Entretelones
Johanna - POV
Sinceramente, me sentía como un animal enjaulado. En la habitación donde me estaba quedando, a veces sentía que me moría. Los recuerdos de las torturas regresaban sin avisar, como látigos invisibles azotándome la mente.
Todo empeoró cuando Paylor descubrió un retrato pequeño. Una joven de unos quince años, hermosa, vestida con elegancia. Zahra Snow. La única diferencia con su prima era que apenas existían imágenes suyas. Snow, incluso en su familia, tenía favoritos.
—Parece que el loco tenía sus preferidas —murmuré. No sabía si sentir alivio o miedo.
La investigación sobre ella no arrojaba nada bueno. No pude soportar quedarme encerrada, así que fui al centro de investigación, donde Beetee supervisaba todo.
—Necesito ver lo que tengas sobre Zahra Snow. Por favor.
Beetee se giró lentamente. Su mirada era una mezcla de cansancio y advertencia. Me entregó una carpeta gruesa. Al principio solo vi certificados académicos —paja sin importancia— pero mi alarma interior se activó cuando descubrí que tenía formación en supervivencia, clases de defensa, uso de armas, estrategias de combate...
—Johanna… —me dijo Beetee, preocupado.
Solté una risa seca. No era sorpresa.
—¡¿Ves?! ¡La entrenó para ser una asesina! —espeté. Esa carpeta era todo lo que necesitaba para justificarlo. Ese último vestigio de sangre Snow debía ser erradicado. Por primera vez desde que supe de ella, me sentí casi… feliz.
Llevé la carpeta directamente a Paylor. Tenía que demostrarle que esto no era una obsesión, ni una alucinación.
Esperé hasta que terminó sus reuniones. Al entrar, noté algo en el ambiente. Peso. Silencio denso.
—Hola, Johanna. Ven, siéntate. Necesitamos conversar —dijo Paylor. Su voz cargada de preocupación no me pasó desapercibida.
—Mira esto. —Le tendí la carpeta, firme, mirándola a los ojos—. Zahra tiene el conocimiento suficiente para hacer daño, y lo sabes.
Paylor suspiró, los signos de agotamiento dibujados en su rostro.
—Ya llamé a los todos los ex vencedores que quedan. Tendrás tu asamblea. Más que nada porque seguridad detectó células leales a Snow… y se filtró la información de que aún queda una Snow con vida.
Sentí cómo la sangre me hervía. Pero no terminé de procesarlo cuando añadió:
—Ya di la orden para que la traigan al Capitolio. Es cuestión de tiempo antes de que la información que salió desde el Distrito Cuatro se extienda —se frotó las sienes, visiblemente afectada.
—Johanna, personalmente creo que debemos revisar su expediente. No solo sus actividades, sino también su aporte… o complicidad… con su abuelo. Tenemos que ser justos —se levantó, mirando por la ventana de su oficina hacia el huerto.
—¿Quieres ver si puedes indultarla? —pregunté con frialdad. Conozco el pragmatismo de Paylor. Pero no estaba de acuerdo. Independientemente de su sangre, con ese conocimiento y esa formación, Zahra era una amenaza.
Ella se giró para mirarme con firmeza.
—Esperemos a que lleguen todos. Queremos tomar una decisión justa, Johanna. Esa chica tenía quince años cuando Snow murió. No quiero ser injusta con ella.
Hizo una pausa. Su mirada se desvió hacia la ventana de nuevo, pero esta vez no miraba el huerto… sino algo más allá, en su memoria.
—¿Sabes? Cuando cayó el Capitolio… ejecutamos a toda la familia Snow. Sin juicio. Sin apelaciones. Hubo una mujer embarazada entre ellos. No lo justifico, jamás lo haría… pero en ese momento, entre la ira colectiva y el caos político, se confundió justicia con venganza. La gente pedía sangre, y se la dimos. Fue… un error que arrastramos desde entonces. Y me niego a repetirlo.
Su voz era calma, pero cada palabra estaba cargada de dolor. Frustración. Convicción quebrada.
—No se supone que el Nuevo Panem funcione así —continuó—. Este país no puede construirse sobre ejecuciones preventivas, sobre miedo y odio heredado. Si lo hacemos… ¿en qué nos diferenciamos de lo que destruimos?
Sus ojos se encontraron con los míos. Ahí no había debilidad, sino cansancio. Y principios. Esos malditos principios que yo sabía que no siempre servían para sobrevivir.
-Oh, vaya. La justa Paylor y sus dilemas morales. -
Detrás de mi sarcasmo, no podía negar el miedo. Respetaba cómo lideraba el Capitolio, cómo había traído beneficios reales a los distritos. Pero esta vez… esta vez haría todo lo posible para que no quedara absolutamente nada de los Snow.
Una llamada interrumpió el momento. Paylor apretó el altavoz.
—presidenta, están ya en camino la Srta. Everdeen, el Sr. Mellark y Haymitch. Van en el tren bala. Llegarán aproximadamente en la madrugada.
—Gracias —respondió Paylor, colgando de inmediato.
—Debo preparar habitaciones. No esperaba que salieran tan pronto del distrito —murmuró, más para sí misma que para mí.
—Puede ser porque le dije a Haymitch que, si no venían, iba a matar lo más pronto posible a los hijos del Capitolio —dije sin emociones, como quien comenta el clima.
Sabía que eso preocuparía a mis antiguos compañeros. Pero también sabían que esa amenaza… no era una exageración. Era mi forma de sobrevivir.
Afuera, en las calles del Capitolio, comenzaba a respirarse algo distinto. Un murmullo, casi imperceptible al principio, iba creciendo entre los pasillos del Palacio Presidencial y los administrativos cercanos. Los trabajadores —especialmente los más antiguos — empezaban a notar los movimientos inusuales: escoltas preparándose, alas enteras del palacio siendo despejadas, protocolos de seguridad que no se activaban desde la guerra. La gente comentaba, con una mezcla de asombro y nerviosismo, que los exvendedores regresarían al Capitolio tras cinco largos años de ausencia. Entre ellos, la Sinsajo y su pareja, símbolos vivientes de la rebelión y la libertad. El pueblo aún recordaba sus rostros; para muchos eran leyendas, mitos que habían hecho arder el mundo viejo. Ahora, su retorno solo podía significar una cosa: algo grande se avecinaba.
Haymitch - POV
El tren avanzaba en silencio, con su característico zumbido eléctrico que, por alguna razón, esa noche se sentía más molesto que nunca. No había brindis. No había risas. Ni una botella abierta, ni una palabra de más. Solo tres personas con demasiadas cicatrices, demasiado pasado y aún más dudas, encerradas en el mismo vagón que las había visto llorar, discutir, sobrevivir.
No hablábamos. No hacía falta. La llamada de Johanna había sido suficiente para remover todo lo que creíamos enterrado.
Zahra Snow.
Una niña, de 15 años cuando murió su abuelo. Y ahora… viva. Caminando por algún lugar, respirando, con el apellido más maldito de Panem tatuado en cada célula.
Katniss miraba por la ventana sin ver nada, como si allá afuera estuviera la respuesta a algo. Peeta apretaba la mandíbula, dibujando y borrando pensamientos en su cabeza como si necesitara ordenarlos en papel. Y yo… bueno, yo estaba intentando no abrir una botella. Todavía. Tampoco ayudaba que había dejado a Celeste sin una sola palabra. Sin explicación. Solo el peso de saber que, una vez más, le fallé a alguien.
El apellido era una condena en sí misma, y ahora esa condena viajaba en dirección al Capitolio, con nosotros como jueces y testigos. Nadie hablaba. Solo el zumbido suave del tren llenaba el silencio.
Katniss seguía junto a la ventana, con la frente apoyada en el vidrio helado. Peeta la observaba desde el otro lado, claramente perturbado. Finalmente, se atrevió a romper el silencio:
—¿Y si tiene aliados? —preguntó, su voz apenas un susurro.
Katniss no se giró.
—Los tiene —respondió con frialdad—. No estaría viva si no.
—¿Y qué esperan? —insistió él—. ¿Levantar otra rebelión? ¿De verdad alguien va a seguir a una Snow?
Katniss se giró lentamente, con los brazos cruzados, mirándolo como si no pudiera creer lo que oía.
—¿Y tú crees que la gente necesita razones lógicas para armar el caos?
Peeta apretó los dientes.
—No hablo de caos, Katniss. Hablo de justicia. Ya se juzgó a los culpables. Se les expropió todo. Muchos murieron. Sus descendientes ahora viven como cualquier otro ciudadano. ¿Hasta cuándo vamos a seguir castigando por sangre heredada?
Ella se levantó. Los ojos fijos en él. Ya no hablaba desde la razón. Hablaba desde las heridas.
—¿Sabes lo que yo vi en el Capitolio? —dijo con voz tensa, cargada de esa rabia antigua—. Vi niños apostando por nuestras muertes. Vi adultos celebrando como si fuésemos un espectáculo. Vi familias enteras reír mientras Rue sangraba en mis brazos, en las repeticiones. ¿De verdad crees que perder sus mansiones fue suficiente?
Peeta sostuvo la mirada, firme, pero sin dureza.
—No todos eran así, Katniss. No todos eran culpables. Y no todos los hijos merecen pagar por los crímenes de sus padres.
Ella avanzó un paso. Su voz se volvió más baja, más afilada.
—Pero ella no es cualquiera, Peeta.
—Es una Snow. No solo heredó el nombre. Heredó el privilegio. Creció rodeada de oro, de sirvientes, de la ideología de su abuelo. No fue una niña de un distrito olvidado. Fue criada en el centro mismo del horror.
Peeta quiso responder, pero yo decidí intervenir antes de que todo explotara.
—Hey, no estoy diciendo que sea inocente —dije, sirviéndome un trago de jugo que sabía no me haría sentir mejor, aunque tampoco sería la primera mentira que me trago—. Pero antes de dejar que la maten, quiero buscar pruebas. Estoy casi seguro de que esa niña —o lo que sea que sea ahora— ayudó a tributos. Desde las sombras.
Ambos me miraron con sorpresa. No con fé, pero al menos con interés.
—Hubo tributos que recibieron patrocinio cuando nadie los apoyaba —continué—. Regalos absurdamente costosos, enviados a niños del Distrito 10, del 11, incluso del 12. Distritos que el Capitolio despreciaba. Me lo contaron después… y uno de esos patrocinadores juraba que fue una niña rubia la que intercedió.
Katniss frunció el ceño, confundida.
—Eso no los salvó —dijo.
—No —asentí—, pero para mí eso demuestra que tenía algo que muchos en el Capitolio no tenían: humanidad.
Peeta asintió lentamente, como si quisiera creerme. Katniss volvió a mirar por la ventana, pero ya no se trataba solo de evitar la conversación. Estaba procesando.
Nos quedamos así, en ese silencio incómodo que compartimos los que conocemos la oscuridad demasiado bien. Tres piezas rotas, camino a decidir el destino de un alma más.
Y en el fondo… todos sabíamos que, pase lo que pase, algo cambiaría después de esto. Para Panem. Para nosotros. Para siempre.
Esa noche, después de cenar en silencio, cada uno se retiró a su habitación sin decir mucho más. Al menos, no en voz alta. Pero en sueños, las voces que habíamos enterrado regresaban. Yo soñé con un antiguo Juego del Hambre, de esos que todavía me persiguen. Caminaba entre las fastuosas fiestas del Capitolio, vestido de manera ridícula, intentando conseguir patrocinadores para los tributos pobres que habían caído bajo mi responsabilidad. Pero eran invisibles. No destacaban, no brillaban como otros, y nadie me prestaba atención. Hasta que la vi: Effie Trinket, como una estatua entre copas y plumas. Me ofreció algunas palabras medidas, de esas que mezclan lástima con decoro. "Luce bien, compórtate, sé diplomático, Haymitch", me dijo con su sonrisa mecánica. Por dentro, yo me estaba pudriendo. No podía esperar milagros si veníamos de un distrito que el Capitolio apenas recordaba. Me levanté, desesperado, y me dirigí directo a la mesa de las copas. Solo quería anestesiarme, apagar la sensación de impotencia y no sentir la desolación que se me pegaba a los huesos. Fue entonces cuando Anja Monty se me acercó. Era una de esas mujeres que sabían demasiado y hablaban poco. Entre sorbos de vino y palabras en voz baja, me contó que una pequeña niña rubia había insistido en hacer una donación a través de ella para el tributo más joven de mi distrito, una niña de apenas once años. Anja, con una mezcla de ternura y cautela, se refería a la donante como "un angelito", aunque evitó darme su nombre. Me dijo que había pasado la noche pensando si debía interceder, pero había demasiadas órdenes directas del mismo Snow: esa niña no podía intervenir ni financiar a nadie. Aun así, tenía ideales claros y el corazón donde debía estar. "Dijo que ninguna niña debería sufrir así", murmuró Anja antes de alejarse entre la multitud. Me desperté sudando frío, con la sensación amarga de que había algo más detrás de todo eso. Tal vez… siempre lo hubo.
N/A: Buenas tardes agradezco a todos los que les gusta y siguen mi historia, independientemente de que me encanta escribir no suelo ser muy sociable, así que a través de estas notas de verdad les agradezco.
