— Sesshomaru…

Ante la dulce voz, él abrió los ojos.

— Sesshomaru…

Giró el rostro hacia la voz que lo llamaba, encontrando una figura femenina cerca de la puerta de la habitación. La penumbra no le permitió ver el rostro de esa extraña, pero sí que escuchó como la tela blanca se deslizaba sobre el suelo; era hipnótico verla caminar, pues parecía que flotaba entre tanta seda.

Por un momento la comparó con un cisne en el agua. Elegante y majestuosa, alta, casi tanto como él y delgada. Se agachó a su lado, su cabello platinado era tan largo que chocó contra el suelo. Y, aún y cuando había una pequeña vela iluminando la estancia, Sesshomaru no lograba ver su rostro.

De repente la flama bailó y su rostro se hizo visible.

— ¿Madre?

Ella no respondió. Sesshomaru intentó tocarla, pero al deslizar su mano sobre ella, se hizo humo e inmediatamente volvió a tomar forma.

— ¿Voy a morir?

Su madre le regaló una caricia en la mejilla. Aquellos flacos dedos eran hielo. Sorprendido, se dio cuenta de que los ojos dorados transmitían una calidez que lo dejó sin aliento.

Agradeció que ella lo acompañase en esa nube de inconsciencia en la que se encontraba sumergido. La había perdido siendo un niño, y ahora ella estaba ahí, para él.

— ¡Despierta!

El grito sonó tan distante, que no supo de donde provenía. Hasta que la voz volvió a producir un eco más fuerte.

— ¡Está ardiendo en fiebre!— Conocía esa voz. —Por favor, Sesshomaru, despierta.

Miró los ojos de su madre, ella le sonrió y desapareció justo cuando las pequeñas manos de Kagome se pusieron en su pecho. Aquella acción fue tan intensa que bien pudo ser un choque directo en el corazón.

Agitado se incorporó. Respiró profundamente y, al poder tomar aire, fue consciente de la situación… ahí estaba Kagome, Miroku, y los sanadores observándolo con asombro.

Kagome, con los ojos llorosos, se abalanzó a él en un abrazo. Sesshomaru intentó corresponderle, pero ver su brazo izquierdo vuelto muñón le dio una impresión tan fuerte, que cerró los ojos e intento asimilarlo.

— Pensamos que la fiebre te había matado. Estabas delirando— Dijo Miroku con un semblante cadavérico por el cansancio.

Sesshomaru no dijo nada. Kagome le acunó el rostro con ternura mientras sus ojos brillaban de felicidad.

Verla así, causó en él un efecto devastador. Volvió a concentrar su atención a lo que en verdad lo estaba perturbando… su inservible y mutilado brazo.

¿Qué iba a poder hacer ahora?, no iba a poder navegar, ni luchar, ni siquiera iba a poder defender a Kagome si algo malo le ocurría.

En el fondo, deseó haber muerto.

&. &. &. &.

Kagome estaba de rodillas en el santuario, rezando a los dioses para que mejoraran el estado de ánimo de Sesshomaru.

Todos los días iba y rendía plegarias esperando que estás fuesen atendidas, y únicamente dejaba de hacerlas hasta que sus rodillas estuvieran ardiendo. Cómo en ese momento, dónde se levantó y gimoteo de dolor.

Después de haber mandado al exilio a Kikyo y casi perder a Sesshomaru por la fiebre, el santuario se convirtió en su refugio; pero existían momentos, donde la inquietud le provoca palpitaciones feroces y no creía que sus rezos estuvieran resultado beneficiosos.

Pero lo peor de todo era el silencio de Sesshomaru. Si bien, él era un hombre al que se debía interpretar, su silencio total y su falta de arrogancia empezaba a asustarla. Él ya no corría peligro y con el paso de las semanas su brazo estaba casi sano, entonces, ¿por qué no lograba hacerlo sentir mejor?

Cuando regresó a la alcoba, Sesshomaru estaba durmiendo. Era algo que también hacía, dormir demasiado. Acompañó a su esposo en la soledad, se acostó a su lado y pegó su rostro en el brazo derecho.

— Kagome…— susurró.

Sorprendida, inmediatamente se sentó. —Pensé que dormías.

Él se incorporó y la miró de forma tan mezquina que Kagome tembló, incluso tuvo que apretar los dientes para no tiritar de frío.

— He tomado una decisión.

Confundida, negó sutilmente con la cabeza, dejando en claro que no entendía de qué estaba hablando.

— Deseo volver a casa.

Kagome sonrió, expulsando el aire que estuvo conteniendo por el largo suspenso. —¡Claro! En cuanto tu brazo cicatrice, iremos. Quisiera que Rin…

— Me iré yo solo.

Si la traición de Kikyo casi acaba con ella, lo dicho por Sesshomaru terminó por matarla. Meneo la cabeza de un lado al otro intentando encontrarle sentido a eso. Después de todo lo que había pasado… y ahora, él quería abandonarla. Aquel pensamiento despertó dentro de sí, una rabia le quemaba las entrañas.

Sorprendida y herida, le gritó entre dientes: —¡Eres un… maldito!

Él ni se inmutó, probablemente ya se esperaba una reacción así de su parte.

— ¿Pretendes dejarme?

— No tenemos hijos. Con tu posición, encontrarás rápidamente un nuevo esposo.

Kagome se agarró el estómago, porque las agruras comenzaron a quemarle por dentro.

— ¿Nuevo esposo?—. Apenas y pudo articular palabra. La furia incrementó el malestar. —¡Eres un bastardo egoísta!

Sesshomaru abrió los ojos, sorprendido. Nadie le decía bastardo y menos en su presencia. Se abalanzó sobre ella con toda la intención de hacerla tragar su ofensa, pero su cuerpo lo traicionó al intentar agarrarla con la mano que le faltaba.

Kagome, más joven y con la agilidad de una gata, se deslizó fuera de su alcance y se levantó de un brinco. Era muy consciente de lo mucho que esa palabra afecta a Sesshomaru, pero ya no le importó herirlo.

— ¡No voy a permitir que me dejes después de todo lo que hemos pasado, me oyes! Hiciste una promesa ante los dioses, y ahora la debes de cumplir.

Salió de la habitación, temblando, como pudo llegó a la habitación de Miroku, vomitando en su puerta.

. . .

— Al menos tiene humor de pelear contigo—. Dijo Miroku con una sonrisa.

— Deja de bromear, por favor. Necesito ayuda, sé que él me culpa por lo de su brazo—. Kagome suspiro de resignación.

— Él sabe que no es tu culpa. Fue su deseo arriesgarse por ti, aun sabiendo que Naraku tomaría represalias— le dio un pañuelo, para que ella se limpiase. —El capitán se está recuperando, Kagome; físicamente está bien, lo que tiene lastimado es el orgullo.

— ¡Al diablo su estúpido orgullo!— Exclamó enfadada.

— Y… ¿Ya le hablaste de tu embarazo?

Sonrojada y avergonzada, negó.

Miroku le tomó el hombro con cariño. —Bueno, es una lástima que no podré ver a tu hijo nacer.

—¿Por qué dices eso?

— Ya no puedo hacer nada por el capitán, ahora te toca a él y a ti resolverlo.

— ¿Y a dónde irás?

— Intentaré recuperar a mi familia.

— Promete que volverás. Aquí tendrás el puesto de médico esperándote.

Él únicamente sonrió para silenciarla, la promesa no fue soltada de su boca. A los dos días después, Miroku se había marchado.

&. &. &. &.

Sin Kikyo, sin Miroku y ahora sin poder encontrar consuelo en Sesshomaru, Kagome se resguardó en la biblioteca. Duraba horas allí buscando algún libro que hablase sobre los síntomas que tenía su esposo.

Tal como había dicho Miroku, no era ya el cuerpo, era su orgullo, y tal vez hasta su alma, lo que estaba acabado con él.

Uno de los sanadores apareció ante ella, solo para darle peores noticias.

— Milady, su esposo pidió licor, no ha querido comer, y…

Ante el prolongado silencio, ella preguntó: — ¿Y qué sucedió?

— Intentamos forzarlo a probar bocado, y ahora está encerrado en su habitación con la espada en la mano. Dijo que si volvíamos a tocarlo... nos mataría.

Aquello acabó con su paciencia. Una cosa es que Sesshomaru quisiera largarse y otra, era dañar a quienes lo ayudaban.

Rápidamente, se dirigió a su alcoba con el sanador pisándole los talones.

— No quiero que nadie entre, ¿entendido?—. Dio la orden. Los sanadores y dos guardias asistieron con un firme sí.

Abrió la puerta principal y lo vio ahí; tan tranquilo y sereno que parecía una estatua. En el suelo ya estaba la espada en su funda. Se acercó hasta él.

— ¿Se puede saber qué haces?

Sesshomaru ni siquiera la miró. —Quisieron forzarme a comer.

— ¿Y por eso amenazaste a todos?

Un resoplido fue su respuesta.

— Estás bajo mi cuidado, Sesshomaru. No puedes estar bebiendo, y mucho menos querer lastimar a los demás.

— Arpía—. Dijo él, y eso la hirió. Así que le dio una cachetada.

Los ojos depredadores estaban sobre ella. Sesshomaru se puso de pie. Por un momento, Kagome quiso huir, pero no se doblegó, al contrario, le dio la cara.

Él pareció unir todas las fuerzas para controlarse, así que Kagome le pegó en el pecho. Eran golpes que en verdad ni siquiera dolían, pero fue una forma que ella tuvo de liberar su frustración.

— ¡Si te quieres ir, vete! Prefiero eso a que intentes matarte con licor.

No lo decía en serio, solo quería que él se diera cuenta lo mucho que la lastimada.

— ¡Vete! ¡Hazlo, infeliz bastardo!

Iba a repetir esa palabra hasta el hartazgo, pero el fuerte brazo la atrajo hacia él.

Quiso gritar, pero Sesshomaru parecía que lo único que buscaba era doblegarla ante su poder. La soltó de pronto, Kagome asustada intentó huir, pero de nuevo fue envuelta por la cintura y la atrajo, haciendo que su espalda chocará con aquel duro pecho.

— Tienes una boca muy sucia—. Gruñó en su oreja, con los dientes apretados del enojo. —Te las haré tragar, mujer odiosa.

Kagome se arrepintió de haberlo insultado, y cuando iba a disculparse, Sesshomaru la soltó, más que soltarla le dio un empujón, pues cayó por completo solo poniendo sus manos como defensa.

Se giró par reclamarle su agresión, pero aquellos dorados ojos tenían una mirada parecida a la de un animal salvaje deseoso de violencia y sexo, y lo confirmó, cuando con la mano Sesshomaru se abrió los pliegues de la ropa.

— ¿Qué haces?

Él no respondió. Parecía que la capacidad de hablar lo había abandonado. Casi desnudo, se arrojó sobre ella, forzando la tela del kimono de tal manera que se rompió.

Kagome iba a replicar, más no pudo ni armar una oración coherente al sentir la fuerza de las rodillas masculinas abriendo sus piernas. Se miraron un momento a los ojos, su ropa interior también había cedido, y de un solo empujón, se clavó en ella.

El baile entre ellos se sincronizó entre insultos y mordidas, jalones y besos húmedos que escurrían por cualquier zona a la que sus bocas pudieran llegar. Quiso reprimir los gemidos por la vergüenza que la escuchasen, pero no pudo callar lo exquisito que era volverlo a sentirlo dentro suyo, así que se aferró a él, envolviéndolo con las piernas.

Sesshomaru marcaba el ritmo, mientras sus dedos se metían a la pequeña boca de Kagome.

— No puedo dejarte.

Ojos dorados fijos en los azules, la conciencia y el reconocimiento estaban presentes, el sudor escurría en sus pieles.

— Quiero…— Su poderosa voz se volvió caliente, y la penetración más lenta y profunda— pero no puedo.

Ante sus calientes susurros, Kagome tuvo un espasmo extraño que jamás antes había sentido.

— Así… sujétame a ti.

— Sesshomaru, te amo, te amo— gemía desesperada Kagome, con los ojos llorosos.

Sesshoumaru la besó como si quisiera comerse su boca. Transmitiendo que él la amaba más de lo que las palabras podrían expresar.

Kagome no supo si él entraba en ella, o ella en Sesshomaru. Las sensaciones del amor y el placer despertaron con más potencia y se multiplicó de una manera inexplicable. Fue como morir lento para después ser compensados con una nueva vida.

Sus corazones palpitaron casi al mismo ritmo, casi siendo uno solo.

&. &. Años después. &. &.

— Kagome, Kagome el pájaro en la jaula…

Sesshomaru escuchó el canto de su hija. Vio la melena negra escabulléndose hacia la biblioteca, y cuando entró al recinto, la risa infantil retumbó debajo de uno de los escritorios.

Con una ligera sonrisa, se asomó y recibió como regalo un grito.

— ¡Papá me asustaste!—. Dijo la niña saliendo de su escondite. —¿Cómo supiste que estaba aquí, eh?

Él le puso una mano en el cabello negro, y ella lo miró, con esos dorados ojos idénticos a los suyos. —Karoi, sé que es tu lugar favorito.

Kaori se cruzó de brazos, bastante molesta, pero enseguida abrazó a Sesshomaru.

— Te perdono.

Él sonrió, dándole una palmada en la espalda. —Vamos, ya casi es hora de la cena.

— No tengo hambre—. La niña frunció el entrecejo y apretó los labios.

"Igual de testaruda que Kagome", pensó Sesshomaru. Intentó mantener su semblante relajado, pero su pecho vibraba de gusto.

— Mejor quedémonos aquí, papá—. Kaori soltó a su padre, se encaminó a un estante y agarró una enciclopedia que parecía más grande que ella. —Léeme sobre tus aventuras.

Derrotado por la ternura que sentía por su hija, se sentó, y buscó la sección de mapas. Con cada palabra que leía para ella, los ojitos se volvían brillosos de felicidad.

— ¿Algún día me llevarás contigo en uno de tus barcos?—. Las pequeñas manos tocaron el rostro de Sesshomaru.

— Algún día te llevaré a conocer el mar, pero mientras tanto…

La puerta rechinó al deslizarse, dejando entrar a Kagome. —¡Con que aquí están!—, avanzó hacia ellos con andar lento, agarrando su enorme vientre con cada paso.

Karoi soltó a Sesshomaru para correr a los brazos de su madre. —Mamá, papá me prometió llevarme a su siguiente viaje.

Kagome lo miró, y él le dio una sonrisa.

— Sí, tal vez cuando tengas edad suficiente. Ahora, ve a lavarte, cenaremos en cinco minutos.

Sesshomaru se puso de pie y caminó hacia Kagome, mientras Kaori salía de la biblioteca y entonaba la misma canción.

— No deberías estar caminando tanto.

— Miroku dijo que era bueno para el bebé que lo haga—. Dijo intentando darle un beso en los labios, aún y cuando su vientre era un obstáculo.

Por un momento, Sesshomaru se perdió en el océano de aquellos ojos. Recordando aquel lejano día, cuando los dioses la pusieron en su camino. Él se había dicho a sí mismo que necesitaba poseerla porque el mar era su hábitat, su hogar, y en cierto sentido, ella se transformó en eso, en todos los sentidos de la palabra.

— ¿Sucede algo?—. Preguntó Kagome curiosa.

Sesshomaru negó. Sus manos acariciaban el vientre de su esposa. —¿Dijiste que teníamos cinco minutos?— Murmuró robándole un beso de los labios.

Kagome sonrió, antes de encerrarse con él en la biblioteca.

&. &. &. &.

FIN

Querida, como te lo dije muchas veces, esta historia es tuya, así que espero te haya gustado. De nuevo, mil gracias por tantísimo apoyo y por recomendar mis historias cada vez que puedes.

Se vienen más cosas, entre ellas espero poder traerles una de piratas aunque creo que tendrá tonos menos dramáticas que esta. Déjenme sus opiniones, es muy importante para mi saber si les gustaría leer algo de ese estilo.

Por cierto, un saludo muy especial, me dijo que era su escritora favorita. No saben qué bonito se siente que me lo dijera.