Mal Presagio

El día pasó sin mayor contratiempo en el distrito y la tarde sin duda iba a ser muy calmada para la mayoría de los ciudadanos pero no para los ex vencedores con todo lo que ocurriría a partir de aquel día.

Haymitch POV

Estaba bastante preocupado por la reacción de los chicos ante la inesperada noticia. Ni yo mismo sabía cómo afrontar la situación, más que nada porque si se seguían los parámetros que Coín había establecido para los nuevos Juegos del Hambre, sería una carnicería nuevamente. Sabía por experiencia que la venganza que tenían todos los distritos por el simple recuerdo de Snow era fuerte, y esa muchacha solo avivaría las brasas entre los sobrevivientes o familiares.

Era un hecho que, dentro de las pautas de Coín, no iban a sortear a los chicos que jugarían. Irían directamente un chico o chica de las familias que más auspiciaban como entretenimiento los Juegos del Hambre, incluso aquellos que controlaban ya estaban en una lista de 13 familias cuyos apellidos ahora sufrirían un fuerte golpe.

Zuley había traído el almuerzo, e internamente lo agradecía, ya que el ver a Celeste me desconcentraba y no podía darme ese lujo en ese momento. Aunque si pudiera, la abrazaría para buscar la paz.

Chiquilla endemoniada, ¿por qué tuve que agarrarte cariño? —Effie había sido la mujer que amaba, mi compañera y amiga por la que cambió muchas cosas en mi vida. Sin embargo, el cariño que tenía por Celeste había ido incrementándose de poco, y Effie se dio cuenta. Sumado al hecho de que mis pesadillas llegaron a un punto donde las sentía tan reales que casi mato a Effie de verdad, nos hizo comprender que no era bueno ni sano estar juntos.

La comida ya estaba calentándose, y no tardarían en llegar los muchachos. Aún no sabía cómo soltar semejante bomba, así que alisté la mesa para apagar la cocina. Incluso coloque una botella de vino en la mesa. Lastimosamente, necesitaba valor líquido, y aunque tuviera una recaída, no sabía cómo quitarme el mal presentimiento desde que recibí la llamada de Johanna.

— Haymitch —el pequeño grito de Peeta, más el timbre de su voz, me avisó que habían llegado.

— Hola chicos, ¿cómo les fue hoy? -

— Bien, aunque debo decir que la demanda de la panadería se está incrementando, así que voy a buscar dos ayudantes más, y Katniss va a dar clases de arco la próxima semana.

—Hola, Haymitch. Además, Sae se ofreció a darme clases de cocina para mejorar. — Era triste saber que Katniss no podría hacer eso la próxima semana. Peeta, que era más perspicaz, me miró extrañado mientras Katniss colocaba su postre en la cocina. Sin embargo, se sentó en la mesa mientras yo y Katniss llevábamos los platos para cenar juntos.

— ¿Y tú, Haymitch? ¿Alguna novedad que contar? — Bendito niño, no quería entrar en tanto detalle antes de cenar ni siquiera. Lo miré, alzando una ceja, mientras servía un poco de vino en las copas.

— Sí, Haymitch debe ser muy serio, ya que sacaste vino y tú no has vuelto a beber desde hace muchos años.-

Solo seguí metiendo la comida a la boca y no levanté la vista. Ellos también comían, pero sabían que algo malo pasaba. Aunque lo que dijo Katniss no estaba mal realmente.

— Haymitch, ¿tu actitud tiene algo que ver con Celeste? — Me atoré con la comida, tanto así que la copa de vino me la mandé entera y sentí ese sabor tan lejano que recordaba.

— ¿Por qué lo dices, muchacho?- mirándolo extrañado.

— Haymitch, sé bien que la quieres, pero debes saber bien lo que haces, porque podrías lastimarla. Se nota a una milla que te ama. — La cara de Katniss estaba fruncida, mirando a Peeta tal vez por ser tan directo.

—No , muchacho. Lo que sucede es que recibo hoy una llamada del Capitolio.-

— ¿Te llamo Effie? — Katniss parecía feliz al recordar a mi querida ex, pero lastimosamente no fue la llamada que hubiera querido.

— No. Llamó Johanna, para que fuéramos al Capitolio. — Esta vez ambos me miraron con cara interrogante.

— ¿Cómo? — No sabía cómo suavizar la situación, así que solté la verdad de golpe.

— Chicos, Johanna llamó a un consejo de exvencedores porque va a mocionar que se hagan otros Juegos del Hambre. — La cara de ambos era un poema. Katniss simplemente se paró y salió corriendo hacia la casa, dejando la puerta abierta. Peeta ni siquiera podía reaccionar.

— ¡¿Por qué Johanna quiere regresar a semejante estupidez?!

— Encontraron a la nieta de Snow y quiere que se dé la última arena que prometió Coin, ahora que sabe que aún hay alguien de su sangre viva.-

— No, esto no puede estar pasando, otra vez no. — El muchacho estaba muy consternado.

—Así es, Peeta. Y si no vamos, nuestros votos van a ir con la mayoría. Por lo que me aconsejaron que, si vamos a votar en contra, vayamos.

Como en mucho tiempo no veía, Peeta tomó la botella de vino y le dio un buen trago. Luego, yo coloqué más vino en mi vaso. Por primera vez, deseaba volver a estar borracho.

— ¿Esa muchacha es igual a su abuelo? Es decir, ¿mala? ¿Ella mató a alguien o cualquier justificación que se diese para que matarla sea una solución? -

—No, Peeta. Es más, ella donaba a los tributos que menos auspiciantes tenían a través de una amiga de su madre. -

— ¿Y entonces Johanna simplemente lo hará por venganza? -

—Sí, muchacho. El compartir el apellido de ese tirano la hace merecedora de morir para Johanna.-

— ¿Cómo Paylor puede permitir siquiera pensar en ello?

— Muchacho, yo voy a ir. No los voy a obligar a que me acompañen, pero piénsenlo. Para mí, francamente, hay cosas más profundas en esto, y que no nos están diciendo.

— Espero que no sea así. Déjame ver cómo está Katniss y ver qué hacemos.

- Está bien, muchacho. Y disculpa arruinar la noche.

—No , tranquilo. Hay que ver cómo parar esta locura en la que nos quieren involucrar.

— Corre, hijo, a ver cómo está, y me avisas cualquier cosa.

Sin más, el pequeño panadero se fue. Yo solo agarré la botella y me senté en la sala a tomar esa botella maldita, para ver si este agujero se cerraba por un momento, por lo menos.

Ya algo mareado, llamé al chico que me comentó que había tenido que sedar a Katniss para evitar que siguiera rompiendo las cosas. Limpié como pude la cocina y ya iba a dormirme cuando unos golpes en la puerta me preocuparon. Pensé que era el muchacho, pero termino siendo Celeste.

-¿Qué quieres, niña? –dije, notando que estaba algo bebida, lo cual me extrañó mucho.

-No soy una niña, Haymitch –respondió empujándome al pasar, y aunque no sabía si molestarme o reírme, decidió no darle importancia.

-¿Qué quieres, Celeste? –pregunté, sin poder disimular la irritación en mi voz.

-Vine a preguntarte tontamente si vas a irte… –su voz tembló ligeramente, como si no estuviera segura de lo que acababa de decir.

-¿Cómo? –no entendí a qué se refería.

-¿Te vas al Capitolio a buscar a Effie? –sus palabras me dejaron algo noqueado, un nudo se me formó en el estómago. Ella sabía de nuestra relación, pero jamás supe si conocía realmente por qué terminamos, ni lo peligroso que yo podría llegar a ser.

-Mira, ese es mi problema, no el tuyo, niña. –Las palabras salieron de mis labios sin pensar, aunque algo en mí se retorció al verla con los ojos llenos de lágrimas, como si intentara herirme, pero también supiera que no podía. Quizás esta fuera la oportunidad de alejarla de una vez.

- ¡No es mío también, porque te amo! –Sus palabras, como un susurro, me desgarraron un poco por dentro.

-No, Celeste, tú no me amas. Solo estás confundida. –De repente, algo en su mirada me paralizó. Vi la desesperación en sus ojos, y aunque intentaba negarlo, me di cuenta de que lo que sentía era algo más que simple compasión.

-¡Maldición, Haymitch! ¡No te atrevas a decirme cómo me siento! –su voz se quebró, y sus lágrimas ya no podían detenerse.

-Sé que soy menor que tú, sé que no puede estar contigo en los peores momentos… Pero ahora estoy aquí, y te estoy preguntando como una adulta si, al menos, una parte de ti puede amarme, aunque sea un poquito. –Sus palabras me dejaron en silencio. Lo que estaba pidiendo no era solo una respuesta; Era un grito desesperado por algo que ambos sabíamos que no podía ser.

- ¿Una adulta que necesita una copa para tener el valor de decirle a un viejo que lo ama? –respondí, casi con rabia, pero la verdad era que las palabras me salían solas. La culpa, el miedo, todo me invadía.

- ¡No lo tuerzas! –exclamó, su rostro ahora lleno de frustración–. Siempre te he dicho que te amo, y llevo casi un año pidiendo tu atención. –Se acercó un poco más, sus lágrimas y su valentía eran una mezcla que me desgarraba por dentro. No podía dejarla seguir así, no podía verla más rota de lo que ya estaba, pero ¿acaso yo también no lo estaba?

Me besó, un beso que no esperaba, pero que aceptó, porque lo necesitaba tanto como ella. Me perdí en ese beso, en la idea de que, tal vez, esta sería la última vez que podría sentir algo real. Pero al final, me alejé de ella.

-Vete, Celeste, te lo digo en tu cara: no te amo. Y sí, voy a buscar a Effie. La extraño mucho. –Las palabras me salieron duras, pero era lo único que podía hacer. La vi romperse frente a mí, y algo en mi pecho se rompió también.

Me quedé en silencio mientras ella se alejaba lentamente, y aunque mi corazón gritaba por no dejarla ir, sabía que lo mejor era que siguiera su camino. Tal vez encontraría algo mejor que yo, tal vez podría ser feliz sin cargar con mi sombra.

-Ok, te creo… –su voz se quebró–. Perdóname por haber supuesto cosas que tal vez yo sola me inventé. Adiós, Abernathy.

-Adiós, Celeste. –La vi cerrar la puerta, y mi corazón se quedó vacío. Pero no podía quedarme allí, no podía.

Salí de la casa, algo me impulsó a seguirla, a asegurarme de que estuviera bien. Aunque sabía que no era mi responsabilidad, algo en mi interior me obligaba a protegerla, incluso de mí mismo.

La vi tropezar, claramente ebria, y aunque no había peligro real en el Distrito, algo me decía que exigía la siga. No podía dejar que se hundiera más.

Vi cómo se encontró con el capitán Jeremy Crown, y me oculté, observando a la distancia. A pesar de lo que había sucedido entre nosotros, aún me dolía ver cómo ella buscaba consuelo en alguien más, pero al mismo tiempo, me alegraba saber que alguien estaba dispuesto a cuidar de ella. Quizás él podría ofrecerle lo que yo no podía.

¿Celeste? –la voz de Jeremy era suave, pero llena de preocupación.

Hola, Jeremy… –le respondió, y notó un pequeño temblor en su voz.

¡Estás ebría! –dijo él, con tono preocupado.

Shhh… –respondió ella, tambaleándose y cayendo en sus brazos. Él la sostuvo con cuidado mientras ella se dejaba abrazar, derrumbándose en su pecho.

Ya, calma, Celeste… ¿Qué pasó, princesa? –Jeremy la calmaba de una manera que yo jamás había logrado.

Ver cómo Jeremy la abrazaba, cómo le limpiaba las lágrimas de su rostro, me destrozó por dentro. Era el tipo de afecto que yo no era capaz de ofrecerle, la dulzura que nunca podría darle. Tal vez ella sería más feliz si dejaba de cargar con el peso de amarme, si podía ser libre de todo lo roto que llevaba dentro.

La vi entrar en su casa con él, y aunque la esperanza me decía que debería ser feliz por ella, mi propio dolor me empujaba a irme. No podía ser egoísta, no con ella.

Me escondí detrás de la casa, sabiendo que había algo más que no podía evitar. El capitán se fue dejandola recostada en el sillón, no sé cómo ella lograba notarme pero cuando la vi abrir la puerta trasera, no pude evitar entrar. No podía quedarme de brazos cruzados mientras la veía destruirse en el alcohol que estaba bebiendo.

¿Celeste? –le preguntó, mi voz apenas un susurro.

¿Qué haces aquí, Abernathy? –me miró confundida, y algo en su mirada me hizo sentir más roto de lo que ya estaba.

La miré, vi la angustia y la desesperación en su rostro.

-Ya cálmate, Celeste. –Me acerqué y, sin pensar, la cargué, llevándola al baño. Gritó e intentó zafarse, insultándome, pero no importaba. La puse en la ducha, dejándola que dejara salir su dolor, aunque me quemara con sus palabras. Finalmente, cuando se calmó, la envolví en una toalla y la llevé a su cuarto. Le di ropa para que se cambiara, sin decir nada más.

-Cámbiate, Celeste. –Mis palabras eran firmes, pero el dolor en mi voz no dejaba de ser obvio.

Se quedó quieta, como si no supiera qué hacer. Finalmente, se cambió, y aunque no quería ver, sentí su mirada fija en mí.

-¿Por qué, Haymitch? –preguntó en voz baja, rompiendo el silencio que había entre nosotros.

Me agaché frente a ella, secando su cabello con la toalla.

-Porque eres joven, Celeste. Tienes mucho que vivir. No quiero que cargues con esto, con mis cicatrices. –Las palabras me salieron con dolor, pero también con sinceridad.

-¿Por qué es tan difícil aceptar que te amo? –me miró, y por primera vez, vi su vulnerabilidad completamente.

-Porque yo estoy roto, Celeste. Y no quiero arrastrarte a este abismo. –Mi voz sonó casi como una súplica, pero no podía hacerle más daño.

-Ella me miró por un largo rato, como si estuviera tratando de entender lo que realmente sentía.

- ¿Por qué te importa? –su voz era apenas un susurro.

-Porque… –me detuve, buscando la mejor manera de decirlo. –Porque tú te mereces algo mejor, alguien que no esté roto por dentro.

Finalmente, me levanté para irme, pero antes de salir, ella me detuvo.

-Haymitch… –me llamó, con una tristeza en su voz que me destrozó. –Bésame… Como si me quisieras.

Las palabras me golpearon como un puño en el estómago. Era egoísta, pero no pude negarme. La besé, como si fuera lo último que podría hacer por ella, como si ese beso pudiera sanar, aunque fuera por un momento, todo lo que estaba destruido en ambos.

Me aparté de ella sin decir nada, y sin mirar atrás, salí de la casa, dejando que el eco de sus palabras me persiguiera, como una promesa rota.