Este capítulo se correspondería con «Primer Encuentro». Transcurre el Martes, 18 de enero de 2005, igual que el Prólogo, y avanza hasta el almuerzo.

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CAPÍTULO 2:
Aturullada – Flustered

A la mañana siguiente, cuando el albor del día disipó mis temores y pude atreverme a mirar, lo único que se veía a través de la ventana era una densa niebla y sentí que la claustrofobia se apoderaba nuevamente de mí.

Aquí nunca se podía contemplar el cielo abierto, parecía una jaula.

El desayuno con Charlie se desarrolló en silencio. Me deseó suerte en la escuela y le di las gracias, aun sabiendo que sus esperanzas eran vanas.

La buena suerte solía esquivarme.

Charlie se marchó primero, directo a la comisaría, que era su esposa y su familia. Examiné con detenimiento la nueva cocina después de que se fuera, todavía sentada en una de las sillas que había comprado, junto a una mesa plegable de jardín a juego.

La cocina seguía siendo tan pequeña como en mis recuerdos, pero se había desecho de los paneles oscuros de madera de las paredes y del linóleo del suelo lleno de manchas y había puesto azulejos geométricos de colores blanco y amarillo que hacían fulgurar la luz con patrones de soles que se repetían por doquier. Parecía más una estampa digna de un catálogo de bricolaje que algo que realmente se utilizase para cocinar.

Sonreí al ilusionarme un poco con la idea de que Charlie por fin hubiera pasado página.

Pero no fue hasta que me fijé detenidamente en los armarios, pintados de un sereno color mostaza claro, que mis vanas esperanzas se esfumaron. Fue como esas láminas en las que ves una imagen formada por colores sin sentido y cuando desenfocas los ojos y te pones bizca, vislumbras lo que está oculto. No eran muebles nuevos, eran los mismos que mi madre había pintado de un horrible amarillo chillón dieciocho años atrás.

La cocina tenía exactamente el aspecto que hubiera querido conseguir mi madre si ella se hubiera molestado en aprender qué tipo de pintura era la correcta para la madera, que había que lijar las piezas y limpiarlas antes de aplicar una imprimación. O que había que rebajar el tono, diluyéndolo en base blanca, hasta que no te sangraran los ojos al verlo.

Todo lo que tuve que aprender para poder repintar mi cuarto en Phoenix.

Vagabundeé un poco por la casa cuando me terminé el cuenco de cereales. Justo encima de la nueva chimenea, que no tenía pinta de ser sólo decorativa, había una larga hilera de fotos enmarcadas. La primera foto era de la boda de Charlie en los juzgados de Port Angeles. Y luego la que nos tomó a los tres una amable enfermera del hospital donde nací, seguida por una sucesión de mis fotografías escolares hasta el año pasado. Verlas me resultaba muy embarazoso. Tenía que convencer a Charlie de que las pusiera en otro sitio, al menos mientras yo viviera aquí.

Era imposible permanecer en aquella casa y no darse cuenta de que Charlie no se había repuesto realmente de la marcha de mi madre. Eso me hizo sentir incómoda y deseosa de salir echando mistos, como si realmente estuviera encantada y un espectro, no uno vestido con sábanas y con cadenas, sino el del matrimonio que nunca pudo llegar a ser feliz, estuviera acechando tras las paredes.

No quería llegar demasiado pronto al instituto, pero no podía permanecer en la casa más tiempo, por lo que me puse el anorak, tan grueso que recordaba a uno de esos trajes empleados en caso de peligro biológico, y me encaminé hacia la llovizna.

Aún chispeaba, pero no lo bastante para que me calara mientras dejaba la llave de la casa de regreso al alero tras cerrar a cal y canto. El ruido de mis botas de agua nuevas resultaba enervante. Añoraba el crujido habitual de la grava al andar del patio de mi casa en Phoenix. No pude detenerme a admirar de nuevo el trasto, tanto como deseaba, y me apresuré a escapar de la húmeda neblina que se arremolinaba sobre mi cabeza y se agarraba al pelo por debajo de la capucha. Dentro de la camioneta al menos estaba cómoda y a cubierto.

Some of them want to use you
Some of them want to get used by you
Some of them want to abuse you
Some of them want to be abused

El trayecto bajo las exiguas luces matinales y sin la compañía de Jacob me derrengó más de lo que me esperaba, era casi como a cada tramo de árboles que lindaban el camino hubiera al acecho alguna criatura escondida entre las ramas.

Sweet dreams are made of this
Who am I to disagree?
I've traveled the world and the seven seas
Everybody's looking for something

Apagué la radio porque no me hacía una buena compañía, aunque intentara mentalizarme de que era exactamente el mismo recorrido que había realizado el día anterior, no lograba aquietarme.

Finalmente llegué y aparqué frente al primer edificio, encima de cuya entrada había un cartelito que rezaba «Oficina principal». No vi otros coches estacionados allí, por lo que estuve segura de que estaba en zona prohibida, pero decidí que iba a pedir indicaciones en lugar de dar vueltas bajo la lluvia como una tonta. De mala gana salí de la cabina calentita de la camioneta y recorrí un sendero de piedra flanqueado por setos oscuros.

Respiré hondo antes de abrir la puerta.

En el interior había más luz y se estaba más caliente de lo que esperaba. La oficina era pequeña: una salita de espera con sillas plegables acolchadas, una basta alfombra con motas anaranjadas, noticias y premios pegados sin orden ni concierto en las paredes y un gran reloj que hacía tictac de forma ostensible. Las plantas crecían por doquier en sus macetas de plástico, por si no hubiera suficiente vegetación fuera.

Un mostrador alargado dividía la habitación en dos, con cestas metálicas llenas de papeles sobre la encimera y anuncios de colores chillones pegados en el frontal. Detrás del mostrador había tres escritorios. Una pelirroja regordeta con gafas se sentaba en uno de ellos.

Llevaba una camiseta de color púrpura que, de inmediato, me hizo sentir que yo iba demasiado elegante.

La mujer pelirroja alzó la vista.

—¿Te puedo ayudar en algo?

—Soy Isabella Swan —le informé, y de inmediato advertí en su mirada un atisbo de reconocimiento. Me esperaban. Sin duda, había sido el centro de los cotilleos. La hija de la caprichosa exmujer del jefe de policía al fin regresaba a casa.

—Por supuesto —dijo complacida.

Rebuscó entre los documentos precariamente apilados hasta encontrar los que buscaba.

—Precisamente aquí tengo el horario de tus clases y un plano de la escuela.

Trajo varias cuartillas al mostrador para enseñármelas. Repasó todas mis clases y marcó el camino más idóneo para cada una en el plano; luego, me entregó el comprobante de asistencia para que lo firmara cada profesor y se lo devolviera al finalizar las clases. Me dedicó una sonrisa y, al igual que Charlie, me dijo que esperaba que me gustara Forks. Le devolví la sonrisa más convincente posible antes de abandonar la oficina.

Cuando regresé a la camioneta me sorprendió ver una motocicleta estacionada justo enfrente, guarecida bajo el alero del edificio.

«Al amparo de la lluvia», supuse, arrugando el entrecejo de inquietud.

Nunca me habían llamado la atención las motos porque desde pequeña mis desafortunadas experiencias con bicicletas, patinetes en línea y monopatines habían logrado que arraigara una sempiterna desconfianza hacia cualquier medio de transporte similar. No me cabía en la cabeza cómo dos ruedas podían mantener la verticalidad, por mucho que la física diera explicaciones.

Además los accidentes de tráfico en Forks eran un plato de mal gusto con el que Charlie tenía que enfrentarse a menudo. Los largos tramos mojados de autopista que se retorcían y daban vueltas a través de un bosque continuo, acumulando ángulos muertos uno tras otro eran una trampa mortal año tras año.

La gente solía evitar esos lugares, con todos aquellos enormes camiones que transportaban troncos escondidos entre las curvas. Las excepciones a la regla eran las motos y Charlie había visto demasiadas víctimas (jóvenes en su mayoría), tiradas por la autopista. Antes de cumplir los diez años me hizo prometerle que nunca me montaría en una moto. Incluso a esa edad, no tuve que pensármelo dos veces para prometérselo. ¿A quién le iba a apetecer montar en moto en Forks?

Sería como darse un baño a noventa por hora.

En Phoenix, por el contrario, mamá había intentado convencerme de que me regalaría un escúter para mis desplazamientos cuando cumplí los dieciséis. Pero mi precario equilibrio nos puso en un compromiso en el concesionario y decidí tirar la toalla antes de seguir haciendo el ridículo. Aunque, debía de admitir que, con el calor de Arizona y las amplias avenidas, podría haber sido una agradable experiencia.

Contemplar esa motocicleta encadenada al tubo de desagüe de los canalones, con el depósito de la gasolina de un vivo color cerceta y esas líneas blancas de su armazón, estacionada a apenas un palmo de mi Chevy me produjo más estrés si cabe cuando subí a la cabina y arranqué el motor. Tuve que asegurarme tres veces de que había metido bien la marcha atrás, aunque la palanca de cambios parecía responder a las mil maravillas con el truco que Jacob me chivó, para no acabar convirtiendo la moto de ese majadero, que se había acercado demasiado a mi, en una tortita de acero y neumáticos.

Los vehículos de los demás estudiantes comenzaban a llegar cuando salí de ese rincón del aparcamiento. Los seguí, me uní a la cola de coches y conduje hasta el otro lado de la escuela. Supuso un alivio comprobar que casi todos los vehículos tenían aún más años que el mío, ninguno era ostentoso. En Phoenix, vivía en uno de los pocos barrios pobres del distrito Paradise Valley.

Era habitual ver un Mercedes nuevo o un Porsche en el aparcamiento de los estudiantes. Aun así, apagué el motor en cuanto aparqué en una plaza libre para que el estruendo no atrajera la atención de los demás sobre mí.

Examiné el plano en la camioneta, intentando memorizarlo con la esperanza de no tener que andar consultándolo todo el día. Lo guardé en la mochila, me la eché al hombro y respiré hondo.

«Puedo hacerlo», me mentí sin mucha convicción.

«Nadie me va a morder». Al final, suspiré y salí del coche.

Mantuve la cara escondida bajo la capucha y anduve hasta la acera abarrotada de jóvenes. Observé con alivio que mi sencilla chaqueta negra no llamaba la atención. Una vez pasada la cafetería, el edificio número tres resultaba fácil de localizar, ya que había un gran «3» pintado en negro sobre un fondo blanco con forma de cuadrado en la esquina del lado este. Noté que mi respiración se acercaba a la hiperventilación al aproximarme a la puerta del aula «C». Para paliarla, contuve el aliento y entré detrás de dos personas que llevaban impermeables de estilo unisex.

El aula era pequeña.

Los alumnos que tenía delante se detenían en la entrada para colgar sus abrigos en unas perchas; había varias. Los imité. Se trataba de dos chicas, una rubia de tez clara como la porcelana y otra, también pálida, de pelo castaño claro. Al menos, mi piel no sería nada excepcional aquí.

Entregué el comprobante al profesor, un hombre alto y calvo al que la placa que descansaba sobre su escritorio lo identificaba como Sr. Mason. Se quedó mirándome embobado al ver mi nombre, pero no me dedicó ninguna palabra de aliento, y yo, por supuesto, me puse colorada como un tomate. Pero al menos me envió a un pupitre vacío al fondo de la clase sin presentarme al resto de los compañeros. A éstos les resultaba difícil mirarme al estar sentada en la última fila, pero aun así se las arreglaron para conseguirlo. Mantuve la vista clavada en la lista de lecturas que me había entregado el profesor. Era bastante básica: Brontë, Shakespeare, Chaucer, Faulkner. Los había leído a todos, lo cual era cómodo... y aburrido. Me pregunté si mi madre me enviaría la carpeta con los antiguos trabajos de clase o si creería que la estaba engañando. Recreé nuestra discusión mientras el profesor continuaba con su perorata.

Cuando sonó el zumbido casi nasal del timbre, un chico flacucho, con acné y pelo grasiento, se ladeó desde un pupitre al otro lado del pasillo para hablar conmigo.

—Tú eres Isabella Swan, ¿verdad?

Parecía demasiado amable, el típico miembro de un club de ajedrez.

—Bella —le corregí.

En un radio de tres sillas, todos se volvieron para mirarme.

—¿Dónde tienes la siguiente clase? —preguntó. Tuve que comprobarlo con el programa que tenía en la mochila.

—Eh... Historia, con Jefferson, en el edificio seis.

Mirase donde mirase, había ojos curiosos por doquier.

—Voy al edificio cuatro, podría mostrarte el camino —demasiado amable, sin duda—. Me llamo Eric —añadió.

Sonreí con timidez.

—Gracias.

Recogimos nuestros abrigos y nos adentramos en la lluvia, que caía con más fuerza. Hubiera jurado que varias personas nos seguían lo bastante cerca para escucharnos a hurtadillas. Esperaba no estar volviéndome excesivamente paranoica, pero no miré hacia atrás para comprobar cuánta gente había.

—Bueno, es muy distinto de Phoenix, ¿eh? —preguntó.

—Mucho.

—Allí no llueve a menudo, ¿verdad?

—Tres o cuatro veces al año.

—Vaya, no me lo puedo ni imaginar.

—Hace mucho sol —le expliqué.

—No se te ve muy bronceada.

—Es la sangre albina de mi madre.

Me miró con aprensión. Suspiré. No parecía que las nubes y el sentido del humor encajaran demasiado bien. Después de estar varios meses aquí, habría olvidado cómo emplear el sarcasmo.

Pasamos junto a la cafetería de camino hacia los edificios de la zona sur, cerca del gimnasio. Eric me acompañó hasta la puerta, aunque la podía identificar perfectamente.

—En fin, suerte —dijo cuando rocé el picaporte—. Tal vez coincidamos en alguna otra clase.

Parecía esperanzado. Le dediqué una sonrisa que no comprometía a nada y entré. El resto de la mañana transcurrió de forma similar. Mi profesor de Trigonometría, el señor Varner, a quien habría odiado de todos modos por la asignatura que enseñaba, fue el único que me obligó a permanecer delante de toda la clase para presentarme a mis compañeros. Balbuceé, me sonrojé y tropecé con mis propias botas al volver a mi pupitre.

Después de dos clases, empecé a reconocer varias caras en cada asignatura. Siempre había alguien con más coraje que los demás que se presentaba y me preguntaba si me gustaba Forks. Procuré actuar con diplomacia, pero por lo general mentí mucho. Al menos, no necesité el plano.

Una chica se sentó a mi lado tanto en clase de Trigonometría como de Español, y me acompañó a la cafetería para almorzar. Era muy pequeña, varios centímetros por debajo de mi uno sesenta, pero casi alcanzaba mi estatura gracias a su oscura melena de rizos alborotados.

No me acordaba de su nombre, por lo que me limité a sonreír mientras parloteaba sobre los profesores y las clases. Tampoco intenté comprenderlo todo.

Nos sentamos al final de una larga mesa con varias de sus amigas a quienes me presentó. Se me olvidaron los nombres de todas en cuanto los pronunció. Parecían orgullosas por tener el coraje de hablar conmigo. El chico de la clase de Lengua y Literatura, Eric, me saludó desde el otro lado de la sala.

Y allí estaba, sentada en el comedor, intentando entablar conversación con siete desconocidas llenas de curiosidad, cuando la vi por primera vez.

Se situaba justo en el mismo centro de la cafetería, con una bandeja de comida medio terminada y un fino libro, encuadernado en tapa dura, abierto de par en par y apoyado indolentemente en el borde de la mesa. No me miraba de forma estúpida como casi todos los demás en la sala, por lo que no había peligro: podía observarla sin temor a encontrarme con un par de ojos excesivamente interesados. Pero no fue su resuelta indiferencia lo que atrajo mi atención.

No se parecía a ningún otro estudiante de su alrededor. No sólo porque su piel cobriza destacaba entre la multitud que la rodeaba, ni por su atrevida forma de vestir, que a mí me provocaba escalofríos simplemente verla de esa guisa, con un top amarillo de tirantes finos y un sujetador deportivo gris casi demasiado expuesto, que habría encajado en una de las mañanas calurosas de mis clases en Phoenix, salvo por los pantalones vaqueros negros desgastados y parcheados en las rodillas.

No debía de ser sano (o sensato) que le sobrara la cazadora de cuero que había dejado colgada del costado de la silla. La potencia de la calefacción no hacía que fuera del todo reconfortante la temperatura en el amplio comedor y la humedad se colaba cada vez que alguien entraba por la puerta que daba al exterior, creando corrientes repentinas de aire.

Pero ese no era realmente el motivo por el que no conseguía apartar la mirada.

Continué mirándola porque algo no encajaba en la escena, algo menos superficial que su gusto particular por la moda o su tez, pero no sabía qué era. Me recordaba a un juego de Barrio Sésamo con el que mi madre solía entretenerme cuando tenía cuatro o cinco años: «Una de estas cosas no es como las demás».

La contemplé coger una manzana roja de la bandeja, sin echarle siquiera una ojeada, frotarla contra un pañuelo de bandana negro que llevaba fuertemente anudado a la muñeca izquierda, como si fuera un brazalete o un entablillado, y darle un mordisco con sus dientes, blancos como el marfil de las teclas de un piano, de una manera tan vehemente y enérgica que casi estuve segura de que habría escuchado el chasquido de su mandíbula cerrándose desde mi distancia, si hubiéramos estado completamente a solas, en lugar de rodeadas de ese murmullo de ruido blanco que lo amortiguó.

Miré rápidamente a su alrededor, fijándome en los demás alumnos que la rodeaban en las mesas contiguas, no le prestaban ni un segundo de atención y desviaban los ojos cuando cruzaban el centro de la sala, esquivándola sin llegar a enfocarla del todo. Como si fuera una columna o una parte más del mobiliario.

Camuflada a plena vista.

—¿Quién es ella?—pregunté a la chica de la clase de Español, cuyo nombre se me había olvidado momentáneamente.

—Eh, ¿de quién hablas? —exclamó ligeramente despistada al salirse de la conversación que estaba manteniendo con las demás. Estuve a punto de señalar infantilmente con un dedo cuando también pareció no dar señales de reaccionar a quién me estaba refiriendo en medio de la sala—. ¡Ah! Ella es Rouse… Abigail Rouse… o Rouge, nunca me aclaro cómo se pronuncia —añadió con una media sonrisa comedida.

—Es muy… guapa —mascullé, sorprendiéndome al verbalizar ese pensamiento.

Francamente tenía las proporciones de una mujer madura, con las curvas femeninas más definidas y rotundas. Además se podía percibir una musculatura sólida en sus hombros desnudos y cuadrados. Pero debido a que su alrededor prácticamente no se acercaba nadie carecía de referentes sobre su altura real. Su pose despreocupada, con su tobillo derecho apoyado displicentemente sobre la rodilla contraria, tampoco era de ayuda.

—Ya, claro que lo es —admitió mi vecina… Jessica, recordé su nombre, como dos compañeras que tuve en clase de Historia en Phoenix—, pero no lo digas en voz alta cerca de Lauren —apuntó con la cabeza hacia atrás, a la cabecilla del corrillo de chicas que se había reunido a mi lado durante el almuerzo y abrió los ojos mucho más, como una silenciosa advertencia, antes de susurrar—. Le tiene algo de tirria.

Discretamente comparé a las dos jóvenes enemistadas y me pregunté, con un súbito y predecible bajón de autoestima, qué escalafón habría tenido yo dentro de un hipotético concurso de belleza en el instituto de Forks. Lauren, con su sedoso cabello largo y liso del color del maíz cayendo como una cascada, sus grandes ojos verdes y su nariz, recta como la obra trazada de un ingeniero con una escuadra, no parecía tener rival entre el resto de chicas de la cafetería. Centraba todas las miradas como unos brillantes fuegos artificiales y una sonrisa suya le granjeaba inmediatamente adulaciones por parte de todos los chicos.

Mientras que la tal Abigail no parecía tener interés en llamar la atención, a pesar de haberse situado en el lugar más prominente del comedor. Seguía atacando con sus dientes la manzana sin pelar hasta dejarla prácticamente reducida al corazón, leyendo con parsimonia los párrafos de su libro, aparentemente sin prestar atención a su alrededor, como si no estuviera rodeada de gente. Pero esa primera impresión se desvaneció cuando caí en la cuenta de qué era lo que no encajaba en el cuadro que se representaba ante mis ojos. Se me quedó la mirada clavada sin parpadear y noté un sudor frío goteando lentamente por la espalda.

—Parece mayor, ¿va al último curso? —pregunté a duras penas a Jessica después de despejar un inoportuno nudo que se me había formado en la garganta, al comprobar que mis sospechas eran acertadas.

Sus ojos, de un tono azul que apenas pude atisbar, pues se movían siempre debajo de sus gruesas pestañas, se desplazaron de su izquierda a su derecha, como lo harían normalmente al leer palabra por palabra a un ritmo fluido, pero seguidamente cambió de sentido sin alterar la velocidad ni saltar con un pestañeo al comienzo de la línea, como lo haría alguien que realmente estuviera abstraído en la lectura.

¡No estaba leyendo ni una sola sílaba desde el comienzo del almuerzo!

Oteaba a su alrededor incesantemente por el rabillo de los ojos, situada en una posición estratégica para abarcar toda la sala, no por un capricho extravagante. También me cercioré de que aprovechaba sus pequeños gestos mientras tomaba trozos de comida de la bandeja para revisar su espalda descubierta, como si estuviera a la expectativa de un inminente ataque a traición…

«¿Por qué demonios hace eso?», pensé desconcertada.

Ese era un comportamiento que podía esperarse de alguien que estuviera sufriendo acoso estudiantil por parte de los matones del centro. Reconocía claramente su modus operandi, porque en más de una ocasión también me había escudado detrás de los libros para ignorar las miradas de los demás. Pero ninguno de los alumnos la molestaba y parecían respetar su espacio vital, al contrario que yo en este que era mi primer día. Es más, esbozaba una media sonrisa en la comisura de sus labios mientras contemplaba de refilón al ajetreado alumnado, aunque cualquiera que se percatara pensaría que estaba de buen humor por algo concerniente a las páginas que había frente suyo.

No tenía sentido, era como si hubiera algo más… más siniestro, que se me escapaba.

—No, va al mismo curso que el nuestro, aunque tiene dieciocho —exclamó Jessica sacándome de mi estado de pavor y devolviéndome a la pregunta que acababa de hacerle—. Al parecer perdió un curso, no sé si fue por su traslado o porque suspendió.

—¿Traslado? ¿No viene de La Push? —repuse intrigada, obligándome a apartar los ojos de su farsa tan bien coreografiada, de regreso a nuestro seguro rincón del comedor.

Por algún prejuicio absurdo había asumido tácitamente que pertenecía a la reserva, de cuyos recuerdos míos se reducían apenas a la playa de First Beach y a las familias Black y Clearwater.

—Es canadiense —resonó la voz ligeramente nasal de Lauren, asomando su rostro al notar que nos habíamos distanciado de la conversación que mantenía. La manera en que había pronunciado el gentilicio había sonado casi como una palabrota—, su madre era chippewa y su padre se trasladó a Alaska, porque trabajaba en una refinería de petróleo, cuando apenas era una cría. Ha estado viviendo en Forks, con ese hombre, desde que se matriculó en primero.

—¿Qué? ¿Quién? —musité, desconcertada un momento, por el tercero implicado.

—Roth Burns —contestó Jessica, haciendo que girase mi cabeza, pivotando como en un partido de tenis, y a continuación entrecomilló con los dedos—. Su "supuesto" tutor legal, tendrá entre veinti-y-muchos y treinta-y-pocos, está soltero y viven a solas en un enorme caserón a las afueras de la ciudad, sin vecinos ni testigos de lo que hacen.

Su voz resonó con toda la conmoción y reprobación de un pueblo pequeño, pero, para ser sincera, he de confesar que aquello daría pie a grandes cotilleos incluso en Phoenix.

Experimenté una punzada de compasión y alivio. Compasión porque parecía evidente que no se la admitía dentro del grupo de amigas de Lauren. Alivio por no ser la única recién llegada a Forks y, desde luego, no resultar la más interesante.

—¡No seas tan mala, Jessica! —la regañó la chica que estaba a la derecha de Lauren, creo que se había que se presentado antes como Jennifer—. Sus padres murieron y él era un amigo de la familia en el que confiaban. Además, es muy generoso por su parte haberle dado cobijo durante estos años, cuando habría podido dejarla a cargo de los servicios sociales de Toronto.

Mientras mantenían esta conversación, dirigí una mirada furtiva hacia donde se sentaba Abigail Rouse, en parte conmovida porque fuera huérfana y en parte porque todavía tenía un poco de morboso interés en sus extraños ojos esquivos y vigilantes. Había terminado de comer y miraba directamente hacia nuestro rincón del comedor sin desviarse un ápice de los rostros de Jennifer y Jessica.

—Supongo que sí —admitió Jessica muy a su pesar—. Aunque una amiga de mi madre dijo que la vio cenando con un hombre en Seattle, que no era el Sr. Burns, poco después de que vinieran a Forks. Vale que ahora sea mayor de edad, pero entonces debía de tener, ¿qué? ¿Quince? ¿Dieciséis años? —continuó despotricando sin darse cuenta de cómo la examinaba la aludida.

La mandíbula de Abigail se le contrajo de lado a lado, y de arriba abajo a pesar de que no estaba masticando, frunciendo los labios para evitar abrirlos, pero moviéndolos al mismo compás que las palabras que pronunciaba Jessica.

«¡No, no puede ser!», rezongué creyendo que mi paranoia estaba alcanzando niveles absurdos. Mi difunta abuela materna, Marie Higginbotham, hacía exactamente los mismos gestos (sin dentadura postiza era un espectáculo digno de verse) cuando intentaba adivinar lo que habíamos dicho mi madre y yo, las veces que se le agotaban las pilas del audífono. Abrió un poco más los párpados y cambió ligeramente su postura repanchingada dejando que se deslizara su tobillo hasta tocar el suelo disimuladamente.

—Quizás le van los hombres maduros e interesantes —prorrumpió Lauren, con una risita tonta que me llamó de pronto la atención. Estuvo mirándome fijamente durante unos segundos, antes de añadir—. El profesor de gimnasia, sin ir más lejos, no hace más que alabarla en clase.

—¡Ugh, qué asco! ¡No me lo quiero imaginar! —exclamó Jennifer con un espasmo de todo su cuerpo—. ¡Clapp tiene pinta de un orco salido del Señor de los Anillos!

Todas, menos otra chica (la más alta del grupo) y yo, le corearon con carcajadas la chanza. Había visto las tres películas con mi madre, pero no me entusiasmaba hacer comparaciones como esas. Tal vez… tal vez ser repulsivo fuera lo más importante para las hembras orcas, quien sabe. Acaso cuantas más verrugas y más cicatrices, mucho mejor. Lauren, Jennifer y las demás siguieron dando un repaso al elenco masculino del profesorado, elucubrando (hipotéticamente o no) con cual era más probable que estuviera liada la chica chippewa. Pero yo estaba muy lejos de escandalizarme o asquearme por sus comentarios, era sólo cháchara de fondo, como el gorjeo de unas aves. No podía dejar de contemplar hipnotizada, la expresión del rostro de Abigail Rouse a medida que iba leyendo las conversaciones desde la distancia.

«¿Por qué sonríe?», me frustré intentando comprender porqué sus labios se iban ensanchando progresivamente con cada agravio. Sus impolutos dientes blancos se asomaron brevemente cuando el cotorreo dio un giro inesperado, pero sus ojos reducidos a rendijas no transmitían una emoción de diversión. Aquel gesto se parecía más a la mueca de un depredador, la de un lobo, un león o una hiena, que a otra cosa:

—Al menos su tutor está que cruje —observó Jessica, sin medir sus palabras por un segundo. De pronto fue muy consciente de lo que acababa de insinuar y abrió los ojos desmesuradamente, antes de ponerse colorada como un tomate.

Abigail Rouse fingió una leve tosecilla para ocultar una carcajada al ver sus apuros, si bien con el estallido de risotadas y bromas de mal gusto que surgió del grupo de Lauren nadie lo llegó a oír. Dejó el libro (al que claramente no estaba prestando atención alguna) abierto encima de la mesa y plantó los codos, ya sin disimulo ni recato para mantener su representación. Se frotó la muñeca ceñida con la bandana como si se aquejara de algún dolor reumático, pero su actitud se suavizó poco a poco mientras avistaba a Lauren riendo a mandíbula batiente.

Cuando abrió las pestañas un poco más y enderezó su rostro en nuestra dirección reparé en que tenía genuinos ojos azules. No ese color azul tan típico, que al igual que mi tez de piel depende del lugar o la luz que le diese y que en Forks se volvía casi de un gris mustio. Eran de un auténtico azul cerúleo, como el cielo de Phoenix en un día de sol abrasador en verano, tan vibrante y puro, que me pilló desprevenida al reconocerlo.

Continuará…

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Chippewa: Forma de referirse a los indios Ojibwe utilizada exclusivamente en Estados Unidos. En Canadá y en el resto del mundo se suele utilizar Ojibwa.

Roth Burns: es un juego de palabras entre sus nombres en francés «Rôtit-les-Fleurs-Vivantes», abreviado «Rott» y en inglés «Burns Living Flowers», abreviado «Burns». Además el nombre «Roth», dependiendo de su origen, puede significar «Rojo», «Pelirrojo», «Madera» o «Renombre».

Está que cruje: localismo en castellano que en inglés sería «Smoking hot», es decir «tan caliente que echa humo (de lo sexy que es)». Los juegos de palabras y chistes malos con «fuego», «llamas» y «quemar» acompañarán a Burns Living Flowers a lo largo de este relato. Lo siento por adelantado.