Pasado Encantador

Zahra POV

"Cargamos con los pecados de nuestros antepasados. Estamos atados por el peso de su legado, obligados a llevar el yugo de la inocencia en un mundo que exige expiación por un pasado que nunca deseamos vivir."

No podía quejarme demasiado. Desde que me atraparon, me habían tratado decentemente, dentro de lo que cabe. Las miradas de odio e incluso de curiosidad se habían vuelto el pan de cada día en mi estadía en la prisión. Sin embargo, el único que parecía odiarme hasta la médula era el General Hawthorne. Su desprecio era evidente, pero después de tantos años de cargar con un apellido maldito, ya estaba acostumbrada a ese tipo de sentimientos dirigidos hacia mí.

—¡Snow, Zahra! —Un grito me despertó de mi letargo dentro de la celda. Se abrió una pequeña ventana en la puerta y a través de ella vi a un hombre de edad madura, con arrugas marcando la dureza de sus expresiones. Cerraron la ventanilla y luego la puerta se abrió de golpe, dejando pasar a un soldado corpulento, vestido con los nuevos uniformes de los militares de Panem.

—Así que tú eres la nieta de ese genocida —dijo con desprecio, y el odio destilaba en cada una de sus palabras.

—Bueno, si hablamos de asesinatos, no fue el único —respondí, retándolo con la mirada. Sabía muy bien cómo Panem casi se desplomó con la personalidad de Coin. Mi abuelo era brutal, pero al menos era sincero sobre sus intenciones. Este hombre, por su rango, debió haber vivido la revolución de primera mano. ¿Cuántas muertes pesaban sobre sus manos?

Crucé los brazos, sintiendo el dolor en cada músculo de mi cuerpo maltratado, mi piel cubierta de suciedad. ¿Cómo podían llamarse justos cuando me tenían aquí, tratándome como una delincuente solo por mi apellido?

—¿Para qué soy buena, señor...? —pregunté con una sonrisa desafiante, ocultando el temblor de mis propias emociones.

—Soy el General Hawthorne. Levántate y acompáñame a las duchas. Toma, para que te cambies. —Me arrojó un conjunto gris de calentador, junto con una caja que contenía zapatos y artículos básicos de higiene.

—Ya era hora. He estado dos días encerrada aquí. Y pensar que creí en las nuevas normas de Panem —murmuré con ironía. En el fondo, una parte de mí aún quería creer que todo era diferente, que la promesa de un mundo mejor no era solo una farsa.

—Muévete y agradece que la Presidenta Paylor y Panem no sean tan crueles como tus antepasados. Aunque, en lo personal, preferiría fusilarte directamente y evitarnos el gasto —dijo con frialdad.

Me quedó claro que me odiaba. Pero lo que más me irritaba era que nadie se molestara en investigar mis propias acciones antes de condenarme.

Salí cargando la ropa, escoltada por soldados hasta una zona más iluminada. La sección de duchas no se parecía en nada a las del Capitolio, pero dadas las circunstancias, no iba a quejarme. Una mujer se quitó el casco y se quedó dentro de la ducha conmigo, vigilando cada uno de mis movimientos. Como si aún pensaran que tenía el poder de escapar. Resoplé. La vergüenza era un lujo que había perdido hace mucho tiempo.

El agua caliente quemó mi piel, llevándose consigo la suciedad, pero no el peso de mi pasado. Me cambié, sintiendo cada rasguño y herida en mi piel como una marca de lo que había perdido. Mi libertad. Mi identidad. Todo por un apellido que nunca elegí.

Cuando terminé, el General me ordenó seguirlo hasta una sala de interrogatorios. Solo escuchar la palabra hizo que un escalofrío recorriera mi cuerpo. Recordé, con horror, el día en que mi abuelo me obligó a ver a Peeta Mellark siendo torturado. Sus gritos, la desesperación en sus ojos. Una advertencia para mí. Para todos.

Me senté frente al general, quien hojeó unos documentos antes de levantar la mirada.

—Bueno, Snow, cuéntanos cómo sobreviviste estos cinco años —dijo con sarcasmo.

Respiré hondo. No le daría el placer de verme temblar.

—Cuando mi abuelo llamó a los capitalinos al centro, escapé con mi escolta hacia el bosque. Oí las explosiones y corrí a la estación de trenes. Estaba casi vacía, así que logramos colarnos en un tren con destino al Distrito 2. Desde entonces, he caminado, trabajado y huido de los distritos. —Me encogí de hombros con indiferencia.

—La naturaleza es vasta y, hasta que ustedes reconstruyan este "Nuevo Panem", ha sido mi mejor proveedora —suspiré, con la frustración a flor de piel.

Hawthorne me observó con atención. No mostró emociones negativas, pero tampoco parecía conmovido.

—¿Y tu familia? Háblame de tus padres —dijo, con un tono que insinuaba que ya conocía la respuesta.

Me quedé en silencio por un momento. No solía hablar de ellos. No porque no quisiera, sino porque hacerlo solo me recordaba la vida que nunca tuve.

—Mi madre era Capitolina, una Snow de sangre pura —comencé con voz baja—. Pero no era como ellos. Se enamoró de un hombre del Distrito 12, un tributo que no sobrevivió. Mi padre.

Hawthorne entrecerró los ojos, escuchando con atención.

—Mi madre lo conoció en una fiesta de los participantes. Él era todo lo que el Capitolio odiaba: fuerte, terco, sin miedo a ellos. Pero ella lo amó. Se juntaron en secreto, lejos de los ojos de mi abuelo. Durante una noche, fueron felices... hasta que mi abuelo lo descubrió.

Mi voz se quebró un poco, pero no me detuve.

—Snow nunca toleró una traición. Hizo que lo matarán a manos de un experimento a todo color en las pantallas de todo Panem. A mi madre la obligó a volver a casa, y comportarse como si nunca hubiera amado a mi padre. Cuando nací, no era su hija, era una Snow. Un reflejo de su linaje. No importaba lo que quisiera, estaba atrapada.

Hawthorne soltó un bufido.

—Así que eres hija de un tributo. Irónico.

—No es ironía, es una maldición —susurré.

Finalmente, dio una orden y fui escoltada de regreso a mi celda.

El sonido metálico de la puerta cerrándose tras de mí retumbó como una sentencia. El espacio, que ya era reducido, pareció encogerse aún más, las paredes se cerraban sobre mí, como si quisieran aplastarme. El aire estaba cargado, pesado, como si dentro de aquella celda no hubiera suficiente oxígeno para respirar. Me apoyé contra la pared fría, sintiendo el hormigueo de la ansiedad recorrer mi cuerpo.

Tres días después, la única comunicación real que recibí fue un aviso: sería trasladada al Capitolio.

La noticia no llegó con gritos ni con golpes, sino con el tono monótono de un guardia que ni siquiera se molestó en mirarme. Un simple aviso, como si mi vida fuera un trámite más que debía resolverse.

Allí, mi destino sería sellado por el "Nuevo Panem".

Un juicio sin justicia. Un castigo sin redención.

Mis manos temblaron ligeramente mientras miraba la puerta, el único umbral entre mi prisión actual y la prisión en la que nacería una nueva condena. Mi vida nunca había sido mía, siempre había sido una pieza en el tablero de otros. Primero, de mi abuelo. Ahora, de quienes deseaban demostrar que eran diferentes a él, pero que no dudaban en decidir mi destino sin permitirme siquiera hablar.

La desesperanza me abrazó con garras heladas. No importaba cuánto corriera, cuánto renegara de mi apellido, siempre sería Zahra Snow. Y, para ellos, eso era razón suficiente para condenarme.

-N/A-

Hola, estoy corrigiendo y actualizando mi fanfic, por el momento primero lo haré en esta plataforma y de ahi actualizare mi pagina jimboo, como una meta personal me propuse acabar esta historia esperando sea de su agrado y mejorar mucho más la estructura de mi escritura. Muchas gracias a las personas que me han enviado mensajitos por mi historia, un corazón enorme a la distancia jjjj.