Musashi

Mamoru Tendo era el más alto de la clase y el más fuerte de su generación. Era el ninja al que restringieron para no opacar a Sasuke Uchiha; o eso decía él.

Nació días después de la fecha oficial de inicio de clases, por lo que era casi un año mayor que el resto cuando ingresó a la academia.

El chico era saludable y de desarrollo intelectual aceptable, lo que de alguna manera le llevó a entender que era una especie de superdotado. La realidad era que su desempeño académico no superaba la media; solo era un poco adelantado. Sin embargo, para él era obvio que estaba destinado a la grandeza, y no era posible que el escuálido de Musashi hubiera conseguido un hitai-ate y él no.

Todo fue culpa de los estúpidos compañeros que le tocaron, tan inútiles que nunca obedecieron sus indicaciones, ni se hicieron a un lado cuando entró en acción. Fracasaron ellos, no él.

El sensei evaluador también era un idiota que no quiso escucharlo. Debió aceptar su solicitud y cambiar a sus compañeros, o en su defecto hacerle la prueba solo a él. Todo fue un complot para que le arrebataran la bandana que era suya por derecho propio.

Y es que esa era una contradicción también; no solo se le negaba el rango de genin a un talentoso shinobi como él, sino que encima tuvo que devolver el hitai-ate que se le otorgó al graduarse. «¡Una maldita cosa no tenía que ver con la otra!», le gritó a su instructor aquella vez.

Si no querían que Mamoru opacara al niño bonito de Sasuke y los demás tarados, simplemente debieron dejar que se llevara su bandana a otra aldea, donde valorarían su talento y se la cambiarían por una con el símbolo local.

Era un fastidio tener que regresar con los niños y verle la cara al tonto ese de Iruka Umino, quien de seguro también participó en la conspiración.

El año anterior se enorgullecía de su altura, se sentía importante, superior. Ahora era el burro de la clase, el ganso en el lago de los patos, el señor de mediana edad en el bar de adolescentes. Le aterraba la idea de volver a fallar, y que por culpa de los renacuajos con los que se veía obligado a convivir, volviera a reprobar; sería otro año perdido por culpa de esos mocosos.

El orgullo herido y la vergüenza estaban amargando su carácter. Antes era arrogante y confiado, ahora era hosco y e irritable.

Esa tarde vio a Musashi caminando por la calle que iba de la Mansión Hokage a la puerta principal. Iba encorvado como siempre, pálido, hablando solo mientras revisaba papeles. Por un momento pensó que aquel pobre fracasado habría renunciado a la idea de ser ninja: no lo vio regresar a la academia y supuso que se dedicaría a ser cartero u oficinista.

Pensaba limitarse a sentir lástima por él, pero el destello del sol vespertino en la placa de su cinto atrajo su atención.

Mamoru le gritó al tiempo que se acercó al Karasukage.

—¡Oye, idiota! ¿Qué es eso que llevas en la cintura?

—¿Esto? Es una placa de identificación para otakus. Las madres solteras se las ponen a sus hijos por si se les pierden. En el interior vienen datos como tu parafilia favorita y alergias.

—No estoy jugando. Dime cómo rayos conseguiste un hitai-ate, estúpido.

—Supongo que haciendo lo mismo que tú, pero bien.

En otras circunstancias, con cualquier otro chico, Mamoru se habría contenido. Él estaba enojado con su suerte, no con el éxito de los demás. Pero es que el niño cuervo, autodestructivo y sincero, le insultaba de formas que no podía responder, y eso le enfadaba más.

El primer golpe fue un cabezazo; para sorpresa de Mamoru no logró derribarlo. Siguieron una serie de golpes que fallaron en conectar en el viperino torso de Karasukage. Tenía que admitir que Musashi tenía reflejos increíbles. Pero ya estaba encendido, y las gracias de Musashi solo le enfadaron más.

Se creía tan duro como un roble y tan rápido como el viento. Mamoru se sintió impotente ante la agilidad del encorvado niño pálido que, hasta donde recordaba, era tan vago como Naruto y Shikamaru.

Se vio tentado a usar kunais. Podía jurar que su taijutsu era perfecto, y si Musashi se atrevía negarle esa realidad, se lo haría pagar con sangre. Se contuvo. Mamoru no quería lastimar seriamente a su excompañero, de eso era consciente, pero también existía en él un miedo que jamás reconocería; tenía miedo a averiguar de lo que sería capaz el niño cuervo si decidiera luchar por su vida.

Fuera de los pensamientos de Mamoru, sin enterarse, Musashi regresaba los golpes. Sus impactos fueron rápidos, precisos e ineficientes. Por un momento en una secuencia de golpes, el cuervo rompió su defensa y lo pagó con un codo en las narices. Eso fue suficiente para dejarlo en el piso.

Mamoru le arrebató la bandana, pensaba arrojarla al escritorio de Iruka y reclamarle por permitirle el grado de genin a un perdedor al que venció sin esfuerzo.

Musashi tardó bastante en el suelo, esperando a dejar de ver doble. El viento levantó los tres papeles que estaba leyendo, arremolinándolos sobre su cara antes de caer, como las flores caen sobre el ataúd antes de ser enterrado. Suspiró. El piso estaba calientito y la vista del cielo naranja era agradable de ver.

«Me vengaré, si no lo olvido me vengaré», murmuró.

Le habían herido muchas veces, de diferentes maneras y a muchos niveles; a Musashi le sería imposible recordarlas todas. Su padre, sus abuelos, el Hokage… los Uchiha.

Le faltaba fuerza, o tal vez le sobraba el miedo. Pudo pegarle más fuerte, solo lo suficiente. Lo que no podía entender era por qué se había dejado vencer solo con un golpe.

Se incorporó, se limpió el polvo de la ropa, recogió sus cosas y siguió su camino. Volvió a su lectura y al soliloquio que había dejado inconcluso.

Karasukage entró al humilde departamento donde vivía. Saludó a su madre sin esperar respuesta; solo cumplía con el ritual. Fue a su cuarto desordenado y oscuro, retiró la basura de su escritorio para poner los papeles y leer mejor bajo los tres haces de luz que atravesaban las cortinas. Después de asimilar de nuevo la misma información por tercera vez, arrojó los documentos a la papelera.

Abrió un cajón y sacó, de entre nitratos y percutores, martillo, punzón y una de las tantas bandanas que solían comprar los niños para jugar a ser shinobis.

Eran fáciles de diferenciar de los hitai-ate reales: su tamaño era menor, el latón de la placa era delgado, estaba unida a la tela con ganchillos, y el símbolo era una espiral con dos triángulos separados.

Musashi nunca llevaba su bandana consigo, en cambio compraba las falsas para regalarlas a los niños que a veces se le acercaban con admiración. Por supuesto, grababa en su reverso alguna alergia o gusto extraño para que los críos se echaran unas risas cuando lo descubrían.

El insolente Mamoru se presentó en la clase al día siguiente, con una sonrisa de satisfacción atravesando su ancha cara. Arrojó la bandana al escritorio y exigió a su profesor que le ascendieran de inmediato.

Iruka tomó el hitai-ate, se dio cuenta de su peso y separó la placa de la tela.

—Aquí dice que eres alérgico al jabón y te gustan las novelas del tipo yaoi. Mamoru, no comprendo tu broma, pero estás castigado.