The Snow That Burns
Cuando el simple hecho de que tu apellido determine cómo las personas te ven, te conviertes automáticamente en un enemigo público, cargando con la sangre derramada, aunque nunca hayas intervenido.
Las historias de vida no deberían estar determinadas por un pasado, pero, lamentablemente, ni los "buenos" ni los salvadores pueden escapar de ese instinto primitivo. Las decisiones cambian el curso de una sociedad, especialmente de quienes están en el poder.
Zahra Snow aprendió esa lección desde muy pequeña. Nunca pudo tener una vida "normal", pero sabe que, después de tanto luchar, puede haber paz, aunque sea momentánea y efímera.
—Aunque suene infantil, siempre le pido a mis padres que me den fuerza para seguir un día más.
—¿Tú aún crees que ellos te están cuidando? —Sentí su mirada penetrante sobre mí. No pude sostenerla. Evité mirarlo a los ojos, temerosa de que pudiera ver mi sufrimiento interior.
—Siempre lo hago. Aunque en estas circunstancias, recuerdo claramente una frase que mi abuelo dijo la última vez que lo vi con vida, cuando hablaba del sinsajo. —Noté su incomodidad. Sabía que era un tema que no le agradaba, pero a estas alturas ya no me importaba lo que él sintiera. Solo exhalé y dejé que las lágrimas cayeran, sin contenerme.
—¿Qué frase usó Snow sobre Katniss? —Regresé a mirarlo entre sollozos, y aunque no estaba contento, su mirada reflejaba paciencia, como si esperara que fuera sincera.
—Dijo que la nieve también puede quemar, y cuando lo hace, puede ser más letal que el fuego mismo.
La frase se quedó flotando en el aire, densa como la niebla que cubría los campos de la arena. No había duda en sus palabras, pero en ese momento, me di cuenta de algo más profundo. Mi abuelo había entendido que el frío podía consumir mucho más que el fuego, que podía arrastrar todo lo que tocaba sin que nadie siquiera lo notara.
Lo que dijo no era solo una advertencia para Katniss, era una advertencia para mí. Para todos los que llevamos el apellido Snow.
Mi alma, vacía de cualquier esperanza, se alineó con esas palabras. La nieve quema, y cuando lo hace, no hay escapatoria.
Ya no tenía que seguir luchando contra lo que el destino me había impuesto. Todos me verían como una Snow, y todos esperarían que jugara el papel que se me asignaba.
Me observé en el reflejo de sus ojos, como si la verdad fuera una máscara que ya no podía quitarme. Esta era mi identidad ahora: la villana que el mundo esperaba que fuera.
