Este capítulo se correspondería con «Primer Encuentro». Transcurre el Martes, 18 de enero de 2005, desde el almuerzo hasta el comienzo de la clase de Biología.
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CAPÍTULO 3:
Desconcertada – Nonplussed
Jessica dio un respingo sobre su silla haciendo que chirriara sobre el linóleo.
—¡Oh, vaya! —exclamó en un bufido, al coscarse finalmente de los inquisitivos ojos de Abigail Rouse. Fijó la vista en la mesa y me hizo un gesto para que yo también bajara la cabeza, antes de añadir en un bisbiseo—. ¿Crees que nos ha pillado, Bella?
Me mordisqueé un poco el labio para ocultar una sonrisa.
—Me da que sí —respondí sinceramente en voz baja, mirando de refilón a medida que también me ponía arrebolada, aunque no sabía porqué me había alterado pues la chica chippewa no se había percatado de mis indagaciones.
Mientras tanto, Lauren y Abigail mantenían un duelo de miradas como en esas viejas películas de Western de las que mi madre siempre se mofaba. Cuando los tipos malos, que llevaban siempre un sombrero negro, iban a desenfundar el arma para intentar acribillar a balazos al protagonista. Sólo faltaba que un matojo rodante cruzara la cafetería de lado a lado y el sonido de una armónica como música de fondo. Ninguna de las dos parpadeaba, ni apartaba la mirada de la otra, de lo concentradas que estaban en su silenciosa contienda de voluntades.
«Pero ¿quién es la que lleva el sombrero negro?», recapacité mirándolas a las dos de manera expectante, sólo por el rabillo de los ojos, sin atreverme siquiera a mover un poco la cabeza, para que no centraran su atención en mi.
Mantuve la mente objetiva, mientras mi anterior sofoco se desvanecía de mis mejillas, a la expectativa del desenlace. El instituto no era el escenario de una mala película, ni realmente había «buenos» o «malos». Si bien Abigail tenía pinta de pandillera, y se comportaba de una manera muy sospechosa; Lauren definitivamente le tenía ojeriza y no había cesado en sus comentarios, de menospreciarla y predisponerme contra ella.
Tras unos tensos y prolongados segundos en los que mi pulso casi llegó al límite, la chica chippewa sonrió y pude comprobar que Lauren ocultaba su rostro con su telón dorado de pelo y los hombros cabizbajos.
Abigail Rouse dio una larga exhalación y rodó los ojos hacia el techo de escayola con una expresión divertida en los labios. Algo cínica y socarrona. Pero también se la veía fatigada, como si acabara de correr una maratón. Todavía seguía un tanto absorta por lo sucedido y no pude apartar la mirada a tiempo cuando ella volteó inesperadamente sus ojos azules hacia nuestra esquina.
Se quedó paralizada como una estatua.
No, esas palabras no le hacían justicia, ni siquiera la piedra parecía tan inanimada.
Sus ojos se le abrieron de par en par con una expresión de pánico que jamás había visto, haciendo que el azul de su iris destacase de una manera espantosa. Todos los músculos del cuello se le agarrotaron por completo y las piernas, enfundadas en esos vaqueros negros, que antes movía con gracia y energía, ahora no parecían sostener su peso. Se enderezó un poco sobre su asiento, muy, muy lentamente, pero no de la misma manera que antes con su duelo mejicano con Lauren, como con intención de retarme.
No, esta vez daba la sensación de que iba a salir corriendo a toda pastilla.
Por un segundo pensé en darme la vuelta para buscar aquello que le había provocado esa espontánea y exagerada reacción (¿habría comenzado un incendio en el mostrador de platos? ¿O quizás un oso acababa de entrar en la cafetería?), pero su rostro seguía fijo en mí, sin llegar a parpadear, y lo comprendí:
Era yo.
«Pero, ¿qué le pasa conmigo?» No entendía cómo la misma chica que tenía los arrestos suficientes para bregar contra alguien como Lauren, de una personalidad fuerte, ahora se amedrentaba ante mí.
Abigail parpadeó a cámara muy lenta, una única vez, y la expresión de su rostro pareció serenarse un poco. Torció la cabeza que aún mantenía rígida, con los músculos del cuello en plena tensión, hacia la izquierda de la cafetería y se fijó atentamente en uno de los alumnos, no con el rabillo de los ojos esta vez. Aunque, más que echar un vistazo, la intensidad de su mirada era tan desmesurada que parecía que le estuviera haciendo una radiografía de su alma. Después de apenas dos segundos, sus ojos cambiaron de objetivo a por otro alumno, repitiendo esa pauta una y otra vez, sin disminuir un ápice su ímpetu.
Esquivó expedita con la mirada el grupo que formábamos Lauren, sus amigas y yo, prosiguiendo con su particular examen hasta llegar al otro extremo de la sala y después cerró los párpados antes de rotar su rostro en mi dirección.
«¿Qué narices está haciendo?», me pregunté intrigada cuando Abigail Rouse abrió vacilantemente los ojos y me obsequió otra vez con un atisbo del azul cielo de Phoenix. Un rosario de emociones se sucedieron en el crispado rostro de la chica chippewa: alivio, duda, irritación, miedo, confusión, recelo... eran las más preponderantes, pero todas ellas se evaporaron al cabo de unos segundos y sólo quedó una expresión de insondable suspicacia, antes de que ella apartara su semblante de manera perezosa.
No comprendí ese súbito cambio... Ni, ya puestos, nada de lo que acababa de suceder.
La atmósfera de la cafetería parecía también haber cambiado un poco, pues varios de los alumnos que había observado le prestaban atención a su vez, casi como si su tan eficaz camuflaje social acabara de hacerse añicos. Abigail Rouse se quitó la goma de la coleta, poniéndosela superpuesta a la bandana de la muñeca y dejando que su revuelto cabello negro se desplegara sobre su espalda libremente. Seguidamente abandonó la mesa con tantas prisas que por poco se olvidó de recoger su libro, así como de llevar la bandeja vacía de comida de regreso.
Abigail Rouse no me miró de nuevo.
De eso estuve segura, ni con el rabillo del ojo se atrevió a volver a hacerlo.
Ella tenía miedo. Miedo de mí. ¡Qué ridículo sonaba! ¡No era posible!
Pero parecía que le iba a dar un síncope de la impresión al verme. Era como si acabara de ver un fantasma... ¿Podía ser eso lo que acababa de suceder? ¿Que yo le recordara a alguien de su pasado que no esperaba volver a ver?
No se me ocurría nada más para explicarlo.
—¿Hay moros en la costa? —preguntó en un suave susurro Jessica, casi sin mover los labios, mientras mantenía todavía la mirada fija en el plato que estaba removiendo desde hacía varios minutos. Aún seguía algo colorada en sus mejillas y en sus orejas.
—Ya se ha ido —respondí titubeante. Ninguna de las chicas que había alrededor de mi mesa se había percatado del desconcertante comportamiento de la chica chippewa.
Jessica alzó la mirada para cerciorarse y dio un hondo suspiro de alivio.
—¿Esa chica ha tenido alguna caída o accidente? —Estaba intrigada por su conducta, pero no sabía cómo sacarlo a colación y me acordé de un detalle menor en particular—. Es que tenía su muñeca como vendada o atada —añadí con un pésimo tono indiferente.
—Ya, bueno, ella siempre lleva puesto algo cubriendo su antebrazo —comentó, después de volver a asegurarse que Abigail Rouse no estaba a la vista—. Unos guantes de mitón, un calentador, una muñequera, una pulseras de bisutería, lo que sea. Siempre.
—¡Qué raro! —exclamé a sabiendas que Jessica utilizaba esa entonación típica de quién se guarda un cotilleo muy jugoso y quiere extenderlo exageradamente como si fuera mantequilla sobre una tostada caliente antes de que se enfriase.
—Puede que sea una palabrota que se tatuó y el director Greene le haya prohibido mostrarla en público —supuso Jessica con una risita divertida—. Ash dijo que le había visto algo en los vestuarios, una vez que ella se estaba cambiando de ropa en Gimnasia.
—¡Yo no estaba mirando nada! —profirió repentinamente otra de las chicas que me habían presentado antes de comenzar el almuerzo, creo que su nombre completo era Ashley—. Solo me pareció que tenía una especie de mancha, en la parte interna del brazo, algo más oscura que el resto de su piel...
—¡Bah, menudo bodrio! —exclamó Lauren en voz más alta y en un tono de fastidio.
Jessica prosiguió con sus murmullos, como si no hubiera sido interrumpida:
—Mi madre dice que después de que murieran sus padres tuvieron que ingresarla...
—¿Ingresada? ¿En un hospital? —pregunté temiendo hacia donde iban los derroteros.
—Sí, donde voló por encima del nido cuco —secundó una chica, que creo que se llamaba June, con un chascarrillo y haciendo girar el dedo dando vueltas a su oreja.
Yo ya no estaba segura de seguir queriendo escuchar más, pero no sabía cómo salir de ese atolladero en el que me había metido. Solamente buscaba un tema de conversación para poder romper el hielo con Abigail Rouse si se cruzaban nuestros horarios y pensé que hablar de accidentes, contusiones, huesos rotos y hospitalizaciones era un tema en el que tendría más soltura que nadie. Pero esto...
—¿Es que no podéis hablar de otra cosa? —murmuró Lauren para sí—. ¡Ya cansa!
Jessica ensanchó la sonrisa aún más, cuando añadió otra confidencia al rumor:
—La señora Cope dijo que había escuchado algo acerca de una "depresión grave" en una de las reuniones del director con su tutor y de un intento...
—¡Jess! —le amonestó Lauren casi en un grito airado, cortando de golpe el chisme.
Me asombró que la Rubia Reina de la belleza del instituto Forks de pronto tuviera escrúpulos y no se sumara a los ataques como antes. Quizás tildar a Abigail Rouse de la "Chiflada Chica Chippewa" fuera pasarse de la raya para ella. Quizás hubiera temas con los que ni ella misma se atrevería a especular. O quizás es que simplemente estaba harta de que hubiera dejado de ser el centro de atención y le irritaba que la ignoraran adrede.
No quise permanecer en la mesa con Lauren y sus amigas por más tiempo, el ambiente se había vuelto mucho más sombrío incluso que los cielos de Forks. Además tampoco me gustaba haraganear y no quería llegar tarde a ninguna de mis clases el primer día.
Una de mis nuevas amigas, la chica más alta del grupo que había permanecido callada durante toda la espinosa conversación, y que tuvo la consideración de recordarme que se llamaba Angela, se levantó simultáneamente de su asiento, tal vez también asqueada de los chismorreos de Jessica, y me acompañó hacia la salida de la cafetería.
Tenía, como yo, clase de segundo de Biología a la hora siguiente.
Nos dirigimos juntas al aula en silencio.
También era muy tímida.
Nada más entrar en clase, Angela fue a sentarse a una mesa con dos sillas y un tablero de laboratorio con la parte superior de color negro, exactamente igual a las de Phoenix. Yo también tendría que compartir la mesa con otro estudiante, pues. De hecho, todas las mesas estaban ya ocupadas salvo una, aunque todavía no había tocado el timbre que marcaba el final del almuerzo y ni siquiera había venido el profesor. Estaba casi segura de que hoy muchos de los alumnos estaban cambiando sus rutinas para poder echarme una ojeada. Reconocí a Abigail Rouse, que estaba sentada cerca del pasillo central junto a la única silla vacante al final del aula, por su descocada vestimenta, su tez oscura y su cabellera negra encrespada. No parecía haber advertido mi presencia, pero con esos ojos suyos, capaces de ver casi por las esquinas, como los camaleones, no podía estar segura.
Me parecía absurdo quedarme de pie hasta que viniera el profesor así que, inspirando un poco del escaso oxigeno de la sala abarrotada, me aproximé al asiento vacío.
En cuanto Abigail Rouse oyó mis pasos noté que su cuerpo se puso en tensión.
«¡Esto es de lo más extraño!»
Dejó de escribir en un cuaderno y lo cerró antes de que estuviera lo suficientemente cerca para leer nada, aunque yo tenía puesta la atención en el perfil de su rostro y en particular de su nariz. Parecía que tuviera un leve quiebro al comienzo del puente nasal, quizás de un accidente cuando fuera muy pequeña, porque se veía muy bien curado.
Antes de que pudiera llegar a abrir la boca y decir (no, realmente "balbucear" sería el término más correcto) una manida frase para presentarme, la chica chippewa se giró, me miró con una pizca de alivio y se levantó para encarárseme.
Lo primero que me dejó descolocada fue que tuviéramos exactamente la misma altura, sólo me superaba un poco porque su calzado tenía una suela ligeramente más gruesa. No me encajaba la fortaleza que transmitía su presencia con su escasa envergadura. Pero lo que me dejó completamente aturdida fueron las primeras palabras que me dijo:
—Parece que al fin sí que voy a tener compañera de clase —exclamó con una sonrisa sincera y burlona, como si se estuviera riendo por dentro de un buen chiste que hubiera oído antes—. Me llamo Gail Rouse y tú debes de ser Bella Swan, ¿o no? —añadió sin una pizca de acento, extendiendo la mano derecha para saludarme con un apretón.
Estaba confusa y la cabeza me daba vueltas por el brusco cambio de su actitud. Ahora se comportaba con normalidad, con tanta normalidad que dudé durante un segundo. ¿Acaso me había imaginado lo sucedido en la cafetería? Tenía que hablar, ella esperaba mi respuesta, pero no se me ocurría nada convencional que contestar y barboteé sin más lo primero que se me ocurrió.
—¿Cómo sabes mi nombre? —tartamudeé, sin despegar mis brazos de los costados, ni responder a su gesto cortés. Dejó caer la mano y se rió de forma suave y encantadora, su sonrisa honesta se extendía por todo su rostro incluyendo la comisura de sus ojos.
No estaba fingiendo.
—Creo que todo Forks sabe tu nombre. Eres lo más interesante que ha sucedido desde el escándalo que protagonizó Jerome Thibidaux el verano pasado.
Hice una mueca.
Sabía que debía de ser algo así, pero insistí como una tonta.
—No, no, me refería a que me llamaste Bella —aclaré arrugando el cejo.
—Por radio macuto —explicó apoyándose en el borde de la mesa—. Eric Yorkie se lo dijo a Conner Mills, éste a su vez a Tyler Crowley. Tyler se lo comentó a Austin Marks y luego llegó a oídos de Ben Cheney que... bueno te puedes hacer una idea, ¿verdad?
—¡Oh, vaya! —chasqueé la lengua, turbada una vez más por ser la comidilla del día.
—A mi también me fastidia que llamen por mi nombre completo —comentó alegre—. Abigail me hace parecer una octogenaria que estuviera tejiendo calceta. ¿El tuyo era realmente Isabella? —añadió en voz un poco más baja, como si estuviera pidiéndome una confidencia. Fue incomprensible y algo sospechoso que ahora intentara fingir que no estaba enterada de todos los detalles.
Tuve una de esas cosas francesas, como decía Jacob, un déjà vu. Me pareció que detrás de sus palabras había alguna intención más siniestra, como antes con su vigilancia.
—Sí, así es —dije manteniendo el tipo como pude—, mi madre me lo puso por un personaje de una novela inglesa del siglo XIX...
—¿La Isabella Linton de Cumbres Borrascosas? ¿O Knightley de Emma? —preguntó de improviso, abriendo los ojos de manera muy interesada y dejándome con la boca un poco abierta. Normalmente no me tomaba la molestia de explayarme sobre el origen de mi nombre, nadie recordaba esas figuras y sólo se centraban en los protagonistas.
O bueno, casi nadie.
—¿Te gustan Brontë y Austen?
—No especialmente, leí sus libros hace unos años y me parecieron que esas autoras han sido muy sobrevaloradas, etiquetadas como feministas, cuando ninguna de sus heroínas logra alterar realmente nada en las tramas y están atrapadas irrevocablemente dentro de una visión netamente masculina —se encogió de hombros, como si fuera algo de lo más evidente—. No me suele gustar mucho que una historia no supere el test de Bechdel ni una sola vez con algo verdaderamente trascendente.
No entendí nada, no sólo porque desconocía aquella referencia, sino porque no dejaba claro si le habían gustado aquellos libros a pesar de la opinión previa que tenía o sólo se desviaba del tema para no tener que responder de una forma clara sobre sus gustos.
Mi radar para captar las sutilezas, omisiones y los dobles sentidos estaba echando humo.
—De todas formas creo que Charlie, quiero decir, mi padre, debe de llamarme Isabella a mis espaldas, porque hoy casi todos me lo han llamado —insistí y remarqué a propósito la novedad que ella constituía, pero no se percató de mi indirecta o fingió muy bien.
—No, el Jefe Swan siempre se refiere ti como Bella —repuso de inmediato Gail Rouse, negando inconscientemente con la barbilla—. Debe de haber sido por culpa de la cotilla de la señora Cope, que no hace otra cosa que chismorrear junto con Martha Stanley.
Dio una risotada ahogada y corta, tapándose los labios con la boca.
—¿Has hablado de mí con mi padre? —pregunté tras un par de segundos, desconcertada por la seguridad con la que había hecho esa afirmación.
—Este es un pueblo muy, pero que muy, pequeño —comenzó a explicarse al percibir mi mosqueo—. Su coche patrulla hace la ronda en apenas treinta minutos y suele hablar con todo el mundo para entretenerse. Además, cuando toca sacar las licencias durante la temporada, acompaño a Burns al ayuntamiento. Y creo que también le vi en la central al cumplimentar los permisos de armas. Sin duda, eres su tema favorito de conversación.
Otra vez no pude evitar enrojecer hasta quedarme con las orejas rojas como soplillos, pero el sofoco no evitó que me centrara en dos cosas importantes. No me contestado a la pregunta y además...
«¡Es que ella tiene armas de fuego!»
—¿Tu cazas animales? —habría querido formular una pregunta más estructurada y con más tacto, sin embargo no pude evitar que una nota de pánico se filtrara en mi voz.
—No me digas que eres vegetariana, vegana o ecologista —abrió los ojos consternada y se hundió de hombros, encogiéndose un poco y apartándose—. Lo siento, si he...
—No, no, suelo comer de todo, soy... ¿omnívora? —proferí como pregunta sin darme cuenta—. Mi madre siempre se apunta a todas las modas, la dieta ayurvédica, la comida macrobiótica y cosas así, pero yo aprendí a cocinar bien temprano cuando le dio por los vegetales crudos —me mordí la lengua antes de decir algo de lo que me arrepintiera. Mi madre sólo podía aguantar unos pocos días esas excentricidades antes de regresar a un McDonalds a por un menú completo —. De todas maneras, prefiero obtener los filetes de carne del supermercado, que ir tras la cena en el bosque.
«No podría soportar jamás tanta sangre», esa era la triste verdad de mis tapujos. Menos mal que Charlie siempre limpiaba el pescado cuando regresaba de sus jornadas en el río.
Gail Rouse pareció complacida con mi zozobra, sonrió mostrando un poquito de sus dientes blancos como la nieve.
—Ya, es una buena forma de evitar darle un mordisco a un perdigón —comentó jocosa.
—¿Te ha pasado eso?
—Sip —afirmó cogiendo su mochila del costado de la mesa—. Mi favorito es el reno, o caribú como los llamamos allí en el norte, en Canadá —aclaró con tonillo orgulloso—. Está delicioso, aunque aquí no puedo echarle el guante.
Me ofreció un vistazo de la cartera para mostrarme un parche de recia tela que tapaba un enorme desgarrón y en el cual estaba serigrafiado una viñeta cómica muy graciosa. Un enorme caldero puesto al fuego lleno de caldo, del cual asomaban un hocico puntiguado de ciervo con el extremo rojo, un asta con cascabeles y lazos de colores, una pezuña rota y un gorro de Santa Claus, terminado en borla, que flotaba entre los borbotones. De fondo se veía un gran trineo rojo, volcado y medio aplastado.
Encima de esa caricatura exageradamente satírica se podía leer una única frase escrita con una fuente tipográfica típica de las tarjetas de felicitación Navideñas:
It's Reindeer-boiling Time!
{¡Es temporada de asado de Reno!}
Di una estruendosa carcajada que hizo que muchas curiosas cabezas giraran en nuestra dirección, pero el timbre que marcaba el final del almuerzo sonó y algunos tomaron asiento. Me había hecho mucha gracia porque me recordó a la camiseta que utilizaba de pijama, de un asador de barbacoas que le gustaba a mi madre, en la que aparecía un cerdo sonriendo entre dos panecillos de hot dog.
Continuará...
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Test de Bechdel: también conocido 'The rule', es un método para evaluar si un guión de película, serie, cómic u otra representación artística cumple con los estándares mínimos para evitar la brecha de género. Debe cumplir tres simples requisitos:
1 .- Aparecen por lo menos dos personajes femeninos.
2 .- Estos personajes hablan una a la otra en algún momento.
3 .- Esta conversación debe tratar de algo distinto a un hombre (no limitado a relaciones románticas, por ejemplo, dos hermanas hablando de su padre, no superaría el test).
It's reindeer-boiling time: Es una referencia a la película Tomates Verdes Fritos (Fried Green Tomatoes) solo que en vez de la palabra 'Hog' (Cerdo) es 'Reindeer' (Reno).
Camiseta multidimensional: La camiseta usada como pijama por Bella es exactamente la misma que la que utiliza Beau Swan en la novela «Vida y Muerte».
