.

Era la sombra del antiguo Sesshomaru, y aún así, Kagome lo amaba tanto.

Se dió cuenta que él estaba encadenado de la mano izquierda, y aunque Kagome no sabía nada de medicina, supo que no tenía buena apariencia; casi todo el brazo estaba inflamado y de un color púrpura extraño. Cuando Miroku se acercó a ellos, confirmo con su mirada de complicidad que algo no estaba bien.

Kagome se apresuró a liberarlo pero Sesshomaru no hizo ademán de poder mover la mano o el brazo. Incluso, parecía que él estaba a punto de desmayarse.

— Kagome, daré otro recorrido por si veo a tu hermana.

Ella asintió, entregando el juego de llaves. Miroku salió corriendo de la celda.

— No siento la mano—. Confesó Sesshomaru.

Kagome se tragó la angustia, estaba segura que perdería el brazo, pero no sé lo dijo.

— ¿Puedes ponerte de pie?

Él comenzó a hacerlo, sudando aún más por el esfuerzo. Sus piernas por fin lo levantaron, pero resbaló y todo su peso cayó contra Kagome, quien solo pudo ahogar un gemido de dolor ante el impacto de su espalda contra el suelo de piedra.

Sesshomaru se había desmayado, y ella no podía ni siquiera quitárselo de encima.

— ¡Miroku!—. Lo llamó en susurros casi ahogados.

— ¿Necesitas ayuda?

Dijo una voz con acento francés muy marcado.

Desde el suelo, Kagome vio con horror como Naraku entraba a la celda con ese porte gallardo que lo caracterizaba, así como esa asquerosa sonrisa sombría. Tuvo que controlarse para no orinarse del miedo. Aún más, cuando logro divisar como unos guardias que tenían sujetó por debajo de la axila a un inconsciente Miroku, su enojo apareció.

— ¡Tú!—. Gritó Kagome, desesperada cuando él comenzó a ella.

— Yo—. Dijo Naraku burlón de verla en ese estado. Levantó de la ropa a Sesshomaru como si no pesara nada y lo arrojó aún lado, como si fuese un costal de puros huesos. Le dió un pequeño puntapié, para revisar que aún respiraba.

— ¡No lo toques!—. Ella gritó sentandose. —¡Déjalo ir, él no te ha hecho nada!

— Tenía una sola tarea, llevarte a un prostíbulo, ¿y que hizo?, te conservo para él. Le pedí que te entregará viva o muerta, y no obedeció, eso lo hace ser un traidor—. Él sonrió como si estuviera divirtiéndose con la situación. —Que ilógico. Me odiaste desde el primer momento por no tener abolengo, y terminaste casada con un bastardo que además, es pirata.

Dicho eso, sujetó del cuello de la ropa a Kagome de forma tan fuerte, que la levantó de un tirón.

— He tenido muchas consideraciones, pero ya me estoy cansando de ti.

— ¡Me vendiste con piratas, imbécil!. Eso no es tener consideración.

Naraku dejo ver sus dientes amarillos. Acto seguido, le dió una cachetada tan bestial que la hizo sangrar de la nariz. Kagome ni siquiera tuvo tiempo de preguntar por Kikyo, pues el dolor no la dejó pensar. No supo en qué momento cayó, pero sí que sintió la patada tan fuerte que él le dió en el trasero, que cayó golpeándose el rostro con el suelo.

— Me alegro que estemos aquí, de esa manera Kikyo no tendrá que ver lo patética que eres.

— ¡Eres un depravado violador!—. Gritó Kagome incorporándose con las palmas contra el suelo, con la boca y dientes llenos de sangre, girando para mirarlo y enfrentarse a él. —¿Dónde está ella?

— ¡Así que es verdad… perdiste la memoria!— Naraku se rio. Le hizo una señal a sus hombres, para que se llevarán a Miroku para encadenarlo en otra celda.

— La violaste siendo ella una niña, miserable idiota. Te casaste con ella para poder quedarte con el dinero de mi familia.

Naraku borró la burla de sus labios y miró más allá de Kagome, hacia la oscuridad.

Ella siguió su mirada al escuchar la tela deslizándose por el suelo de piedra. De pronto, un olor a jazmines inundó todo el lugar. La luz de una antorcha se aproximaba, justo cuando apareció Kikyo vestida como una princesa.

Ella, se veía hermosa y sana, con su típico labial rojo embelleciendo su aspecto.

— Kikyo… —. Dijo en susurró, muda por la sorpresa de verla en ese estado.

Los ojos avellana, la miraron un momento, antes de dirigirse a Naraku. —¿Te ha causado muchas molestias?

Él asintió. —Quiere alejarme de ti, dice que te force a ser mía.

La sonrisa de Kikyo apareció, tan delicada en un rostro de apenas catorce años. —Hermana, ¿cuatas veces tendré que decirte que lo amo?

Kagome estaba en shock. Viendo cómo Kikyo de acercaba a Naraku y tomaba su mano.

Y peor aún, cuando mirando que Sesshomaru yacía inconsciente en el suelo, dando la vida por una batalla que desde el principio estaba perdida.

CONTINUARÁ…

¡Mil gracias por el apoyo, ya estamos muy cerquita del final !