Atrapada

—Tu nombre, muchacha. No tengo todo el día.

Miro a la mujer sentada frente a mí. Su traje es menos elaborado de lo que solían llevar las secretarias antes de la rebelión. Sin duda, todo cambió para el bien mayor. Sin embargo, no tarde en sonreír, como si se contara un chiste privado.

La mujer parece cansarse de mi silencio. Con una ceja levantada, gruñe y repite más fuerte esta vez:

—Tu nombre. A menos que quieras darme motivos para que realmente no puedas hablar, como los avox de tu anterior gobierno.

Suspiro cansada. Con las manos esposadas al frente, retiro un poco el flequillo de mi largo cabello. Reuniendo toda la valentía que aún me queda, gruño mi nombre tan alto que todos en la sala se detienen. Me miran con odio, susto o incredulidad. Es lo único que mi apellido puede causar en el nuevo régimen.

La secretaria me observa, su rostro una mezcla de emociones. Parece no creer lo que acabo de pronunciar.

—¿Quién eres? —pregunta de nuevo.

Sonrío de lado, tal como lo hacía mi abuelo, y hablo más fuerte esta vez. No dejaré que el miedo me traicione.

—Snow. Zahra Snow, nieta del expresidente de Panem.

Todo rastro de duda desaparece de su rostro. Veo la llama de la venganza encenderse en sus ojos. Aunque sé que quiere matarme, llama a un guardia por su nombre.

—¡Alex!

El guardia entra corriendo en la sala.

—¿Sí, señorita Finch?

—Lleva a la prisionera a la celda de máxima seguridad. Necesito hablar urgentemente con la oficina de la presidenta en el Capitolio.

Levanto una ceja, preguntándome si habla en serio. Jamás puse resistencia ni hice daño. ¿Realmente era necesario encerrarme allí?

—Entendido, señorita Finch.

El guardia me toma del brazo y me arrastra fuera de la sala. A nuestro paso, los demás empleados del edificio vuelven a sus tareas, aunque no dejan de mirarme con desprecio.

No hablo mientras me llevan al sótano. Las gruesas puertas de metal anuncian que este es el lugar más remoto del edificio. El frío traspasa la tela desgastada de mi pantalón. Un soldado abre la puerta de mi celda sin decir una palabra.

El cuarto es pequeño. Hay una cama oxidada en una esquina, un baño básico al fondo y una llave de agua. Sonrío sin gracia. Estoy aquí por una jodida manzana. Sólo atino a recostarme, mirando el techo, repasando en mi mente lo que ha sido mi patética vida.

A mis quince años, escapé mientras la rebelón consumía el Capitolio. Mientras otros corrían a refugiarse, yo sabía que nada salvaría a mi abuelo ni a mi familia. En lugar de volver a casa, hui. Dylan, mi "protector privado", me ayudó a salir de la ciudad. Caminamos largas distancias, sobreviviendo de la naturaleza. Muchos dirían que eso era inconcebible para alguien de mi linaje, pero aprendí rápido.

Mi madre amó a un tributo del Distrito 12: Bemmus Donner, mi padre. Desfiló en el Capitolio, la conquistó y, tras una sola noche juntos, la dejó embarazada. Mi abuelo lo odió por eso. Odió a mi madre por traicionar la pureza de su línea de sangre. Odió mi existencia.

Desde que cumplí ocho años, Snow me obligó a teñirme el cabello de un rubio cenizo. Quiso borrar cualquier rastro de la herencia de mi padre. Pero no importaba cuánto me hiciera parecer una Snow, para él siempre fui un recordatorio de la traición de su hija.

Dylan fue el único que me cuidó de verdad. Lo dejé solo cuando me atraparon. No sé qué le habrá pasado.

La bandeja de comida entra por una ranura en la puerta. Tres golpes secos anuncian que han cumplido con su parte. Mi estómago ruge. Aun así, como sin prisa. Me recuesto, intentando ignorar lo incómodo que es dormir esposada. Pero lo que realmente me atormenta es saber que mi libertad se ha esfumado por una simple manzana.


Capitolio - POV

El nuevo régimen de Panem ha traído equidad y cooperación. Cinco años después de la rebelión, la mejora en los distritos es notable. Sin embargo, los vencedores que ayudaron a conseguir esta libertad aún cargan con las secuelas. En algunos, la sed de venganza no ha desaparecido.

La presidenta Paylor no puede creer lo que acaba de oír.

—Repíteme eso, Plutarch. ¿Cómo es posible que esa muchacha haya sobrevivido?

—Lydia, una secretaria del Distrito 4, me llamó personalmente. Capturaron a una ladrona que asegura ser la nieta de Coriolanus Snow.

Paylor lo mira en silencio. Plutarch es su mano derecha, pero si esta información se hace pública, el Capitolio podría dividirse. Aún quedan adeptos al antiguo régimen. Podrían intentar recuperar el poder.

—Sabes que esto puede causar un problema, incluso si es mentira.

—Lo sé. Por eso quiero viajar de inmediato al Distrito 4. Si es una impostora, usó el peor apellido posible.

—Hazlo. Tráela con vida si es cierto.

Cuando Plutarch se va, Paylor camina hacia el archivo de Snow. Busca entre los documentos hasta que encuentra un antiguo registro. En él, hay una foto del expresidente con sus hijos y nietas. Una de ellas, una niña de cuatro años, no parece feliz. Ojos grises, cabello rubio. Su acta de nacimiento está presente. Pero no hay un certificado de defunción.

Maldice en silencio.

—Snow, ni muerto tu apellido deja de ser un problema.

Se recuesta en su habitación, sintiendo de nuevo el peso del mundo sobre sus hombros.

Johanna POV

Llegué al Capitolio con el ceño fruncido, sin ánimos de estar en aquel lugar que aún me hacía sentir como si la piel me ardiera con el recuerdo de la electricidad. Pero tenía un deber. Quisiera o no, debía presentarme ante el consejo para discutir la posibilidad de expandir la sección de viviendas sociales en el Distrito 7. El problema era que la zona aún no había sido explorada del todo y existía el riesgo de que quedaran bombas enterradas, una de las tantas jodidas herencias de Snow.

Beetee me esperaba en la estación. A pesar de todos los tratamientos psiquiátricos por los que había pasado, aún mantenía esa forma temeraria de moverse, de analizar todo con un brillo perspicaz en los ojos. No podía negarlo: yo misma no era la de antes. Al menos ahora dormía unas horas más sin que el sonido del agua me hiciera temblar como una niña asustada. Ver a mi viejo amigo me recordó que, aunque el pasado nunca desapareciera, algunos días podían ser un poco menos miserables.

—Hola, Johanna.

El abrazo fue torpe, pero lo recibí. Me hacía sentir que, pese a todo, aún había alguien que no me miraba con lástima o desprecio.

—Y dime, mi pelón informático, ¿Cómo van las cosas en la nueva Panem?

Beetee sonrió, pero negó con la cabeza.

—No sé cómo lo tomarás, pero hay noticias no tan agradables.

Chasqueé la lengua. No me sorprendía.

—Suéltalo ya, hombre. Siempre hay algo cocinándose en esta maldita ciudad.

Subimos al auto. El trayecto se hizo insoportablemente silencioso. Lo miré de reojo, arqueando una ceja, y solté una risa seca, de esas que solía usar cuando la tensión en los Juegos se volvía insoportable. Pero Beetee no se inmutó.

—Vamos, ¿Qué puede ser tan grave que ni siquiera te atreves a decírmelo? ¡Yo ayudé a formar esto!

Suspiró con desgana, estacionando frente al palacio presidencial.

—Johanna, escúchame bien. Esto es algo que Plutarch me dijo en la más estricta confidencialidad, y sé que vas a armar un espectáculo.

Fruncí el ceño. Ahora resulta que la jodida Panem de la libertad tenía secretos.

—Habla de una maldita vez.

Beetee dudó unos segundos antes de continuar.

—Llevamos cinco años reconstruyendo los distritos, intentando darle a la gente una vida más justa. Pero, como era de esperarse, no todos en el Capitolio están felices de haber perdido sus lujos.

Bufé con desprecio.

—¿Cabrones egoístas? No me digas. Mataron, destruyeron y jugaron con nuestras vidas como si fuéramos animales. Son unos verdaderos idiotas.

—Lo sabemos. Y por eso hemos manejado cualquier intento de resistencia. Pero hay un dato que llegó a nuestros oídos y…

—¡Por el amor de todos los demonios, Beetee, escúpelo ya!

Inspiró hondo, como si necesitara reunir coraje.

—En el Distrito 4 encontraron a una nieta de Snow.

La sangre me hirvió al instante.

Lo miré fijamente, esperando que dijera que era una jodida broma. Pero no lo era. Mi respiración se volvió errática, mis manos se cerraron en puños hasta que las uñas se me clavaron en la piel.

El odio ardió en mi pecho, en mi garganta, en cada célula de mi maldito cuerpo. Snow. Otra vez Snow. Cuando por fin creí que su asquerosa sangre se había extinguido de la faz de la tierra, aparecía esta mocosa, este maldito recordatorio de todo lo que me hicieron.

Las imágenes volvieron sin permiso: la risa cruel de Snow, la electricidad desgarrándome el cuerpo, el olor del agua fría cuando me dejaban temblando en el suelo… El dolor. La humillación.

Un grito de furia escapó de mi garganta y, sin pensarlo, golpeé con todas mis fuerzas el parabrisas del auto. El impacto resonó en el interior como un disparo. El cristal crujió bajo mi puño y sentí cómo la piel se desgarraba.

Sangre caliente, espesa, corriendo por mi mano.

Roja. Tan roja como mi odio. Tan roja como la maldita sangre de Snow que aún contaminaba este mundo.