Capítulo X

— Creí que… estabas en peligro—. Dijo Kagome en un susurro tan bajo que apenas y ella podía escucharse.

— Típico de ti imaginarte que estoy en peligro, Koi…

— ¡Mi nombre es Kagome!— gritó con los dientes apretados por la rabia que le causaba ver a Kikyo sonriendo, tomada de la mano de Naraku.

— ¿Te pusieron ese nombre por la estúpida canción?

— ¡Mi esposo me lo regaló!—. Kagome miró a Sesshomaru que seguía inconsciente en el suelo. Se arrastró hacia él, se veía tan frágil que lo único que pudo hacer fue abrazarlo. —Perdóname—, le dijo en susurro— todo es mi culpa, Miroku me lo advirtió, pero no quise escuchar—. Las manos le temblaban cuando le dio un beso; sus lágrimas no tardaron en caer sobre los delgados labios resecos.

— ¿Siempre ha sido así de dramática?— preguntó Naraku, y Kikyo se rio.

El recuerdo de la primera vez que vio esos impresionantes ojos dorados invadió su mente. Kagome era consciente de que Sesshomaru se aprovechó de ella, pero dentro de sí misma sabía que también lo había querido. Cada negación que salía de su boca en aquel tiempo, solo era una mentira que se decía a sí misma para no aceptar la verdad… lo deseó desde el primer momento.

Pero, algo más hizo reacción en ella, el recuerdo del maldito de Naraku mordiendo los senos de su hermanita con tanta fuerza que parecía que se los estaba arrancando.

— Mientes—, levantó el rostro para mirar a Kikyo— vi como ese monstruo te poseyó delante de todos. Escuche tus gritos de dolor cuando entro en ti.

El semblante tranquilo de Kikyo parecía haber sido alterado, su expresión se tensó y sus ojos parecían temblar.

— Cállate.

— ¡Acéptalo! ¡Él te violó!

— ¡Que te calles!—. Dijo la menor cubriéndose los oídos.

— Dicelo, Naraku, dile que ocupabas testigos de tu atrocidad para poder validar tu matrimonio. De lo contrario, jamás se aceptaría la unión de ella con un don nadie.

El semblante burlón de Naraku había desaparecido, sus ojos transmitían puro odio hacia Kagome. —No tienes que escuchar estas estupideces—. Tomó de los hombros a Kikyo y la zarandeó levemente, como si la intentará hacer reaccionar.

Pero Kagome continuó, aguantando el hecho de ver a Kikyo en total negación. —¡Por lo único que te quiere es por tu título y herencia!

— ¡Tú no entiendes nada!— gritó Kikyo sujetándose a Naraku, como si dependiera de él para mantener los pies en la tierra.

— ¡Me traicionaste por tu violador!

— ¡Ya basta!— exclamó Naraku con su poderosa voz. Ambas se quedaron en silencio. Él se concentró en Kikyo, le acarició el cabello y el rostro. —Yo me encargaré de que no vuelva a molestarnos. Solo dilo, permite que me deshaga de ella.

Sorprendida, Kagome vio los ojos vacíos de su hermana clavándose en ella.

— Hazlo.

Naraku sonrió, robó un beso de los infantiles labios y gritó: —¡Despiértenlo!

Kagome no entendía a qué se refería con eso, hasta que segundos después entraron dos guardias, los mismos que habían dejado inconsciente a Miroku, y se abalanzaron sobre ella.

— No… ¿Qué hacen? ¡Suéltenlo! ¡No lo toquen!— gritó desesperada intentando mantener a Sesshomaru bajo su protección.

Nada pudo hacer cuando Naraku la tomó del brazo con violencia, la levantó y la sacudió. Ella forcejeó, pero nada podía hacer para librarse.

Sesshomaru fue sujeto por las axilas y arrastrado hacia lo que parecía un abrevadero, su cabeza colgaba al igual que sus brazos, fue introducido al agua, donde duró varios segundos antes que los guardias lo sacarán e intentarán ver una reacción en él.

— ¡Otra vez!— ordenó Naraku, y así lo hicieron.

— ¡No!— gritó Kagome desesperada. —¡Kikyo, por favor, dile que pare!

Pero Kikyo parecía ser inmune a la violencia.

— ¡De nuevo!

Nada, Sesshomaru no se movía.

— Creo que tu bastardo está muerto, pajarito.

Kagome no tenía fuerzas para que sus piernas la sostuvieran, así que cayó de rodillas.

Los guardias aventaron al suelo el cuerpo inerte de Sesshomaru.

La risa de Naraku la condujo a la locura. Estaba en shock, había caído en un abismo donde todo era oscuridad. Quería gritar, pero la voz ni siquiera le salía de la boca.

Un quejido lastimero rompió su trance, provenía de uno de los guardias, este se agarraba el vientre intentando impedir que su intestino saliera de una gran herida. Sesshomaru estaba ahí, en el suelo, sosteniendo en su mano derecha una daga recién robada. El otro guardia, sorprendido ni tiempo tuvo de reaccionar, Sesshomaru desde su posición le cortó la vena femoral.

Kagome no podía creer lo que estaba viendo. Mojado, con el cabello largo y la ropa pegada al cuerpo, Sesshomaru se puso de pie. Su respiración agitada le hacía mover el pecho con fuerza. A sus pies, los dos guardias daban sus últimos alientos.

— ¡Suéltala!— exigió él de forma amenazante, con los dientes apretados de la furia contenida.

Naraku parecía sorprendido, así que reafirmó su agarre sobre Kagome. —Sesshomaru, por fin despiertas, mira quien intentó rescatarte.

Sesshomaru dio dos pasos al frente, tambaleándose. Estaba dando su máximo esfuerzo por no volver a caer inconsciente, sumado a que su mano izquierda estaba inmovil.

— Ella no tiene nada que ver contigo.

— ¿Esta puta?— dijo Naraku levantándola con tanta fuerza, que Kagome grito. —Es de mi propiedad.

— La compré, pagué por ella.

Naraku se rio. —Tu trabajo era llevarla a una casa de placer, no casarte con ella. Pero ya no te tienes que preocupar, estará en la celda continua, podrás escuchar sus gemidos todo el día cuando sirva a los demás prisioneros.

Sesshomaru dio otro paso, con la daga levantada al nivel del pecho en posición horizontal.

Kagome se quedó paralizada en cuanto escuchó el acero de la espada saliendo de la funda que Naraku portaba en la cadera.

— Ponte de nuevo los grilletes, Sesshomaru, o le cortaré la cabeza.

Fue el turno de Sesshomaru de sonreír. —¿Acaso me temes?

— Tienes una mano podrida, en lo que a mí concierne no eres rival para mí.

Un instante que le bastó a Sesshomaru para aventarse en contra de Naraku, lo suficiente para que este soltase a Kagome e intentase protegerse.

Kagome escurrio a gatas, buscando algo en el suelo con que ayudar a Sesshomaru, quien esquivaba los ataques de la espada solamente moviéndose con agilidad.

— ¡Ah!—. Exclamó Sesshomaru, cuando Naraku logró hacerle un corte en el hombro izquierdo. Se alejó lo más que podía de Naraku, pero la celda era muy pequeña. Todo él temblaba del dolor, no tuvo tiempo de recuperarse cuando Naraku levantó su mano para atacar de nuevo.

Kagome no tuvo más opción, rápidamente se puso de pie y se aventó contra Naraku, le agarró el brazo derecho, sin importarle la espada, y lo mordió tan fuerte que la sangre le llenó la boca.

Él por inercia soltó el arma, levantó el puño para golpear en la cabeza a Kagome, pero de nuevo grito, cuando ella estiró la piel con sus dientes, desprendiendo un pedazo de carne.

Sesshomaru le enterró la daga a Naraku en la parte baja de la espalda.

Naraku soltó un alarido, intentó sacarse él mismo la daga, pero no pudo. Su aturdimiento fue aprovechado por Sesshomaru, quien con su brazo derecho le envolvió la garganta.

Kagome jamás había visto la muerte de un hombre por estrangulamiento, ni como el rostro se volvía violeta y morado casi a la vez. Los ojos rubíes de Naraku se salieron de su órbita con la desesperación de no poder respirar. Los sonidos de asfixia fueron preludio a su muerte.

Naraku cayó al suelo. A su alrededor, se formó un charco de sangre.

— ¡No!—. El grito de Kikyo bien podría haberse escuchado a kilómetros de distancia. Ella corrió hacia Naraku, cayó de rodillas y comenzó a llorar. —¡Lo mataron!

— Kikyo…— dijo con la voz entrecortada. Ella era su hermana, su única familia, y la había lastimado más que nadie en el mundo.

Sesshomaru, en cambio, tomó la espada de Naraku, y con toda la intención de matar a Kikyo, la levantó.

— ¡No, por favor!—. Pidió Kagome, interponiéndose. Él la miró sorprendido, ante eso, ella lo abrazó, aferrándose a su pecho. —No más muertes.

Kikyo seguía en el suelo, gritando el nombre de Naraku, estrechandolo entre sus brazos y recitando palabras de amor.

Por su parte, Kagome se tragó el dolor de ver así a Kikyo. —Vámonos, tenemos que encontrar a Miroku—. Dijo a Sesshomaru. Él obedeció, si pensó que era un error por parte de Kagome dejar viva a la menor, no lo expuso.

Sesshomaru estaba fatigado, su cuerpo parecía haberse quedado sin energía. Se recargó en la pared, intentando descansar con cada paso que daban, y ella le tomó el brazo izquierdo y lo pasó sobre sus hombros para ayudarlo a caminar.

Un grito femenino explotó detrás de ellos. Kagome apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando vio a Kikyo con la daga en su mano corriendo hasta ella.

Sesshomaru empujó a Kagome aún lado, la daga le pasó rozando el pecho abriéndole una herida justo donde estaba su cicatriz. Con su mano sana atrapó el pequeño antebrazo de Kikyo, lo apretó tan fuerte que ella en automático soltó la daga con un nuevo grito lleno de frustración. La líbero, únicamente para darle un golpe con el puño cerrado en la cara que la dejó inconsciente en el suelo.

— Alguien se acerca—. Dijo Kagome asustada.

Ruidos provenientes del largo pasillo se escucharon. Luces de antorchas iban iluminando cada tramo. Ambos sabían lo que se venía y no tendrían escapatoria.

Sesshomaru la atrajo hacia él y susurró en su oído. —Agradezco a los dioses por haberte puesto en mi camino.

Kagome no pudo decir nada, porque eso lo sintió como despedida.

Más de una veintena de hombres con armaduras aparecieron ante ellos, con espada lista para el combate. Sesshomaru levantó la espada, ocultando a Kagome detrás de él.

— Higurashi, ¿Lady Higurashi?

El líder de la tropa se quitó el casco. Este se puso de rodillas ante ella, siendo seguido por los demás.

— Hemos esperado su regreso por mucho tiempo, milady. Los hombres de la familia Hojo nos avisaron de su presencia.

Kagome sonrió al reconocer a los hombres de su padre.

&. &. &.

— Perderás el brazo, al menos hasta el nivel del codo—. Dijo Miroku inspeccionando a Sesshomaru que estaba sobre el futón.

— Lo sé—. Sesshomaru miró a Kagome que estaba a su lado, sentada tomando su mano.

— ¿Podemos esperar a mañana?— preguntó ella.

Miroku negó. —Entre más rápido, mejor.

Kagome le acarició el rostro a su esposo y le depositó un suave beso. —Yo me quedaré contigo.

— Te daré luedano, no contamos con anestesia— Miroku le pasó un frasco a Sesshomaru, el cual se bebió el contenido completo. —No tardarás mucho en quedarte dormido.

— ¿Qué pasa si despierta durante la operación?— Kagome temía que eso fuese a suceder.

Miroku buscó en el botiquín proporcionado por los sanadores del palacio, pero no encontró lo que buscaba. —Te traeré algo para que muerdas.

— Use esto— uno de los sanadores le pasó un pedazo de cuerda gruesa forrada de cuero.

Miroku lo agarró y lo puso en un lugar accesible.

Para ese momento, Kagome tenía las pestañas húmedas, pero se mantuvo fuerte, sujetando a Sesshomaru de la mano sana.

Cuando todo estuvo listo y Sesshomaru dormido, Kagome tuvo que soltarlo. No sé fue, se quedó ahí en la habitación sin dejar de observar como Miroko calculaba el daño. Así como los sanadores que daban su opinión sobre el trabajo.

Cuando Miroku agarró una sierra con una forma extraña y empezó la amputación, Kagome rezó a todos los dioses conocidos que todo saliera bien.

Escuchar el proceso fue horrible y desgarrador. Peor fue la tortura que sufrió cuando Sesshomaru despertó y grito a pleno pulmón. Los sanadores lo sujetaron, mientras uno de ellos le metía la mordaza a la boca para que no se fuese a arrancar la lengua de una mordida. Se necesitaron por lo menos diez hombres para tenerlo sujetó.

Kagome temblaba, pero decidió ser fuerte por él. Y después de lo que pareció una eternidad, el brazo se había desprendido del cuerpo, y Sesshomaru había caído inconsciente.

— Kagome, ya todo terminó— Miroku estaba frente a ella con una sonrisa.

Aturdida, no supo en qué momento se había perdido en su mente. Asintió en respuesta mientras caminaba hacia donde estaba Sesshomaru ya con la herida envuelta en vendajes.

— Kagome, ve a descansar, yo me quedaré a vigilarlo, en cuanto recupere la conciencia, dejaré que lo consueles todo lo que quieras.

— No, me quedaré con él— dijo de forma tan autoritaria que Miroku no la quiso hacer cambiar de opinión.

. . .

— Kagome…

El murmullo de Sesshomaru la despertó, sumado a la caricia que sintió en el cabello.

— Abrázame, Kagome— pidió con un resoplido lleno de dolor.

Ella inmediatamente lo obedeció, acomodándose a su lado sobre las mantas del futón. Blancas y limpias.

— Durante el tiempo que estuve en la celda, creí que no volvería a verte—. Su voz era rasposa, aun así mantenía ese tono que tanto le gustaba a ella.

Por su parte, Kagome no era capaz de decir nada, porque lo único que podía salir de su boca eran gemidos de tristeza.

Él comenzó a temblar y a sacudirse por el dolor, como pudo ahora fue turno de Kagome cobijarlo y abrazarlo tan fuerte con la intención de reconfortarlo

— Aquí estaré siempre, Sesshomaru.

&. &. &. Días después. &. &.&.

El primer mandato de Kagome fue liberar a todos los prisioneros de las mazmorras. Como supuesto amo del palacio, Naraku había aprehendido a cualquiera que se hubiese atrevido a enfrentarlo, por esa razón las celdas estaban repletas. Delante de ella desfilaron todos los presos, casi todos estaban famélicos, desnutridos y casi muertos. Todos dijeron cuáles habían sido los supuestos delitos cometidos.

Perdono a todos. Al menos, hasta que le fue llevado un hombre de cabello negro y el rostro tupido de barba. Lo que más llamo su atención, fue que el hombre no iba encadenado de las manos, pero sí de los pies.

— Este hombre debería permanecer en las mazmorras, milady—, dijo el líder de la tropa— es un bandido y violador. El último sobreviviente de su banda de malhechores.

— ¿Cómo contestas a tus crímenes?— preguntó Kagome.

— Inocente, mi señora.

Kagome conocía esa voz, era el hombre que había intentado violarla en dos ocasiones, una antes de llevarla al barco y la otra en el bosque. Estaba irreconocible, la galanura estaba escondida bajo el vello facial, pero sus ojos azules tenían la misma maldad y arrogancia de siempre.

— ¡Tú!—. La voz de Kagome delató su miedo.

Bankotsu sonrió, levantando el brazo izquierdo, dejando que se viese el muñón desnudo donde debería ir una mano, la misma que Sesshomaru había cercenado.

— Mi señora, le ruego clemencia.

— ¿Cómo la tuviste conmigo?

— Eso era antes, prometo que me portaré bien.

Kagome negó.

Vio en esos oscuros ojos el verdadero terror de ser abandonado en la oscuridad. El guardia lo jaló con fuerza para llevarlo a las mazmorras de nuevo.

— ¡Detente!

El guardia y Bankotsu dieron media vuelta, sorprendidos.

Kagome dio la indicación de que lo liberaran. —Te dejo ir, pero quiero que te hagas cargo de una encomienda.

. . .

Kikyo fue llevada casi a rastras. Su cabello estaba hecho un desastre, su ropa exquisita ahora era un montón de tela sucia y rota. El olor a jazmín ya no se percibía en ella. Fue arrojada al suelo. No había trato especial a ella por atacar a la verdadera señora del palacio.

Kagome se acercó, se arrodilló ante su hermanita y le tomó del rostro con mucha ternura.

Los ojos de Kikyo eran profundos pozos de muerte. —Mándame a la horca, ya nada me importa— dijo para agachar la cabeza de nuevo.

Kagome negó. —No puedo, eres mi hermana. Jamás podría ejecutarte—. Le acarició el cabello. —Te dejaré ir.

Kikyo la miró, sorprendida, hizo una pequeña inclinación de cabeza en señal de sumisión. —Querida hermana, te lo pido, permíteme irme con mis sirvientes y…

— No, Kikyo. Te perdono la vida porque te amo, pero no perdono lo que me hiciste—. Kagome vio los brillantes ojos avellana llenarse de lágrimas. —Bankotsu— Lo llamo. El nombrado se encaminó hacia ellas.

Kikyo al verlo tembló, conocía la reputación del bandido. —¡Hermana…, no por favor!

— A sus órdenes, mi señora— la sonrisa lasciva de Bankotsu apareció.

Kagome se puso de pie y le entregó la llave de los grilletes a Bankotsu. —A ti también te dejaré libre con una condición, quiero que escoltes a mi hermana a la casa de placer a la que pretendían enviarme. Y quiero que te hagas cargo de que reciba el mismo amor y trato que tú hubieras tenido conmigo.

— Con mucho gusto, señora.

La cara de Kikyo tenía un destello auténtico de terror grabado en sus facciones. Gritando a todo pulmón, intentó escapar de Bankotsu, pero al instante fue sometida por los demás guardias.

Kagome cerró los ojos y deseó haber estado sorda para no tener que escuchar cómo Kikyo rogaba su perdón.

Esa fue la última vez que supo de ella.

Continuará…

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Por cierto, este ya es el cierre de la historia y el siguiente capítulo es el desenlace que incluye el epílogo.

Muchas gracias por su apoyo, nos vemos en el final.