Continúa lo platónico.


3

MAITO GUY

"El Rival de la Eternidad"

Maito Guy siempre había vivido la vida como una explosión: pasión, esfuerzo, sudor, alegría. Todo en él era intensidad.

Todo… excepto una cosa.

Una sola batalla que jamás se atrevió a pelear.

Kakashi Hatake.

Su eterno rival.

Su eterno amor secreto.

Guy no se engañaba: todo el mundo caía bajo el hechizo de Kakashi tarde o temprano.

Chunin, jōnin, anbu, civiles.

No importaba la edad ni el temperamento: bastaba una mirada perezosa, un gesto distraído, una sonrisa semioculta bajo esa infernal máscara, para que los corazones más firmes tambalearan.

Incluso él, el ardiente y poderoso Maito Guy, había sucumbido hacía ya muchos años.

Claro que jamás lo admitiría en voz alta.

Se limitaba a lanzarle desafíos absurdos, a buscar su atención con retos de fuerza y resistencia, como un niño que corre junto al borde de un precipicio solo para que alguien lo mire.

Era más seguro reír y gritar que confesar.

Una tarde, después de una sesión de entrenamiento que había terminado —como siempre— con Guy jadeando en el suelo y Kakashi hojeando su libro sin despeinarse, Guy decidió que era hora de ser… un poco más atrevido.

Se incorporó con un brinco teatral, señalándolo con el dedo.

—¡Kakashi! ¡Te reto a un desafío supremo de virilidad juvenil!

Kakashi, sin apartar los ojos de su lectura, arqueó una ceja.

—¿Otro? —preguntó en tono lánguido.

—¡Sí! ¡Esta vez, el desafío será… quien logre conquistar más corazones en un solo día!

Por primera vez, Kakashi bajó el libro unos centímetros, lo suficiente para revelar sus ojos ligeramente brillantes, como si le divirtiera la idea.

—¿Corazones? ¿En serio?

Guy se ruborizó hasta las orejas, pero no retrocedió.

—¡Así es! ¡Un desafío de pasiones, afecto y juventud!

Kakashi se quedó mirándolo un instante. Luego, en su habitual tono perezoso, dijo:

—Me parece que ese ya lo he ganado, Guy.

Y con una sonrisa apenas visible bajo la máscara, se dio media vuelta y desapareció entre los árboles, dejándolo plantado con el corazón tamborileándole en el pecho.

Guy se quedó allí, solo en el campo de entrenamiento, riendo para sí mismo.

Era verdad.

Kakashi había ganado sin siquiera intentarlo.

Había conquistado su corazón mucho antes de que existieran los desafíos, los duelos, las promesas juveniles.

Y seguiría siendo así, siempre.

Guy se dejó caer de espaldas en el pasto, contemplando las nubes.

No era un amor triste, pensó.

Era un amor vibrante, heroico en su propia forma absurda: amar sin esperar ser amado, competir por una mirada, luchar no para ganar, sino para permanecer en su órbita un poco más.

Después de todo, ser el eterno rival de Kakashi era, para Guy, la forma más gloriosa de estar a su lado.

Aunque el trofeo fuera invisible.

Aunque el premio fuera una sonrisa robada, una broma cansada, un duelo absurdo en medio de la tarde.

Para él, eso era suficiente.

Siempre lo sería.


"El Sueño de un Rival"

Aquella noche, cuando la luna flotaba pesada y naranja sobre Konoha, Guy se quitó su traje verde de entrenamiento y dejó caer su banda ninja sobre la mesa, como si el peso de los años también descansara ahí.

La casa estaba silenciosa.

Demasiado silenciosa.

Se dejó caer en el futón, mirando el techo, los brazos cruzados tras la cabeza, sintiendo cómo la soledad se acomodaba a su lado como una vieja amiga.

Cerró los ojos.

Y por un instante, permitió que la imaginación hiciera lo que la realidad no le concedía.

Se imaginó a Kakashi entrando en la habitación, dejando su libro sobre la mesa, sentándose a su lado como si fuera lo más natural del mundo.

Sin máscara.

Sin reservas.

—Guy —decía Kakashi, su voz tranquila, llena de esa pereza melancólica tan suya—. No tienes que esforzarte tanto para que te vea. Ya te veo.

Guy, en su sueño, reía de esa manera ruidosa y desbordante, pero Kakashi no se apartaba.

Lo aceptaba.

Le sonreía.

Quizás, en ese mundo imaginario, hasta se inclinaba ligeramente hacia él.

Quizás incluso dejaba caer su frente contra la de Guy, en una tregua silenciosa entre rivales de toda la vida.

Quizás.

Cuando abrió los ojos, la casa seguía vacía.

El único sonido era el crujido lejano del viento entre los árboles.

Guy se sentó, apoyando los codos en las rodillas, y sonrió para sí mismo.

Una sonrisa triste, pero orgullosa.

Sabía que ese Kakashi existía solo en su mente.

Sabía que su amor era una carrera que nunca ganaría.

Pero también sabía que en su corazón juvenil y obstinado, era suficiente haber sentido algo tan fuerte, tan real, aunque fuera en soledad.

Un fuego no necesita ser visto para arder.

Y Guy Sensei… siempre había sido fuego.

Se puso de pie, recogió su banda, y la anudó a su frente con renovado fervor.

Mañana sería otro día.

Otro desafío.

Otra oportunidad de estar cerca de su estrella.

FIN

Aunque nunca la alcanzara, seguiría corriendo hacia ella.

Siempre.