Fantasmas
Dylan POV
Dylan Ross nunca fue bueno con los silencios, pero había aprendido a sobrevivir entre ellos. Caminaba por las calles aún en reconstrucción de lo que una vez fue la zona administrativa del Capitolio, con el polvo adherido a los zapatos y el corazón cargado de plomo. En la mochila que colgaba de su hombro llevaba poco: una botella de agua, una fotografía doblada, y los últimos ahorros de Angely Snow. A su lado, los muros blancos parecían susurrarle el nombre que se negaba a olvidar: Zahra.
Recordaba bien el día en que todo cambió. Zahra tenía quince años. Era de noche, y las llamas de la rebelión habían comenzado a lamer las paredes del poder. Los otros vigilantes habían llegado para llevársela al palacio, cumpliendo órdenes, con los rostros duros por la propaganda del Sinsajo. Pero Dylan los enfrentó. No por lealtad a la causa, no por rencor. Lo hizo porque la niña rubia, disfrazada de hija del Capitolio, era su familia.
—¡No la toquen! —había gritado—. ¡Ella no irá con ustedes!
Golpeó, empujó, corrió con Zahra de la mano como si fueran fugitivos de una guerra que no entendían del todo. Porque eso eran. Una joven de sangre mezclada entre sombras y promesas rotas, y un hombre que aún lloraba por un amigo perdido.
Zahra... Zahra tenía los ojos de Angely cuando cuestionaba el mundo y el mentón de Bemmus cuando se negaba a retroceder. Dylan lo veía. Aunque nunca los tuvo lo suficiente en su vida, su hija —porque eso era para él— había heredado su fuego. Esa forma de observar con rabia contenida, con justicia intuitiva, con una voz que aún no terminaba de encontrar su eco, pero que ya vibraba fuerte dentro de sí.
A veces se preguntaba si ella lo sabía. Si Zahra alcanzaba a ver en sí misma los rastros de aquellos padres que apenas pudo tener. El modo en que fruncía el ceño como Angely cuando pensaba demasiado. O esa forma silenciosa y firme de enfrentar el dolor, igual a la de Bemmus. Eran reflejos que se colaban en lo cotidiano. Y aunque la vida se los había arrancado demasiado pronto, ella los llevaba consigo como cicatrices invisibles. Era la hija de ambos, incluso sin haberlos disfrutado por completo.
Recordó los primeros días tras la huida. Teñida de castaña, Zahra se escondía en su propio cuerpo. Dejaron el Capitolio y buscaron refugio en el Distrito 2, donde viejas amistades de Angely les ofrecieron cobijo. Comenzaron a vagar entre distritos, sobreviviendo con lo que sabían. Zahra cazaba, aprendía rápido. Nunca se quejaba del frío ni del hambre. Tenía orgullo, pero también ternura, esa que se colaba en las noches cuando se acercaba a él con una manzana robada y una sonrisa ladina.
Durante esos cuatro años, Dylan fue más que un protector. Fue su guía, su maestro y, sobre todo, su padre. Le enseñó defensa personal, rastreo, diplomacia y supervivencia. No porque esperara que viviera en guerra, sino porque sabía que su apellido nunca dejaría de pesarle. Zahra era una Snow, pero también era Donner, y eso significaba que debía estar lista para un mundo que jamás le ofrecería perdón.
Pero no todo era entrenamiento ni huida. Recordaba las noches junto al fuego improvisado, cuando Zahra le contaba historias que se inventaba. O cuando reían al preparar un pan chueco hecho con masa mal fermentada. El día que la vio escalar un árbol solo para devolverle el gorro a un niño del distrito 9. Y cómo cada vez que Dylan se sentía viejo o derrotado, Zahra se le recostaba en el hombro y le decía: "Tranquilo, papá… somos invencibles hasta que se demuestre lo contrario".
Y recordaba, sobre todo, aquella tarde gris en un distrito sin nombre, cuando ella aún era una niña de cabello rubio, con barro en las mejillas y preguntas en los ojos. Habían hablado sobre los apellidos. Ella le preguntó por qué todos parecían odiar el suyo.
—¿Snow es malo? —le había dicho, con voz baja, casi susurrante.
Dylan la miró por largo rato, antes de responder:
—Snow puede ser frío, sí. Puede ser letal si se acumula demasiado. Pero también es lo que cubre la tierra antes de renacer. Tú puedes decidir si quieres congelar o proteger. No eres tú apellido, Zahra. Puedes elegir ser algo más que ese Snow frío y calculador.
Ella asintió lentamente, como si esas palabras se le clavaran en el pecho para siempre. Y luego, con una sonrisa pequeña, le dijo:
—Entonces seré una nevada buena… de las que traen silencio bonito y preparan el suelo para crecer más nutrido.
Ese fue el día en que supo que Zahra tenía esperanza, incluso cuando el mundo se la negaba.
Iban camino al Distrito 12 cuando Zahra fue capturada. Dylan no se preocupó al inicio: su niña solía perderse por horas entre cacerías y recorridos solitarios. Pero cuando no volvió al amanecer y un viejo contacto entre los vigilantes le confirmó que la habían llevado al Capitolio, supo que algo había terminado. Corrió al Distrito 2, tomó lo que quedaba del dinero escondido, y buscó a la única persona que podía ayudarlo.
La presidenta Paylor no lo recibió, por más que peleo y busco armar un escándalo, no lo logró, sin embargo, atrajo a alguien más.
—Señor Ross —dijo una voz firme tras él—. Acompáñeme, por favor.
El hombre que lo guiaba era un ex vigilante de la familia Snow lo reconoció de inmediato. Lo condujo por calles mal reconstruidas hasta un edificio de concreto con ventanas aún tapiadas. Allí lo esperaba Cyrio Kentwell.
—Bienvenido —le dijo el hombre, con voz suave pero mirada intensa—. Hemos estado esperando este momento.
Dylan no respondió. Solo pensaba en Zahra. En la niña que se reía con las manos manchadas de tierra. En la adolescente que una vez le pidió que le hablara de Bemmus, de su padre. En la joven que tenía el coraje de Angely y la dignidad de quien había sobrevivido sin rendirse.
—Colabore con nosotros, señor Ross —continuó Cyrio—. Y le juro que Zahra Snow no morirá en esa arena.
Dylan lo miró en silencio. Fantasmas del pasado revoloteaban a su alrededor. Los de Angely, los de Bemmus, los de una niña nacida de un amor imposible y marcada por la tragedia. Y supo que no tenía elección. No mientras aún respirara.
Porque los muertos hablan. Pero son los vivos quienes cargan sus promesas.
Y Dylan Ross, por amor, por lealtad, por todo lo que no dijo... aún tenía una promesa que cumplir a la mujer que amaba como su propia hija.
Haymitch POV
Haymitch nunca había soportado las oficinas, ni las luces artificiales, ni ese hedor persistente a papel viejo y café frío. Sin embargo, ahí estaba, otra noche más en el centro de análisis estratégico del nuevo Panem, rodeado de pantallas, archivos y una clase de desesperación que no podía curarse con café.
—Llegas tarde —dijo Beetee, sin levantar la vista de su teclado.
—Siempre llego tarde —respondió Haymitch con su voz ronca, dejando caer su abrigo sobre la silla más cercana—. ¿Ya está el listado?
Beetee asintió. Tenía esa expresión cansada, la que le salía cuando su inteligencia no bastaba para justificar lo que estaba haciendo. Extendió hacia él una carpeta con los nombres seleccionados. Las fichas estaban ordenadas, clasificadas, con fotografías recientes, líneas genealógicas, historiales médicos, aptitudes físicas, antecedentes familiares. Todo.
—No fue difícil —dijo Beetee, casi con culpa—. El control de descendientes se ha hecho desde el primer año del nuevo régimen. Cada dos años, presencial. Seguridad, decían. Ahora es una condena bien documentada.
Haymitch hojeó las primeras páginas sin mirar demasiado. Un apellido tras otro. Una cara tras otra. Sangres heredadas, traumas en el ADN. La idea de Paylor. La gota que había terminado de romper a Katniss y aun así, él no había dicho nada. O al menos, no lo suficiente.
Se acercó a la mesa con una taza de café humeante. Lo necesitaba. El frío de la madrugada calaba hasta los huesos.
—Beetee… antes de que esto se cierre por completo —dijo en voz baja—. Necesito que me hagas un favor. Es sobre Zahra Snow.
El otro hombre levantó la vista, curioso.
—¿La nieta?
—Sí. Hay algo que no encaja. Tengo la impresión de que Angely Snow, su madre, ayudaba desde dentro. Quiero que rastrees sus cuentas, sus contactos… si hay algo, estará allí. Becas ilegales, patrocinios ocultos. Algo.
Beetee frunció el ceño, pero asintió y empezó a moverse con la habilidad de siempre frente a sus monitores.
—Tendrá capas —advirtió—. Si lo hizo, fue con cuidado.
Haymitch se dejó caer en una silla, el café entre las manos. Miró las fichas que quedaban por revisar. Faltaban pocas. Escaneó una, dos, tres… hasta que se detuvo. El corazón le dio un vuelco seco. No era tan distinto a un latigazo.
Celeste Creed
El nombre estaba ahí, pero no encajaba. Porque ella era Moree o no originalmente. Las fotos a veces mienten, pero esa no. Esa sonrisa, ese brillo extraño en los ojos. Esa cara que lo había perseguido por años en sus recuerdos más sobrios. La joven que trabajaba en el restaurante de Sae. La que hablaba con voz suave pero firme. La que lo miraba sin temor. La que se enamoró de él y a quien él nunca se atrevió a mirar del todo.
—No… —murmuró, la taza temblando en su mano—. No puede ser ella.
Beetee lo miró por encima de sus gafas, desconcertado. Pero Haymitch ya tenía la ficha en la mano, aferrada con los dedos como si intentara evitar que se desvaneciera.
—Celeste Creed… ese era su apellido real, ¿no? —preguntó con voz hueca.
Beetee asintió lentamente.
—Sí. Muchos se lo cambiaron al ser indultados. Para no ser asociados con las familias colaboradoras. Ella fue una de ellas. Estaba en la lista desde el primer año. Fue registrada como "Moree" desde que se mudó al 12.
—Y nadie pensó en decírmelo —dijo Haymitch con amargura, aunque sabía que nadie tenía por qué hacerlo. Era él quien había cerrado todas las puertas. Quien fingió que el cariño no lo tocaba. Quien creyó que alejarla era protegerla.
Beetee no respondió de inmediato. Su atención estaba fija en las pantallas. Las líneas de código iban y venían, desenredando capas de protección como quien pela una cebolla venenosa. Los primeros rastros eran claros: Angely Snow había movido dinero, sí, pequeñas cantidades disfrazadas de donaciones, depósitos triangulados, nombres falsos.
—Encontré algo —murmuró Beetee, ampliando la visualización—. No es concluyente, pero lo suficiente para confirmar lo que sospechabas. Hay transferencias a cuentas secundarias ligadas a tributos en los últimos Juegos antes del final… algunas conectan con nombres desaparecidos del sistema. Claramente fueron borrados a propósito.
Haymitch asintió en silencio era una sorpresa. Angely Snow había intentado usar su lugar para ayudar, aunque fuera con gestos mínimos.
Pero entonces Beetee frunció el ceño.
—Espera.
Sus dedos se movieron más rápido. Reconfiguró una serie de accesos, saltó por capas cifradas que llevaban años sin ser tocadas. La pantalla parpadeó varias veces antes de arrojar nuevos registros.
—Esto no puede ser.
—¿Qué pasa? —preguntó Haymitch, levantándose un poco de su asiento.
Beetee entrecerró los ojos, la luz azul de las pantallas reflejándose en sus gafas.
—Angely Snow murió hace siete años, ¿cierto?
—Sí
—Entonces explícame cómo es que estas transacciones continúan durante seis años más.
El silencio volvió a caer. Denso. Cargado.
Haymitch se acercó. En la pantalla, los registros más recientes llevaban marcas aún más profundas de encriptación. Como si quien las hizo supiera exactamente cómo cubrir sus huellas. Pero no del todo.
—No fue Angely —dijo Haymitch, más para sí mismo que para su compañero— Fue ¿Zahra?
Beetee no lo negó. Seguía desencriptando, capa por capa.
—Los montos son similares, pero el patrón es más cuidadoso. Más... moderno. No hay triangulaciones innecesarias. Todo está en criptomonedas del Capitolio mezcladas con redes de los Distritos periféricos. Estas transferencias ayudaron a familias enteras a salir de sectores peligrosos. A tributos designados a "entrenamientos especiales" se les asignaron mejoras. Anónimas, pero constantes.
—¿Y nadie lo notó?
—Probablemente alguien lo hizo —respondió Beetee—. Pero decidieron callarlo. Tal vez por miedo. Tal vez porque sabían lo que ella era.
Haymitch sintió un nudo en la garganta. No de sorpresa, sino de culpa. Zahra había sido mucho más que una víctima o una hija. Más que un apellido.
—Por eso se fue del Capitolio —murmuró—. No huía solo del régimen. Estaba huyendo de algo más grande tal vez de sí misma.
Beetee se reclinó en su silla, agotado.
—Esto está más profundo de lo que pensé. Dame unas horas más. Tal vez días. Pero si quieres la verdad, Haymitch… ella no solo heredó la sangre Snow.
Haymitch volvió a mirar la ficha de Celeste, todavía en su mano. Pero ahora, el peso de Zahra volvía a hundirlo.
—Entonces mejor que nos preparemos —dijo, cerrando los ojos—. Porque esto ya no se trata solo de nombres en una lista.
Haymitch apretó el puente de la nariz con los dedos, como si así pudiera contener la presión que le apretaba las sienes. El reglamento, ese borrador sin alma que ayudaba iban a diseñar, diría que solo una vida sería indultada. Una. Pero ahora tenía dos rostros clavados en la conciencia como espinas imposibles de arrancar. Celeste, su Celeste, la que había intentado proteger a distancia con su indiferencia, con su silencio. La que amaba a quemarropa así lo niegue.
Y Zahra, esa joven maldita del Capitolio que, sin embargo, había demostrado una compasión peligrosa, casi revolucionaria, con actos escondidos en la penumbra. ¿Cómo decidir entre el amor y la justicia? ¿Entre lo que deseaba y lo que Panem tal vez necesitaba para no caer otra vez en el abismo?
Beetee, concentrado, dejó de teclear por un momento. —Encontré algo —murmuró—. En los registros del último Vasallaje. Hay una transacción muy bien camuflada como ayuda a los rebeldes, bajo el nombre de una tal Irene Vellum, era extraño porque casi nadie del capitolio financiaría a los rebeldes, por lo que siguió rastreando ese dinero hasta que se dio cuenta era una amiga cercana de Angely Snow… Pero el mensaje adjunto tiene tono de urgencia…
Leyó en voz alta, despacio, como si el peso de cada palabra desnudara el origen verdadero:
—"Para que la esperanza no muera."
Haymitch sintió el café enfriarse en sus manos. Sospecho de Zahra. No podía probarlo todavía, pero lo sabía. Y eso hacía todo infinitamente peor.
Zahra POV
El silencio de la noche es lo más cruel que tengo. No hay gritos, ni disparos, ni órdenes. Solo mi cabeza. Solo la certeza que late en cada parte de mi cuerpo: voy a morir.
Tal vez no hoy. Tal vez no mañana. Pero ya fue decidido.
La habitación donde me alojaron en el ala este del viejo palacio presidencial, tiene ventanas altas, una cama demasiado suave, y una lámpara que titila como si supiera que estoy despierta. Gale dejó su abrigo colgado en una silla cuando vino a dejarme una bandeja con comida que no toqué. También dejó la puerta cerrada con doble seguro. Fue amable, pero no tonto.
No lo culpo.
Me incorporo sin hacer ruido. Miro mis manos. La derecha tiembla un poco. Hace tiempo que no usaba esto. Me acerco al rincón más oscuro de la habitación, junto a la estantería vacía. Me arrodillo y presiono con los dedos el borde inferior del zócalo. Está ahí. Justo donde lo recordaba.
Mi prima me mostró este pasadizo cuando éramos niñas, entre susurros, cuando mi abuelo se ausentaba. "Por si algún día necesitamos irnos sin que nadie lo sepa", me dijo. Entonces no entendía por qué una Snow debía escapar de algo. Ahora sí.
La pared cede con un leve clic. El polvo me raspa la garganta mientras me cuelo por el hueco. El túnel es estrecho y oscuro, pero conozco cada curva. Cuando salgo al patio trasero, el aire me golpea con una libertad falsa. Estoy viva. Pero, ¿cuánto más?
No planeo huir. Aunque podría hacerlo. Conozco los ángulos ciegos, la forma de caminar sin ser oída. Lo aprendí como otros aprenden a escribir.
Pero no. No vine a eso.
Camino entre los senderos de tierra helada hasta llegar al viejo viñedo que mi abuelo mandó plantar "para recordar la nobleza de nuestras raíces". Irónico. A pesar de todo, las vides siguen ahí, fuertes, verdes. Resistiendo. Como si no supieran que fueron cultivadas por un monstruo.
Estoy a punto de sentarme en uno de los bancos de piedra cuando oigo pasos. Me giro, alerta. Es rápido. Más rápido de lo que esperaba.
—¡Eh! —dice una voz agitada.
Y entonces lo veo. Peeta Mellark. Cansado, despeinado, con una chaqueta gruesa mal abrochada. Me apunta con la linterna. No me reconoce.
—¿Quién eres? —pregunta, avanzando. Cree que voy a correr. Lo veo en sus ojos.
—No vine a huir —susurro.
—¿Zahra Snow? —pregunta, con una mezcla de asombro y amenaza.
No respondo enseguida. Sé lo que está viendo. Mi pijama azul, el abrigo colgando sobre mis hombros, el rostro sin maquillaje, el cabello comenzando a perder el tinte.
Me acerco un paso. Él duda.
Entonces, él da otro paso, rápido. Intenta sujetarme del brazo.
Instinto.
Mi puño conecta con su mandíbula.
Peeta retrocede, tambaleando, y cae sentado sobre una piedra.
—¡¿Qué…?! —gruñe, frotándose el rostro.
—Lo siento —digo, agachándome a su lado. Estoy tan sorprendida como él—. Fue… reflejo.
Él me mira con confusión, como si no supiera si debe gritar o reír.
—¿No vas a correr?
—No.
Me siento en el banco, mirando el cielo. Las nubes no tapan del todo la luna.
Peeta se queda quieto, luego se levanta con dificultad, y se sienta junto a mí. A una distancia prudente.
—¿Por qué estás aquí? —pregunta. Su voz suena más tranquila, aunque aún cargada.
—No podía dormir. Pensé en escapar. No lo hice. Tal vez porque... creo que morir es lo que debe pasar. Si mi existencia es un riesgo para que Panem tenga paz tal vez lo justo sea que me apague.
Silencio. Solo el viento entre las hojas.
—¿Eso crees? —murmura.
—No lo sé. Ya no confío en lo que creo.
—Entonces no lo digas como si fuera una certeza —responde él, con suavidad.
Lo miro. Sus ojeras están marcadas. Hay algo quebrado en su mirada, pero también una bondad que no entiendo.
—Me alegra que estés mejor —le digo.
—¿Mejor?
—Mi abuelo… —respiro hondo—, me obligó a ver las grabaciones de cuando estabas en cautiverio. Dos veces. Para que entendiera lo que pasaba si una Snow se portaba mal.
Lo digo sin rodeos. Ya no tiene sentido esconder heridas.
Peeta parpadea. Y por primera vez, veo dolor real en su rostro. No por él. Por mí.
—Eso no te hace culpable, Zahra.
—No. Pero me hace parte. Me hace heredera de algo que no pedí.
Nos quedamos así. Dos sombras sentadas bajo la luna. Dos sobrevivientes de cosas distintas, pero igual de deformantes. Y por un segundo… solo por un segundo… siento que puedo respirar sin que duela.
Sigo mirando el cielo. Me cuesta encontrar una estrella fija entre las nubes, pero al menos no tengo techo. Peeta permanece a mi lado, con las manos entrelazadas y la mandíbula un poco inflamada. No ha vuelto a decir nada desde que confesé lo de las grabaciones. Supongo que no hay palabras para eso.
Entonces oigo pasos. Rápidos. Pesados. Trotando.
Me enderezo, por costumbre más que por miedo. Peeta también gira el rostro.
—Zahra —dice una voz, dura, áspera, como un disparo.
Gale aparece por el sendero con la respiración agitada, la mirada encendida y una mano cerca del arma que no llegó a desenfundar.
Su vista va directa a mí, y luego a Peeta. Se tensa.
—¿Qué diablos…?
Peeta se pone de pie, alzando las manos con calma.
—Todo está bien.
—¿Cómo que está bien? —responde Gale con un tono bajo pero filoso—. Es una prisionera. No debería estar acá afuera. Y tú
Se muerde las palabras. No termina la frase. No necesita hacerlo todos las oímos en su cabeza. Tú Peeta deberías saber lo que significa confiar en alguien con apellido Snow.
Yo también me pongo de pie, despacio.
—No escapé —digo—. Solo necesitaba respirar. No iba a correr.
—¿Cómo saliste? —pregunta, más a sí mismo que a mí.
—Tuve una infancia interesante.
Gale me mira como si quisiera entender si lo estoy desafiando o si simplemente ya me rendí. No sabe que ni yo misma lo tengo claro.
Su atención regresa a Peeta. Y ahí es donde lo noto. La sombra en sus ojos. No es por mí. Es por él.
La imagen de ambos juntos, bajo la luna, en un viñedo que alguna vez fue símbolo de poder lo descoloca. Porque no puede evitar ver lo que fue, lo que casi fue Katniss, Él, Peeta. El pasado. Todo sangrando en esta escena.
—¿No lo viste? —le pregunta a Peeta, con el ceño fruncido—. ¿No viste que era ella?
—La vi. Y no hizo nada. Podía haber huido. Pero se quedó —responde Peeta.
Gale niega con la cabeza. Está frustrado, cansado. Me doy cuenta de que no es solo por mí. Es por todo.
—Gale —digo, en voz baja—. Me pusiste este abrigo tú ¿Quizás no lo notaste?
Él me observa, frunciendo la boca como si tuviera mil palabras queriendo salir y ninguna fuera suficiente.
—No te confundas. Que tenga compasión no significa que crea en ti —masculla.
—Yo tampoco creo en mí —respondo. Y ese es el problema.
Se hace un silencio. Peeta me observa, con esa mezcla suya de compasión y análisis que nadie logra imitar. Gale desvía la mirada, como si quisiera no estar ahí.
—Ya basta —dice, al final—. Volvamos. Antes de que alguien más te vea.
Empiezo a caminar, pero al pasar junto al viñedo, arranco una hoja. La doblo entre mis dedos. No sé por qué lo hago. Tal vez por costumbre. Tal vez para no olvidar.
Peeta me sigue con la mirada. No dice nada.
Gale camina unos pasos detrás. No me toca. No me empuja. Pero su presencia pesa.
Cuando cruzamos la puerta del palacio, siento que algo se quedó allá afuera. Algo mío o algo que nunca fue del todo mío.
Y por primera vez en mucho tiempo, no sé si quiero recuperarlo.
N/A: Hola chic s perdón si esta vez no esta tan pulido, pero literalmente me quede hasta la madrugada. Por si acaso anticipo este fanfic esta basado en los juegos del hambre aunque habrá una que otra referencia a los dos últimos libros de Suzanne Collins serán mínimos y si también no todas las muertes que están en los libros pasan aquí ya abran notado a Finnick, en mi historia no muere aunque queda mal herido (Pierde un miembro) y así van a ir descubriendo uno que otro cambio.
Muchas gracias por leer mi historia y espero vayan disfrutándola.
