Procesos
Zahra Snow – POV
El aire del Distrito 4 tenía ese olor salado y denso que siempre me recordaba que el mar estaba cerca, aunque jamás lo hubiera tocado. Pero esta vez no era el mar lo que me daba miedo… sino el viaje que me esperaba.
Hileras de Vigilantes de Panem me rodeaban como un enjambre. Sus uniformes oscuros y pasos sincronizados hacían que todo pareciera más una marcha hacia la ejecución que un simple traslado. En el centro, yo.
No tenía grilletes. Al menos no visibles. Pero no me hacía falta tenerlos para saber que estaba atrapada. Caminaba recta, con la cabeza en alto, aunque por dentro todo temblaba. El destino se acercaba como una ola que no sabes si te arrastrará o te hundirá.
A unos pasos de mí, liderando la escolta, caminaba el coronel Gale Hawthorne. Inexpresivo. Imponente. Silencioso. Como si no fuera un hombre, sino una orden viviente. No había intercambiado más de cinco palabras conmigo desde que me capturaron. No sabía si era por odio o por estrategia.
Pero lo que sí sabía era que, desde que me separaron de mi tío, no había recibido ninguna noticia. Nadie me dijo dónde estaba, si seguía con vida, si me culpaban por algo que ni siquiera entendía del todo. Y aunque el mundo entero me repudiara, él era mi única familia real. No por la sangre, sino por el tiempo, por las miradas compartidas, por el hecho simple y brutal de que fue gracias a él que seguía viva.
Subimos al tren sin ceremonia. Gale y yo compartíamos vagón, aunque él se mantuvo apartado la primera hora. Lo vi sentarse cerca de la ventana, revisar su comunicador un par de veces, tomar té y suspirar. Mientras tanto, yo me senté en una de las butacas, fingiendo calma, comiéndome la ansiedad a pequeños bocados.
Sabía que Annie Cresta y su familia iban en otro vagón, al fondo del tren. Completamente aislados. A cal y canto. No sabía si era por su seguridad... o por la mía. En estos tiempos, todo era una cuestión de perspectiva.
—¿Quieres saber algo curioso? —dijo Gale de pronto, rompiendo el silencio sin siquiera mirarme—. Nunca quise esta escolta.
Levanté la vista. Él seguía contemplando el paisaje que pasaba fugaz.
—¿Por qué lo aceptaste entonces? —pregunté, con cautela, pero sin suavidad.
—Porque Paylor lo pidió. Porque alguien tenía que hacerlo. Porque... —hizo una pausa, larga, amarga—. Porque quizá es una forma de pagar.
—¿Y yo soy parte de tu castigo personal?
—¿No lo eres? —respondió él, finalmente girando el rostro hacia mí—. Eres una Snow. Un símbolo de todo lo que odiamos. Incluso si no hiciste nada directamente… existes. Y eso ya es demasiado.
—Vaya, qué consuelo. Gracias por recordarme que respiro por error —repliqué, ladeando la cabeza con una sonrisa seca.
—Mira —bufó él—. No necesito que me agradezcas. Solo coopera, no causes problemas, y en unos días esto habrá terminado.
—¿Terminado para quién? ¿Para ti, que vuelves a casa? ¿O para mí, que probablemente termine en un tribunal o peor?
—No lo sé. No me pagan por decidir eso.
—Claro. Solo por mirar con superioridad y arrastrarme como una carga —espeté—. Debe dolerte que no sea tan repulsiva como imaginabas.
Gale me miró largo rato, con esa expresión suya que era mitad juicio, mitad sorpresa. Luego soltó una risa irónica.
—Te juro que pensé que serías peor. Más chillona. Más inútil. Pero… hablas con sentido. Tan característico para alguien con tu apellido.
—Quizás porque no todo lo que lleva un nombre es igual —le devolví—. Quizás porque algunos aprendimos a sobrevivir leyendo entre líneas.
—O simplemente eres buena actuando. Te entrenaron para eso, ¿no?
—Nadie me entrenó para perderlo todo —dije sin alzar la voz, pero con el filo justo para cortar el aire—. Ni para que la gente me mire con odio antes de saber quién soy. Eso lo aprendí sola.
Gale guardó silencio por unos segundos. Sus ojos se endurecieron, pero también algo en ellos pareció vacilar.
—¿Crees que eres la única que carga con algo? —dijo, más bajo esta vez—. ¿Sabes lo que es vivir cada día con la cara de una niña muerta en la cabeza? ¿Saber que tu mejor amiga te mira como si fueses un traidor? ¿Que tu propio hermano no quiere oír tu voz?
—¿Y crees que yo no sé lo que es eso? —me incorporé un poco—. Yo no maté a nadie, pero vivo con la culpa de una herencia que nunca pedí. Tú te odias por lo que hiciste. A mí me odian por lo que soy.
Sus ojos se encontraron con los míos. Y por un segundo, hubo silencio. No de indiferencia, sino de entendimiento.
—No te pareces a tu abuelo —dijo al fin—. Pero eso no significa que confíe en ti.
—Nunca dije que deberías. Solo que deberías conocerme antes de decidir odiarme.
—No odio tan rápido, Zahra Snow. Solo estoy cansado de pagar el precio de las guerras que otros empezaron.
—Bienvenido al club —le dije—. Es exclusivo. Y nada divertido.
Más tarde, Gale volvió al vagón. Ya no vestía su uniforme militar, sino ropa deportiva y sencilla. En sus manos, una prenda doblada.
—Toma —me la lanzó con suavidad—. Es un pijama. No duermas con eso puesto —hizo un gesto hacia mi uniforme de prisionera—. No hay necesidad de ensuciarlo.
La tomé, levantando una ceja.
—Qué detallista. No sabía que los soldados también hacían lavandería emocional.
—No te emociones —dijo, girándose para salir—. Solo no quiero que huelas mal cuando llegues.
Pero justo antes de cerrar la puerta, se detuvo. Me miró.
—No eres tan molesta como pensaba.
—Tú sí —le respondí con una sonrisa ladina.
Y, por alguna razón, ambos reímos. Solo un poco. Solo por unos segundos. Pero fue suficiente para saber que algo, aunque fuera mínimo, había cambiado.
Gale Hawthorne – POV
El té se había enfriado. Como siempre.
Mi taza, apenas tocada, descansaba sobre el periódico que había dejado a medio leer. Las letras parecían más borrosas de lo habitual. No sabía si era el cansancio o la niebla mental que últimamente me perseguía.
Las mañanas en el Capitolio eran tranquilas de forma artificial. Nada en este lugar era verdaderamente pacífico, solo... ensayado. Como una obra eterna donde todos fingen que el pasado fue una pesadilla colectiva, no una consecuencia de nuestras decisiones.
A veces soñaba con el Distrito 12. Con su polvo. Su cielo gris. Su olor a carbón y a vida dura. No era hermoso, pero era hogar.
Extrañaba ese tipo de verdad.
No había vuelto desde que terminó la guerra. Puedo caminar por cualquier parte del país, tengo rango, acceso… pero nunca he puesto un pie de regreso. No por miedo. Por respeto.
Porque aún puedo ver la expresión de Katniss la última vez que me miró.
Porque cada calle me recordaría a Prim, y a lo que no hice.
Porque el único hermano que me queda, Rory, dejó claro que no me considera parte de su vida.
Y quizás lo entiendo. Porque yo tampoco entiendo quién soy ahora.
A veces me pregunto si todo fue culpa de confundir los sentimientos. Si alguna vez amé realmente a Katniss, o si simplemente era el deseo de que algo bueno saliera del infierno en el que crecimos. Tal vez fue más necesidad que amor. Tal vez fue costumbre.
Lo que sí sé es que la amistad que tuvimos, la real, murió hace tiempo. Y aún la extraño.
El papel arrugado del comunicado oficial todavía estaba sobre la mesa. Fue hace apenas unas semanas, pero sentí el peso de los años cuando leí el nombre:
"Escolta personal a Zahra Snow desde el Distrito 4. Directiva presidencial."
Por un momento me quedé helado. Sentí ese ardor antiguo, ese fuego del odio justo bajo la piel. Imaginé a una niña pomposa, rodeada de sirvientes, con la arrogancia de generaciones grabada en cada palabra. Supuse que mi escolta sería una tortura silenciosa.
Pero cuando la vi por primera vez, no era lo que esperaba.
Estaba sucia, con sangre seca en la ceja, una venda mal puesta en la muñeca y la mirada... no vacía, sino desgastada. Como si ya hubiera vivido demasiadas vidas dentro de una. Como si no quedara nada por fingir.
No dijo nada al verme. Solo me sostuvo la mirada. No con desafío, ni súplica. Solo... con certeza. Como si supiera perfectamente el tipo de odio que cargaba conmigo, y no le importara.
Desde entonces, la he observado.
Habla con lógica. No pierde el control. Tiene ese tono calculado, esa forma de leer entre líneas que era tan propia de su abuelo. Pero no tiene el hambre de poder en los ojos. Tiene otra cosa.
No sé si es resignación, o si es una forma nueva de fuerza que aún no descifro.
No intenta escapar. No me pide nada. No suplica. Eso, en sí mismo, ya es raro en alguien del Capitolio.
A veces me descubro preguntándome cómo era de niña. Si esa inteligencia fría ya estaba allí. O si fue la guerra. La pérdida. El abandono. El precio de un apellido.
¿Es una Snow diferente?
¿O solo una variación más sutil del mismo veneno?
No tengo respuestas.
Solo preguntas.
Pero una cosa es segura: Zahra Snow me intriga.
Y eso, viniendo de mí, no es poca cosa; Porque yo no suelo dudar de mis enemigos. Y, sin embargo…
Ella me hace preguntarme si en algún rincón oculto de esta historia, aún queda algo humano en medio del legado. Y si eso, de algún modo, será suficiente para salvarla. O para condenarla.
