Hinakai
Pasaban las dos de la tarde y Kai tenía prisa por llenarse la tripa con un sustancioso ramen. El trabajo fue arduo y no había probado bocado desde que salió de su casa a las cinco y media. Esa semana de desayunar a las dos de la tarde le estaba pasando factura: comenzaron a marcarse sus pómulos y se le hicieron ojeras. El hitai-ate se lo tenía que ajustar todo el tiempo, ya fuera por el sudor de su esfuerzo, o porque se le estaba adelgazando la cabeza, según la opinión de Okada.
«Me arrepiento de tomar el primer turno. Pero los otros dos tampoco se merecen esto… Creo que lo mejor hubiera sido rotar los horarios», pensó con desgana.
A lo lejos un culito oscilante se movía con cadencia, nervioso, sacando al chico de sus cavilaciones. Era Hinata Hyuga, quien espiaba a Naruto, oculta detrás de un poste de luz. Tímida, bailaba de emoción en el sitio, como si tuviera ganas de ir al baño.
Habían regresado de su misión con el viejo borracho de la Tierra de las Olas. El Equipo Siete era la comidilla del pueblo por la asombrosa desventura que resolvieron con éxito. Los rumores hablaban de un ninja registrado en el libro Bingo, muy peligroso, dueño de una Espada Demonio, que fue vencido por esos novatos gracias a su valor y determinación. Que tres novatos fueran capaces de derrotar a un espadachín de la Niebla era una hazaña como no se había visto desde los tiempos del cuarto Hokage.
Por supuesto, Kai conocía a Sakura Haruno y sabía que eran patrañas; lo más seguro era que su sensei, de nombre Kakashi según había averiguado Musashi, y tal vez Sasuke, hicieron todo el trabajo. Sin embargo, si había alguien en la aldea que creyera esos rumores y que podría mojarse al escucharlos, esa era Ino…, y Momo…, y Reiko y todas las chicas que rechazaron a Kai en algún momento; cada una de ellas guardaba su corazón para Sasuke, el hijo favorito de Konoha.
También estaba Hinata, excitada por la valiente hazaña de su amor secreto de pelo rubio.
Desde que la conoció en la academia, a Kai esa chica le pareció un bicho raro. Cada vez que reparaba en ella mostraba un comportamiento extraño. Fue en un ejercicio en equipos donde Kai la notó por primera vez. Hinata era un bulto; no se comunicaba ni era hábil, y por su culpa ese día suspendieron. Los demás chicos le recriminaron su torpeza, molestos por la manera tan miserable en que fracasaron. Kai iba a darle lo suyo, pero se contuvo cuando vio las perlas de llanto reprimido titilando en sus ojos.
En varias ocasiones quiso acercarse a hacerle plática, quería saber por qué se portaba así. Ella se encogía en el mejor de los casos y lo ignoraba la mayoría de las veces. Siempre estaba absorta, embobada con las estupideces de Naruto.
Era verdad que Uzumaki siempre llamaba la atención; como el buen payaso de la clase que era, un día sí y al siguiente también hacía algo estúpido, a veces cómico, que hacía que la clase volteara a verlo para reírse de él o sentir desprecio. Sin embargo, el precoz Kai ya sospechaba que tanta atención por parte de Hyuga se debía a algo más. Kai hacía lo mismo, él miraba de lejos a la niña rubia de sus sueños.
Kai, divertido, tomó a Hinata del brazo y la llevó con el Equipo Siete, quienes platicaban con entusiasmo a mitad de la calle. La chica no pudo resistirse, estaba tan distraída con Naruto que tardó en reaccionar a la acción del hijo sobrante de Konoha.
—Ey, Uzumaki, felicidades por no morir.
—¿Uh? Oh, eres tú —dijo el niño zorro con desagrado—. Y Hinata está contigo. Hola Hinata. Debieron haberlo visto, le pateamos el trasero a esos tipos, ¡de veras!
—¿Tipos?
—Eran Zabuza de la Niebla y su compañero Haku —contestó Sasuke, indiferente—. Y para que te quede claro: cualquiera de ellos habría acabado con tu equipo completo de haber estado en nuestra situación. Te falta bastante para hablarle así a Naruto.
La respuesta cortante del niño prodigio trajo tensión al ambiente. Tanto Sakura como Naruto se sorprendieron de aquella repentina muestra de aprecio para el rubio. Kai frunció el ceño, pero se contuvo, apretando los puños hasta sentir las uñas clavándose en las palmas. ¿Inferior a Naruto?, pero si el rubio era un hazmerreír, un fracasado con suerte. ¿Qué pasó en ese viaje para que ahora el antipático Uchiha le tuviera aprecio?
Kai no quería dejarlo así. Si bien era verdad que en combate y pruebas de conocimiento Sasuke era superior, en cuestión de insultos podía ganarle. Pero él no estaba ahí para buscar pelea, sino para unir dos corazones, hacer su buena obra del día y cumplir su misión con recompensa kármica.
—Eso parece —confesó resignado—. Venimos a felicitarlos, en especial a ti, Uzumaki, que tengo entendido que fuiste el más valiente.
Sasuke y Sakura vieron a Kai con sospecha; no era normal en él mostrar admiración genuina. Naruto en cambio se hinchó, orgulloso ante sus palabras; no estaba acostumbrado a que lo elogiaran, y lo disfrutaba como un zorro disfrutaría un huevo tibio.
—¡Eso es obvio! ¡Estás hablando con el ninja que será el próximo Hokage! Te lo digo yo, Kai, si te esfuerzas lo suficiente puede que algún día puedas ser la mitad de bueno que yo, ¡ya verás! ¡Ja, ja, ja, ja!
Insultado, Kai se mordió el labio. ¿Quién rayos se creía ese rubio descerebrado? Era el peor estudiante de su generación, el que reprobó tres veces y al que le dieron la bandana por influencia de Iruka-sensei. En ese momento Kai comenzaba a darle la razón a Musashi, esa era una aldea de enchufados. Suspiró, dio un respiro profundo y prosiguió:
—Hinata me habló de lo mucho que le gustaría que le contaras sobre cómo sucedió todo.
Hinata, que durante todo el tiempo permaneció callada, jugando con sus dedos y con la mirada baja, saltó de miedo cuando Kai la mencionó. Se puso roja, trató de alzar la voz para desmentirlo, pero la idea de pasar una tarde hablando con Naruto le abrumaba y le impedía reaccionar. Finalmente, Naruto se negó debido a compromisos previos, pero con gusto hablaría con ambos en otro momento. Con la cita acordada y una alegre despedida, el Equipo Siete dejó al hijo sobrante de Konoha y a la princesa pringada solos.
—No debiste hacerlo… —musitó Hinata, con enfado en su tono.
—Solo quería alegrarte el día. Yo más que nadie sé lo difícil que puede ser acercarse a la persona que te gusta.
—No debiste… Pude haberlo hecho sola. Me hiciste sentir incómoda.
—Lo lamento, yo…
—No lo vuelvas a hacer… —Y como si nunca hubiera pasado, la indignación de Hinata hizo que levantara la vista hacía Kai. Su mirada expresaba desaprobación—. Algún día me acercaré a él, y cuando eso pase quiero que sea por mi propio esfuerzo. No vuelvas a entrometerte, por favor.
Hinata le recriminó con una firmeza que a Kai le recordó a otra voz. ¿Cuándo había sido? Ah, sí: cuando Sasuke defendió a Naruto minutos antes. Algo se quebró dentro de él. Hasta la tímida Hyuga tenía más coraje para pelear por su lugar, mientras que él se había acostumbrado a recibir insultos con una sonrisa fingida; en verdad se estaba arrepintiendo de no haberle parado la lengua al Uchiha.
«Ahora hasta los impedidos de la academia vienen a menospreciarme», pensó con amargura.
Kai no entendía el sentimiento que le despertaba el comportamiento de la ojiluna, ni siquiera entendía la situación; ¿Hinata siempre tuvo movilidad en el cuello?
Desde que la conoció siempre la vio mirando al suelo; llegó a creer que la chica tenía algún problema médico que le causaba dolor en la nuca. Esa era la primera vez que la veía a los ojos, la primera vez que pudo apreciar sus ojos de luna. No podía molestarse con su ingratitud, ella tenía razón; él la había presionado.
—Naruto nos invitó a ambos. Ven conmigo, vamos por ramen y ensayemos la reunión para evitar que meta la pata, ¿qué dices?... O si quieres verlo a solas también vale.
Hyuga bajó la mirada. Su reserva de furia se agotó y no podía sostener el ceño fruncido. No se sentía a gusto con ese chico entrometido, pero tenía que reconocer que sus intenciones no fueron malas y la beneficiaron. Tampoco se sentía preparada para estar a solas con Naruto, y tal vez el plan de Kai podría funcionar. Levantó la vista para ver al chico de sus sueños alejarse, luego vio a Kai de reojo, y finalmente respondió de manera apenas audible:
—Que sean dangos, por favor.
