Muchas gracias a todos por sus mensajes.
Ya después de mucho tiempo comparto la continuación


2

YAMATO

La misión de rango S no era diferente a otras en el papel: infiltrarse, recopilar información, regresar ilesos. Lo que Yamato no había previsto —ni en el informe más detallado— era la creciente distracción que lo atenazaba desde que partieron de Konoha.

El responsable caminaba unos pasos delante de él, despreocupado, con una mano metida en el bolsillo y la otra sosteniendo ese endiablado libro naranja.

Kakashi Hatake.

Imperturbable como siempre.

Inalcanzable como un sueño que se disuelve al amanecer.

Yamato intentaba mantenerse concentrado. ¡Lo intentaba de verdad! Pero había algo en la silueta relajada de Kakashi, en la forma en que su cabello plateado atrapaba la luz de la luna, que lo desarmaba sin piedad.

Cada tanto, Kakashi giraba levemente la cabeza para verificar que su compañero lo siguiera, y en esos breves instantes Yamato sentía que se le congelaba la garganta. ¿Era posible enamorarse durante una misión?

«Ridículo», se decía. «Tienes una tarea que cumplir.»

Pero el corazón tiene sus propias misiones secretas.

Caminaron en silencio durante horas, hasta que la espesura del bosque se abrió a un claro bañado por la luz plateada. Kakashi se detuvo. Se volvió hacia Yamato, y aunque la máscara seguía cubriéndole el rostro, sus ojos, esos ojos profundos y cansados, sonrieron de una manera que no necesitaba palabras.

—¿Cansado? —preguntó.

Yamato abrió la boca, pero ninguna respuesta coherente salió de ella. Solo atinó a asentir, como un tonto. Kakashi soltó una risa baja, casi un susurro.

—Descansaremos aquí un rato.

Se sentaron espalda con espalda, en silencio, vigilando la noche. Yamato sentía el calor de Kakashi traspasar su chaqueta de combate, una calidez que no tenía nada que ver con el fuego o el chakra. Cerró los ojos un momento, permitiéndose solo por esa noche, solo bajo esa luna, enamorarse en silencio.

Kakashi, por su parte, hojeaba su libro con una lentitud inusual.

Quizás —solo quizás— también sentía algo en ese instante robado al deber.

Yamato sonrió para sí mismo.

Si moriría mañana, al menos esta noche su corazón había vivido.

El claro donde descansaron apenas fue el inicio.

Poco antes del amanecer, retomaron el camino, internándose en un bosque denso, cubierto por la neblina y el canto perezoso de algunos pájaros.

Fue entonces cuando oyeron el rumor del agua.

Un río angosto y claro serpenteaba entre las piedras, como una cinta de cristal. Kakashi se detuvo, observándolo con esa expresión perezosa que a Yamato le resultaba insoportablemente encantadora.

—Podríamos bañarnos —sugirió con naturalidad, como si hubieran salido de picnic en lugar de estar en medio de una misión de clasificación S.

Yamato sintió un breve cortocircuito mental.

¿Bañarse? ¿Ahora? ¿Juntos?

Antes de que pudiera procesarlo, Kakashi ya se había quitado la chaqueta. Sus movimientos eran ágiles, desprovistos de cualquier vergüenza. Como si quitarse las capas de ropa también fuera una estrategia de combate, precisa y letal para la cordura de su compañero.

La máscara, curiosamente, permaneció en su sitio.

Yamato, rígido como un tronco, fingió buscar algo en su mochila mientras Kakashi se despojaba de las botas y los pantalones. De reojo, vio el destello pálido de la piel bajo la tenue luz del bosque. Sus músculos eran finos, flexibles, marcados por años de entrenamiento y cicatrices dispersas como constelaciones.

La garganta de Yamato se secó al instante.

—¿Vienes o qué? —preguntó Kakashi desde el agua, lanzándole una sonrisa ladina que apenas se adivinaba bajo la máscara.

Yamato soltó una risita nerviosa, tropezando con una raíz que no estaba ahí hace cinco segundos.

Se quitó la chaqueta con torpeza, casi se enredó en su propia camiseta, y cuando intentó desabrocharse el cinturón, este decidió trabarse de la manera más humillante posible.

Kakashi lo observaba divertido, sus ojos curvándose con un brillo malicioso.

—¿Problemas técnicos? —bromeó.

—N-no —balbuceó Yamato, sintiéndose más expuesto aún vestido que si estuviera desnudo.

Finalmente, de alguna forma milagrosa, logró meterse en el agua. El frescor del río le arrancó un jadeo, pero el verdadero estremecimiento lo provocaba la presencia cercana de Kakashi.

El jōnin nadaba tranquilo, sumergiéndose y reapareciendo como un espíritu travieso, mientras Yamato apenas lograba mantenerse a flote sin mirarlo demasiado.

Cada gota que corría por la piel de Kakashi parecía diseñada para poner a prueba su resistencia.

Yamato sentía que podía levantar murallas con su chakra, controlar la madera a su antojo, ¡pero no podía controlar la velocidad absurda a la que latía su corazón!

Se sumergió rápidamente para disimular su sonrojo, rogando que el agua helada le ayudara a recuperar la compostura.

Cuando emergió, encontró a Kakashi más cerca de lo que esperaba, a apenas unos centímetros.

—Relájate —murmuró el otro, casi en un ronroneo.

Yamato, rojo hasta las orejas, solo logró asentir.

Desde las orillas del río, el bosque entero parecía contener la respiración.

El río continuaba susurrando entre las piedras, indiferente a la tensión que vibraba en el aire. Yamato intentaba mantenerse a flote en más de un sentido, pero cada movimiento de Kakashi, cada roce accidental bajo el agua, era como una emboscada directa a su autocontrol.

Kakashi se estiró hacia una roca cercana, su cuerpo elegante dibujando líneas imposibles de ignorar. Yamato, en su desesperado intento por no mirarlo tanto, terminó dando un traspié en el fondo resbaladizo del río.

Pataleó torpemente, chapoteando como un principiante.

Kakashi reaccionó en un instante.

Con una eficiencia insultantemente tranquila, lo sujetó por la muñeca y lo atrajo hacia sí para evitar que se sumergiera.

Yamato quedó pegado contra él, piel contra piel, sintiendo el calor de su compañero a través del agua fría.

Demasiado cerca.

Demasiado real.

Kakashi inclinó ligeramente la cabeza, mirándolo a través de esas pestañas plateadas empapadas. Por un momento que se estiró más allá del tiempo y la lógica, Yamato pensó que Kakashi podía escuchar cada latido errático de su corazón.

—¿Todo bien? —preguntó Kakashi en voz baja, sus palabras rozando su oído como una caricia.

Yamato asintió de nuevo, aunque la verdad era que apenas podía recordar su propio nombre.

Kakashi sonrió de esa forma perezosa y tranquilizadora que escondía más de lo que decía. Y, sin soltarlo del todo, dejó que Yamato recobrara el equilibrio.

Cuando finalmente se separaron, Yamato deseó volver a tropezar, solo por sentir ese contacto otra vez.

Pero Kakashi no dijo nada más.

Se sumergió bajo el agua en un movimiento ágil y emergió río abajo, lanzándole una mirada juguetona antes de nadar de regreso a la orilla.

Yamato se quedó en medio del río, temblando más por dentro que por fuera.

La misión los esperaba.

El deber los reclamaba.

Pero en ese instante, en ese pequeño rincón del mundo donde nadie más existía, Yamato supo que había cruzado una frontera mucho más peligrosa que cualquier territorio enemigo: la de su propio corazón.

Y ya no había vuelta atrás.

Kakashi salió del río primero, el agua resbalando por su piel como hilos de plata. Se calzó la ropa con la misma calma de siempre, mientras Yamato luchaba por no ahogarse en su propia torpeza emocional.

Cuando finalmente salió también, la brisa matutina lo envolvió, pegando su ropa mojada a su cuerpo, recordándole cada segundo vivido en el agua.

Intentó vestirse rápido, pero sus dedos parecían tontos, tropezando con cada botón, cada hebilla.

Apenas lograron recomponerse, Kakashi echó un vistazo al cielo aclarando y dijo, casi despreocupadamente:

—Sigamos. Estamos cerca de la frontera.

Yamato se limitó a asentir, demasiado consciente del calor que subía por su cuello cada vez que sus miradas se cruzaban.

Caminaron en silencio, pero no era el silencio cómodo de antes. Ahora el aire entre ellos estaba cargado, como antes de una tormenta. Cada crujido de las ramas bajo sus pies, cada roce casual de sus hombros al andar, era una chispa en la pólvora.

Kakashi, por su parte, parecía completamente imperturbable, o tal vez era experto en esconder lo que sentía.

De vez en cuando lanzaba miradas de soslayo a Yamato, como midiendo algo, como si pudiera ver justo a través de él.

Yamato caminaba con la espalda rígida, su mente dando vueltas sin descanso.

¿Cómo podía mantener la concentración? ¿Cómo podía pensar en estrategias, en enemigos ocultos, en señales de chakra, si cada paso que daba lo alejaba más de la compostura que alguna vez tuvo?

Al llegar a un pequeño promontorio que dominaba el valle, Kakashi se detuvo.

—Haremos un alto para observar movimientos —anunció, agachándose entre los arbustos. Le hizo un gesto a Yamato para que se acercara.

Yamato obedeció, pero en su apuro por llegar a su lado, pisó una raíz oculta. Tropezó y, antes de poder detenerse, cayó de lleno contra Kakashi.

Rodaron un par de veces entre la hierba, hasta que Yamato quedó atrapado bajo el otro jōnin, su rostro peligrosamente cerca del de Kakashi, la máscara ahora ligeramente desplazada hacia un lado.

Los ojos de Kakashi, a tan poca distancia, eran como dos lunas de plata, sorprendidos… y algo más.

Ninguno dijo nada.

La respiración de ambos era lo único que se oía.

Entonces, casi imperceptiblemente, Kakashi sonrió bajo la máscara caída, un gesto suave, vulnerable.

Yamato, paralizado, se preguntó si debía apartarse, disculparse, fingir que nada había pasado. Pero su cuerpo, traidor, se negó a moverse.

Kakashi fue el primero en romper el hechizo.

—Parece que hoy… el que necesita vigilancia eres tú —murmuró, su voz grave resonando directo en el pecho de Yamato.

Se apartó lentamente, ofreciéndole la mano para ayudarlo a incorporarse. Yamato la aceptó, sintiendo el calor de sus dedos más real que cualquier otra cosa.

La misión aún no había terminado.

Su lucha interna apenas comenzaba.

Pero mientras retomaban su posición de vigilancia, hombro con hombro, Yamato entendió que, de alguna manera, Kakashi había notado algo. Y no se había apartado.

Quizás… solo quizás… no todo estaba perdido.

La misión concluyó al anochecer, con el éxito meticulosamente limpio que se esperaba de dos jōnin de su calibre. No hubo celebraciones, ni aplausos, solo el crujir de las ramas y la satisfacción silenciosa de un trabajo bien hecho.

Pero mientras acampaban bajo un cielo tachonado de estrellas, el silencio volvió a apoderarse de ellos. Esta vez, era un silencio expectante.

Kakashi se recostó contra el tronco de un árbol, hojeando su libro apenas unos minutos antes de cerrarlo, como si tampoco pudiera concentrarse.

Yamato preparaba el pequeño fuego, pero su mente seguía atrapada en cada momento del día: el río, la caída, la cercanía peligrosa.

Finalmente, Kakashi rompió la calma.

—Oye, Yamato —dijo en voz baja, como si no quisiera que las estrellas los oyeran—. ¿Te pasa algo?

La pregunta lo desarmó. Yamato soltó un suspiro, dejando caer un trozo de leña junto al fuego, y se sentó frente a él, cruzando las piernas con rigidez.

—No… no es nada grave —mintió.

Kakashi ladeó la cabeza, esa maldita mirada suya atrapándolo de nuevo, como si pudiera arrancarle las palabras a la fuerza.

—Hoy… —continuó Yamato, arriesgándose—. Hoy fue… un día complicado.

Kakashi entrecerró los ojos, analizando cada matiz de su voz.

El viento jugaba con su cabello plateado, la luz de las brasas dibujaba sombras suaves sobre su rostro enmascarado.

—¿Complicado por la misión… o por mí? —preguntó Kakashi, sin rodeos.

Yamato tragó saliva.

No había escapatoria. No quería una, en realidad.

—Por ti —admitió en un hilo de voz, incapaz de sostener su mirada.

Por un momento temió haber arruinado todo. Pero cuando alzó los ojos, encontró a Kakashi sonriendo, con esa ternura discreta que nadie más conocía.

Kakashi se quitó lentamente la máscara, revelando por completo su rostro solo para él.

Su boca era suave, con una curva traviesa en las comisuras, como si estuviera a punto de soltar una broma… o un secreto.

—Sabes —dijo, su voz más cercana, más cálida—, no tienes que pelear contra eso.

Yamato apenas respiraba.

El mundo se había reducido a la distancia entre ellos.

Kakashi se inclinó hacia adelante, hasta que sus frentes se rozaron en un gesto tan íntimo, tan sencillo, que hizo que el corazón de Yamato latiera con fuerza brutal.

—Cuando terminemos esta misión… —murmuró Kakashi—. Cuando regresemos a casa… si quieres, podemos hablar de esto. Sin prisas. Sin máscaras.

Yamato cerró los ojos, sonriendo, sintiendo cómo toda la tensión acumulada se deshacía al fin.

—Me encantaría —susurró.

Se quedaron así, bajo las estrellas, dos guerreros agotados, dos almas encontrándose en la mitad de un campo de batalla silencioso.

El fuego chisporroteaba, el bosque cantaba bajito, y por primera vez en mucho tiempo, Yamato dejó que la esperanza floreciera en su pecho.

Porque en esa noche tranquila, entre heridas y cicatrices invisibles, algo hermoso empezaba a crecer.

Algo real.

Regresaron a Konoha unos días después, sanos y victoriosos, aunque Yamato sentía que había dejado algo de sí mismo perdido en el bosque, junto al rumor del río y las noches estrelladas.

Kakashi volvió a su rutina habitual: misiones, informes, lecturas interminables de "Icha Icha". Siempre sonriente, siempre amable.

Siempre a una distancia prudente.

Siempre fuera de alcance.

Hubo pequeños momentos: alguna sonrisa compartida, una charla trivial bajo un árbol, una fugaz caricia de hombros al cruzarse en un pasillo.

Yamato los atesoraba todos, como un mendigo que recoge migajas doradas, sabiendo que nunca serían un banquete.

La conversación que habían prometido bajo las estrellas nunca ocurrió.

No porque Kakashi la evitara. No.

Sino porque Yamato, al verlo moverse entre sus amigos, entre todos aquellos que lo admiraban y necesitaban, entendió algo con dolorosa claridad.

Kakashi era de todos y de nadie.

Un alma libre, rota de maneras que nadie podía remendar, que apenas se permitía amar siquiera a sí mismo.

¿Cómo podía él aspirar a más?

Una tarde, mientras el sol ponía brasas en el cielo, Yamato lo vio sentado en el campo de entrenamiento, leyendo despreocupadamente.

Durante un largo momento pensó en acercarse.

Confesarlo todo.

Decirle que lo amaba, no de un modo grandioso ni exigente, sino con la sencilla devoción de quien admira una estrella sabiendo que nunca podrá tocarla.

Pero no lo hizo.

No tenía derecho a pedirle nada.

En su lugar, se quedó allí, entre las sombras, observándolo una última vez.

Kakashi rió levemente por algo que leía en su libro, alzando el rostro al sol, despreocupado, hermoso y trágico sin saberlo.

Yamato sonrió también, aunque el corazón se le quebrara en silencio.

Se dio media vuelta y se marchó.

No por cobardía.

Sino por amor.

Por respeto a algo que nunca le pertenecería.

Esa noche, mientras la aldea dormía y la luna ascendía como una vieja compañera de tristezas, Yamato aceptó su lugar: un guardián invisible de sentimientos no correspondidos, una raíz enterrada bajo la tierra, sosteniendo un árbol que jamás le daría sombra.

Y, aún así, amándolo.

Siempre.