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Peeta POV

Me desperté temprano, como siempre, para hacer los panes que solían hacer mi familia. Le di un beso en la frente a Katniss, que dormía tranquila a mi lado. No había descansado bien la noche anterior, y merecía un momento de paz. Aún quedaban sombras en sus sueños, las pesadillas sobre Prim seguían acechando, pero yo trataba de hacerla sentir segura, de ofrecerle lo que pudiera para aliviar ese dolor silencioso.

Me levanté, tomé una ducha para despejar mi cabeza y me cambié rápidamente. Al salir, el aire fresco del Distrito 12 me recibió como siempre lo hacía, con la calidez de una tierra que lentamente estaba aprendiendo a cambiar. Ya no quedaban las vallas eléctricas que separaban a la gente, ni los temores que plagaban cada rincón. El Distrito 12 estaba transformándose, de ser un lugar de miseria y represión a un espacio de oportunidades. La gente, aunque marcada por el pasado, ahora vivía con una nueva esperanza, aunque los recuerdos del Capitolio aún eran sombras que acechaban por lo bajo.

Abrí la puerta de la nueva panadería, la que había reemplazado la vieja que conocía bien. Ahora era mía, un lugar donde podía hacer tantos panes como quisiera, sin las restricciones de antes. No era solo un negocio, era un símbolo de lo que habíamos logrado, de la resistencia que brotaba de nuestras manos en cada masa, en cada horno. Los recuerdos del hambre, del sufrimiento, se iban transformando en algo productivo, algo para compartir con quienes aún luchaban, con quienes, como yo, buscaban seguir adelante.

Me coloqué el delantal y justo cuando iba a empezar, vi a Rory entrando. Me sonrió, con una luz diferente en su mirada, más madura, pero aún con los vestigios de aquel chico que había llegado con las huellas de la guerra a cuestas.

—Hola, Peeta. —Su tono era serio, pero cálido. Sabía que se sentía un poco como yo, atrapado entre el pasado y lo que venía.

—Hola, Rory. —Le di un apretón de manos y un gesto de complicidad.

—¿Cómo está Katniss? —preguntó, observándome con más atención de lo habitual.

Rory había crecido mucho desde los días en que se fue a luchar con Gale, su hermano. A pesar de la fuerza que mostraba, era evidente que la separación de su familia aún le pesaba. No podía evitar notar cómo sus ojos, aunque fuertes, reflejaban la incomodidad de no poder sanar completamente los lazos rotos entre él y Gale.

—Bien. Aunque anoche tuvo pesadillas sobre Prim. —No pude evitar que mi voz se volviera más suave al mencionar su nombre. La ausencia de Prim todavía se sentía como un peso en el aire, una marca indeleble en nuestras vidas.

—Sí... Prim es una huella imborrable. —Rory asintió, mirando al suelo por un momento, como si esas palabras pesaran más de lo que podía expresar.

Este punto de inflexión llevo a la relación entre Gale y Rory, a un punto complicado. Aunque ambos compartían un dolor similar, el resentimiento de Rory hacia Gale por lo que ocurrió con Prim había dejado cicatrices profundas en su relación familiar. Gale, ahora General, seguía distanciado de su hermano menor. Sin importar cuántos intentos de reconciliación hubo, el resentimiento seguía allí, incrustado.

—Yo... no puedo perdonarlo. —La voz de Rory era firme, pero en su mirada se podía ver la lucha interna. Sabía que sus hermanas y su madre aún lo querían cerca, pero su corazón seguía dividido, marcado por la furia y la confusión.

—Lo sé —respondí, con una tristeza contenida. Sabía que no podía forzarlo, pero sí quería que, al menos por el bien de su familia, se permitiera abrirse a la idea de sanar. La guerra había marcado a todos, pero había que seguir adelante.

—Rory, lo que pasó no fue fácil para ninguno de nosotros. Pero deberías intentar sanar esa herida. A veces, el perdón no es para el otro, es para ti mismo. Para poder seguir adelante. Por tu madre y tus hermanas...

Su mirada se suavizó, pero aún era una batalla interna. No podía forzar el perdón, pero tal vez el tiempo lo haría.

—Lo sé, Peeta... lo sé.

Le di un leve toque en el hombro, intentando ofrecerle el apoyo que siempre había encontrado en Katniss y en mí mismo. Sabía que, por mucho que la vida siguiera adelante, el dolor de los recuerdos seguiría estando allí. Pero también sabía que en este nuevo Distrito 12, había una nueva oportunidad para empezar.

—Bueno, ahora manos a la obra, que ya empieza a moverse el pueblo —dije con una sonrisa ligera, intentando cambiar el ambiente y enfocarnos en el día a día.

Rory asintió, más animado, y se dirigió hacia los hornos para comenzar a trabajar. Mientras tanto, me quedé pensando en cómo todo alrededor había cambiado. Ya no había las vallas eléctricas, ni los soldados controlando las calles. El aire se sentía diferente, más limpio, más natural, como si todo el distrito estuviera respirando con esperanza. La gente aquí, como yo, estaba reconstruyendo no solo casas y edificios, sino también sueños rotos, una vez destruidos por la tiranía de Snow.

Escuché el sonido de la campana en la puerta, y al mirar vi la cabellera rubia de Delly asomando por la ventana. Sonreí al verla.

—Delly, buenos días. ¿Cómo estás?

—¡Oh, Peeta! Me asustaste —rio al verme, visiblemente sorprendida, pero rápidamente me abrazó.

—Estoy bien, Peeta, solo que estaba viendo cómo casi terminan de construir el edificio de justicia.

—Sí, ya era hora. Si no, los nuevos guardias no sabrían dónde dormir —respondí, con un toque de humor.

—¡Jajajaja, ¡qué gracioso, Peeta! Ahora, vuelve allá atrás, yo me encargo de lo de aquí adelante.

Me retiré con el ánimo renovado, mientras la actividad de la panadería comenzaba a tomar su ritmo. Aunque la guerra y las cicatrices del Capitolio siempre estarían presentes, la reconstrucción era más que física. La gente estaba aprendiendo a sanar, a perdonar, a seguir adelante. Y yo, en mi pequeña panadería, tenía mi propio papel en esa reconstrucción.

Haymitch POV

Sentado en el porche, observaba cómo Katniss salía de su casa, dirigiéndose al bosque. No era necesario decir nada; el simple hecho de que ella siguiera su camino sin mirar atrás me decía que estaba bien, al menos por ahora. Los días en los que sentía que sus sombras se cernían sobre ella eran menos frecuentes. Había llegado un momento en el que la veía como una hermana, una amiga que había sobrevivido a más cosas de las que una persona podría imaginar. Y, aunque sabía que sus demonios aún la acechaban, estaba en paz con el hecho de que, al menos por hoy, no se la llevarían.

-Buenos días, Haymitch.-

Fue entonces cuando la escuché. Celeste, mi dolor de cabeza constante, apareció caminando por el jardín, su silueta recortada por la luz matutina. No podía evitarlo, su presencia siempre me hacía sonreír un poco, aunque al principio me incomodaba. Lo que hacía aún más molesto es que había aprendido a no dejarme escapar de su radar, y eso era algo que jamás había anticipado.

-Eran buenos hasta que llegaste, Celeste.-

Me levanté del sillón y caminé hacia la parte del jardín donde tenía mis gansos. El movimiento mecánico de alimentar a los animales era uno de esos pequeños placeres que, a pesar de todo lo que había vivido, me mantenían anclado. Era un trabajo que me daba una sensación de normalidad que no había sentido en años.

-Haymitch, tú me quieres, solo lo niegas.- Pude sentir su mirada fija en mí, y, aunque no me giré, su tono ya me lo decía todo. Celeste era una chiquilla que no se rendía fácilmente. Le di de comer a los gansos, tratando de ignorarla. Pero, por alguna razón, me costaba más de lo que pensaba.

-Celeste, tienes 20 años. Literalmente puedo ser tu padre. No niego que te aprecio, pero pequeña, madura, no estás entre mis gustos.

Sentí su mirada clavada en mi espalda. A veces, pensaba que esta muchacha tenía una resistencia que podría haber sido útil en la arena. Sin embargo, ella no estaba buscando mi aprobación, y lo sabía. Si tan solo pudiera evitar este juego de tensiones.

La vi de reojo agachar la cabeza por un momento, pero en seguida la levantó, y sus ojos brillaron con una determinación que ya me resultaba familiar.

-Sí, lo sé. Si hubieses tenido hijos, tendrían mi edad. Sin embargo, acéptalo, no soy ni de tu sangre ni de tu distrito. Así que, puedes quererme. Es solo cuestión tuya.-

Lo dijo en voz baja, pero estaba consciente de que todo en mi rostro la había desarmado. A lo lejos, su figura se alejaba, la silueta de una joven que, aunque parecía frágil, tenía una fortaleza que a veces me dejaba sin palabras. Suspiré y me volví hacia mi casa. A pesar de las reformas, a pesar de los esfuerzos por arreglarla, había algo que aún la hacía sentir como un recuerdo de viejos tiempos. Mis demonios, mis noches de desesperación, de lucha contra los vicios... ellos aún estaban ahí, a pesar de que había aprendido a vivir con ellos. Había encontrado una paz que, aunque no perfecta, era suficiente. Eso era todo lo que podía pedir.

-Bueno, ¿quién iba a decir que mi casa estaría tan limpia y por mis propias manos? - Pensé en voz alta mientras recogía lo último de la ropa para ponerla en la lavadora. Me sentía más tranquilo que nunca, y no solo por la casa. Era como si algo dentro de mí hubiera cambiado.

De repente, el sonido de mi teléfono interrumpió mis pensamientos.

-Sí, buenos días.-

Esa risa familiar, estruendosa y llena de confianza me hizo sonreír, aunque no quería admitirlo.

-Hola, Haymitch, ¿me extrañaste? - La voz de Johanna Manson siempre tenía esa chispa provocadora, una chispa que nunca dejaba de retarme.

-Sí, claro, Johanna, sabes que siempre serás mi bombón favorito. - Sabía que odiaba que la comparara con un chocolate. A veces, pensaba que ese sarcasmo era lo único que la mantenía a flote.

-Muy gracioso. Ya que pronto nos vamos a ver, ¿no quieres que te lleve un whisky de los buenos?, porque sinceramente creo lo necesitarás

-No, preciosa, sabes que ya no bebo, pero aceptaré uno de tus dulces. - Sonreí para mis adentros al pensar en esos dulces que nunca dejaban de alegrarme el día. No era whisky lo que necesitaba. Era un cambio más profundo, algo que nunca habría imaginado hace unos años.

-¿Y cuándo piensas visitarnos, Johanna?-

-Oh, no, yo no voy al distrito. Tú y la descerebrada con el panadero vendrán al Capitolio. -Resoplé. Johanna nunca había sido fan de las visitas al distrito, y yo tampoco lo era. Las cicatrices aún nos seguían.

- ¿Y puedo saber por qué tanto afán? ¿Qué pasa ahora? -

-Verás, a cambio de mi mejor juicio o el de Paylor, deben venir antes que me convierta en una asesina. - No pude evitar un escalofrío. Había algo en su tono que me hacía pensar que esta vez no era una de sus bromas pesadas.

-Johanna, ve al grano, por favor. No quiero arruinar un buen día. -

-Pues ya está arruinado. Encontraron a una de las nietas de Snow. - Me quedé en silencio por un instante, asimilando la noticia. Fue como si el aire se volviera más pesado en la habitación.

- ¿Ya dieron con Zahra entonces? - La pregunta salió de mi boca antes de que pudiera detenerla. Mi mente comenzó a procesar la situación. Zahra. Esa chica que, sin saberlo, había sido una gran contribuidora al sistema económico de los tributos menos favorecidos. Nadie sabía que, de alguna manera, ella había ayudado indirectamente a los más débiles, siendo parte de la infraestructura que los mantenía vivos y funcionando. Me enteré por pura casualidad, y ahora, su presencia, su existencia... todo eso traía una carga que era difícil de ignorar.

- ¿Tú sabías de esa chica? - Podía sentir su desagrado.

- Claro que sí, Johanna. Pero ¿a qué viene todo esto? - Traté de mantener la calma, aunque mi voz estaba impregnada de una preocupación que no pude ocultar.

-Mira, Haymitch, sabes que odio todo lo que tenga que ver con ese apellido. Y agradecí al cielo el día que los fusilaron. - Podía escuchar el veneno en sus palabras, pero no compartía su rabia. Demasiada sangre había sido derramada, y no pensaba seguir alimentando ese ciclo.

-¿Te alegras de haber matado a una niña de 15 años? -Mi voz salió más fuerte de lo que esperaba, pero no podía dejarlo pasar.

- Sí, y no te atrevas a juzgarme. Su abuelo mató incluso a más pequeños. Sin embargo, no te llamé solo por eso, sino para avisarte que va a realizarse una junta entre todos los ex vencedores o las familias de los que aún quedan vivos. -La noticia me dejó frío, pero no estaba sorprendido. El Capitolio nunca había dejado de ser un lugar donde las sombras del seguían acechando.

- ¿Nos van a hacer una fiestita conmemorativa o qué? - Mi sarcasmo estaba ahí, pero no había alegría detrás de él. Sabía que lo que se venía no sería bueno.

-No, como te parece que no hay presupuesto. - La ironía en su voz no cambió.

- Voy a pedir pleno al consejo, Haymitch. Por fin se llevarán a cabo nuevamente los últimos juegos con el Capitolio.-

Una parte de mí ya lo temía. Y aunque mi primera reacción fue una mezcla de incredulidad y desdén, sabía que la verdad era más cruda de lo que esperaba. Los viejos fantasmas del Capitolio aún seguían vivos.

-Johanna... - Mi voz sonó más cansada que nunca.

- Mira, sé lo que piensas, anciano, pero esto va más allá de nosotros. Por favor, avísales a los tortolos sobre esto, ya que nadie me contesta en su casa. - Su insistencia me molestó, pero lo peor era que ella tenía razón. Si no hacíamos algo, los votos serían para la mayoría.

- Yo se los diré. Tranquila. Y ya suéltalo, princesa, que ese odio va a acabar matándote. - Sus carcajadas eran lo único que podía escuchar al final de la llamada.

Cuando colgó, el peso del mundo me cayó sobre los hombros. Respiré hondo. Las cosas no iban a ser fáciles.

Salí al mercado. Necesitaba algo de paz, aunque sabía que ese día, mi vida no sería la misma.

Celeste POV

Me encantaba ir a ver a Haymitch. Era un hombre complicado, y su terquedad por no querer admitir que me quería me resultaba a la vez molesta y divertida. A mis 20 años, había aprendido lo suficiente sobre los hombres, especialmente después de crecer rodeado de la élite del Distrito Dos, asistir a fiestas y ver a mis amigos competir por mi atención. Sabía lo que algunos sentían por mí, pero para ganar el amor de Haymitch, parecía que debía enfrentarme a algo mucho más complicado que un simple juego de seducción.

Solté un suspiro mientras me dirigía al mercado del distrito para trabajar. "Buenos días, Zulay. Buenos días, Sae", saludé, recibiendo las sonrisas cálidas de ambas.

—Buenos días, Celeste —respondió Sae—. Hija, por favor, lleva los pedidos para el Palacio de Justicia junto a Zuley.

La anciana miraba a su nieta con adoración. Zuley, la única sobreviviente del bombardeo, era una jovencita de 15 años que Sae cuidaba con esmero. Los hombres, en especial los vigilantes, no eran precisamente confiables, y Sae estaba decidida a protegerla. Tenía razón, no quería que Zuley pasara por las mismas penurias que tantas otras mujeres.

—Claro, Sae, con gusto —respondí, mientras me dirigía junto a Zuley para terminar de empacar los almuerzos que entregábamos a diario, lo que ayudaba mucho al negocio de comida de Sae.

Justo cuando estábamos terminando de empacar, busqué las dos cajas grandes donde guardábamos los paquetes para llevar.

—Zuley, ¿y las cajas de transporte? —pregunté.

Zuley miró a su alrededor.

—Creo que deben estar en la esquina, al frente de la barra, Celes.

Con una sonrisa, fui hacia la esquina y vi a un guapo exvencedor conversando con Sae.

—Haymitch, ¿me viniste a ver? —dije con un tono coquetón, sabiendo que siempre le sacaba una reacción.

Él interrumpió abruptamente la conversación, haciendo que Sae me lanzara una mirada de reproche.

—Celeste, niña, ya van a salir —dijo Sae con voz firme.

Solo sonreí y respondí:

—Sí, solo falta poner las cajas grandes.

Los ojos de Haymitch estaban fijos en la pared de enfrente, claramente tratando de ignorarme, como siempre.

—Pues cógelas, niña, y no interrumpas —dijo con tono brusco—. Toma, lleva estas dos jarras de nuestra limonada que el joven Crown pidió hace un momento. Seguro ya estás afuera esperando para ayudarlas.

Crown era un vigilante dos años mayor que yo. Su manera de hablar era distinta a la de otros chicos de nuestra edad, y aunque había hablado abiertamente de sus sentimientos hacia mí, sabía que no podía corresponderle. Sin embargo, no perdía oportunidad para acercarse, especialmente desde que fue ascendido por su excelente desempeño.

—Sae, por favor, a las tres hazme llegar tres de tus almuerzos. Hoy solo comeré una sopa —dijo Haymitch, dirigiéndose a una mesa cerca de la ventana, sin mirarme ni una vez.

—No lo molestas, hija, sabes que en su corazón está Effie. No le hace bien que le recuerden que se fue —dijo Sae, mientras me pasaba las cajas. Su voz, tan suave como siempre, me dolio más de lo que imaginaba.

—Hija, él se va al distrito. No te ilusiones —susurró, con tristeza en su tono.

Solo atiné a darme la vuelta, dejando que unas cuantas lágrimas cayeran mientras terminaba de acomodar las cajas y salía. Necesitaba ver a Crown, aunque no podía evitar que la presencia de Haymitch me abrumara.

Crown estaba allí, tan gallardo como siempre, junto a la carreta que usábamos para transportar los almuerzos.

—Hola, joven Zuley —dijo Crown, sonriendo mientras me ayudaba a colocar las cajas y me limpiaba discretamente una lágrima que había caído sin darme cuenta.

—Mi amada luz, ¿qué te agobia en este día? —preguntó, en tono suave, pero con una mirada tan seria como siempre.

Sonreí brevemente, pero mi respuesta fue en susurros.

—Crown, no seas así, no me pasa nada. Vamos rápido de que tus compañeros se quejen de que su capitán se comió su almuerzo —dije, intentando darle un toque de humor, mientras lo jalaba para que me ayude. Pero vi cómo observaba a Haymitch desde la ventana, sin ocultar el resentimiento.

—Vamos, mis damas, antes de que ajuste cuentas —dijo Crown, con su tono maduro y seguro, sabiendo exactamente lo que quería decir. No me importó, caminé a su lado mientras hablaba de cómo las raciones para los damnificados llegaban gracias a los ajustes que la nueva presidenta había hecho. También mencionó que se había destinado un espacio dentro del Palacio de Justicia para los vigilantes. Aunque estaba contenta con su entusiasmo, mi corazón no podía evitar sentirse vacío al pensar que mi amor se iría al Capitolio. Y probablemente encontraría a Effie allí.

Pensar en Effie me daba miedo. Ella había sido la responsable de que Haymitch dejara el alcohol y, aunque había intentado ser su amiga sin expectativas, sabía que su amor por ella había sido real. Lo había visto en sus ojos. Ahora, aunque no me gustara admitirlo, lo deseaba para mí. Quería que me amara de la misma manera, aunque fuera egoísta.

Mientras caminábamos, intenté concentrarme en hacer las entregas, cuidando de Zuley y de cualquier nuevo vigilante que le hiciera ojitos. La presencia de Crown ayudó a que se mantuvieran en fila, pero no estaba de más ser cautelosa. Una joven de ojos esmeralda, cuyo apellido decía Petra, me miraba de manera coqueta, lo que me irritaba más que nada. Pensaba en Haymitch y deseaba, con todo mi corazón, que él me mirara así.

—Celeste, ¿ya acabamos? ¿Te acompaña al negocio? —dijo Flynn Crown, con su voz grave y madura. Sus ojos azules, tan profundos como mi nombre, me hicieron sonreír, pero traté de no darle demasiada importancia.

—Tranquilo, Corona. Zuley y yo podemos caminar solas. Somos chicas fuertes, ¿no es así? —respondí, mirando a Zuley, quien mientras avanzaba guardaba los últimos cubiertos.

—Claro, Celes. Es más, deberíamos darnos prisa, porque pronto el local se llenará y debemos ayudar a mi abu.

Nos despedimos de Crown, quien dijo que iría a verme a la salida porque quería hablar conmigo. Como manteníamos una amistad, no dudé en aceptar, aunque no estaba completamente segura de que fuera lo mejor. Me marché para cumplir con mi trabajo, sin saber que los días de normalidad se acabarían, trayéndome problemas mucho mayores que un corazón roto.

Katniss POV

Acababa de terminar mi cacería del día. Caminé hasta el lago y lavé las presas antes de guardarlas en el saco de tela que llevaba. Sae había pedido conejos, y como de costumbre, le llevaría algunos. Adoraba vivir en el Distrito con Peeta, viendo cómo todo mejoraba con los años. Sin embargo, mis pesadillas seguían acosándome, y la noche anterior no solo me habían impedido descansar, sino que también habían condenado a Peeta a pasar la noche en vela, calmándome.

Han pasado cinco años, y aún lucho con el insomnio y el odio que siento hacia Snow y Coin. Ambos nos usaron como si fuéramos piezas de su juego, sin importarles lo que destruyeran en el camino. Aún duele imaginar cómo sería este nuevo Panem si Prim estuviera viva para verlo. El distanciamiento con mi madre también sigue pesando en mi pecho, pero al menos tengo a Peeta y a Haymitch, quienes, junto con Effie en su momento, se convirtieron en mis guías y en las figuras más cercanas a una familia.

Sonreí al recordar a Effie. Había cambiado después de la caída del Capitolio, llevando sus propios demonios a cuestas tras la breve, pero cruel, tortura a manos de Snow. Su relación con Haymitch había terminado de una manera que nadie más conocía. Hubo un incidente. Una noche, durante una de sus pesadillas más violentas, Haymitch casi la mata con un cuchillo sin siquiera darse cuenta. Effie lo amaba, pero entendió que quedarse solo significaría poner en riesgo su vida y la de él, así que se marchó. No me sorprendía que nunca hubiera vuelto.

Me sacudí los pantalones y fui a la taberna de Sae para intercambiar la carne por algo de caldo. También aprovecharía para ver a Peeta. Desde hacía dos años, habíamos establecido la costumbre de comer juntos todos los días, después de darnos cuenta de que, en nuestras recaídas, dejábamos de alimentarnos sin darnos cuenta.

Cuando llegué a la panadería, vi a Peeta esperándome en el porche. Se veía tranquilo, como siempre, pero noté el leve fruncimiento en su ceño, signo de que había estado perdido en sus pensamientos.

—¿Mi amor, qué te tomó tanto tiempo? —me saludó con una sonrisa cálida.

Me reí ante su tono afectuoso.

—Nada, Peeta. Fui a cazar temprano para darle a Sae los conejos que me pidió. También estuve revisando si han vuelto los venados, necesito algunas pieles para Bryan.

Suspiré al recordar a Bryan Cartwright. Era menor que Delly, pero tenía el talento de su padre para fabricar calzado.

—Seguro Delly lo está impulsando a seguir el legado de su familia —comentó Peeta con un deje de nostalgia en la voz.

No dije nada. Peeta aún tenía esos momentos en los que el pasado lo atrapaba por unos segundos, pero siempre encontraba la forma de sobreponerse. Era una de sus mayores virtudes.

Entramos a la taberna y entregué los conejos. No es que necesitáramos el dinero. El Capitolio nos enviaba una mensualidad modesta con la que podíamos vivir cómodamente, pero Peeta y yo habíamos decidido donar parte a grupos que ayudaban a los huérfanos del bombardeo y a quienes aún no lograban estabilizarse.

—¿Qué desean comer mis cuasi hijos políticos? —bromeó Sae al recibirnos. Justo cuando revisaba el menú, escuché una voz que últimamente me molestaba más de lo que debería.

—Peeta, Katniss —Celeste se acercó con su típica sonrisa. Siempre estaba ahí, rondando a Haymitch. A Peeta le parecía inmadura, pero la respetaba. Yo… no podía evitar culparla, al menos en parte, por la partida de Effie. Claro que Celeste no lo sabía, pero eso no lo hacía menos irritante.

—Celeste, si Haymitch te escucha llamarnos así, te mandará a un psiquiátrico —respondió Peeta con diversión.

—Oh, vamos, Peeta, sabes que me quiere… aunque sea en el fondo —dijo con un ligero deje coqueto. Pero no con Peeta ni conmigo. Su único objetivo siempre era Haymitch.

Ni siquiera levanté la vista del menú cuando respondí:

—Te quiere, pero preferiría tenerte encerrada o lejos.

Vi su expresión endurecerse por un instante antes de que recuperara la compostura. Me recordaba a Prim, y eso me frustraba más. Si Prim estuviera viva, tal vez se parecería a Celeste. Tal vez tendría la misma expresión de incertidumbre en los ojos. Tal vez…

—Katniss, sé que los sentimientos de Haymitch siempre han sido para Effie, pero ella no está aquí. No es fácil para mí, aunque no lo parezca —dijo Celeste, bajando la mirada.

Peeta me apretó la mano antes de intervenir.

—Mira, Celes, ni Katniss ni yo podemos hablar por Haymitch, pero si alguna vez llegara a corresponderte, estaríamos felices por ti. Sabemos que no eres una mala persona. Pero si no lo hace, eres joven. Encontrarás a alguien que te ame como te mereces.

Celeste suspiró.

—Peeta, solo son números nuestra diferencia. No soy una niña.

—Lo que Peeta quiere decir —intervine antes de que la conversación se alargara— es que solo Haymitch sabe lo que siente. Ahora, tráenos los especiales, por favor.

Ella asintió y se retiró, dejando una sensación de incomodidad en el aire. Peeta esperó hasta que estuvo fuera de nuestro alcance antes de mirarme.

—Katniss, sabes que Celeste no tiene idea de por qué Effie se fue.

—Lo sé, Peeta, pero Effie sabía que Haymitch empezaba a quererla más allá de la amistad.

—Sí, pero Celeste se enamoró después. No es culpa suya que el corazón de Haymitch haya cambiado.

—Sé que el corazón no obedece órdenes, pero Effie hizo mucho por él. Si no hubiera pasado lo del cuchillo, tal vez estarían casados. Y si después Haymitch se hubiera enamorado de Celeste, ¿Qué habría pasado entonces?

Peeta suspiró.

—No lo sé, Katniss. Pero pensar en eso no cambiará nada.

Lo miré con atención antes de preguntarle algo que, por alguna razón, había rondado mi mente.

—Peeta, si alguna vez encontraras a una mujer que te gustara más que yo, ¿Qué harías?

Lo tomé por sorpresa, pero después de unos segundos, sonrió con ternura y tomó mis manos.

—Katniss, te amo desde que tenía cinco años. ¿De verdad crees que podría dejar de amarte solo porque apareciera otra mujer?

—Si hubiese alguien mejor que yo… —insistí.

Bufó antes de responder.

—Puede haber mujeres diferentes, pero tú eres única. No cambiaría lo que siento por nada en este mundo.

Solté una carcajada y lo besé.

—Yo tampoco te cambiaría por nadie.

—Bien, entonces dejemos de hablar de tonterías, que ya viene nuestra comida.

Después de almorzar, Peeta volvió a la panadería y yo regresé a casa para hacer un postre. Más tarde, iríamos a cenar con Haymitch.